Los Olvidos – Parte 20

Llegué al centro de Acapulco como a las nueve y media de la mañana. Las aves se arremolinaban en los árboles y se posaban sobre los cables tendidos entre los postes de luz, celebrando a coro el...

8 de enero, 2021 los olvidos

Llegué al centro de Acapulco como a las nueve y media de la mañana. Las aves se arremolinaban en los árboles y se posaban sobre los cables tendidos entre los postes de luz, celebrando a coro el nuevo día. Me senté en una banca a disfrutar el fresco, a escuchar a los pájaros, a ver pasar niños con sus mamás, pescadores con sus tarrayas,  hermosas costeñas,  turistas de distintas partes del mundo y de México…. en fin, el variado mosaico de un puerto como Acapulco que en su plaza principal, se negaba a asumirse como un destino internacionalmente famoso, aferrándose a su sabor provinciano.

A pocos metros de donde me encontraba, vi una famosa banca que tiene inscritos los nombres de un grupo de amigos de los que muchos se siguen sentando en ella todavía, a ver la vida que ha pasado y la que están viviendo ellos y los que coinciden en esa plaza inconfundible  con su quiosco,  adornada por la catedral de la Virgen de la Soledad, que es la patrona de Acapulco.

De pronto me sorprendió la conocida voz de mi amigo Carlos Villalón, que tenía su casa a pocos pasos de donde yo estaba.

¿Qué andas haciendo por aquí?

¡Hola Carlos, que sorpresa tan padre! Vine a desayunar a la Flor de Acapulco con unos amigos; los estoy esperando.

¿A qué hora quedaste de verlos?

A las once.

Ah bueno, falta una hora; te invito un café en la casa. A Bella le va a dar mucho gusto verte.

Está bien, pero nada más un café, porque no puedo plantar a mis amigos.

No los vas a plantar, estamos a unos cuantos pasos de la Flor.

Carlos Villalón y Bella, su esposa, vivían en una de las primeras casas del puerto en Hidalgo número tres. Estaba construida alrededor de un patio sombreado por dos inmensos árboles de mango que le daban una frescura invariable sin importar la época del año ni la hora del día.  Bella me recibió con el cariño de siempre invitándome a pasar a su delicioso patio.

Qué gusto verte, pásale, al rato nos vemos. Los tengo que dejar porque voy a un encargo, pero te quedas en tu casa.

Gracias Bellita, hasta luego.

Nos sentamos en unos equipales después que Carlos le pidió  a su asistente  que nos diera de favor un par de cafecitos.

Cuéntame en qué andas.

En lo de siempre mi Carlos, la chamba, la bicicleta y Acapulco.

¿Sigues viniéndote desde México pedaleando?

¡Claro! Desde hace nueve años que lo hice  por primera vez lo hago dos o tres veces al año nada más que ahora en vez de once días me tardo cuatro.

¿Con quién te quedaste de ver?

Con unos amigos que trabajan en El Mirador. Vamos a platicar de una casa que está por playa Angosta, hacia la península de la Explanada.

Creo que sé  cuál es: ¿no es una que está hasta el extremo de los arrecifes volada sobre el mar?

¡Esa misma!

–             ¿La venden?

No que yo sepa. ¿Por qué? 

Porque lleva mucho tiempo abandonada, según parece.

Fíjate que no, no está abandonada. Tiene dueño y la cuida una familia de Oaxaca.

¿Y tú cómo sabes?

Porque hace unas semanas me animé a ir para ver si me permitían conocerla por dentro.

¿Así nada más de a ya llegué?

Así nada más. 

¿Y te dejaron?

Sorprendentemente, sí. Toqué el timbre, salió un señor muy amable, le pregunté si sería posible visitar la casa, y sin más preguntas me acompañó a recorrerla sin ningún problema. Siempre la había querido conocer y ahora que se me hizo, he seguido dándome mis vueltas y me he hecho amigo del cuidador que se llama Marcelino.

