MNEMÓSINE DEL MANZANARES. LAS MUSAS DEL CASTELLANO

La lengua española es fruto del entrecruzamiento de diversas culturas, dejando siempre una huella en nuestra identidad y tradición lírica. 

30 de septiembre, 2021

La poesía es una de las funciones propias del idioma. Alfonso Reyes la compara con la lucha entre Jacob y el ángel. Al igual que en la mítica batalla, el hombre se enfrenta a la entidad divina, se aproxima y retrocede, a veces parece vencer, otras el espíritu impone su primado sobre la carne. El poeta, avanzado en un grado sobre la realidad, a fuerza del impulso lírico, debe luchar a fin de ponerle linderos, de encaminarlo para hacerlo inteligible –en el verso– a la asamblea de los que hablan su lengua.

Jacob vence al ángel, triunfa en su intento; sin embargo, eso no es todo, porque quien vence así no puede seguir siendo el mismo. Después de la batalla, dijo el ángel a Jacob “¿Cuál es tu nombre?”, y él respondió: “Jacob”. Entonces, el ángel replicó: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”. Al cambiar su nombre, Jacob ha trocado también el principio que ordena su naturaleza. También Jorge Luis Borges, en su segunda aproximación al Golem, nos recuerda que “si como dice el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en la palabra rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo”.

La palabra es un compendio del ser de las cosas, la más íntima manifestación del ser en el mundo. La poesía, lucha mítica dentro del idioma, es el afianzarse de la voz sobre el etéreo mundo de la idea y la pura abstracción del espíritu. Si en las manifestaciones de la narrativa podemos acercarnos a la historia del ser de nuestra lengua, manifiesto en la acción, a través de la poesía nos aproximamos al ser de la lengua en diálogo consigo misma, a ese diálogo interior que nos remite a los orígenes.

 

El castellano es fruto de un diálogo sumamente complejo, que dura más de mil años, que ha cruzado dos océanos, el más trascendente mar de la historia occidental; sus voces vienen, por lo menos, de cuatro continentes. La progenie de la Mnemósine del Manzanares es pues, muy rica. Vox populi, nuestras musas son diez –excedemos ya con una a las clásicas–, son en realidad una extensa familia, hijas de las memorias que como hispanoparlantes hemos heredado.

Nuestras antiguas musas de la España prerromana corresponden a las vetustas tribus que habitaron las montañas y valles que hallaron en su Hesperia los romanos, podemos conocerlas por sus epónimos, Vasconia, Asturies, Carpetana, Vaccea, Tarraconensis y Bética; de ellas nos queda el resabio de lo muy español, digamos, la fiesta brava, su degustar la sangre –que entre otras cosas, casa bien con sus parientas nativas de nuestra América–, nos dejaron voces sabrosas, crujientes y ásperas: ardilla, bruja, urraca, garrapata, sabandija o gazapo. Pero de ellas no persisten hasta hoy monumentos, sino leyendas, especialmente de heroísmo y arrojo, tan preciadas para nuestros pueblos.

 

Numancia, tan repetida en nuestras letras, viene a ser su suma, hace decir Cervantes a España, en su Cerco de Numancia:

 

Estos tan mucho temidos romanos

que buscan de vencer cien mil caminos,

rehuyendo venir más a las manos

con los pocos valientes numantinos,

¡oh, si saliesen sus intentos vanos

y fuesen sus quimeras desatinos,

que esta pequeña tierra de Numancia

sacase de su pérdida ganancia!

 

De aquella primera generación de nuestras musas europeas, debemos mencionar a la Grecia y a la Roma paganas. De aquí que en legítimo derecho el castellano sea hija de las nueve musas clásicas, y desde luego, de Mnemósine, su madre.

