Lo que la esgrima me ha enseñado

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27 de julio, 2021 Lo que la esgrima me ha enseñado
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Desde que era niño espero cada cuatro años los Juegos Olímpicos, es cierto que nunca he sido deportista y salvo un par de años en la infancia en el Tae Kwon Do y en el grupo de montañistas del Cristóbal Colón. En realidad siempre he sido una flor de pavimento, mi escritorio y mi biblioteca son mi barco, mi pista y mi montaña; tal vez por eso, he sentido siempre una atracción admirativa por los deportistas olímpicos, por su voluntad y su gloria, por las ciudades engalanadas de ilusiones universales y el mensaje de paz y esfuerzo en el que creo. Recuerdo todas: la de Moscú y su boicot, la de Montreal y el 10 perfecto de Nadia Comaneci (como todos los niños de mi generación, me enamoré de ella). Los Ángeles, Sidney, Atenas, todas están ahí como un recordatorio de que uno es del tamaño de sus esperanzas y tan alto como sus empeños.

Sin embargo, este año las olimpiadas son distintas; no solo por el vacío de las tribunas, por el año que se atrasaron y por la potencia evocadora que estos esfuerzos han significado, lo es por una razón familiar, subjetiva que, sin embargo, es simbólica. Mis hijos desde muy pequeños practican la esgrima y ahora acarician el sueño de algún día ir a las olimpiadas, me he pasado noches en vela viendo los combates, escuchándolos emocionarse, comunicarse con su entrenadora en la madrugada para comentar emocionados cuánto ha logrado avanzar Diego Cervantes nuestro protagonista en las competencias de florete. Los he visto sufrir con nuestro equipo de esgrima y aplaudir de pie a Alexa Moreno que se ha apoderado de nuestros corazones. Los he escuchado reírse de los comentarios de los listillos que piensan que no lograr una medalla es un fracaso cuando la gloria está en ya llegar a la competencia.

Son muchas las cosas que la esgrima me ha enseñado en más de diez años. La primera de ella es el sentido de la gratitud. Mi abuela, que es la más importante de mis manes, la que lidera mi altar familiar, decía que “es de gente bien nacida ser agradecida”; pero la dimensión es distinta cuando pienso en Jessica Ferrer Santís, antigua campeona de florete y maestra por vocación y veo en ella no solo a la entrenadora de mis hijos sino  que la gratitud solo existe cuando es mutua, cuando se expresa con devoción y se recibe con humildad, cuando se vuelve un nexo y no una forma de sumisión o vasallaje. No se puede observar gratitud más perfecta que la que existe entre entrenadores y atletas, lo sé porque lo he visto y he visto en Jessica Ferrer crear competidores a partir de niños hiperactivos, tímidos, disléxicos o asustados, porque lo que ella ve son seres humanos con el potencial enorme de la voluntad y el deseo, es decir, mira más allá de la piel y de las lágrimas.

La esgrima me ha enseñado que la vida es un asunto de equilibrio y de oportunidad, por una parte porque el esgrimista triunfa cuando logra equilibrar su ataque y su defensa, cuando logra identificar el ritmo del combate y ataca cuando debe, se guarece cuando puede y está siempre pendiente del momento oportuno, una centésima de segundo en el que la diminuta punta de un florete puede tocar con limpieza el cuerpo del oponente; cada vez que veo triunfar a un esgrimista lo que he visto es el triunfo del equilibrio sobre el caos y la visión para no dejar la oportunidad.

La esgrima me ha enseñado que no importa cuánto te esfuerces o cuánto lo desees, el éxito no es consecuencia de esos factores sino del trabajo efectivo en el momento preciso; que la ilusión, el esfuerzo y la preparación son los presupuestos para estar listo en el momento adecuado y que cuando, pese a todo, los objetivos no se logran, la vida se basta en haber hecho el mejor trabajo, sin excusas ni explicaciones en el momento preciso. Mis hijos sueñan todo el tiempo, los he visto llorar con los puños crispados en el momento de la derrota y levantarse minutos después como si no hubiera pasado nada porque estaban conscientes de haber hecho el trabajo para el que habían sido llamados; los he visto gozar el triunfo, disfrutarlo como si la olimpiada nacional fuera el podio de París e instantes después volver a empezar como si fuera el primer día del entrenamiento.