Pues fíjate que yo conozco a los que la construyeron…

¿Quién la construyó?

Dirás quienes: el ingeniero Jorge Pasta y sus socios que tienen su despacho  justo aquí en la esquina, son nuestros inquilinos.

¡Caray Carlos! Ahora si te amolaste. ¿Me podrías presentar con el ingeniero para platicar de la casa?

Claro pero tú me tienes que explicar cuál es tu gran interés.

Pues sí, Carlitos, pero otro día, porque ya casi son las once.

¿Me vas a dejar picado?

¡Cuál picado! Tú sabes más de esa casa que yo, y además los constructores son tus inquilinos. ¡Picado yo!

Me acompañó a la puerta, nos despedimos riéndonos como siempre, y me fui a la Flor para encontrarme con mis amigos. Llegué a la Flor de Acapulco antes que llegaran Abel y Mauro. Me dieron una mesa con sombrilla al nivel de la calle, y una señorita muy amable me ofreció café.

Menos de diez minutos después, llegaron don Abel y don Mauro; nos saludamos con un abrazo de esos bien dados, y nos sentamos a la mesa. Don Mauro me dijo directamente:

¿A qué se debe la invitación hijo?

Al gusto de verlos sin la prisa de estar atendiendo un montón de gente y a que quiero preguntarles sobre una casa que seguro conocen.

Ya me dijo Abel que estás hechizado  por Los Olvidos.

La verdad es que siempre había querido conocer esa casa por dentro, pero nunca me había animado a buscarla y ver si me permitían verla.

Y me imagino que te dejaron entrar, ¿o no?

Sí don Mauro, más fácilmente de lo que esperaba.

¿Y por qué quieres saber cosas de Los Olvidos?

Le confieso que no sé, pero desde que entré  la primera vez, ha aumentado mi interés y mi curiosidad.

La verdad no quiero que se vayan a reír de mí, pero Los Olvidos me ha intrigado y atraído siempre;  incluso sin darme cuenta desde que la veía sin fijarme mucho desde la casa Ralph en la Pinzona. Sé que me atrae muchísimo, pero no tengo idea de por qué  me atrae tanto.

La casa de Los Olvidos no es cuestión de reírse, hijo. Es un sitio verdaderamente especial y no me sorprende para nada que te  interese tanto, como dices.

El comentario de don Mauro me sorprendió, no porque pensara que siendo mi amigo pudiera burlarse de mí, sino al contrario, me llamó la atención que pareciera saber y comprender las razones de mi interés.

Yo conocí Los Olvidos desde que el dueño comenzó a imaginársela platicando con don Carlos Barnard. De hecho se hospedó frecuentemente en El Mirador durante la obra, y hacia el final, cuando ya iba a terminarse la construcción, se quedó como dos meses corridos  en la casita que todavía tiene tres arcos en punta, la que está más cerca del lobby y de la explanada donde comienzan las escalinatas.

Sé cuál dice usted, don Mauro. Mi mamá se quedaba en esa casita con mis abuelitos cuando era joven.

Yo recuerdo a tu mami muy bien, porque tu abuelo, don Pepe,  era amigo de don Carlos Barnard y venía con ella y con tu abuelita bastante seguido. ¡Cómo no iba yo a conocer a tu mami!  Además la he  saludado estando contigo en La Perla, muchacho desmemoriado.

Mientras escuchaba yo a don Mauro, mi mente corría de un lado al otro atando cabos. Siendo que Emmanuell Claymon era inglés y que mi abuelito había estudiado en Inglaterra once años, además de haber coincidido en El Mirador durante la misma época,  era más que probable que hubiera conocido al señor Claymon.