 

Cualquiera sabe que hubo un día en que todos los caminos llevaban a Roma, de ese momento data nuestro remoto ingreso a Occidente, el cimiento –y la simiente– occidentales fueron sembradas en España, y conjuntamente con nuestra lengua madre, el latín vulgar, adoptamos otra forma de entender las relaciones políticas y sociales, el Imperio, que rehecho en la España dorada nos será traído a América. El Imperium constituyó un elemento fundamental de nuestra cultura, en Roma, como hoy entre nosotros, significó un cierto poder mágico, devenido no de los dioses del Foro, sino de los tutelares, de los antepasados divinizados. Importaba la facultad, primero del monarca, luego del pueblo y el senado –Senatus Populus Que Romanus, las siglas SPQR de los manípulos– y por último del César, de guiar los destinos de Roma en su acción civilizadora sobre el mundo bárbaro, el mundo de aquellos cuyo lenguaje no puede ser entendido. España, cuando fue ya la España discernible, se arrogó el imperium evangelizador.

 

Grecia. Es ya proverbial el triunfo de la cultura griega sobre el vencedor romano. Cuando los romanos conquistaron la futura tierra de emperadores, santos y juristas, eran ya romanos helenizados que habían trocado sus dioses primitivos por los del Olimpo, de Ares a Marte, de Afrodita a Venus y de Poseidón a Neptuno, hay un largo viaje en la transformación del modo de mirar y entender el Cosmos. Esa nueva comprensión es la que daría sustrato a lo que hoy conocemos como castellano.

 

Al igual que nosotros, hispanoparlantes, nuestros antepasados romanos supieron el valor de su idioma, y de su poesía, dice Propercio en su poema a Cintia:

 

No me admirarás entonces como a humilde poeta,

No podrán callar ante nuestro sepulcro:

Del fuego nuestro magno poeta, yaces.

Guárdate de, con tu orgullo, condenar nuestros cantos:

el amor que tarda crece con gran usura.

 

Nativas de esta América nuestra, pertenecen a esa primera generación nuestras musas prehispánicas, acaso las más tercas en su supervivencia, son las que nos llegan más mediatizadas y transformadas por el diálogo con su familia política; de ellas heredamos el gusto por los colores y las texturas, la osadía de combinar rosas y azules en un desconcierto armonizado, nos heredaron palabras complicadamente musicales: nene, tlapalería, chile, chocolate, nagual y papalote; de ellas nuestra afición por la justicia sangrante y dolorosa -compás de la vindicta pública – de ellas, en fin, la raíz picante que hace de nuestra comida un dulce martirio enchilado.

 

A veces, volteamos el rostro para mirar esas musas morenas, con ánimo de anticuario o de franciscano evangelista; es más fácil hallarlas tierra adentro de nosotros mismos, nos han dejado mucho de lo que hoy es nuestro modo de ver el mundo, esa cierta melancolía que a veces parece no querer terminar, si en el siglo XV, el rey poeta decía:

 

Yo Netzahualcóyotl lo  pregunto:

¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

Aunque sea de jade se quiebra,

aunque sea de oro se rompe,

aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

 

Los otomíes de hoy siguen cantando, con su voz dulce que casi logramos apagar:

 

El río pasa, pasa:

El viento pasa, pasa:

     nunca cesa.

La vida pasa:

     nunca regresa.

 

Algunos de nuestros abuelos, hijos de una nueva generación de musas en España, cruzaron el mar Mediterráneo por Gibraltar y se adentraron en las tierras de la ya caída Roma, hicieron la guerra a los confundidos reinos cristianos, sentaron sus reales en Granada y Córdoba, dieron luz y color a las tierras de Al Andaluz y empujaron el nacimiento de nuestra lengua. Los moros, los musulmanes, fijaron en España uno de los primeros reinos de tolerancia de los que se tenga memoria, sus musas tienen nombres dulcísimos y musicales, ellas se nombran ya en el romance viejo; Aixa, Fátima y Marién.

