La mayoría de las películas terminan cuando aparecen los créditos. Otras comienzan justamente cuando desaparecen. Jirón de niebla, la última obra del maestro del terror mexicano Carlos Enrique Taboada, pertenece a esa rara categoría de historias donde el mayor misterio se encuentra precisamente en el silencio que la rodeó durante décadas.
Taboada no necesitaba monstruos para provocar miedo. Le bastaba una casa antigua, un susurro, una mirada o un pasillo en penumbra para demostrar que el verdadero horror habita en aquello que apenas alcanzamos a imaginar. Películas como Hasta el viento tiene miedo, El libro de piedra, Más negro que la noche y Veneno para las hadas lo convirtieron en el gran arquitecto del terror psicológico en México. Sin embargo, fue su última película la que terminó envuelta en una atmósfera digna de su propio cine.
Filmada en 1989 en la exhacienda de San Andrés Teticpan, en el Estado de México, Jirón de niebla nunca llegó a estrenarse comercialmente. Durante años fue considerada una obra perdida. Su desaparición alimentó rumores, especulaciones y una especie de leyenda cinematográfica que parecía condenada a permanecer incompleta.
Con el tiempo comenzaron a aparecer piezas de un rompecabezas mucho más complejo. El documental Jirón (2023), dirigido por Christian Cueva, recuperó testimonios de quienes participaron en el proyecto e investigó el destino del material original. Las versiones coinciden en un hecho: mientras la película se encontraba en proceso de postproducción, la hacienda donde se resguardaban los negativos fue asegurada por autoridades federales en un contexto político particularmente delicado. El productor de la cinta mantenía vínculos con el movimiento encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas tras la controvertida elección presidencial de 1988, y aquella circunstancia terminó afectando el destino de la obra.
A partir de ahí comienza la niebla.
¿Fue Jirón de niebla víctima de la censura?
Sería irresponsable afirmarlo con absoluta certeza. Hasta hoy no existe un documento oficial que ordene prohibir la película por su contenido, como ocurrió con otros episodios conocidos de la historia del cine mexicano. Pero tampoco puede ignorarse que una obra quedó atrapada durante años por acontecimientos donde la política, el poder y la cultura terminaron cruzándose de manera inevitable.
Quizá nunca sepamos si alguien decidió que aquella película no debía ser vista o si fue la suma de decisiones administrativas, conflictos de producción y circunstancias políticas la que terminó condenándola al silencio.
Y tal vez esa incertidumbre sea, precisamente, el verdadero misterio, puesto que, la censura no siempre tiene el mismo rostro.
A veces llega mediante una prohibición abierta. Otras, se disfraza de burocracia, de expedientes extraviados, de presupuestos cancelados o de decisiones que nadie firma y de las que nadie quiere hacerse responsable. Hay silencios que no necesitan un decreto para producir el mismo efecto: hacer desaparecer una obra de la conversación pública.
Lo inquietante es que Carlos Enrique Taboada entendía mejor que nadie el poder de aquello que no se ve. En sus películas, el miedo nunca aparecía de golpe; se insinuaba. Vivía detrás de una puerta cerrada, en una voz infantil, en el viento que movía las ramas o en una presencia que jamás terminábamos de mirar. Resulta inevitable pensar que el destino de Jirón de niebla terminó pareciéndose a una de sus propias historias: una película convertida en fantasma.
Como si el destino se negara a dejar morir aquella historia, años después el director Julio César Estrada retomó el argumento original de Jirón de niebla con la autorización de la familia de Carlos Enrique Taboada. Su película, estrenada en 2016, no pretendió reconstruir la obra perdida ni reemplazarla. Fue, más bien, una nueva lectura nacida del mismo germen creativo. El cine, al final, encontró la manera de desafiar al olvido: si la película de Taboada permanecía envuelta en la niebla, su historia seguía respirando en otra mirada.
Sin embargo, más allá de lo ocurrido con esta obra, hay una reflexión que vale la pena conservar.
Nos preocupa (y debe preocuparnos) cualquier forma de censura ejercida desde el poder. Ningún gobierno, institución o grupo debería decidir qué historias merece conocer una sociedad. La cultura existe para provocar preguntas, desafiar certezas y ampliar nuestra manera de comprender el mundo.
Pero existe una censura todavía más silenciosa que, no clausura salas de cine, confisca negativos o prohíbe libros; simplemente se instala en nuestra conciencia.
Es la que aparece cuando dejamos de escribir por miedo a la crítica; cuando suavizamos nuestras ideas para no incomodar; cuando preferimos el aplauso fácil antes que la honestidad intelectual; cuando el temor al rechazo termina dictando nuestras palabras.
Esa censura no necesita del poder, le basta con nuestro consentimiento.
Cuando un gobierno censura una película, hiere la memoria de una generación. Pero cuando un creador decide callarse por miedo, cuando renuncia a escribir, a pintar, a filmar o simplemente a pensar en voz alta, la pérdida es todavía mayor.
Las obras que el poder intenta ocultar suelen encontrar, tarde o temprano, el camino de regreso, pero, las que mata la autocensura, en cambio, jamás llegan a existir.
Quizá nunca sepamos con absoluta certeza qué ocurrió con Jirón de niebla. Tal vez la historia conserve ese episodio entre sus claroscuros, como una de esas preguntas que el tiempo se resiste a responder. Pero esa incertidumbre no disminuye el valor de la reflexión; por el contrario, la hace más necesaria.
Con ello, se confirma que el silencio también cuenta historias.
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