Los Olvidos | Parte 22

Me levanté con la luz del amanecer.  Desde la terracita, Santa Prisca reinaba como siempre sobre las colinas de Taxco, contrastando su fachada rosa y sus cúpulas de talavera contra el azul clarísimo del cielo que apenas...

25 de enero, 2021

Me levanté con la luz del amanecer.  Desde la terracita, Santa Prisca reinaba como siempre sobre las colinas de Taxco, contrastando su fachada rosa y sus cúpulas de talavera contra el azul clarísimo del cielo que apenas despertaba.

Al bajar al comedor  me ofrecieron  un café con panquecitos ingleses. Era yo el único huésped en el comedor.En eso llegó Trini, el  cantinero al que conocía desde la vez que fui a Acapulco en bicicleta por primera vez en 1967.

Hola joven, ¿Cómo le va?, ¿vino en bici otra vez?

No, Trini, esta vez no. Vine de pasada, voy a México. ¿Cómo les ha ido?

Bien, joven Pecos, como siempre, gracias a Dios. ¿Cuándo se va a México?

Depende de lo que me tarde en casa de don Antonio Castillo; quedé de visitarlo hoy un poco más tarde, pero si se me va el  tiempo me voy mañana tempranito. 




Terminando de desayunar fui a la recepción a buscar entre las fotografías bajo el cristal. Ahí estaba Henry Fonda  apoltronado en una gran silla de madera con las piernas cruzadas, calzando unos huaraches de correas con suela de llanta y un sombrero de palma típico guerrerense. Reconocí a Diego Rivera en compañía de William Spratling en “el Ranchito”,   “cabalgando” muy sonrientes y relajados  sobre los asientos del bar que eran sillas de montar.

Había varios retratos de Ethel Smith que llegaba siempre al cuarto 25, que era la misma habitación que había ocupado durante su luna de miel muchos años antes. Desde que  murió su esposo,  había seguido yendo a Taxco y quedándose en su cuarto del Victoria; era usual verla sentada bajo el pórtico de aquella recámara, leyendo algún libro o entregándose a sus recuerdos. Siempre que coincidíamos charlábamos en una de las salas,  o tomábamos algo en el bar. Escucharla era una verdadera aventura.

Pregunté si Ethel estaba en el hotel; la señorita de la recepción me dijo que no, pero que tenía reservación para el 28 de octubre, porque quería asistir a la celebración de los muertos en Tehuilotepec, cerca de Taxco. Pensé que podría organizarme para coincidir con ella y saludarla por esas fechas.

Bajo el cristal del mostrador había algunos retratos a color dejados por visitantes que quisieron quedarse ahí junto a los otros recuerdos de tiempos más tranquilos.

Recorrí con la vista los diversos retratos, buscando el que me había dicho Toño Castillo. Después de unos minutos, descubrí a  Antonio bajo el  frondoso laurel  de la india que adorna la entrada al  comedor desde la terraza principal. A él lo reconocí de inmediato,  también a Charles Nibbi (al que ya conocía por sus retratos en el Victoria del que había sido dueño), lo mismo a William Spratling al que ya había visto en reportajes  y en fotografías que se exhibían en su rancho donde se vendían objetos de arte diseñados  por él. El más joven del grupo era mi amigo Miguel Peón que tenía una platería a una cuadra del Victoria; Ethel Smith era la única dama del grupo.

Finalmente me quedé observando al que solo podía ser  Emmanuell Claymon, el enigmático aventurero inglés que la vida había llevado a las minas de plata en Hidalgo,  luego a Zacatecas desde donde, siguiendo su destino, llegó a Acapulco para dejar su recuerdo en Los Olvidos. Era el más  alto de todos, portaba pantalones claros de pinzas dobles clásicos de los sastres acapulqueños, llevaba una camisa blanca de algodón remangada, dejando libres sus antebrazos. Me llamó la atención su reloj, un cronómetro Breitling con pulsera de cuero.