 

Después de cruzar el Mediterráneo, de sur a norte, y para aposentarse en la Europa Española, los musulmanes consumaron un violento matrimonio para luego dar a luz una progenie fabulosa. De nuevo consistencia y atinada coincidencia, pues al final del mundo árabe en España, apenas unos días después, la recién nacida España, cruzará el océano, esta vez de oriente a occidente para que en iguales circunstancias se consumara una nueva unión, también dadora de progenies inimaginables, nuestra Hispanoamérica.

 

De nuestras musas arábigas heredamos, paradoja histórica, a nuestros antepasados griegos que habíamos perdido, ellos pusieron en lenguas, entonces legibles, a Aristóteles y a Platón; de ellas heredamos el café y el ajedrez, dos elementos ahora entendidos en occidente, ellas nos obsequiaron con la nota particularísima de nuestra lengua castellana, lo que da dulzura a nuestro común patrimonio, los deliciosos arabismos, y aprendimos pues el tierno goce de palabras como albaricoque, alcábala, ojalá, Guadalajara, Guadalupe, alcohol y almohada. De ahí el muecín y el almojarife, de ahí la soñada Granada, que se abre roja con el verso de Federico García Lorca.

 

La presencia árabe en España es, indudablemente presencia de alto contenido poético, prueba de ello es su importancia dentro del romance, algunos profundamente enraizados en su origen islámico:

 

¡Abenámar, Abenámar

moro de la morería,

el día que tu naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida:

no debe decir mentira.

 

El pueblo judío engarzó algunas de las más hermosas joyas de nuestra cultura y es parte de los movimientos que comenzaron a dar forma reconocible a nuestro idioma, así, el primer poema escrito en una lengua  a la que bien podemos llamar castellano, lo escribió el poeta judío sefaradí, don Shem Tov de Carrión.

 

Queda el agua olorosa, rosada, que más vale.

 

Este pequeño y sutil poema, en nuestra lengua y que data de alrededor de 1350, es ahora de autor conocido, no como las jarchas, tonadillas anónimas, auténticas voces populares sino obra de mano y talento poéticos, del autor judío que usa el castellano como herramienta literaria. Nuestra herencia judía consta en ideas filosóficas tan hondas como la cosmogonía, o la idea del tiempo lineal, es decir, como la historia que un día comenzó con la creación y algún día terminará –fin de los tiempos– por oposición a la idea del tiempo como una repetición infinita de los ciclos, vengan a cuento los cinco soles aztecas. Pero es todavía más clara en el folclor popular, en los consejos de las abuelas y en los “dichos” del pueblo, tan profunda que se quedó a vivir en la música vernácula. Existe una romanza sefaradí que dice igual que un son huasteco, la una se le podía oír en España hasta el siglo XV, en Grecia antes de las atrocidades nazis y se le puede oír hoy en un barrio jerosolimitano, la otra se le puede escuchar en los estados de Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz y Tamaulipas.

 

A la una yo nací,

a las dos me engrandecí

-en México se dice crecí-

a las tres tomí amante,

-acá decimos me enamoré-

-se diga, me casé-

alma, vida y corazón.

 

Aunque no se conozcan y aparentemente no tengan razones para conocerse, hay hermanos que cantan y sienten el mismo son, cruzando un mar y un océano, a miles de kilómetros de distancia, pertenecen a dos Estados distintos, tienen historias irreconocibles en la superficie, rezan a Dios de dos maneras diversas.

 

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero

que muero porque no muero.

 

La generalidad de nuestra herencia se contiene, mucho, en las frases que anteceden y en su autora. Por una parte, la más patente de las musas que legítimamente nos pertenece es la de la España Católica, nuestra madre conflictiva, la que nos da la mayoría de los códigos de lectura de la identidad y también aquella de la que es necesario liberarse constantemente, ya como arrebato de joven virilidad, ya como prueba de mayoría de edad, o sencillamente, por liberación del tedio. Me ha gustado entender la historia de la hispanidad como una larga conquista del diálogo y la tolerancia, con sus altas y bajas –y a veces con sus rupturas inverosímiles– como una vocación al magisterio y a la universalidad.

