La naranja mecánica: destrucción, cambio y su lección olvidada

“¡Debemos destruir… (inserte el nombre de la institución, sistema económico o político que esté de moda)!”. Usted, amable lector, seguramente ha leído algún post, nota, artículo o libro que lleve por título algo similar a lo anterior. ...

12 de abril, 2021

“¡Debemos destruir… (inserte el nombre de la institución, sistema económico o político que esté de moda)!”. Usted, amable lector, seguramente ha leído algún post, nota, artículo o libro que lleve por título algo similar a lo anterior. 

Cada vez que alguien propone la destrucción como la solución a cierto problema de la sociedad, recuerdo La naranja mecánica de Anthony Burgess. Al leer este título, lo más probable es que recordemos la película de 1971, dirigida por Stanley Kubrick y estelarizada por Malcolm McDowell. Es una película cuyos valores cinematográficos innegables la volvieron un clásico del séptimo arte y que merecería, por sí misma, varios artículos. 

Sin embargo, hoy no deseo hablarles de la película, sino del final de la novela, el cual no aparece en la adaptación de Kubrick. ¿Recuerda usted el final del filme? ¿Ese en el que Alex, el protagonista, dice con un tono algo ambiguo “sí, yo ya estaba curado” y parece volver a su antigua vida de violencia? Ese no fue el final que Anthony Burgess, escritor británico, dio al personaje de Alex DeLarge en su obra. La permanencia de la historia “truncada” en la memoria colectiva se debe a que Kubrick adaptó la versión estadounidense de la novela. En esta versión, el final original fue eliminado por el editor, al considerarlo “poco realista” y “poco atractivo” para los lectores norteamericanos. 

La novela fue escrita, de acuerdo con las propias palabras de Burgess, en un lapso de tres semanas con el fin de ganar un poco de dinero. La obra fue publicada en 1962 y narra la historia de Alex DeLarge, un adolescente amante de la música de Ludwig van Beethoven y líder de la banda formada por él y sus amigos Dim, Georgie y Pete. Los jóvenes asisten, noche tras noche, al bar lácteo Korova a beber moloko-plus (leche adicionada con drogas). Después de tomar esta bebida, el grupo sale a las calles a realizar actos aleatorios de “ultraviolencia”. La espiral de destrucción que comienza con robos y golpizas a transeúntes inocentes rápidamente se transforma en una vorágine delictiva sin freno. 

Alex DeLarge es detenido y condenado a prisión después de una violación que termina en asesinato. En prisión, el antiguo líder será sujeto a una novedosa terapia experimental de aversión desarrollada por el gobierno cuyo fin es quitarle todos los impulsos violentos.  

No le cuento más para que experimente usted mismo la travesía de Alex si es que aún no ha visto la película o leído el libro. Le recomiendo que busque alguna de las dos opciones y si puede conseguir ambas, mejor.  




¿Una novela o una fábula?

La historia narrada en La naranja mecánica es más profunda que el nadsat (la jerga juvenil, conformada en su mayoría por palabras de origen ruso) o los actos de “ultraviolencia” que cometen los adolescentes. Burgess nos presenta varias cuestiones al final de la novela: ¿es aceptable la intromisión de la ciencia para modificar la conducta humana? ¿Es ético que el gobierno utilice a los individuos como conejillos de indias usando como pretexto del “bien común”? Sin embargo, la cuestión que me gustaría comentar es la que se expone en el último capítulo de la versión inglesa original.

En un prefacio a la edición de 1986 de la novela, Burgess escribió lo siguiente al respecto de la omisión del capítulo final, el número veintiuno, en la adaptación cinematográfica:   

El capítulo veintiuno concede a la novela una cualidad de ficción genuina, un arte asentado sobre el principio de que los seres humanos cambian. De hecho, no tiene demasiado sentido escribir una novela a menos que pueda mostrarse la posibilidad de una transformación moral o un aumento de sabiduría que opera en el personaje o personajes principales. Incluso los malos bestsellers muestran a la gente cambiando. Cuando una obra de ficción no consigue mostrar el cambio, cuando solo muestra el carácter humano como algo rígido, pétreo, impenitente, abandona el campo de la novela y entra en la fábula o la alegoría. La naranja mecánica norteamericana o de Kubrick es una fábula; la británica o mundial es una novela.