Su cabello era rubio,  sus ojos se adivinaban azules por su notable claridad casi transparentes; sonreía como los demás, pero en su sonrisa reflejaba un dejo de nostalgia, como sintiendo que esa imagen viajaría a la deriva como las hojas que se lleva el viento, cuando todos los capturados en el instante de esa imagen, ya se hubieran ido. Al estar mirando esa fotografía me transmitía su nostalgia al imaginarme el ritmo de la vida en esos tiempos; la tranquilidad de aquel Taxco al que era difícil llegar entonces por la estrecha carretera llena de curvas que, sin embargo, era el paso obligado en el camino hacia Acapulco.

Después de haber encontrado la fotografía que había mencionado Toño Castillo, estuve viendo los demás retratos bajo el vidrio, hasta que de pronto vi uno que me hizo saltar el corazón. Justo a la orilla del mostrador,  sobre el extremo derecho, en  el último retrato estaba nuevamente Emmanuell Claymon con una mujer que supuse sería su esposa acompañados por la joven Matilda que  había yo visto por primera vez  al deslizarse del diario en Los Olvidos; se veían los tres muy sonrientes, claramente felices. Me dio gusto verla así. Me dio la impresión de ya haberla visto con ese vestido, pero no era posible, porque la única otra imagen que conocía  de ella era la foto del Mirador y no estaba vestida igual. Estaba seguro de haber visto ese vestido en alguna otra parte, pero por más que me  esforzaba no podía recordar dónde.

Para aprovechar el día dejé mi habitación a las once de la mañana y me fui directo a Tecalpulco  a ver a Antonio Castillo. Cuando llegué a su casa, Toño estaba afuera dándole instrucciones a uno de sus trabajadores. Esperé a que se desocupara y me acerqué a saludarlo.

Aquí estoy de nueva cuenta para darte lata.

¡Qué va!, bienvenido, pásale.

Esta vez nos sentamos junto a una mesa del jardín; el río tenía algo de corriente que cantaba en el velo de novia.

¿Ya desayunaste?

Si Toño, desayuné temprano.

Está bien, porque no es bueno tomar tequila en ayunas…

Antonio me dijo que volvía enseguida, que no me levantara.

Un instante después, regresó con una charola en la que traía una botella de tequila,  limones en gajos,  un platito con sal, totopos caseros y un cuenco con guacamole ¡que invitaba a saborearlo!

No te quejarás m’ijo.

¡Hasta crees!

Mi querido Toño levantó su caballito y dijo:

Por los amigos que no estan aquí, y por ti, mi joven amigo.

Gracias Toño.

¿Te vas hoy a México?

No creo, pero mañana sin falta, porque tengo abandonado mi despacho que por cierto, funciona mejor cuando no estoy, ¿tú crees?

Ha de ser, pero al ojo del amo, ya sabes. Estuve recordando tus Olvidos ayer cuando te fuiste.

¿De veras, y de qué te acordaste?

Recordé que fue Billy Spratling el que me presentó a  Claymon en su rancho de Taxco el Viejo, una vez que Emmanuell vino a verlo por cuestiones de surtido de barras de plata para su taller. Fue allá por 1927 cuando apenas se había inaugurado el camino nacional (que así se llamaba) y que finalmente unió a la ciudad de México con Acapulco. Tú que eres tan fijado, seguro has visto la placa conmemorativa de la inauguración del camino nacional, está a la entrada del puente sobre del Amacuzac entre Huajintlan y Teacalco.

Pues creo que sí soy fijado, porque hasta la he retratado.  La inauguró el General Calles según dice la placa que por cierto, es de bronce.