La esgrima me ha enseñado que ningún gobierno puede hacer lo que los ciudadanos no estamos dispuestos a hacer por nosotros mismos; los padres de la tropa de mis hijos, con el toque heroico de las madres como mi esposa, nos organizamos, torcemos agendas y logramos estar donde nos llaman de Tijuana a Mérida -porque esto es la propina, la esgrima me ha enseñado mucho de lo que sé de mi país-. Me consta que las autoridades de la Delegación Benito Juárez se esfuerzan tanto como pueden para darnos buenas condiciones, que la Federación de Esgrima, cada quien su suerte y cada quién tendrá sus apreciaciones, se ha preocupado tanto como ha podido por nuestros muchachos, pero no hay nada que supla al esfuerzo de levantarse temprano, de buscar transportación, tener el equipo en el mejor estado, acariciar y abrazar al derrotado y festejar al triunfante, solidarizarse con el compañero que no ha logrado la medalla y hacer un poco de padre sustituto cuando alguno no puede estar por sus hijos a tiempo.


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La esgrima me ha enseñado, en fin, que lo que estamos viendo no es el espectáculo más prodigioso que hemos inventado los humanos en la era moderna, sino la suma de un esfuerzo de toda la vida, de los atletas y sus familias; de sus entrenadores y de sus organizaciones.

Disfruto Tokio aún desde casa y hoy, más que nunca le digo a mis hijos, “siempre tendremos París”.

@cesarbc70

 