 

Nuestra herencia cristiana no es, fundamentalmente, la de un cristianismo sin adjetivos; no es  el cristianismo acremente crítico del nórdico protestante, no es el de la límpida y diáfana ortodoxia romana, nuestra herencia no dice ama y haz lo que quieras como San Agustín, sino muero porque no muero como Santa Teresa de Ávila. El nuestro, es un catolicismo que dice:

 

No me mueve mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de adorarte.

 

 

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

Y esto es ya poesía novohispana, del mejor Guevara, porque en conjunción con las musas judías, árabes y mesoamericanas, nuestro catolicismo protesta y llora porque es pasional y sensual, maternal y amatorio. Aquí se aparece la Virgen Morena –sublime milagro, si se cree, o magnífico sincretismo–, pero que por su símbolo excede al pensamiento racional y discursivo. América y España son tierra propiedad de las vírgenes madres que llorosas y serenas velan el sueño de sus pequeños hijos, al tiempo que son la tierra donde se adora al Dios niño, porque nosotros somos también el pueblo que le vela su sueño a Dios, que lo arrulla para que no llore –y en verdad que tiene razones para llorar– y lo vestimos, porque en su majestad, en tierras de San Pascual Bailón, el Niño Dios ha nacido, como todos los infantes, desnudito y con hambre.

 

Señora Santa Ana,

¿Porqué llora el niño?

Por una manzana

que se le ha perdido.

 

Tal vez la imagen más prístina de nuestro cristianismo, inconforme y ortodoxo, honesto e hipócrita, caritativo y torturado, místico y sensual, no sea la de Fray Luis de Guevara, ni la de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Avila, sino el de nuestra musa novohispana, Sor Juana Inés de la Cruz.

 

Detente, sombra de mi bien esquivo,

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Entre la quema de judas, el traidor deicida, el secarle las lágrimas a la virgen y arrullar al recién nacido niño Dios, se mueve la dialéctica que tortura nuestra a veces fementida hispanidad, de un lado la intolerancia, el dolor y el ostracismo, del otro el diálogo, la dulzura, la sensualidad y la universalidad. Aquí está nuestro diálogo íntimo, entre Torquemada y Quiroga, entre Vitoria y Sepúlveda, entre Santiago Matamoros y la Guadalupana. Pero basta, una última musa nos llama con la macumba y el tambor.

 

Cachimba, guarapo, conga y samba suenan al ritmo sabroso de nuestra América, igual que la música que acaricia la piel y luego, en un frenético contrapunto se transforma en un canto de sensualidad y erotismo, porque esas voces –nuestras–, sus ritmos y esas armonías también, como el castellano, cruzaron el océano, pero no en la lengua de conquistadores sino de otros conquistados, voces sin imperio de los negros cautivos del África, que llegaron sin las cadenas de sus portadores vendidos como esclavos.

 

A nuestra musa africana le atribuimos prendas dulces e inequívocas, cualquiera sabe del africano –y de sus nietos el antillano y el costeño– lo magnífico que es su ritmo y su cualidad para la danza, cualquiera gustoso, admira la perfección de sus cuerpos. A ellos corresponden la fuerza, la sexualidad y sus potencias, la fertilidad, la docilidad, pero también la brutal capacidad de vengarse, y me parece son ellos el dulce pariente de la familia, del cual poco se habla, pero del que se admira el corazón y el gusto hasta en la manera como se ata el cordón de los zapatos.

 

El castellano fue, desde su contacto con estos pueblos, sensible a su ritmo y su cadencia, prueba de ello son estas coplas a ritmo africano, del siglo XVIII:

 

Al cuchumbé

de las doncellas,

ellas conmigo

y yo con ellas.