Cuando le pregunté a Emmanuell  cómo se le había ocurrido venir a México, me dijo que en Inglaterra había estudiado ingeniería de minas y que un señor apellidado Maxwell lo había invitado a trabajar en Pachuca donde operaban varias compañías mineras inglesas. Desde 1824, los ingleses comenzaron a invertir en minas del estado de Hidalgo; la primera empresa británica establecida en Pachuca  se llamaba “Compañía de Aventureros de las Minas de Pachuca y Real del Monte”. ¿Te imaginas? Ellos fundaron el primer club de futbol que hubo en México; el Pachuca Futball Club. Parecía que hubieran escogido el nombre de la compañía a la medida de Emmanuell Claymon que para entonces ya tenía su  hijita Matilda  de apenas  dos años de edad que como es natural, era su adoración. Él se vino a México a principios de los años veinte que no era cualquier cosa; todavía estaba la bola muy revuelta y él era un extranjero recién graduado, es decir, sin experiencia, porque una cosa  es graduarse de ingeniero minero y otra cosa es meterse por los tiros y socavones a seguir las vetas… No solamente aprendió a hablar español, sino también otomí, que es la lengua materna de los indígenas de esa zona. Emmanuell era una especie de Barón de Humboldt sin sangre azul, pero con muchas ganas de prosperar y además, un enamorado de México. Con motivo de su chamba en Pachuca, viajaba mucho a California ¡y adivina que!

¿Qué quieres que adivine?

Este güerito conoció a una muchacha irlandesa que vivía en San Francisco con su familia que también era de mineros, y en menos de un año se casaron y se la trajo a Pachuca. ¿Te imaginas el  cambio de San Francisco a Pachuca?  Además,  a Jeri (que así se llamaba su esposa) no le encantaban los ingleses,  excepto claro, Emmanuell que siendo inglés,   curiosamente  era católico como ella. Poco después de llegar a quedarse en Pachuca, tuvieron a su hijita mexicana.A fuerza de chambear como verdadero gambusino, Emmanuell prosperó hasta que le ofrecieron la posibilidad de trabajar en una mina llamada Proaño en Zacatecas; una vez ahí, le fue yendo mejor hasta convertirse en un empresario exitoso y con buen dinerito.

¿O sea que Matilda nació en 1925?

Si la aritmética no falla, así es. ¿Por qué pones cara de sorpresa?

Por nada Toño, lo que pasa es que pensando en Los Olvidos y en todas las gentes que conocieron a Emmanuel Claymon y su familia,  y su relación con Acapulco, siento que somos contemporáneos, como si yo perteneciera a esa misma época y no me acaban de cuadrar las edades.

Ya que lo dices, querido Pecos, parece que diste un salto cuántico y no se puede saber si vienes del pasado o del futuro; nada más mírate aquí platicando con este viejo sobre cosas de otro tiempo…

¿Y todavía te sorprendes hijo?

Al terminar de decir esto, Toño se rio de buena gana y remató diciendo:

La gente tiende a desestimar o negar como patrañas o supersticiones las cosas que no conoce o que no entiende, pero hay muchísimas cuestiones de las que no tenemos idea. Hablar del pasado o del presente como si fueran algo distante entre sí, es un error parecido a cuando se creía que la Tierra era plana,  que el sol giraba alrededor de la Tierra o que solamente existe lo que vemos; pero llegaron los microbios y nos bajaron los humos desde que Pasteur los encontró. Se nos pasó  el tiempo volando m’ijo, ¿quieres quedarte a comer?

No, gracias Antonio, porque si sigo así, cuando llegue a México ya no voy a tener ni despacho.

Conste que eres más que bienvenido.

Gracias, pero de verdad prefiero  irme temprano, descansar y salir tempranito mañana para México. Lo bueno es que desde  mi casa en Churubusco a mi despacho en Barranca del Muerto, no hago más de diez minutos.

Por el camino hacia Taxco iba yo pensando millones de cosas, ¡me parecía increíble y al mismo tiempo genial   que Matilda fuera mexicana porque había nacido en Pachuca. Me preguntaba qué habría sido de ella…

Conforme iba yo sabiendo más cosas, en vez de desaparecer se  hacía más presente;  si  pudiera pensar con objetividad, el tema no tendría vuelta de hoja.

Matilda era alguien de un pasado que no era el mío  y en mi presente no había cabida para seguir pensando en ella; entonces volvían a mí las palabras de Antonio: “Hablar del pasado o del presente como si fueran algo distante entre sí, es un error…”.