Hasta que don Mauro mencionó esos detalles, comencé a asociar ideas, y me sorprendí de mí mismo, por no haberle preguntado a mi abuelito que además era un enamorado del pueblito de pescadores con apenas veinte mil habitantes que había sido Acapulco cuando desde antes de casarse con mi abuelita él  se iba en su motocicleta, cruzando todos los ríos en panga.

Sin duda alguna que don Mauro y don Abel podían decirme muchas cosas sobre Los Olvidos, y más don Mauro, que era mayor, pero yo tenía a mi alcance testigos privilegiados que ni se me habían ocurrido: mi abuelito, mi mamá, Carlos Villalón y a través de Carlos, el ingeniero Pasta y no eran los únicos, era solo que no lo había yo pensado.

Puedo decirte, chaval, que en la terraza del Mirador muchos sueños se hicieron realidad. En esa terraza yo vi al señor Claymon platicando con Don Henry Ralph del maravilloso terreno que había decidido comprar para construir Los Olvidos. Vi al Indio Fernández muy enamorado de Dolores del Río en una ocasión  que hubo aquí un terremoto que los hizo salir corriendo desde una casita que se llama “La tormenta” hasta la explanada donde al llegar, se dieron cuenta que estaban en paños menores. Vi al señor Harding decidir que quería construir el hotel más hermoso de Acapulco sobre la saliente del cerro de la Pinzona que domina la vista de la bahía. En cuanto a Los Olvidos, ¿Qué es lo que quieres saber?

En realidad,  todo lo que usted me pueda y me quiera contar, don Mauro.

Aquí nuestro querido Abel que no dice nada, sabe algunas historias, ¿verdad Abel?, porque los dos llegamos a servir en algunas fiestas que daba don Emmanuell Claymon. ¿Ya viste que tiene hasta un sitio especial para orquestas, diseñado para que se escuche la música con la misma claridad en cualquier punto de la casa?

Casualmente sí,  don Mauro; eso fue lo primero que me enseñó don Marcelino la primera vez que me dejó pasar. 

Don Emmanuell  comenzó a venir a Acapulco a mediados de los treintas, se quedaba en una casa muy bonita en playa Honda, y desde entonces se fue enamorando del puerto. Luego venía más seguido y se quedaba  en Los Flamingos, pero traía a su esposa y a su hijita que entonces debe haber tenido como doce  o trece  años. La señora se llamaba Jeri , y su hijita Matilda.

–             ¿Cuándo habrá sido eso más o menos, don Mauro?

En 1933, casi seguro,  porque Flamingos era ya un hotel en toda forma para entonces, y viniendo con familia se quedaba por allá. Cuando inició la construcción de Los Olvidos, prefería quedarse en el Mirador que le quedaba a tiro de piedra de la obra.

Mientras don Mauro recordaba esas cosas,  don Abel me  observaba discretamente,  dejando ver una combinación de sorpresa y curiosidad por mi notable interés sobre la casa.

Don Mauro, ¿cómo era Matilda?

Cuando hice la pregunta, noté que don Abel se fijó en mi expresión y pareció descubrir que mi verdadero interés por Los Olvidos en realidad tenía que ver con ella.

Matilda era una niña adorable,  desde que comenzó a venir a Acapulco ya hablaba  bien español, aunque con acento inglés bastante marcado. Era muy graciosa porque de repente decía groserías típicamente  mexicanas, con una espontánea picardía que completaba con una sonrisa irresistible. A todo mundo le caía bien al instante de conocerla. Fue floreciendo hasta convertirse en una joven muy hermosa, con los ojos azul oscuro, blanquísima,  con el cabello rubio resplandeciente cortado a la altura de los hombros. Le gustaba mandarse hacer vestidos, pantalones marineros y blusas en las sastrerías que hay en el centro, donde confeccionan ropa en 24 horas a la medida y muy bien  cortada. Los lucía con natural elegancia y presumía de que los sastres del centro eran magníficos y no cobraban caro. Su mamá era irlandesa católica, las dos iban a Misa a la catedral los domingos temprano. 