Anthony Burgess, de acuerdo con sus propias palabras, termina su novela en el capítulo veintiuno porque este número representa el momento de la madurez humana plena. En dicho capítulo, se nos muestra a un Alex DeLarge que ya no encuentra satisfacción en los actos de violencia. Un cambio se gestó dentro de él: desea un mejor futuro que el que la destrucción sin sentido puede ofrecerle. Alex piensa en formar una familia. Construir, por fin lo comprende el protagonista, es la única forma de labrarse un mejor futuro. 

Actualmente, nos encontramos en una encrucijada similar a la del drugo Alex. Vivimos en una época cuyas condiciones sociales, políticas y económicas nos han llevado a pensar que la destrucción es el camino más adecuado para la sociedad. Solo es necesario abrir cualquier periódico para darse cuenta de esta mentalidad: “Destruir… (lugares, instituciones, personajes públicos y un largo etcétera) parece ser la orden del día en las agendas de diferentes grupos”. Es entendible esta posición, que apela a nuestra parte adolescente: para atraer adeptos a alguna causa en particular, siempre es más atractivo llamar a la gente a quemar un puente que convocarla para construir uno. 

Las redes sociales son un ejemplo perfecto de esto, ya que ahí encontramos un volumen enorme de críticas negativas, burlas o memes que pretenden “destruir” a cualquier ente con el que no se esté de acuerdo. Una pregunta que debemos hacernos en el aquí y ahora es, ¿qué tanta energía y tiempo estamos dispuestos a utilizar para construir algo valioso en lugar de desperdiciarla en destruir?

Destruir algo es cosa de segundos; construir lo que sea, en cambio, puede tardar meses, años o décadas y requiere de madurez y paciencia. Esta es una verdad de Perogrullo, pero que muchas veces olvidamos, especialmente en una sociedad obsesionada con la satisfacción que provoca la inmediatez moderna (con entregas de artículos “al día siguiente” y demás servicios ultrarrápidos). Destruir nos permite liberar temporalmente nuestras frustraciones y nuestra ira, pero en la resaca únicamente encontraremos vacío y aislamiento. Construir, en la faceta que sea, al contrario: nos llena y nos hace humanos. 

Esta disyuntiva es la que se encuentra Alex DeLarge al final de la novela: si decide hacerse más humano o convertirse en un agente de destrucción perene. El momento actual nos pide a gritos hacer esa misma elección. Decantarnos por una opción u otra, en gran parte, decidirá el futuro que tendremos como personas y como sociedad. Así que, estimado lector, ¿con cuál Alex DeLarge se identifica usted: con el de la película o con el del filme?