 

Por aquí paso la muerte

con su aguja y su dedal

preguntando ‘e casa en casa:

¿hay trapos que remendar?

 

Esta, es una somera imagen de la genealogía de las musas que nos dicen cómo hablar, y en ello nos explican la forma en que vemos el mundo. Conforme a su naturaleza siguen recreándose y recordándose inacabablemente, a lo largo de los siglos han estado en diálogo con familias con las cuales comparten algunos parientes, con las inglesas, las italianas, las francesas, y las más cercanas, las portuguesas. La poesía, retrato fiel de la conciencia, da cuenta de ello y lo manifiesta en su enriquecimiento.

 

Cuando se piensa en el pasado, en un ejercicio más profundo que la mera historiografía, se hace un recuento de los símbolos e imágenes que hacen legible la realidad, ése es el fenómeno por el cual el hecho puede hacerse mensaje. De ahí que la verdadera carta de pertenencia no sea la nacionalidad, y menos la ciudadanía, sino la lengua y la cultura, como diría Renan, las glorias y los remordimientos compartidos.

 

Así se organiza la mesa de todos, el mito y el subconsciente colectivo, y volviendo a Reyes, evidencia que la única forma de ser universal es ser un auténtico hombre de la aldea.

 

Comentarios
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Las personas que estamos defendiendo los derechos humanos de las personas con discapacidad lo vemos, es angustioso cómo se ratifica la etiqueta incluyente al decir que se permite la entrada a personas con discapacidad, lo que es aceptado y no, cuando deberíamos tener normalizada la atención para todas las personas. El Estado está obligado a dar los servicios y oportunidades a todos.  “Fue hace dos décadas que se planteó cómo aplicar la danza contemporánea a personas con autismo, sordera, hiperactividad y otros tipos de discapacidad; cómo visibilizar a cada uno de los que forman parte de nuestra sociedad y tienen los mismos derechos”.   Ella es Brenda Ramos Reyes, nuestra invitada de hoy. Coreógrafa, docente, investigadora y humanista, está comprometida en provocar transformaciones de impacto social a través de la danza contemporánea aplicada a niños y jóvenes con discapacidad, quienes lograron derrumbar sus propias limitaciones, encontrándose de formas impensables hasta entonces.  Recientemente Brenda representó al estado de Veracruz en el Congreso Nacional de Teatro para brindar aportaciones sobre género, gestión y gobernanza en materia de artes escénicas para nutrir el quehacer de todos los actores culturales. Fue invitada a impartir una clase magistral sobre educación artística en personas con discapacidad como parte del Festival Bravo Garzón, organizado por Difusión Artística de la Universidad Veracruzana. De sonrisa cálida y palabra franca, con amplia trayectoria, Brenda Ramos es Licenciada en Artes con opción en Danza Contemporánea por la Universidad Veracruzana; diplomada en Arte Terapia por la Universidad Veracruzana; especialista en Gestión y Políticas Culturales por la Universidad Autónoma Metropolitana y el Centro Nacional de las Artes; maestra en Educación Humanista egresada del Centro de Estudios e Investigaciones Gestálticos.  Es originaria de la Ciudad de México; realizó su primer acercamiento con la danza en el Instituto Nacional de Bellas Artes y con el coreógrafo Marco Antonio Silva; es doctora en Educación Especial por la Universidad IEXPRO de Tuxtla Gutiérrez (Chiapas); consejera Ejecutiva "José Vasconcelos Calderón" en el Consejo Académico para la Calidad Educativa (CACE), de la Red Latinoamericana de Educación.  Hace más de una década que es académica en educación superior en la normal Centro Educativo Siglo XXI, el Instituto de Artes Escénicas Nandehui, la Escuela Superior de Artes de Veracruz y la Universidad Veracruzana en la Licenciatura en Enseñanza de las Artes, donde imparte la Experiencia Formativa de Educación Especial y Psicología del Desarrollo.  