Mientras tomábamos café con toda calma,  yo estaba más que contento de que don Mauro se extendiera hablando de ella. Don Abel intervino en la conversación diciendo:

Por cierto, que don Emmanuell  sí llegó a ir de cacería conmigo a los cerros de la bahía, ¿eh?… pero tú nunca has querido ir.

Don Mauro, ¿es cierto que en lo alto de los cerros de la bahía se pueden cazar hasta pumas?

Eso sí es cierto, yo no soy aficionado, pero Abel se trepa por los cerros con un montón de amigos suyos que son cazadores, o los hace cazadores.

¿Te acuerdas cuando te llevabas a don Teddy Stauffer a perseguir tus pumas?

Si, caray, y don Teddy era buenísimo para escalar; estaba acostumbrado porque fue  instructor de esquí  en Suiza y  en Alemania.

Cuando vinimos a darnos cuenta ya iba a ser la una de la tarde.

Don Mauro me dijo que con gusto podríamos platicar más sobre Los Olvidos o lo que yo quisiera, y antes de despedirnos me dio una sorpresa:

Déjame buscar en mis cajones porque creo que puedo tener algunas fotografías tomadas en La Perla, por la plaza de la Quebrada y hasta en el Faro en que salen los Claymon, Teddy Stauffer, y en un descuido  hasta tu abuelito Pepe que, si mal no recuerdo,  se reunía con ellos y se ponían a platicar en inglés muy animados. Es probable que haya retratos en  el malecón porque algunos de los habituales del Mirador se iban a pescar pez vela, tiburones y mantarrayas. Déjame hacer un poco de memoria y date una vuelta por el Mirador la semana que entra si andas por aquí todavía. A la mejor no encuentro todas las fotos, pero estoy seguro de que si le echo ganas, puedo acordarme de detalles de anécdotas de tu  abuelo y el señor Claymon, porque en alguna ocasión don Pepe comentó que había vivido en Inglaterra muchos años y el señor Claymon era de por allá.

Don Abel riéndose me dijo en tono de broma:

Si hubiera sabido que aquí mi amigo Mauro me iba a dejar callado, ni vengo.

Don Mauro le replicó que comparado con él, Abel era un escuincle y se rieron de buena gana los dos.

¿Entonces en qué quedamos m’ijo?

Los  busco la semana que entra en La Perla, si le parece bien, don Mauro.

Claro que si muchacho,  y nos ponemos de acuerdo para platicar a gusto.

Cuando mis amigos se fueron, caminé hasta la playa de Las Hamacas, donde hay una escultura en bronce  de un niño recostado boca abajo sobre una roca, mirando su reflejo en el mar. Me senté frente a la escultura desde donde se ve toda la bahía a ras de agua. Me quité los huaraches y metí mis pies al mar.

Imaginé que ella estaba sentada a mi lado, Matilda, la irlandesa que sabía decir groserías como acapulqueña,  la joven que recorría las sastrerías del centro; quizás alguna vez le habría encargado vestidos a Paulino López,  el sastre y cortador “a la vanguardia de la moda”, que era mi amigo.

Al  ir  pensando de esta manera, brincó en mi mente que Paulino podría haberla conocido porque no había tantos sastres y él era sin duda de  los mejores. Me levanté de pronto y me encaminé al centro para saludar a Paulino y probar suerte.

