Los Olvidos – Parte 30

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21 de abril, 2021 Los Olvidos

Regresé a Acapulco después de tres semanas que dediqué a atender pendientes de mi despacho para poder  “hacer mi tarea” como me aconsejó Doña Rosita Salas. Llegué una vez más a la puerta de Los Olvidos donde me recibió Don Marcelino tan amable como siempre.

Cada vez llega usted más temprano joven; ¿Cómo le va? Ahora sí se tardó un poquito más en venir, hasta lo estábamos extrañando. 

Tuve que estar en México un poquito más que de costumbre para no atrasarme y no desatender mi despacho.

¿Qué tal se le antojaría un cafecito de olla,  joven?

Claro, Don Marcelino, a poco tiene ahorita café de olla.

Y recién hechecito.

¿Nos lo tomamos en el escondite, Don Marcelino?

Ahí mero si quiere; espéreme por aquí  y ahorita los traigo.

-Unos minutos después regresó  con dos jarros de barro humeantes.

Y en jarritos,  como debe ser.

Claro, joven, el café de olla y el ponche se toman así  o no saben igual de bien.

Jarrito en mano, nos encaminamos al escondite, y una vez ahí nos sentamos sobre la banquetita que yo llamaba el redondel, listos para la plática que no habíamos podido tener.

La última  vez que anduvo usted por aquí, ya no me dijo nada del perfume; por cierto que lo recogió mi esposa,  pero si lo necesita de nuevo, nada más me dice.

Gracias Don Marcelino; yo le digo. 

No me sentía yo en ánimo  de relatarle lo que había sucedido con el perfume, y no creo que Don Marcelino lo imaginara; sin embargo, había algo en su mirada siempre viva, que parecía decirme que sabía que algo  había ocurrido aunque no podría saber exactamente qué. 

¿Y qué le dicen los diarios y las cartas, joven Pecos?

No he leído todo, Don Marcelino. Hasta ahora he revisado algunas entradas del diario de 1942, que comienza en el mes de junio y un diario que estaba en la otra caja, que es de 1943 y que encontré de casualidad, porque yo creía que todos   los diarios estaban en la misma caja.

Usted revise todo lo que quiera. Incluso me dijo mi esposa que a la mejor le vendría a usted mejor llevarse las cajas a su casa y leerlas sin necesidad de estar yendo y viniendo.

No se me había pasado por la cabeza la idea, Don Marcelino, si de verdad no hay problema, me las llevo. ¿Pero podría seguir viniendo?

Una cosa no tiene que ver con la otra, joven; además, si le soy sincero, creo que todas esas cosas no aparecieron  para que las leyéramos nosotros…

Caray, Don Marcelino, me sorprende  usted porque no esperaba esto, muchas gracias. Debo decirle que he estado pensando  en esta casa, y  desde cuándo comenzó a llamarme la atención. Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá.

Sí joven, donde trabaja Benito.

Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba.

El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto.

¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa?

Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted.

Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible.

Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente.

Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento.

Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente.

¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó?

Se va usted a sorprender.

¿Qué le dijo su señora?

Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije?

Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla.

¿Eso le dijo nada más?

Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven?

Claro que sí, Don Marcelino.

¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba?

Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder!

Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar.

¡Es broma, Don Marcelino! Lo que pasa es que al mirar nuevamente hacia el jardín, la joven ya no estaba, y yo quería haber visto su cara; sus ojos. Pero entonces usted me dijo que no había nadie más que usted y su familia y que me había yo imaginado a la  chica.

No, joven, es cierto que le dije que estábamos mi familia y yo y que no había invitados, pero no le dije que se la había usted imaginado.

Se nos había pasado el tiempo muy rápido, y Don Marcelino amablemente me dijo que tenía que hacer algunas cosas.

¿Va a ir al mirador a seguir revisando las cosas?

Sí, Don Marcelino, ¿y sabe qué?  Si no le importa, por ahora no me quisiera llevar las cajas; preferiría seguir leyendo los diarios y ver las fotos aquí mismo; creo que es lo mejor, aunque no sé  decirle por qué.

No hay problema, joven Pecos, ya le dije que usted puede venir todas las veces que quiera…

Gracias, Don Marcelino, entonces nos vemos al ratito, y gracias por el café. 

Ándele joven, yo aquí voy a andar si se le ofrece algo.

En camino al mirador me detuve en el corredor para ver el palmar, el cerro de la Pinzona se veía claramente; lo fui recorriendo con la vista hasta que pude localizar la casa Ralph; al verla desde aquí, imaginé si ella alguna vez se habría detenido en este mismo punto mirando hacia allá; qué habría estado pensando; qué habría estado sintiendo…

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Escuchó risas mientras no podía incorporarse, hasta que una de las cajeras de la farmacia donde trabajaba como botarga le tendió la mano. No tuvo mayores lesiones que no fueran un par de magulladuras y la pasajera confusión por el impacto. Un grupo de chavos de la prepa cercana fueron quienes le produjeron semejante golpe. Él lo intuyó porque los veía a diario a esa misma hora pasar por docenas, con sus despreocupadas risas y su desgarbado aspecto uniformado, que desbordaba siempre optimismo jovial ante la vida y sus, cada vez más, cotidianas atrocidades.  Pero en su mente sólo él concebía una realidad, la suya, la que acaso es la auténticamente válida para todos. Segundos antes había pateado una lata de refresco vacía que pasó entre dos postes frente al establecimiento farmacéutico, pegadita al derecho para ser exactos, apenas elevadita del piso, y lo más importante, imaginó que el tiro era inalcanzable para cualquier portero. 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