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Llegué una vez más a la puerta de Los Olvidos donde me recibió Don Marcelino tan amable como siempre. - Cada vez llega usted más temprano joven; ¿Cómo le va? Ahora sí se tardó un poquito más en venir, hasta lo estábamos extrañando.  - Tuve que estar en México un poquito más que de costumbre para no atrasarme y no desatender mi despacho. - ¿Qué tal se le antojaría un cafecito de olla,  joven? - Claro, Don Marcelino, a poco tiene ahorita café de olla. - Y recién hechecito. - ¿Nos lo tomamos en el escondite, Don Marcelino? - Ahí mero si quiere; espéreme por aquí  y ahorita los traigo. -Unos minutos después regresó  con dos jarros de barro humeantes. - Y en jarritos,  como debe ser. - Claro, joven, el café de olla y el ponche se toman así  o no saben igual de bien. 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Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted. Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. 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Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven? - Claro que sí, Don Marcelino. - ¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba? - Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder! Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar. - ¡Es broma, Don Marcelino! 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No tanto por el golpe, sino por el disgusto que se había llevado, porque se puso amarillo, amarillo y lo vomitaba todo. Pero los chismes se calmaron. Aunque no tanto. Porque unos días después me di cuenta de que las viejas se reunían en los tendederos, y entre lo que platicaban hacían alarde de las “faenas” de sus esposos, y competían a ver cuál de ellos tenía más hijos en las calles aledañas. Si los ven con alguna otra mujer, hacen unos escándalos espantosos; pero si alguno tiene un hijo con otra, lo felicitan y le llevan una veladora a algún santo de su devoción. ¿Quién entiende esas cosas? Debe ser cosa de consultarlo con algún psiquiatra, pero yo no tengo tiempo para eso, y te lo dejo a ti de tarea, que al fin y al cabo eres mujer (o un equivalente), y debe serte más fácil entenderlo… Y cuando regrese, me lo explicas, por favor. 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Llegué una vez más a la puerta de Los Olvidos donde me recibió Don Marcelino tan amable como siempre. - Cada vez llega usted más temprano joven; ¿Cómo le va? Ahora sí se tardó un poquito más en venir, hasta lo estábamos extrañando.  - Tuve que estar en México un poquito más que de costumbre para no atrasarme y no desatender mi despacho. - ¿Qué tal se le antojaría un cafecito de olla,  joven? - Claro, Don Marcelino, a poco tiene ahorita café de olla. - Y recién hechecito. - ¿Nos lo tomamos en el escondite, Don Marcelino? - Ahí mero si quiere; espéreme por aquí  y ahorita los traigo. -Unos minutos después regresó  con dos jarros de barro humeantes. - Y en jarritos,  como debe ser. - Claro, joven, el café de olla y el ponche se toman así  o no saben igual de bien. Jarrito en mano, nos encaminamos al escondite, y una vez ahí nos sentamos sobre la banquetita que yo llamaba el redondel, listos para la plática que no habíamos podido tener. - La última  vez que anduvo usted por aquí, ya no me dijo nada del perfume; por cierto que lo recogió mi esposa,  pero si lo necesita de nuevo, nada más me dice. - Gracias Don Marcelino; yo le digo.  No me sentía yo en ánimo  de relatarle lo que había sucedido con el perfume, y no creo que Don Marcelino lo imaginara; sin embargo, había algo en su mirada siempre viva, que parecía decirme que sabía que algo  había ocurrido aunque no podría saber exactamente qué.  - ¿Y qué le dicen los diarios y las cartas, joven Pecos? - No he leído todo, Don Marcelino. Hasta ahora he revisado algunas entradas del diario de 1942, que comienza en el mes de junio y un diario que estaba en la otra caja, que es de 1943 y que encontré de casualidad, porque yo creía que todos   los diarios estaban en la misma caja. - Usted revise todo lo que quiera. Incluso me dijo mi esposa que a la mejor le vendría a usted mejor llevarse las cajas a su casa y leerlas sin necesidad de estar yendo y viniendo. - No se me había pasado por la cabeza la idea, Don Marcelino, si de verdad no hay problema, me las llevo. ¿Pero podría seguir viniendo? - Una cosa no tiene que ver con la otra, joven; además, si le soy sincero, creo que todas esas cosas no aparecieron  para que las leyéramos nosotros… - Caray, Don Marcelino, me sorprende  usted porque no esperaba esto, muchas gracias. Debo decirle que he estado pensando  en esta casa, y  desde cuándo comenzó a llamarme la atención. Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted. Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento. - Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven? - Claro que sí, Don Marcelino. - ¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba? - Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder! Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar. - ¡Es broma, Don Marcelino! Lo que pasa es que al mirar nuevamente hacia el jardín, la joven ya no estaba, y yo quería haber visto su cara; sus ojos. Pero entonces usted me dijo que no había nadie más que usted y su familia y que me había yo imaginado a la  chica. - No, joven, es cierto que le dije que estábamos mi familia y yo y que no había invitados, pero no le dije que se la había usted imaginado. Se nos había pasado el tiempo muy rápido, y Don Marcelino amablemente me dijo que tenía que hacer algunas cosas. - ¿Va a ir al mirador a seguir revisando las cosas? - Sí, Don Marcelino, ¿y sabe qué?  Si no le importa, por ahora no me quisiera llevar las cajas; preferiría seguir leyendo los diarios y ver las fotos aquí mismo; creo que es lo mejor, aunque no sé  decirle por qué. - No hay problema, joven Pecos, ya le dije que usted puede venir todas las veces que quiera... - Gracias, Don Marcelino, entonces nos vemos al ratito, y gracias por el café.  - Ándele joven, yo aquí voy a andar si se le ofrece algo. En camino al mirador me detuve en el corredor para ver el palmar, el cerro de la Pinzona se veía claramente; lo fui recorriendo con la vista hasta que pude localizar la casa Ralph; al verla desde aquí, imaginé si ella alguna vez se habría detenido en este mismo punto mirando hacia allá; qué habría estado pensando; qué habría estado sintiendo…" ["post_title"]=> string(22) "Los Olvidos - Parte 30" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(20) "los-olvidos-parte-30" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-21 09:09:44" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-21 14:09:44" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64305" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(21) ["max_num_pages"]=> float(11) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "d01d9056d419445799a5dbafbb7e0f3c" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }
Los Olvidos

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