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Estos hechos  se reflejaron en que Don Juan peleó en ocasiones hombro con hombro con Santa Anna y otras veces abiertamente en su contra. Pero Álvarez peleó desde las luchas por la Independencia, a las órdenes, del Vicente Guerrero, del cual se consideró su heredero, luego de la traición por parte de Anastasio Bustamante que devino en su cobarde asesinato. Peleó también en invasiones extranjeras, cómo la francesa en 1838 /39 y la estadounidense en 1847, con algunos triunfos y también derrotas en batalla.  En 1854, el General Florencio Villarreal junto con otros generales proclaman el Plan de Ayutla, el cual es discutido y modificado en Acapulco, con el principal fin de cesar de una vez por todas de la presidencia a Santa Anna y comenzar a dar una forma sólida al aún débil Estado mexicano. La llamada Revolución de Ayutla tuvo gran eco y se extendió por todo el país, y logró su cometido. 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Cuando el general Álvarez pasó por el territorio que hoy es Morelos, fue testigo de las inhumanas injusticias y vejaciones que sufría el campesinado, constatando que desde tiempos del Imperio Mexica, pasando por los tiempos de la Colonia y las "encomiendas", sus condiciones de vida eran peores a las de presos por crímenes horrendos.  Álvarez trató de poner remedio a esta situación mediante una carta, en 1857, a "los pueblos cultos de la Europa y de la América", consiguiendo ser difamado, sí, pero también haciendo eco sus sentidas palabras, dejando una especie de semilla que contribuiría, a posteriori, a la redención de las causas indígenas y campesinas, ocurrido esto ya durante pleno Siglo XX.  Por todo lo que Álvarez representa en la Historia de México, en la configuración clara de una Nación y la formación sólida de un Estado mexicano, y el paralelo combate a las injusticias, es que la Historia oficial no le ha hecho la justicia debida. No escuchamos nunca su nombre en las ceremonias presidenciales por el Grito de Independencia, ni hemos visto nunca su efigie en billete y/o moneda alguna de curso legal. En Acapulco el aeropuerto internacional lleva su nombre, así como la plaza de su Zócalo, y la Ciudad donde nació, lleva su apellido como segundo nombre (Atoyac de Álvarez). Ahora que se ha anunciado, que los billetes con denominación de veinte pesos saldrán de la circulación, gradualmente, para en 2025 sustituirlo, de forma permanente, por una moneda, con un grabado del rostro del General Juan Álvarez. Éste sería apenas un merecido homenaje a quien tanto aportó a la Patria, y que entre otras muchas líneas escribió, en el ya citado "manifiesto ciudadano... a los pueblos cultos: " lo siguiente, que lo pinta de cuerpo entero:  …he sido el enemigo perpetuo de los tiranos; el defensor constante e incansable de las libertades públicas; el soldado del pueblo, cuya causa santa defiendo con entusiasmo...”. 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Y luego, esta semana… Aunque lo de esta semana no es culpa suya; más bien es culpa mía. Te explico. La señora del 37 me echó unos pellejos, que yo cogí con  la boca para irme a comerlos en un rincón, con calma y sin presiones. Pero cuando iba por la puerta del 43 se me vino encima Pucho. ¡Condenado animal! Me ladró y me enseñó los colmillos y hasta la garganta así, de repente, y me sobresaltó. Sin quererlo, solté los pellejos y me trepé al barandal del pasillo, Pucho se estuvo ahí un rato, ladrándome y brincando para alcanzarme, y ya estaba yo pensando en tomar mi apariencia normal, a ver si lo mataba del susto, cuando llegó su dueña para llevárselo. Pero para entonces, ya Pucho había mordisqueado y destrozado los pellejos. Yo, la verdad, no como nada que otro haya mordido ni olisqueado, así que me fui tranquilamente. Pero el día siguiente, la vieja del 43 salió de su vivienda y vió los pellejos masticados, y se puso a gritar que le estaban haciendo brujería. “¡Y de las malas!”, vociferaba, “porque me echaron en la puerta