Los Olvidos | Parte 22

Me levanté con la luz del amanecer.  Desde la terracita, Santa Prisca reinaba como siempre sobre las colinas de Taxco, contrastando su fachada rosa y sus cúpulas de talavera contra el azul clarísimo del cielo que apenas...

25 de enero, 2021

Me levanté con la luz del amanecer.  Desde la terracita, Santa Prisca reinaba como siempre sobre las colinas de Taxco, contrastando su fachada rosa y sus cúpulas de talavera contra el azul clarísimo del cielo que apenas despertaba.

Al bajar al comedor  me ofrecieron  un café con panquecitos ingleses. Era yo el único huésped en el comedor.En eso llegó Trini, el  cantinero al que conocía desde la vez que fui a Acapulco en bicicleta por primera vez en 1967.

Hola joven, ¿Cómo le va?, ¿vino en bici otra vez?

No, Trini, esta vez no. Vine de pasada, voy a México. ¿Cómo les ha ido?

Bien, joven Pecos, como siempre, gracias a Dios. ¿Cuándo se va a México?

Depende de lo que me tarde en casa de don Antonio Castillo; quedé de visitarlo hoy un poco más tarde, pero si se me va el  tiempo me voy mañana tempranito. 




Terminando de desayunar fui a la recepción a buscar entre las fotografías bajo el cristal. Ahí estaba Henry Fonda  apoltronado en una gran silla de madera con las piernas cruzadas, calzando unos huaraches de correas con suela de llanta y un sombrero de palma típico guerrerense. Reconocí a Diego Rivera en compañía de William Spratling en “el Ranchito”,   “cabalgando” muy sonrientes y relajados  sobre los asientos del bar que eran sillas de montar.

Había varios retratos de Ethel Smith que llegaba siempre al cuarto 25, que era la misma habitación que había ocupado durante su luna de miel muchos años antes. Desde que  murió su esposo,  había seguido yendo a Taxco y quedándose en su cuarto del Victoria; era usual verla sentada bajo el pórtico de aquella recámara, leyendo algún libro o entregándose a sus recuerdos. Siempre que coincidíamos charlábamos en una de las salas,  o tomábamos algo en el bar. Escucharla era una verdadera aventura.

Pregunté si Ethel estaba en el hotel; la señorita de la recepción me dijo que no, pero que tenía reservación para el 28 de octubre, porque quería asistir a la celebración de los muertos en Tehuilotepec, cerca de Taxco. Pensé que podría organizarme para coincidir con ella y saludarla por esas fechas.

Bajo el cristal del mostrador había algunos retratos a color dejados por visitantes que quisieron quedarse ahí junto a los otros recuerdos de tiempos más tranquilos.

Recorrí con la vista los diversos retratos, buscando el que me había dicho Toño Castillo. Después de unos minutos, descubrí a  Antonio bajo el  frondoso laurel  de la india que adorna la entrada al  comedor desde la terraza principal. A él lo reconocí de inmediato,  también a Charles Nibbi (al que ya conocía por sus retratos en el Victoria del que había sido dueño), lo mismo a William Spratling al que ya había visto en reportajes  y en fotografías que se exhibían en su rancho donde se vendían objetos de arte diseñados  por él. El más joven del grupo era mi amigo Miguel Peón que tenía una platería a una cuadra del Victoria; Ethel Smith era la única dama del grupo.

Finalmente me quedé observando al que solo podía ser  Emmanuell Claymon, el enigmático aventurero inglés que la vida había llevado a las minas de plata en Hidalgo,  luego a Zacatecas desde donde, siguiendo su destino, llegó a Acapulco para dejar su recuerdo en Los Olvidos. Era el más  alto de todos, portaba pantalones claros de pinzas dobles clásicos de los sastres acapulqueños, llevaba una camisa blanca de algodón remangada, dejando libres sus antebrazos. Me llamó la atención su reloj, un cronómetro Breitling con pulsera de cuero.

