Quizá sea el otoño con su caída de hojas que me recuerda que el tiempo pasa. Quizá sea mi edad que avanza en la piel, en los sentidos, en la forma de reaccionar, aun cuando el espíritu se sienta cada día más joven. O tal vez serán las palabras de mi amigo Julio Chavezmontes, querido colega de este espacio, que habla de haber andado muchísimos caminos con estas líneas: “Como yo que hoy habito en el origen/Muy cerca de su punto de partida […] ¿Cuánto camino quedará por andar?”
Con seguridad es una combinación de factores, aunados a mi lectura de “La vejez”, ensayo personal de Gonzalo Celorio, quien hace un recuento de su vida hasta el momento de iniciar la primera cuartilla, antes de la pandemia, y que, luego se pregunta con azoro si se convertirá en una de miles de víctimas que –hoy sabemos—ha cobrado la enfermedad en México. Libro que en su segunda parte convierte al autor en el emisario del sentir de grandes poetas que han reflexionado acerca de la muerte.
Sin lugar a duda, vivimos unos tiempos maravillosos en cuanto a tecnología. La inteligencia artificial se presenta como la gran herramienta creativa, que solo a ratos deja ver su fase oscura que, desde los narradores de ficción de mediados del siglo veinte, nos atemoriza, por desconocida, porque se antoja como la bestia monstruosa que habrá de engullir nuestra voluntad humana de un solo trago… Aun así, la nuestra es una vida pletórica de grandes oportunidades para conocer y disfrutar lugares y eventos que previamente, para la mayoría, no podían visitarse más que con la imaginación.
Un efecto colateral que ha traído esta facilitación de la vida es la pérdida de asombro frente a ella. Damos por sentado que el sol sale, que los árboles crecen, florean y dan fruto. Que nuestro corazón late a un ritmo promedio de setenta veces por minuto, y que seguirá haciéndolo por siempre, aludiendo a esa portentosa frase de Epicuro frente a la muerte: “Cuando yo estoy tú no estás, y cuando tú estés yo no estaré.” Por supuesto que, aun en este mar de verdad, nuestro niño interior nos llama a la curiosidad y a la fascinación. A levantarnos cada mañana con el propósito de descubrir, o de crear, o de transformar algo de nuestra vida. Alejarnos de las rutinas devastadoras de hacer del hoy el palimpsesto del ayer, y mañana lo mismo. Está en nosotros imprimir un toque original a cada día, a cada momento. Lanzarnos un desafío personal y vivir la satisfacción de cumplirlo, o la gran enseñanza que nos deja el haberlo intentado de fondo. Un desafío, no tan grande que nos supere, no tan pequeño que carezca de incentivos al cumplirlo.
Alguien me preguntó en una ocasión cuál era mi objetivo para la vejez. Le respondí que deseaba retornar a la magia de la infancia, aumentar mi asombro por las pequeñas cosas de cada día, a manera de abalorios, para tener, a la vuelta del tiempo, una hermosa pieza multicolor. A estas alturas no aspiro a desarrollar obras titánicas, sino a ir colocando, una a una, las piezas del rompecabezas de mi propia vida, teniendo en mente la figura que quiero armar, y pidiendo al cielo que el tiempo me alcance para hacerlo.
Hablando de la edad, dice Michel de Montaigne, el padre del ensayo personal: “No puedo aprobar la manera como entendemos el tiempo que dura nuestra vida”. Palabras que transcribe Celorio en la segunda parte de su obra y que nos deja muy en claro por qué este género ensayístico tiene gran relevancia en nuestros tiempos. Porque va llenando de grandes interrogantes esos espacios que nos ha dejado el vacío interior al que nos impele la vida moderna con sus comodidades mentales, que dan vacaciones al pensamiento.
El arte es la gran maestra: nos enseña que cada uno de nosotros es dueño de su lienzo, una paleta de pinturas y un juego de pinceles. Y, finalmente, autor de su propia obra. Hay quien recibió un lienzo más amplio o una gama de colores mejor surtida, pero, en esencia, depende del ingenio individual el uso que hacemos de nuestras herramientas para plasmar de manera personal y única nuestra obra maestra. Es una paradoja descubrir que, conforme más avanza nuestra vida, mejor lo vamos entendiendo.
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