un pedazo de carne sanguinolenta”. Se armó un alboroto espantoso. Todos corrieron a ver el sangriento despojo, y nadie se atrevía a cogerlo para deshacerse de él; por fin, fueron a llamar a doña Sura. Esta vio de lo que se trataba, y con un palo largo y fuerte levantó la carne y la fue a echar al basurero de la calle “para que no quedara su influjo en la vecindad”. Dijo muchas cosas en idiomas extraños e hizo cantidad de desfiguros en plena calle para tranquilizar a los vecinos. Pero la del 43 estaba verdaderamente angustiada; y más porque al subir al primer piso se resbaló en la escalera y rodó hasta abajo. No le pasó nada, pero ella dijo que eso era el principio del fin. Y cuando a mediodía se le quemó la sopa, su angustia escaló cumbres verdaderamente inaccesibles. Los vecinos urgían a doña Sura a que hiciera algo para alejar la brujería de la vecindad, pero ella decía que lo que procedía era hacerle una “limpia” a la vivienda. Y así se hizo. Pero ese mismo día, a la señora del 43 le dio un telele (no te canses. No lo vas a encontrar en el Diccionario Inter-galáctico, pero ya te imaginarás lo que es), y los vecinos se alarmaron mucho más todavía. Ya hasta estaban pensando en contratar al Gran Brujo para que les hiciera el trabajo; sobre todo, porque la señora ya estaba empezando con el sonambulismo, y se tenían que turnar para evitar que se cayera de la azotea o se metiera a los cuartos de los ninis; porque en ese caso, quién sabe lo que pudiera ocurrir. Los más exaltados ya estaban empezando a culpar a doña Sura de todo lo ocurrido, querían darle un castigo ejemplar y obligarla a confesar quién le había pedido el maleficio para la señora del 43. Doña Sura negaba su participación en el asunto; pero cuando los ánimos se exaltan, es muy difícil apaciguarlos. Yo estaba muy preocupado, porque si hubiera recogido los pellejos masticados, nada hubiera sucedido; y se me hacía injusto que la tomaran contra doña Sura que, después de todo, es buena gente. Así que decidí intervenir. Estuve pensando mucho la manera de resolver el asunto sin que se me notara que era yo quien lo hacía; pero, al fin, la encontré. Y la primera noche de luna llena… Esto de la luna llena me lo inventé. Pero es que con frecuencia asisto a las consultas de doña Sura, y ella siempre dice a sus clientes que hagan las cosas en noches de luna llena. Y por si acaso… La primera noche de luna llena, pues, me fui al baldío de atrás de la vecindad y me puse a buscar flores. No sé cómo se llaman ni si tienen alguna utilidad; pero las flores siempre son bonitas (a menos que las empleen con fines malignos, según dice nuestra bruja de cabecera). Hice un pequeño ramo, y cuidando que nadie me viera, lo fui a dejar ante la puerta del 43. Justo a tiempo, porque un minuto después salía sonámbula la inquilina y vio el ramito. Sonámbula, sí, eso dije. Pero si estaba dormida, no sé como pudo ver el ramo. El caso fue que lo recogió y se puso a gritar, pero de alegría. Salieron todos los vecinos; y, entre ellos, doña Sura. Es muy lista esta señora, porque al darse cuenta de la alegría de la del 43, dijo que entre las flores que le habían dejado había unas muy efectivas para contrarrestar el mal de ojo y las influencias perniciosas; que seguramente la persona que dejó la carne sangrienta se había arrepentido y había querido componer el desaguisado. Santo remedio. Los vecinos empezaron a vitorear a la “arrepentida”, a proclamar su innata bondad y a pedir su intercesión contra “los malos espíritus que nos rondan por las noches”. Hasta hubo una vieja que propuso que le hicieran un altarcito a la entrada de la vecindad. El portero dijo que lo iba a pensar, y que le hicieran un presupuesto. Esa misma noche pusieron manos a la obra, y a las ocho de la mañana entregaban el presupuesto. Pero como despertaron al portero, lo encontraron de mal humor; y la respuesta que obtuvieron fue que era demasiado caro. (aquí, entre nos, te diré que cualquier cosa que pase de diez pesos le parece al portero demasiado caro). Los vecinos (sobre todo, la del 43) se retiraron, desilusionados; pero el chavo del 17, que es medio artista, hizo un dibujo de la Santa Arrepentida; luego sacó copias y las vendió a los vecinos como ”estampitas de protección”: Le fue bastante bien en el negocio. Para que veas todo lo que puede provocar un ladrido a destiempo. Te quiere Cocatú" ["post_title"]=> string(17) "CARTAS A TORA 280" ["post_excerpt"]=> string(182) "Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. Todos los días le escribe cartas a Tora, su amada, quien lo espera en una galaxia no muy lejana. 