Vino a mi mente  la  imagen de Antonio Castillo sonriendo al decirme esto; sin darme cuenta, sonreí yo también en una complicidad que parecía haberme abierto la puerta para viajar a mi antojo a través del tiempo…

Comentarios
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Rubirosa nunca ha sido un personaje popular, para quienes conocieron sus andanzas (retratadas por Truman Capote y por Mario Vargas Llosa) constituía una especie de hito histórico; aquel hombre venido de una pequeña isla caribeña pobre, diminuta y sometida además a una de las más férreas y sanguinarias dictaduras, la de Trujillo. Rubirosa era una rara avis que volaba sobre cielos más azules que los nuestros que deslucían entre brumas y esperas; triunfaba en lugares que creíamos reservados para los franceses, los americanos o los italianos –ellos tan guapos, tan ricos y tan de avanzada–, y lo hacía con lo que entonces considerábamos nuestro capital exclusivo y de mayor valor: el don de gentes, la felicidad de palabra y como diría García Márquez en su “Buen viaje señor presidente”: “la inocencia de su corazón y el calibre de su arma…”.En fin, para quienes crecimos bajo las reglas de la guerra fría, aquello era tenerlo todo, el “ábrete sésamo” de la fortuna y la grandeza. Hoy, a la luz de los años pasados, la figura de Rubirosa merece una reinterpretación. Una nueva serie para la televisión por internet lo ofrece como un personaje más complejo, atormentado y afortunado a la vez, metido hasta el cuello en conspiraciones políticas y en situaciones límite que confirmaban su particular talento para lo mundanal y lo aventurero; hoy lo leemos distinto porque el tiempo del machismo habitual de la guerra fría se ha ido y tenemos que ensayar nuevas lecturas para poder comprender lo que nos está sucediendo en México y en el mundo. Rubirosa solo podía ser producto de aquella era en la que las dos superpotencias se demostraban mutuamente la dimensión de su fuerza y su poder, donde aparentar más era ser más y dónde afiliarse bajo el ala de los grandes era una forma de supervivencia. Porfirio Rubirosa vivió así, bajo la sombra de grandes que le permitían exhibir sus encantos y mantenerse vigente en los más augustos candeleros. El suyo era el talento de la buena fortuna, el del arrojo y la agilidad, de la astucia para estar con la República española y con el franquismo según fuera necesario, figurar como opositor y como miembro del equipo más cercano de Trujillo. El suyo era el sino del imaginario latinoamericano, el buen amante hispano que podía someter con el yugo dulce de sus encantos a las mujeres hermosas, poderosas y acaudaladas. Todo esto con la sazón de quien arriesgaba el pellejo de corazón y lograba escapar tanto de nazis como de su todopoderoso suegro, pero que se veía sometido por una noche de placer o una nueva aventura. Se convirtió en cierta forma en símbolo de su tiempo, de la impotencia y del poder de nuestro continente. Hoy lo veo en la televisión y en las nuevas publicaciones sobre él y sobre su círculo, se nos aparece como el hábil sobreviviente de su tiempo pero no como un modelo; se nos aparece más como una especie de fuga de la ficción a la realidad, pero ya no encaja con nuestros modelos de lo que consideraríamos virilidad o astucia política. Aparentemente fueron los hechos  los que echaron abajo la era interminable y perpetua de la guerra fría. A principios de los años de 1980, pensábamos que aquello sería para siempre, que no habría otra lectura del mundo; pero al mismo tiempo se ensayaban nuevas formas de leer la realidad, algo a lo que algunos llamaron “posmodernidad”, otras formas de apreciar la relación entre libertades y democracia, entre poder popular y ejercicio pacífico de los derechos, iban a formar las bases para que un grupo de personajes como el papa Wojtila, Reagan, Tatcher y Gorbachev pudieran cerrar una etapa de la historia universal. Desde luego, la cuestión era que ningún cambio político podía hacerse realidad si no se convertía en un cambio cultural de fondo. No bastaba con echar abajo el muro de Berlín –el mundo