Su cabello era rubio,  sus ojos se adivinaban azules por su notable claridad casi transparentes; sonreía como los demás, pero en su sonrisa reflejaba un dejo de nostalgia, como sintiendo que esa imagen viajaría a la deriva como las hojas que se lleva el viento, cuando todos los capturados en el instante de esa imagen, ya se hubieran ido. Al estar mirando esa fotografía me transmitía su nostalgia al imaginarme el ritmo de la vida en esos tiempos; la tranquilidad de aquel Taxco al que era difícil llegar entonces por la estrecha carretera llena de curvas que, sin embargo, era el paso obligado en el camino hacia Acapulco.

Después de haber encontrado la fotografía que había mencionado Toño Castillo, estuve viendo los demás retratos bajo el vidrio, hasta que de pronto vi uno que me hizo saltar el corazón. Justo a la orilla del mostrador,  sobre el extremo derecho, en  el último retrato estaba nuevamente Emmanuell Claymon con una mujer que supuse sería su esposa acompañados por la joven Matilda que  había yo visto por primera vez  al deslizarse del diario en Los Olvidos; se veían los tres muy sonrientes, claramente felices. Me dio gusto verla así. Me dio la impresión de ya haberla visto con ese vestido, pero no era posible, porque la única otra imagen que conocía  de ella era la foto del Mirador y no estaba vestida igual. Estaba seguro de haber visto ese vestido en alguna otra parte, pero por más que me  esforzaba no podía recordar dónde.

Para aprovechar el día dejé mi habitación a las once de la mañana y me fui directo a Tecalpulco  a ver a Antonio Castillo. Cuando llegué a su casa, Toño estaba afuera dándole instrucciones a uno de sus trabajadores. Esperé a que se desocupara y me acerqué a saludarlo.

Aquí estoy de nueva cuenta para darte lata.

¡Qué va!, bienvenido, pásale.

Esta vez nos sentamos junto a una mesa del jardín; el río tenía algo de corriente que cantaba en el velo de novia.

¿Ya desayunaste?

Si Toño, desayuné temprano.

Está bien, porque no es bueno tomar tequila en ayunas…

Antonio me dijo que volvía enseguida, que no me levantara.

Un instante después, regresó con una charola en la que traía una botella de tequila,  limones en gajos,  un platito con sal, totopos caseros y un cuenco con guacamole ¡que invitaba a saborearlo!

No te quejarás m’ijo.

¡Hasta crees!

Mi querido Toño levantó su caballito y dijo:

Por los amigos que no estan aquí, y por ti, mi joven amigo.

Gracias Toño.

¿Te vas hoy a México?

No creo, pero mañana sin falta, porque tengo abandonado mi despacho que por cierto, funciona mejor cuando no estoy, ¿tú crees?

Ha de ser, pero al ojo del amo, ya sabes. Estuve recordando tus Olvidos ayer cuando te fuiste.

¿De veras, y de qué te acordaste?

Recordé que fue Billy Spratling el que me presentó a  Claymon en su rancho de Taxco el Viejo, una vez que Emmanuell vino a verlo por cuestiones de surtido de barras de plata para su taller. Fue allá por 1927 cuando apenas se había inaugurado el camino nacional (que así se llamaba) y que finalmente unió a la ciudad de México con Acapulco. Tú que eres tan fijado, seguro has visto la placa conmemorativa de la inauguración del camino nacional, está a la entrada del puente sobre del Amacuzac entre Huajintlan y Teacalco.

Pues creo que sí soy fijado, porque hasta la he retratado.  La inauguró el General Calles según dice la placa que por cierto, es de bronce.