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Estos hechos  se reflejaron en que Don Juan peleó en ocasiones hombro con hombro con Santa Anna y otras veces abiertamente en su contra. Pero Álvarez peleó desde las luchas por la Independencia, a las órdenes, del Vicente Guerrero, del cual se consideró su heredero, luego de la traición por parte de Anastasio Bustamante que devino en su cobarde asesinato. Peleó también en invasiones extranjeras, cómo la francesa en 1838 /39 y la estadounidense en 1847, con algunos triunfos y también derrotas en batalla.  En 1854, el General Florencio Villarreal junto con otros generales proclaman el Plan de Ayutla, el cual es discutido y modificado en Acapulco, con el principal fin de cesar de una vez por todas de la presidencia a Santa Anna y comenzar a dar una forma sólida al aún débil Estado mexicano. La llamada Revolución de Ayutla tuvo gran eco y se extendió por todo el país, y logró su cometido. 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Aun así, tuvo quizás el más ilustre gabinete presidencial de la Historia con Melchor Ocampo en la cartera de relaciones exteriores, Benito Juárez en Justicia, Miguel Lerdo de Tejada en Fomento y Guillermo Prieto en Hacienda. De hecho, fue durante su fugaz presidencia que le toca proclamar la Ley Juárez así cómo expedir la convocatoria al Congreso constituyente de para la redacción de la Carta Magna de 1857. Su famosa declaración de "pobre entré a la presidencia, pobre salí de ella" se refiere más que nada a que no utilizó tan alto cargo para el lucro personal, puesto que entre otras cosas, era ya un muy rico hacendado.  Aún después de su breve paso por la Presidencia tuvo energías para participar activamente en las luchas de Reforma y el Imperio de Maximiliano. Desde su Hacienda en Acapulco, "La Providencia" (en total abandono, por cierto, pudiendo representar un importante activo cultural y turístico), apoyó de forma incondicional al ya Presidente Benito Juárez, "la pantera del sur", como era conocido en sus dominios. Álvarez dejaría de existir el 21 de agosto de 1867. Fue el último de los combatientes insurgentes en morir, así como el último Presidente de la República en haber participado activamente en esas luchas.  Su legado continuó mucho más allá de su desaparición física. Se puede decir, que hasta su legado ayudó a cristalizar las luchas agrarias acaudilladas por Emiliano Zapata durante la Revolución mexicana. Cuando el general Álvarez pasó por el territorio que hoy es Morelos, fue testigo de las inhumanas injusticias y vejaciones que sufría el campesinado, constatando que desde tiempos del Imperio Mexica, pasando por los tiempos de la Colonia y las "encomiendas", sus condiciones de vida eran peores a las de presos por crímenes horrendos.  Álvarez trató de poner remedio a esta situación mediante una carta, en 1857, a "los pueblos cultos de la Europa y de la América", consiguiendo ser difamado, sí, pero también haciendo eco sus sentidas palabras, dejando una especie de semilla que contribuiría, a posteriori, a la redención de las causas indígenas y campesinas, ocurrido esto ya durante pleno Siglo XX.  Por todo lo que Álvarez representa en la Historia de México, en la configuración clara de una Nación y la formación sólida de un Estado mexicano, y el paralelo combate a las injusticias, es que la Historia oficial no le ha hecho la justicia debida. 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