de Rubirosa y de James Bond– sino que necesitábamos construir nuevas palabras y nuevos conceptos que nos permitieran comprender ese mundo en el que nos estábamos aventurando. Una magnífica producción de televisión me ha puesto sobre la pista de un héroe ajado por el tiempo y polvoriento de viejos olvidos; lo veo como un símbolo de lo que fue y me quedo con la envoltura vistosa de sus aventuras. Volteo a mi alrededor y me fijo en que mi entorno se ha transformado, que estamos viviendo los días álgidos de un cambio que tomó tiempo cuajar y formarse; que no tenemos precisión de hasta dónde seremos capaces de llevarlo; que esta realidad que vivimos no tiene raíces en la elección presidencial pasada o en el desencuentro en que vivimos, en la caída de mitos y la falta de irrupción de los nuevos; pero que solo será fructífero en realidad si se convierte en cultura y deja huella si la trabajamos en temas como la construcción de una política cultural profunda, que fortalezca los discursos y transforme las costumbres. 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Traté de hacerlo conforme a mis memorias y recurrí a las fuentes solo cuando no estaba seguro de haber dispuesto del dato preciso, porque llevo tantos años viviendo y leyendo la Ciudad que he querido confesarle mi amor de esta manera. Ninguna novedad, sabe cuánto la adoro desde hace mucho; cómo he sufrido sus dolores y sus penas; cómo he soportado sus desvaríos, su cariño agreste y no pocas veces sus desengaños e indiferencia. No sé cuándo empecé a leer sobre la Ciudad. Tal vez en algún momento me di cuenta de que estaba amando a mi ciudad cuando la leí conscientemente. No me refiero solo al Elogio de la Calle de Quirarte o a Los rituales del Caos de Monsiváis, enormes compendios que ya justifican la aproximación; sino a los íntimos, a las caricias ya de novio entrado en afectos; la casa inexistente de Aura, la de Carlos Fuentes, en el 815 de Donceles, número que no existe ni existió jamás, aunque ahora por donde podría haber estado, una librería de viejo, La Casona de Aura, que aprovecha el mito; los paseos de Carlitos en la Roma de Las batallas en el desierto, monumento a la Colonia Roma que es por sí misma toda una literatura; porque yo, como Pacheco, “me acuerdo, no me acuerdo” del barrio Chino de la Calle de Dolores, donde se desarrolla El Complot Mongol de Rafael Bernal aunque ya no sea aquel rincón patibulario sino una versión abreviada y topicalizada de los barrios chinos de otras grandes ciudades. 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Lugares luminosos, como la vieja librería Porrúa en Justo Sierra y Argentina, donde todos pasamos alguna vez por nuestros libros de texto y por nuestros Sepan cuantos, con el que muchos comenzamos nuestras bibliotecas; lugares tenebrosos como Lecumberri, y me cae encima la memoria ruda de El apando de José Revueltas y como su frase “pinches monos… pinches monos…” que me ha dado pesadillas desde que lo leí siendo un adolescente y donde también estuvo preso Álvaro Mutis, por una cuestión de pesos, algo menos épico que Burroughs (por el asesinato de su esposa), y  Revueltas o González de Alba acusados por opositores, algo menos oprobioso que la acusación que le hicieron a José Agustín de tráfico de drogas y que también tuvo hospedaje en el Palacio Negro. Para mí Lecumberri no es una cárcel sino un archivo y sobre todo el lugar donde leí la mayor parte de Cien Años de Soledad por primera vez, mientras esperaba en los jardines del ya entonces Archivo General de la Nación mientras estaba de pasante de Derecho y esperaba documentos de trámites de migración (lo cual habla muy bien de la velocidad de lectura que tenía a los dieciocho años y la lentitud de la burocracia mexicana que sigue sin mejorar). Así, asociando ideas, de manera libre como se recorre el librero de casa, esos Cien años... me llevan a recordar al Gabo cenando en la Taberna del León de Plaza Loreto porque, claro, la casa del Gabo, la última que tuvo, está en la calle de Fuego 144 donde todavía la gente deja flores amarillas el 6 de marzo; en esa