Cuando le pregunté a Emmanuell  cómo se le había ocurrido venir a México, me dijo que en Inglaterra había estudiado ingeniería de minas y que un señor apellidado Maxwell lo había invitado a trabajar en Pachuca donde operaban varias compañías mineras inglesas. Desde 1824, los ingleses comenzaron a invertir en minas del estado de Hidalgo; la primera empresa británica establecida en Pachuca  se llamaba “Compañía de Aventureros de las Minas de Pachuca y Real del Monte”. ¿Te imaginas? Ellos fundaron el primer club de futbol que hubo en México; el Pachuca Futball Club. Parecía que hubieran escogido el nombre de la compañía a la medida de Emmanuell Claymon que para entonces ya tenía su  hijita Matilda  de apenas  dos años de edad que como es natural, era su adoración. Él se vino a México a principios de los años veinte que no era cualquier cosa; todavía estaba la bola muy revuelta y él era un extranjero recién graduado, es decir, sin experiencia, porque una cosa  es graduarse de ingeniero minero y otra cosa es meterse por los tiros y socavones a seguir las vetas… No solamente aprendió a hablar español, sino también otomí, que es la lengua materna de los indígenas de esa zona. Emmanuell era una especie de Barón de Humboldt sin sangre azul, pero con muchas ganas de prosperar y además, un enamorado de México. Con motivo de su chamba en Pachuca, viajaba mucho a California ¡y adivina que!

¿Qué quieres que adivine?

Este güerito conoció a una muchacha irlandesa que vivía en San Francisco con su familia que también era de mineros, y en menos de un año se casaron y se la trajo a Pachuca. ¿Te imaginas el  cambio de San Francisco a Pachuca?  Además,  a Jeri (que así se llamaba su esposa) no le encantaban los ingleses,  excepto claro, Emmanuell que siendo inglés,   curiosamente  era católico como ella. Poco después de llegar a quedarse en Pachuca, tuvieron a su hijita mexicana.A fuerza de chambear como verdadero gambusino, Emmanuell prosperó hasta que le ofrecieron la posibilidad de trabajar en una mina llamada Proaño en Zacatecas; una vez ahí, le fue yendo mejor hasta convertirse en un empresario exitoso y con buen dinerito.

¿O sea que Matilda nació en 1925?

Si la aritmética no falla, así es. ¿Por qué pones cara de sorpresa?

Por nada Toño, lo que pasa es que pensando en Los Olvidos y en todas las gentes que conocieron a Emmanuel Claymon y su familia,  y su relación con Acapulco, siento que somos contemporáneos, como si yo perteneciera a esa misma época y no me acaban de cuadrar las edades.

Ya que lo dices, querido Pecos, parece que diste un salto cuántico y no se puede saber si vienes del pasado o del futuro; nada más mírate aquí platicando con este viejo sobre cosas de otro tiempo…

¿Y todavía te sorprendes hijo?

Al terminar de decir esto, Toño se rio de buena gana y remató diciendo:

La gente tiende a desestimar o negar como patrañas o supersticiones las cosas que no conoce o que no entiende, pero hay muchísimas cuestiones de las que no tenemos idea. Hablar del pasado o del presente como si fueran algo distante entre sí, es un error parecido a cuando se creía que la Tierra era plana,  que el sol giraba alrededor de la Tierra o que solamente existe lo que vemos; pero llegaron los microbios y nos bajaron los humos desde que Pasteur los encontró. Se nos pasó  el tiempo volando m’ijo, ¿quieres quedarte a comer?

No, gracias Antonio, porque si sigo así, cuando llegue a México ya no voy a tener ni despacho.

Conste que eres más que bienvenido.

Gracias, pero de verdad prefiero  irme temprano, descansar y salir tempranito mañana para México. Lo bueno es que desde  mi casa en Churubusco a mi despacho en Barranca del Muerto, no hago más de diez minutos.

Por el camino hacia Taxco iba yo pensando millones de cosas, ¡me parecía increíble y al mismo tiempo genial   que Matilda fuera mexicana porque había nacido en Pachuca. Me preguntaba qué habría sido de ella…

Conforme iba yo sabiendo más cosas, en vez de desaparecer se  hacía más presente;  si  pudiera pensar con objetividad, el tema no tendría vuelta de hoja.

Matilda era alguien de un pasado que no era el mío  y en mi presente no había cabida para seguir pensando en ella; entonces volvían a mí las palabras de Antonio: “Hablar del pasado o del presente como si fueran algo distante entre sí, es un error…”.

Vino a mi mente  la  imagen de Antonio Castillo sonriendo al decirme esto; sin darme cuenta, sonreí yo también en una complicidad que parecía haberme abierto la puerta para viajar a mi antojo a través del tiempo…

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