La triste práctica de mirarse el ombligo

Ya me dirá el respetable, pero me queda claro que el peor efecto de la pandemia ha sido nuestra costumbre de pasar la tarde mirándonos el ombligo, es decir, ensimismarnos en una ingrata realidad y darnos de...

5 de enero, 2021

Ya me dirá el respetable, pero me queda claro que el peor efecto de la pandemia ha sido nuestra costumbre de pasar la tarde mirándonos el ombligo, es decir, ensimismarnos en una ingrata realidad y darnos de bofetones en las redes sociales, contra cueros de vino y molinos de viento por si al responsable de nuestra salud pública le ha venido bien tomarse una cervecita en la playa cuando la mayoría estamos apretándonos el cinturón para no contagiarnos; y nos la tomamos en serio, rompemos lanzas con fantasmas mientras nos dan una clase de historia –no muy rigurosa por cierto– y recurrimos a vistosas afirmaciones como “las redes se incendian”, “causa tendencia”… y todo por unos minutos, apenas una cadenita de segundos. Seamos sinceros, cualquier día, a cualquier hora, cualquiera de nosotros se hace un autorretrato, una selfie, dicen mis hijos; ocurre todo el tiempo. 

Por la noche, antes de la lectura, mi atención sucumbe ante la curiosidad de entrar a “Facebook” para ver cómo marcha el mundo. El informativo de la red social advierte sobre el caos en que policías, manifestantes, ladrones y hasta perros callejeros han convertido la urbe; me asomo a la calle y no pasa nada. Lo que queremos es mirar cuántos asentimientos hemos colectado, cuanta gente ha comentado nuestras ideas y qué frases nos podemos apropiar para hacérselas decir a Óscar Wilde, a Miguel de Cervantes o, en última instancia, a Paulo Coelho. Por último, una mirada a Twiter y ahí si ya hemos perdido todo sentido de la realidad: académicos reputados con frases colosales como “es mejor estar vivo que muerto” o “¿sabía usted que en México muy poca gente lee?”, incluso diminutos amos del lenguaje haciendo malabares para generar un mensaje radical, ácido e incisivo en unos cuantos caracteres y ya estamos perdidos. Hemos recibido un golpe del que nos tomará algunas horas reponernos: nadie se ha dignado repetir – retuitear – nuestro sabio concepto del día.

Tomémoslo con humor. Alguna vez leí en Facebook que esa página nos hace sentir populares;. Twitter, por su lado, nos hace percibirnos inteligentes; e Instagram nos convierte en artistas. Y me lo creo porque hemos generado un mundo en el que el mercado ya no nos basta, no nos es suficiente que la mano invisible haga justicia y ponga orden sino que, además, queremos que nos acaricie y nos apapache. Hemos provocado, en medio de la gran soledad de nuestro tiempo, el paliativo ideal para nuestro maltrecho narcisismo: la sobreinformación y la facilidad para crear nosotros mismos nuestros contenidos y divulgarlos. Si en la misma medida hubiéramos creado conciencia crítica y contrastes de información, no andaríamos tan perdidos como para creernos y divulgar que la pandemia es una batalla de la guerra biológica de China contra el mundo, que en realidad hay primero, segundo y tercer lugar para cuanta cosa se nos ocurra o que vendrán siete días de obscuridad por causas que la NASA se niega a revelar. Al final del día, no es eso lo que queremos, a lo que aspiramos no es a ser informados, sino a que nos reconozcan y que en un segundo de gloria debida a la suerte, nos volvamos “trending” por un chiste pirata pero bien contado.

Este es nuestro tiempo del Narciso que se mira en la selfie, ya no en un estanque, ahora con la ventaja de que no puede ahogarse en su propio dispositivo móvil. Para mi generación, aquella de quienes nacimos en la década de 1970 tal vez ya no haya remedio y la infatuación en la que vivimos con nuestro talento recién descubierto y admirado, nos dure para siempre, pero algo podrá hacerse con los nativos de la era tecnológica, apostar por su capacidad de discernimiento, porque a pesar de todo, la de asombro no ha mermado sino que aumenta con el dominio de tecnologías que nos permiten libertades que antes nunca hubiéramos soñado. De alguna manera, la educación debe crear la idea de que las redes sociales son escaparates gigantes, llamativos y sumamente útiles, pero que no son oráculos ni profetas sibilinos; de alguna manera podrían ellos volver, sin pena pero con gloria, no creyéndoselas todas, pero dialogando con muchas culturas, acentos e ideas diversas. En fin, mientras tanto, ya veremos si estas líneas alcanzan a merecer un “like” del amable lector.

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