casa escribió Crónica de una muerte anunciada y ahí recibió la noticia del Nobel; tuvo otra antes, rentada, la que su heroico casero –deberían levantarle un monumento en algún lugar de la Ciudad –no quiso vender nunca porque ahí se había escrito Cien años de Soledad, ni siquiera al mismísimo Gabo, y le aguantó el cobro de la renta hasta que le dieron el anticipo de la publicación; esa casa en el número 19 de la Calle de la Loma, atrás de Televisa San Ángel, es ahora un centro cultural gracias a la generosidad de este héroe de la literatura iberoamericana; de hecho, cuenta la leyenda que durante años hubo una placa que decía “En esta casa se escribió Cien años de soledad” pero que alguien se la robó una noche. Como todos los que tratamos de lidiar con la pluma, en mi adolescencia también jugué a ser intelectual y como suele suceder en esta ciudad mi escenario favorito era Coyoacán, lo sigue siendo; el Coyoacán de Cantar de Ciegos, de Carlos Fuentes, libro de cuentos que guarda uno que me gusta mucho, “Las dos Elenas”, donde habla de una proyección privada de El Ángel exterminador; el de la plaza está llena de historia, tuya, mía, de todos, como lo es la ciudad, ahí de niño fue donde ví a Novo en donde en 1980 abriría la librería El Parnaso que ya no existe porque en 2011 se la comió el arrendamiento y “El hijo del cuervo”, que fundaron en 1986, Carmen Boullosa y Alejandro Aura. En fin, me vuelvo a mis libros y a mis recuerdos, al café La Blanca sobre 5 de mayo, que se supone es la sede de los desvaríos de Max Aub con el nunca acontecido asesinato de Franco; al Café La Habana, en el 62 de la  Calle Morelos, esquina con Bucareli, entre la Secretaría de Gobernación y el fantasma de las sedes de los dos principales diarios del medio siglo XX,  El Universal y Excélsior y donde se escribieron muchas de las crónicas que dieron vida al periodismo de la época, fue sede de la tertulia de Octavio Paz, García Márquez y Renato Leduc, se dice que también ahí se fraguó la Revolución Cubana, en las citas de Fidel y el Che y que incluso el líder inventó en sus cocinas la torta cubana; de lo que sí tenemos certeza es que ahí se desarrolló el movimiento infrarrealista, entre Mario Santiago Papasquiaro y Roberto Bolaño y que el Café Quito, de “Amuleto”, de éste último, es en realidad el Habana. Me vuelvo a mi escritorio con este amor irredento y con la certeza de que para crear todo esto lo único que hemos necesitado es tiempo, talento y libertad en dosis enormes y ya visto en perspectiva, de eso, tenemos de sobra en nuestras alforjas los chilangos.   @cesarbc70 http//:cesarcallejas.me  " ["post_title"]=> string(20) "Ciudad de mis amores" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(20) "ciudad-de-mis-amores" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-20 08:48:50" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-20 13:48:50" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64272" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18012 (24) { ["ID"]=> int(64574) ["post_author"]=> string(2) "73" ["post_date"]=> string(19) "2021-04-27 09:03:03" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-04-27 14:03:03" ["post_content"]=> string(5460) "Siempre me emocionó que el modelo del 007 fuera un latinoamericano y aunque Porfirio Rubirosa nunca ha sido un personaje popular, para quienes conocieron sus andanzas (retratadas por Truman Capote y por Mario Vargas Llosa) constituía una especie de hito histórico; aquel hombre venido de una pequeña isla caribeña pobre, diminuta y sometida además a una de las más férreas y sanguinarias dictaduras, la de Trujillo. Rubirosa era una rara avis que volaba sobre cielos más azules que los nuestros que deslucían entre brumas y esperas; triunfaba en lugares que creíamos reservados para los franceses, los americanos o los italianos –ellos tan guapos, tan ricos y tan de avanzada–, y lo hacía con lo que entonces considerábamos nuestro capital exclusivo y de mayor valor: el don de gentes, la felicidad de palabra y como diría García Márquez en su “Buen viaje señor presidente”: “la