En el Instituto Veracruzano de la Cultura ha dedicado tiempo a desarrollar y promover la educación artística, la atención a grupos de niños y jóvenes con discapacidad. Como parte de su compromiso publicó trabajos de investigación educativa entre los que están el artículo “Hábitos, prácticas y consumos culturales de los alumnos y docentes normalistas del Centro Educativo Siglo XXI, de la Ciudad de Xalapa (Veracruz). Investigación medida a través de instrumentos del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, así como el texto “Cuerpos emancipados”. Ha estado al frente del grupo Independiente de Danza Contemporánea Móviles, integrado por jóvenes con discapacidad, con quienes brindó funciones durante diez años, y el Colectivo Raíz, seleccionado por el montaje coreográfico de su autoría “Mujercitas” basado en La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, como resultado de la convocatoria nacional Voy al Teatro” Sala Virtual Es gestora cultural y tallerista en el Instituto Veracruzano de la Cultura; ejerce como docente, investigadora en el ámbito de las artes escénicas, siendo seleccionada nacional para el Seminario "De la inclusión a la interpelación: escena, discapacidad y política", organizado por la Cátedra Ingmar Bergman, Cultura UNAM, el British Council, y el Instituto de Estudios Críticos.  Su entrega y esfuerzo la llevó a merecer el estímulo a la creación por parte del FONCA a través del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de México. Ha participado en conferencias en la Benemérita Normal Veracruzana, el Instituto Superior de Artes Escénicas NANDEHUI, el Instituto Veracruzano de Cultura, la Secretaría de Educación de Veracruz y la Universidad Autónoma de México.  Brenda Ramos es responsable de realizar el primero y segundo Encuentro de Arte para Sordos: El Primer Inclusivo Masivo, interviniendo el Parque Juárez de la ciudad de Xalapa (Veracruz) con más de 150 personas de todas la edades y condiciones. Organizó el primero, segundo y tercer encuentro inclusivo en donde promueve la participación de todas las personas con y sin discapacidad, sobresaliendo adultos mayores disfuncionales.  Estos son algunos datos de nuestra invitada, quien ha realizado un impresionante trabajo coreográfico para niños y jóvenes en el estado de Veracruz, en Xalapa.  En 1995 tuvo frente a sí su primer gran reto. Dos hermanos: el niño con hiperactividad y la joven con retraso mental. Al ser egresada de la carrera de danza, no pudo hacer mucho y fue en ese tiempo que comenzó a preguntarse qué hacer por otro ser humano.  Hizo un alto para repensar el impacto social del arte, cuáles serían las herramientas. Los aplausos son el alimento, pero no trasciende. El espectador puede ser tocado pero no es una cuestión que sea vital. Así, comenzó a trabajar en escuelas, a conocer la población, no solo en el caso de su potencial sino cómo se estaba manejando la práctica artística desde su posibilidad para las personas con discapacidad. “Era evidente que no se visibilizaba a esta población y comenzó su titánica labor en el año 2000, donde formó un grupo de jóvenes con discapacidad motora, autismo. Como un reto creativo se preguntó: ¿qué es lo que puedo hacer con estos cuerpos diversos?; ¿cómo puedo generar memoria escénica?; ¿cómo puedo hacer que una persona que no escucha se involucre con la música? “Comencé a explorar. Me di cuenta del impacto que estaba generando no solo la creación sino lo que permeaba en otras aristas, en sus familias que les aplaudían, la condición motora no existía, el equilibrio, no podían caminar sin el apoyo de las manos. Fue gratificante para la familia esta experimentación que se estaba asociando al trabajo tan grande del arte, de la danza, para fortalecer la voluntad de los individuos. Esto hacía que quien no podía caminar, caminaran solos gracias a la danza. En este grupo colectivo se ayudaron entre sí.  “Este ejercicio hacia fuera los jóvenes empezaron a ser otros, ya no eran vistos como los discapacitados que había que tenerlos encerrados, como grupo de danza dimos funciones en Xalapa, participamos en Veracruz, en la Ciudad de México en el Día Internacional de la Danza. Se logró que compartieran con el gremio de la danza, convivían con coreógrafos y bailarines profesionales. Eran valorados. Fueron 10 años del “Grupo Independiente de Danza Contemporánea”.  Se transformaban. Se daba un intercambio físico-emocional, nadie quiso ver antes que podían expresarse mediante la danza y emocionarse hasta las lágrimas. Los bailarines somos de condición kinestésica. “Era evidente esta voluntad de luchar contra su propia naturaleza. El que no tenía equilibrio luchaba por tenerlo en escena. El movimiento se convirtió como asunto vital. Les dio presencia, voz. El cuerpo hablaba por sí mismo cuando no había palabras. “Con el trabajo realizado hasta entonces, se logró un intercambio con la Universidad Veracruzana (UV), con el grupo de danza de la UV y Jazz UV, fue como un laboratorio experimental para crear esa sinergia”.  Llega a la memoria de Brenda su alumna Guadalupe Cano: una bailarina nata, quien alguna vez expresó: “Esto es lo más hermoso que me ha pasado”. Se refería a un intercambio entre el público y escenario, la emoción se convirtió en lágrimas.  “Hacer danza de forma recreativa para niños hiperactivos, descargar toda la energía que tienen encima, un trastorno de atención, para hablar a un cerebro se requiere de un tiempo mayor para su desarrollo. Los neurólogos tienden a otorgar apoyo, medicamentos para centrar su atención y tanta energía. Deben tener atención especializada. Desde la docencia se debe conocer a los niños que necesitan correr antes de lograr concentrarse, a los infantes es necesario que se les encamine.  “El asunto de la pandemia nos ha golpeado. Desde la pantalla seguimos estando presentes con la otredad, a pesar de no sentirnos, pero nos vemos y escuchamos. En el caso de la discapacidad hay distintos grados. Podemos ver que hay niveles: los que necesitan aprender más allá de pintar, necesitan vestirse, ir al baño solos, la parte autónoma que se trabaje en casa como apoyo desde fuera.  “Hay otros tipos de discapacidad y el hecho de que sí se puede trabajar desde lo virtual, hacer un acercamiento, me disfrazó de todo cuanto pueda, crear escenarios atractivos, hay una triada siempre que es la familia, él o ella y la maestra, donde la familia es el pilar que sostiene y construye. “En el caso del autismo es un trastorno de neurodesarrollo, hay discapacidad en cuanto a lo social, los niños podrán no estar y se les han puesto juegos, aprender a poner el programa, lo emitan, los monitores en el autismo están siendo muy funcionales.  “La docencia continúa a través de las pantallas. Esta parte híbrida seguir trabajando desde lo virtual haciendo valioso los momentos presenciales, se hizo una brecha. No todos tienen la tecnología, no todos tienen el apoyo de la familia. Esta problemática  nos desnuda, las pocas oportunidades y la atención para cubrir a todos. Hay regiones donde ni siquiera hay luz.  “Hay que prepararnos para el rezago, para el después de toda esta situación de confinamiento, el regreso de los alumnos, muchos maestros no han sido formadores ni facilitadores por parte del Estado. Hay un radio de desigualdad social. Los servicios no llegan a todos lados. La enseñanza está estandarizada, lo distinto de los colegios a una escuela rural y los planes de educación así están, no puedo reprobar lo que ya está reprobado: las condiciones en la que no todos se podían conectar o donde tenían personas contagiadas. ¿Cómo van a aprender en las clases si tienen que atender al familiar contagiado? Muchos jóvenes se dieron de baja temporal desde marzo pasado, hubo egresados de todas las licenciaturas. “Este tiempo ha sido el remedio de la educación. Lo he venido observando como maestra de educación superior. Entre los jóvenes hubo un caso de una estudiante contagiada y con neumonía grave, se le ayudó a terminar en la asesoría de tesis. Los docentes han tenido una clara confrontación con la tecnología al