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contra el criminal nazi Reinhard Heydrich. La Operación Antropoide fue planeada en Londres y ejecutada el día 27 de mayo de 1942, en Praga. Heydrich, uno de los más sanguinarios y encumbrados nazis (sólo rendía cuentas a Himmler y al mismísimo Hitler), sembró el terror en la ocupada Checoslovaquia. Fue uno de los artífices, en Wannsee, de la Solución Final. Su cargo oficial al momento del atentado era Reichsprotektor de Bohemia y Moravia. Heydrich es conocido como el Carnicero de Praga por la terrible violencia que ejerció contra los checos. Se puede decir que Hitler no admiraba a nadie más que a sí mismo… y a Heydrich, a quien solemnemente se refería como el de “corazón de hierro”. Los británicos, en coordinación con la resistencia checa, planearon el atentado. Una vez muerto Heydrich, la reacción de Hitler fue brutal: miles y miles de detenidos y fusilados. El pueblo de Lidice fue exterminado: todos sus habitantes (niños, mujeres, ancianos), todos, fueron asesinados en represalia, pues las investigaciones de los SS suponían que uno de los guerrilleros provenía de dicha localidad. La inteligencia nazi fue incapaz de dar con los partisanos. Desgraciadamente nunca falta el traidor. Un checo miembro de la resistencia denunció a sus compañeros a cambio de una gran suma de dinero. Los integrantes de Operación Antropoide fueron localizados en una iglesia a las afueras de Praga. 700 soldados alemanes (SS, SA, Gestapo, etc) rodearon el inmueble. Siete partisanos checos acabaron con la vida de cientos de alemanes en un acto heroico sólo comparable al episodio de las Termópilas, en el que 300 espartanos acabaron con la vida de miles y miles de persas, antes de ser exterminados.  Estos son los tres héroes checos (bueno, uno de ellos eslovaco) que llevaron a cabo la operación: KubišGabčík y Valčík. Y este es el nombre del traidor, quien por 100,000 coronas checas delató a sus compañeros: Čurda. La masacre de Lidice puso en evidencia a los nazis. Antes de ese hecho (junio de 1942), nadie sabía a ciencia cierta la maldad de estos criminales. Después de Lidice fue manifiesto que el régimen estaba integrado por una horda de locos degenerados y acomplejados cuya sed de sangre jamás ha sido igualada en la historia de la humanidad. Al principio pensé que el título de la novela se debería a cuatro H evidentes: Hitler, Himmler, Heydrich y, claro, Holocausto. Pero el título obedece a una frase que los alemanes usaban cuando hablaban de Heydrich, lo cual nos da una idea de lo terrible que era este personaje: Himmlers Hirn heißt Heydrich: El cerebro de Himmler se llama Heydrich.  El título original de la novela era "Operación Antropoide”. El buen juicio del primer editor moldeó el título actual: "HHhH". 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Batallón de Infantería, en ese entonces ubicado en calles Revolución y Degollado.  Resonaban los disparos de las escuadras Colt y los revólveres Smith & Wesson. Las balas pegaban en la barda del cuartel y, sin novedad.  Al parecer, para los centinelas este hecho no representaba ningún problema, o tal vez estos tiradores tenían permiso de un señor que vivía a media cuadra de mi casa; el General Petronilo Flores Castellanos, Jefe del Estado Mayor de la Zona Militar y Gobernador del Territorio de Baja California Sur. Cuando éramos niños, mi hermano Clemente, -un año mayor que yo- solíamos ir a jugar con sus hijos Roberto y Jorge. Una tarde que llegó a su casa, el padre de ellos, a mi hermano y a mí nos hizo unas preguntas mientras nos dirigía una inquisitiva mirada… luego expresó sonriente: “¡Buenos muchachos!”.   El 4 de abril de 1957, encontrándose el gobernador Petronilo en funciones expiró –de muerte natural- y el 18 del mismo mes lo suplió el Teniente Coronel Lucino M. Rebolledo. Él y mi padre, el Ing. Clemente Ávila Muñoz pertenecían al Club de Leones donde se hicieron buenos compañeros. Como una muestra de aprecio, don Lucino le regaló a mi papá un paquete con seis pistolas; entre ellas una escuadra pavonada calibre 22, un revólver 32, otro calibre 44, ambos niquelados, de aquellos de “maroma”, además otras que no recuerdo. Me había prometido que al llegar a la mayoría de edad me regalaría una de esas armas. Esperé… y esperé… pero la pistola nunca llegó. CUATRO AÑOS DESPUÉS. Fue un domingo del verano de 1961, cuando La Paz (Baja California Sur) con sus escasos 30 000 habitantes hacía honor a su nombre. Esa mañana le pedí a mi papá que me aceptara acompañarlo al Club de Caza, Tiro y Pesca “Gavilanes”, inaugurado hacía poco tiempo en un terreno de “El Mezquitito”, pues a iniciativa de un ex revolucionario, gobernador del Territorio de Baja California Sur, Gral. de División Bonifacio Salinas Leal [1959-1965], el antiguo stand de “Palmira” quedaba en desuso.  