inocencia de su corazón y el calibre de su arma…”.En fin, para quienes crecimos bajo las reglas de la guerra fría, aquello era tenerlo todo, el “ábrete sésamo” de la fortuna y la grandeza. Hoy, a la luz de los años pasados, la figura de Rubirosa merece una reinterpretación. Una nueva serie para la televisión por internet lo ofrece como un personaje más complejo, atormentado y afortunado a la vez, metido hasta el cuello en conspiraciones políticas y en situaciones límite que confirmaban su particular talento para lo mundanal y lo aventurero; hoy lo leemos distinto porque el tiempo del machismo habitual de la guerra fría se ha ido y tenemos que ensayar nuevas lecturas para poder comprender lo que nos está sucediendo en México y en el mundo. Rubirosa solo podía ser producto de aquella era en la que las dos superpotencias se demostraban mutuamente la dimensión de su fuerza y su poder, donde aparentar más era ser más y dónde afiliarse bajo el ala de los grandes era una forma de supervivencia. Porfirio Rubirosa vivió así, bajo la sombra de grandes que le permitían exhibir sus encantos y mantenerse vigente en los más augustos candeleros. El suyo era el talento de la buena fortuna, el del arrojo y la agilidad, de la astucia para estar con la República española y con el franquismo según fuera necesario, figurar como opositor y como miembro del equipo más cercano de Trujillo. El suyo era el sino del imaginario latinoamericano, el buen amante hispano que podía someter con el yugo dulce de sus encantos a las mujeres hermosas, poderosas y acaudaladas. Todo esto con la sazón de quien arriesgaba el pellejo de corazón y lograba escapar tanto de nazis como de su todopoderoso suegro, pero que se veía sometido por una noche de placer o una nueva aventura. Se convirtió en cierta forma en símbolo de su tiempo, de la impotencia y del poder de nuestro continente. Hoy lo veo en la televisión y en las nuevas publicaciones sobre él y sobre su círculo, se nos aparece como el hábil sobreviviente de su tiempo pero no como un modelo; se nos aparece más como una especie de fuga de la ficción a la realidad, pero ya no encaja con nuestros modelos de lo que consideraríamos virilidad o astucia política. Aparentemente fueron los hechos  los que echaron abajo la era interminable y perpetua de la guerra fría. A principios de los años de 1980, pensábamos que aquello sería para siempre, que no habría otra lectura del mundo; pero al mismo tiempo se ensayaban nuevas formas de leer la realidad, algo a lo que algunos llamaron “posmodernidad”, otras formas de apreciar la relación entre libertades y democracia, entre poder popular y ejercicio pacífico de los derechos, iban a formar las bases para que un grupo de personajes como el papa Wojtila, Reagan, Tatcher y Gorbachev pudieran cerrar una etapa de la historia universal. Desde luego, la cuestión era que ningún cambio político podía hacerse realidad si no se convertía en un cambio cultural de fondo. No bastaba con echar abajo el muro de Berlín –el mundo de Rubirosa y de James Bond– sino que necesitábamos construir nuevas palabras y nuevos conceptos que nos permitieran comprender ese mundo en el que nos estábamos aventurando. Una magnífica producción de televisión me ha puesto sobre la pista de un héroe ajado por el tiempo y polvoriento de viejos olvidos; lo veo como un símbolo de lo que fue y me quedo con la envoltura vistosa de sus aventuras. Volteo a mi alrededor y me fijo en que mi entorno se ha transformado, que estamos viviendo los días álgidos de un cambio que tomó tiempo cuajar y formarse; que no tenemos precisión de hasta dónde seremos capaces de llevarlo; que esta realidad que vivimos no tiene raíces en la elección presidencial pasada o en el desencuentro en que vivimos, en la caída de mitos y la falta de irrupción de los nuevos; pero que solo será fructífero en realidad si se convierte en cultura y deja huella si la trabajamos en temas como la construcción de una política cultural profunda, que fortalezca los discursos y transforme las costumbres. 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