intentar llegar a los alumnos. No todos están listos para llevar una educación a distancia; a nivel bachillerato o universidad sí, pero los menores no porque requieren de acompañamiento cercano. Si solo fuera esa la variante, pero teníamos otras que nos siguen apretando: padres sin trabajo, madres a quienes no aplicaba la equidad de género, los roles se multiplicaron al estar atendiendo el hogar y a los niños. Esta parte nos lleva a una situación emocional complicada. Hay que  poner atención a la salud mental y física. Cada casa y familia vive una situación de encierro complicada. Se vive con el temor del contagio. Es complicado dimensionar a dónde nos lleva la pandemia.  “En cuanto a discapacidad, se desconocen los derechos humanos. En teoría, todas las personas tienen el derecho de acceso a la cultura, pero no hay rampa de accesibilidad para quienes utilizan silla de ruedas. Un desconocimiento similar ocurre con las personas por su condición indígena.  “Lo anterior no está en trípticos informativos, en lenguaje braille. Afortunadamente en el 2006 se forma la Convención de los Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad, en 2007 se ratificó que se harían válidos ante la ONU. “Todavía en este tiempo, en nuestro país podemos ser testigos de casos de consultas médicas en las que se puede ser sordo y en el sector salud es casi una proeza que se brinde atención a personas con discapacidad auditiva y que no pierdan su cita. “Lo mismo ocurre en otros escenarios como el transporte de autobuses en las terminales cuando anuncian las salidas y las personas que no oyen, cuál es el tipo de atención, hablar de espacio inclusivo se ha tomado el término para dar atención a personas con discapacidad, ni siquiera deberíamos mencionarlo como un logro aparte.  “La valía del arte en la educación y no solo en la discapacidad coadyuva en el desarrollo de los alumnos, desde el IVEC se espera que se brinden los acercamientos, permear hacia otros sitios geográficos, la UV, el municipio, llevar el arte a todos los espacios, dar oportunidad a todos. Estamos obligados a dar atención a las personas, a los niños, mujeres, hombres, generar un espacio justo en la pandemia y después de ésta para irnos recuperando. “La gente se va construyendo a partir de sus sentidos: qué tipo de música les llega, qué dicen esas letras. De eso se alimentan: todo lo que vemos y lo que oímos es lo que somos. Vamos a deconstruir el tejido social de forma lúdica. Las instancias estamos obligadas a hacer, a salir; hoy se imparten talleres para inscribirse desde los links y eso es elitista. ¿Quiénes atenderán esas regiones donde no hay luz y otros servicios básicos? “Salir para hacer el trabajo real y cambiar los pensamientos de los veracruzanos o de cualquier otra región de nuestro país, pero no desde el escritorio. Debe existir una regulación de las películas y la música, de lo que los jóvenes están escuchando que está ocurriendo. “La globalización nos ha llevado en parte a situaciones dolosas. Me preocupa la pérdida de identidad, de valores, la inseguridad en la que vivimos, acaso la violencia que se gesta en los espacios íntimos. Quienes hemos estado cercanos a la educación de los niños, estamos hablando de niños efectuando actos graves. Las instituciones no toman la tarea que tienen que hacer, nos complican y si no nos van a ayudar, que no nos pongan obstáculos. “Es de interés señalar que muchos de los que llegan a la función pública para ejercer la administración en el ámbito de la cultura, pueden ser personas con buenas intenciones pero nulos en los saberes. Quienes sí sabemos batallamos con esas situaciones al entregar proyectos que ni siquiera entienden y en el peor de los escenarios no les interesa. El perfil de los funcionarios públicos debería tener al menos una maestría en administración cultural”. Las actividades con las que Brenda Ramos se encuentra comprometida ahora es producir conocimiento y compartirlo. 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