Aceptó mi petición y, en su Chevrolet modelo 1956 rojo y blanco nos dirigimos a la casa de uno de sus amigos y a la vez compadre, mismo que portando una escuadra niquelada al cinto ya nos estaba esperando de pie en el porche. Este caballero le llevaba a mi padre algunos treinta años de edad, pues mi progenitor era dado a convivir también con gente mayor que él. Los domingos solía yo ir al matiné (función de cine por la mañana), pero si acaso lograba enterarme a tiempo que mi padre iría al club, optaba por irme de colado con él, pues me daba la oportunidad de hacer unos disparos con un rifle calibre 22; que bien recuerdo compró en la cantidad de 300.00 en la armería de don Esteban Ortiz, ubicada entonces en calle Madero/ Independencia y 16 de septiembre. Un arma tan certera como no he conocido otra, misma que aparece en el recuadro de la imagen. Y entonces los tres enfilamos por la carretera al sur… Entre los socios del club de aquel entonces recuerdo a los señores Ramiro Alvarado, ing. Humberto Quiroz Cárdenas, Francisco “Pancho” Olachea, Carlos Navarro de Alba, Cap. Enrique Aguilar Morales, un señor apellidado Leana Rojas, otro a quien llamaban “Güero” Cañez, etc., que debido a las brumas del tiempo no alcanzó a distinguir, pues el que esto escribe apenas cursaba el 5º. año de primaria. Ese viejo campo de tiro de “Palmira” se ubicaba cerca del mar, cuyo stand estaba formado por una gran enramada rectangular con alta techumbre, y en uno de sus costados ostentaba una cerca formada por carapachos de caguama, que iban sumándose después de que los domingos era disfrutado un quelonio, cocinado “a la greña”  servida sobre su propio caparazón y, el pecho recostado sobre dos varillas clavadas en la tierra, al calor de las brasas de carbón de mezquite, avivadas por la brisa de la cercana bahía. Años antes, como actividad especial fue lanzado un avión de madera desde lo alto del cerro de “La Calavera”, rumbo a la línea de tiro para que los presentes, de manera individual, le dispararan con su rifle calibre 7mm. Aquella ocasión le tocó el turno al señor Fernando “Charol” Ramírez y, de los cinco cartuchos con que cargó su arma, logró acertarle dos balazos al volador artefacto. Algunos de los tiradores alegaban -en broma- que ese logro representaba todo un acto ventajoso. ¿Por qué? Pues porque ese ganador había participado en muchas batallas como defensor del presidente Francisco I. Madero. O sea, que el ex revolucionario Ramírez tenía un poquitito más de experiencia que ellos en el manejo del Mauser.  Uno de tales días, a este añorado stand llegó de visita un grupo de “Materiales de Guerra” con los mejores francotiradores del Ejército Mexicano. Su labor consistía en practicar generosamente el tiro diariamente y, hacer exhibiciones de su destreza en todos los estados de la república. Ellos venían bien apertrechados con una serie de colchones, apoyos y coderas. Mi padre, sin más equipo que su ánimo y su rifle Mauser deportivo les ganó a todos ellos. Tal vez de momento a los francotiradores no les vino en gracia, pero al fin militares tenían que disciplinarse. Y para demostrar que no había ningún enojo, esa noche invitaron a mi padre a cenar al hotel “Perla”.  Le propusieron que se uniera a ellos y le otorgarían grado de Oficial, a lo que respondió: “Señores, muchas gracias por la distinción, pero aquí tengo mi familia y mi trabajo”. Entonces, a una orden del jefe, un soldado dio media vuelta y regresó con una caja de 1,000 cartuchos calibre 7 mm. Al entregársela le dijo: “Ingeniero, de todas maneras le vamos a regalar este parque, para que siga tirando”.  Y llegamos al nuevo stand; piso de cemento y techo de asbesto, con baranda de madera en la línea de tiro, con espacios numerados, sobre la cual los socios colocaban su pistola y parque. A la derecha había una bodeguita, que en esos domingos se convertía en expendio de refrescos “Peñafiel“, y moderadamente cerveza “Tecate” en bote. Sanitarios impecables, largas bancas de cemento a dos niveles, para los visitantes y tiradores esperando su turno y, al fondo del campo una amplia barda de ladrillo para la retención de balas.  Al igual que en el anterior campo de tiro, las competencias consistían en acumular puntos mediante el “Tiro a la diana” con rifle y pistola ambos en calibre 22 y, también con rifle 7mm; “Tiro al bote”, haciendo avanzar un bote de cerveza vacío disparándole con pistola, no directamente sino un poco abajo para que se elevara sobre el suelo; “Tiro a la gallina”; “Tiro al guajolote”, utilizando en todo ello el calibre 22. Pero sin duda alguna, las competencias más emocionantes eran mediante rifle calibre 7 mm en el “Tiro al chivo” y “Tiro al borrego”.  El día en que se inauguró este stand, al primer borrego mi papá le acertó un tiro a 600 metros de distancia. Cuando los comisionados llegaron a revisar al animal tirado en el suelo, por ninguna parte le encontraban huella del impacto, pues estaba muy lanudo y, en broma dijeron que ese borrego “había fallecido de un ataque al corazón”. Por fin descubrieron que esa bala había entrado en medio de un costillar. En mi casa, parte del animal fue preparado a la parrilla y lo saborearon varios compañeros y socios. Por estas fechas mi padre era presidente del club “Gavilanes”. Ahora bien, estaba yo sentado en una de esas bancas, momentos en que se estaba efectuando el “Tiro al bote”… A mi izquierda se encontraba aquel señor a quien sus amigos llamaban “Güero” Cañez. Al sonar un disparo, repentinamente un gesto de dolor se dibujó en su cara, sobándose desesperadamente su brazo derecho; poco después recogió el proyectil achatado y, en su mano, sonrientemente empezó a agitarlo de arriba a abajo soplándole para que se enfriara. Dos metros a la derecha y esa bala me hubiera dado a mí. Uno de tantos domingos anteriores, un señor muy serio, de cabello y bigote cano se hallaba sentado en una de las bancas, observando con atención la buena, regular o pésima destreza de los diversos tiradores. De igual manera, en esos instantes se estaba tirando al bote. De repente se dejó escuchar en voz alta: ¡Al Gobernador le pegaron un balazo!”   La persona aludida se retorcía arqueando su cuerpo hacia atrás… Falsa alarma. Simplemente otra bala rebotada, que le había caído precisamente entre el cuello de la guayabera y la camiseta, bajando por la espalda del ex revolucionario, General de División, Bonifacio Salinas Leal, quien en otros tiempos había tomado parte en la toma de Monterrey, batallas de Celaya y Aguascalientes, entre otros encuentros.  Debo declarar, que yo no fui testigo presencial de este hecho; creo que fue al mismo señor Cañez, a quien aquella ocasión escuché contarle a sus compañeros esta anécdota del Gral. Bonifacio, una vez que se había recuperado del susto.  Digno resulta recordar a otro gran ex revolucionario, el Gral. de Div. Agustín Olachea Avilés, quien fue gobernador del entonces Territorio en dos ocasiones [1929-1931 y 1946-1956]. Entre muchos encuentros, a don Agustín le tocó formar parte en las batallas de Ciudad Juárez, donde Álvaro Obregón derrotó a Francisco Villa y su División del Norte. Después fue Secretario de la Defensa Nacional en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos. Conservo el original de un oficio fechado el 14 de enero de 1963, donde por orden de este Secretario de la Defensa Nacional, a mi papá -a quien estimaba y le decía "Hijo"-, le envió para su seguridad y legítima defensa, una licencia de portación de su revólver Ruby Extra calibre 38, con vigencia en toda la República Mexicana. Jamás hizo mal uso de esa arma, sólo la utilizaba cuando por razones de trabajo salía a algún otro Estado y, para protegerse de algún peligro que pudiera surgir en el corazón de los montes sudcalifornianos, que es donde mayormente transcurrió su vida laboral.  Y así, aquel veraniego domingo de 1961, al concluirse la “tirada”, como solía decirse en esos tiempos, regresamos a casa. Bueno, eso pensé. Cuando íbamos transitando por la calle Isabel la Católica, mi progenitor giró el auto hacia la izquierda, creyendo yo que iba a dejar a su amigo-compadre, que por ese rumbo vivía, pero no fue así, pues siguió de frente y se estacionó junto a un jacalón en calle Juárez/ entre Altamirano y Ramírez. Era un lugar con paredes de “masonite” y techo de palma, cuyo letrero decía: “El Palo Verde”, o sea, una cantina cuyo color hacía juego con el nombre del establecimiento. Ambos bajaron del auto, y me dijeron que muy pronto regresarían, que solamente iban a tomarse una cervecita. Subí los vidrios casi hasta arriba y sin pretenderlo muy pronto me quedé dormido. Ignoro de qué tamaño sería esa cervecita, pues transcurrió más de una hora y no regresaban. Serían como las tres de la tarde cuando escuché el “toc toc” en el cristal. Era el acompañante de mi padre gritando: “¡Despiértate, vamos a bajar las armas a la cantina!” Desperté sobresaltado bañado en sudor y, enseguida le entregué su arma y la de mi padre, diciéndome que mi papá se había quedado dentro platicando con un ganadero, que necesitaba que le deslindaran el terreno de su rancho. Se fajó la pistola de mi papá en un costado y la de él la llevaba en su mano derecha. Yo embracé el rifle de la manera correcta; llevándolo diagonalmente al frente, sujetándolo con las dos manos y con los codos pegados al cuerpo, pues así lo había aprendido en las películas Western del cine  “California”.  Me ordenó que yo fuera por delante, y me fue siguiendo a prudente distancia rumbo a la puerta de la cantina, que distaba unos diez metros desde la orilla de la calle. Como podemos apreciar en el recuadro de la imagen, el rifle que menciono tenía apariencia de carabina y, no obstante ser calibre 22 de un solo tiro, marca ITHACA, modelo M49, en esos momentos para mí era una carabina WINCHESTER calibre 44-40, de las que usaban los vaqueros del Old West. Cuando crucé la puerta de la cantina, los parroquianos me dirigieron una sorpresiva y angustiante mirada. Entregamos las armas en la barra, que fueron guardadas en un cajón inferior de la misma. Los clientes siguieron bebiendo tranquilamente su cerveza. Y por esas cosas raras que suceden, el cantinero autorizó que yo permaneciera en la mesa que ocupaban mi papá, su compadre y el sr. ganadero.  Eran de aquellas mesas de madera maciza en color verde, y sillas con asiento y respaldo de cuero. El compadre de mi progenitor al verme todavía sudoroso me dijo: ¡Tómate una “Coronita”! No recuerdo si me la tomé o no. Creo que sí. Transcurrieron unas dos horas y, ahora sí, todos volvimos a casa.  Y bien, ¿quién era este señor que me custodió hasta entrar a esa cantina? Tenía imperativa voz, tranquila aunque inquisidora mirada, y de paso firme y cadencioso. Lo único que yo sabía es que era un militar retirado. Al poco tiempo me enteré que se trataba del Mayor de Infantería Teófilo Bautista, que siendo un jovencito de 16 años, se había unido a las fuerzas de Venustiano Carranza, donde participó en distintas batallas.  Yo tenía diez años cuando entré armado a esa cantina acompañado por este personaje y, debido a mi corta existencia, en ese momento no valoré ese hecho en su real dimensión; pero seis décadas después, sigo pensando que: ¡no cualquiera tiene el honor, de que un veterano del Ejército Constitucionalista haya actuado como su guardaespaldas!                                        [[email protected]]" ["post_title"]=> string(29) "Con aroma de pólvora quemada" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(28) "con-aroma-de-polvora-quemada" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-09-06 11:02:28" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-09-06 16:02:28" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=70128" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18557 (24) { ["ID"]=> int(70056) ["post_author"]=> string(2) "59" ["post_date"]=> string(19) "2021-09-03 08:50:25" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-09-03 13:50:25" ["post_content"]=> string(4298) "La novela HHhH, del escritor francés Laurent Binet, trata sobre el exitoso atentado contra el criminal nazi Reinhard Heydrich. La Operación Antropoide fue planeada en Londres y ejecutada el día 27 de mayo de 1942, en Praga. Heydrich, uno de los más sanguinarios y encumbrados nazis (sólo rendía cuentas a Himmler y al mismísimo Hitler), sembró el terror en la ocupada Checoslovaquia. Fue uno de los artífices, en Wannsee, de la Solución Final. Su cargo oficial al momento del atentado era Reichsprotektor de Bohemia y Moravia. Heydrich es conocido como el Carnicero de Praga por la terrible violencia que ejerció contra los checos. Se puede decir que Hitler no admiraba a nadie más que a sí mismo… y a Heydrich, a quien solemnemente se refería como el de “corazón de hierro”. Los británicos, en coordinación con la resistencia checa, planearon el atentado. Una vez muerto Heydrich, la reacción de Hitler fue brutal: miles y miles de detenidos y fusilados. El pueblo de Lidice fue exterminado: todos sus habitantes (niños, mujeres, ancianos), todos, fueron asesinados en represalia, pues las investigaciones de los SS suponían que uno de los guerrilleros provenía de dicha localidad. La inteligencia nazi fue incapaz de dar con los partisanos. Desgraciadamente nunca falta el traidor. Un checo miembro de la resistencia denunció a sus compañeros a cambio de una gran suma de dinero. Los integrantes de Operación Antropoide fueron localizados en una iglesia a las afueras de Praga. 700 soldados alemanes (SS, SA, Gestapo, etc) rodearon el inmueble. Siete partisanos checos acabaron con la vida de cientos de alemanes en un acto heroico sólo comparable al episodio de las Termópilas, en el que 300 espartanos acabaron con la vida de miles y miles de persas, antes de ser exterminados.  Estos son los tres héroes checos (bueno, uno de ellos eslovaco) que llevaron a cabo la operación: KubišGabčík y Valčík. Y este es el nombre del traidor, quien por 100,000 coronas checas delató a sus compañeros: Čurda. La masacre de Lidice puso en evidencia a los nazis. Antes de ese hecho (junio de 1942), nadie sabía a ciencia cierta la maldad de estos criminales. Después de Lidice fue manifiesto que el régimen estaba integrado por una horda de locos degenerados y acomplejados cuya sed de sangre jamás ha sido igualada en la historia de la humanidad. Al principio pensé que el título de la novela se debería a cuatro H evidentes: Hitler, Himmler, Heydrich y, claro, Holocausto. Pero el título obedece a una frase que los alemanes usaban cuando hablaban de Heydrich, lo cual nos da una idea de lo terrible que era este personaje: Himmlers Hirn heißt Heydrich: El cerebro de Himmler se llama Heydrich.  El título original de la novela era "Operación Antropoide”. El buen juicio del primer editor moldeó el título actual: "HHhH". Las 400 páginas de la edición en español de Seix Barral fluyen vertiginosamente y quitan horas de sueño. Muy recomendable. Título: HHhH Autor: Laurent Binet Seix Barrarl, 2011 400 páginas Mi calificación: 4.5 puntos de 5" ["post_title"]=> string(85) "Somos lo que leemos – HHhH, una novela que te hará odiar todavía más a los nazis" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(77) "somos-lo-que-leemos-hhhh-una-novela-que-te-hara-odiar-todavia-mas-a-los-nazis" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-09-03 08:50:25" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-09-03 13:50:25" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=70056" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(19) ["max_num_pages"]=> float(10) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "8d6a564e0756e322a73fc2ff6a65f7a5" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }

Somos lo que leemos – HHhH, una novela que te hará odiar todavía más a los nazis

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