¡Feliz Año Nuevo 2021!

2020 ha sido un año histórico para toda la humanidad y en particular para México debido a la pandemia del Covid-19 que ha modificado radicalmente la vida de la humanidad. El filósofo holandés de origen sefardí, Spinoza,...

1 de enero, 2021

2020 ha sido un año histórico para toda la humanidad y en particular para México debido a la pandemia del Covid-19 que ha modificado radicalmente la vida de la humanidad.

El filósofo holandés de origen sefardí, Spinoza, nos enseña que los seres humanos somos los que nos debemos adaptar a la “realidad” en lugar de esperar que ésta se acomode a nosotros. Este filósofo utiliza de manera reiterativa e indistinta el término “naturaleza” con el de “realidad”.

Las personas somos parte de la naturaleza. Es eminente que cuando el problema del Covid-19 llegue a su fin, nada será igual que antes: la ideología, la forma de trabajar, la forma de relacionarnos entre nosotros. Seguramente, trabajaremos en la modalidad conocida como híbrida.

Tiempos nuevos exigen mentes nuevas. Desaprender para aprender, adaptación y entendimiento de nuevas concepciones de la realidad. Pensar en retomar las mismas actitudes que realizábamos antes de la llegada de la pandemia no es posible y es anacrónico. La incorporación de la tecnología en la vida diaria llegó para quedarse. Intentar acomodarnos a una nueva realidad no es fácil y mucho menos si no nos damos la oportunidad de hacerlo.

Mis mejores deseos de bienestar, prosperidad, salud y paz para toda nuestra audiencia y asiduos lectores…

 ¡Feliz Año Nuevo 2021!




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No está el respetable para saberlo, pero los colaboradores que gracias a la generosidad de este espacio vertimos nuestras palabras de manera habitual –la tan fina la metáfora que tenía preparada con los ríos de tinta ya no sirve de mucho–, tenemos una “sala de conversación” (que sería la forma de llamar en español al consabido chat que tal vez algún día, si el uso y la práctica lo autorizan, tenga carta de naturalización en el diccionario). En esa sala virtual se cocinan las pláticas, se comparten ideas y puntos de vista y, desde luego, también palabras. Es algo así como el cajón del sastre donde tiramos los retazos y los hilos, donde se dejan las agujas; algo como el gran fogón donde alguno tira una cebolla y otro más un tocino para generar este guiso colectivo que, esperamos, siempre satisfaga el hambre de información y nuestra necesidad de cocinarla. En ella, como en todos los casos en que las redacciones de mínimos mensajes se ven sometidos a la tiranía de la inteligencia artificial –que a veces no es tan lista– en el formato de corrector ortográfico, sufrimos sus ataques y algunos de ellos resultan hilarantes. Hace poco nos sucedió y la plática fue derivando del inocente error ortográfico a los diccionarios ficticios, juguetones y a veces chocarreros con que algunas buenas y magníficas plumas han tendido trucos y transformado las palabras. Diccionarios de esos hay varios, pero entonces y ahora me refiero a algunos de mis preferidos: el de Coll, editado en España hace ya décadas y que ahora resulta una rareza editorial; el Diccionario del Diablo, escrito por Ambroce Bierce, el escritor norteamericano al que Carlos Fuentes convirtió en mito cuando lo bautizó como el “Gringo Viejo” y al Diccionario de lugares comunes de Flaubert. Como se aprecia, en todos lados se cuecen habas y a los escritores de todo el mundo les da por jugar con sus instrumentos de trabajo. Alfonso Reyes dedicó algunas páginas a sus jitanjáforas, poemas sin sentido basados solo en la sonoridad de los vocablos y escribió alguno sobre una palabra a la que tuvo que desnaturalizar para llenarla de todo contenido posible en El canto del Jalibut… “por la orillita del mar flordelicado los negros cantan jalibut”. 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El ingenio con las palabras es ejercicio conocido de algunas plumas, como la invitación de George Bernard Shaw a su amigo, el Primer Ministro Winston Churchiill, convocándolo a la primer función de su nueva obra de teatro y conminando a llevar a un amigo “si lo tiene…”, y la respuesta del estadista excusándose por no poder asistir en esa ocasión pero ofreciendo ir a la segunda “si la hay…”; Camilo José Cela diputado a Cortes en España que roncaba plácidamente en su curul sin mayor culpa porque decía que no estaba dormido sino durmiendo pues no es lo mismo “estar jodido que estar jodiendo”, más ruda la respuesta de Salvador Novo a alguna provocación de Luis Spota, 21 años más joven el segundo y que me parece que no sabía con quién se estaba metiendo y que recibió un acre epigrama… “que en el apellido paterno lleva el oficio materno”. En fin, como dice mi mujer, sabia mujer, madre de mis hijos y a la que le dedico estas palabras en un sentido 10 de mayo, a veces, solo a veces, “entre broma y broma, la verdad se asoma”.  Porque nuestros tiempos parecieran no estar para bromas, pero qué va, al contrario, si no ejercemos el humor, si no nos aventuramos a encontrar dobles  y triples significados a la realidad, ya el encierro nos hubiera dejado más locos –estultos decía Erasmo de Rotterdam–. 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Misterios del idioma). Y al portero se le ocurrió organizar una “vaquita” (uso incomprensible de la palabra “vaca”, porque ese animal no tiene nada que ver con la lotería). Para que te enteres, llaman “vaquita” a que mucha gente se junte para comprar un billete de lotería; y si se gana, se reparte lo que sea entre todos los compradores. Casi todos los vecinos compraron su participación, y todo iba muy bien. Hasta que llegó doña Sura, la adivina, a comprar la suya. El portero le dijo que no, que ella no podía entrar a la “vaquita”. “¿Por qué?” preguntó airada la mujer. “Porque usted trae la mala suerte”, fue la respuesta del portero. Doña Sura respiró fuerte y dijo, con una voz que tronó en todo el patio: “Pues siento decirle que no van a ganar ustedes nada”; y se retiró con toda la dignidad que puede tener una mujer ofendida (que es mucha). Los vecinos se dividieron, unos apoyando a doña Sura y otros opinando que mejor “no tentaran la suerte”. 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Y en el patio se reunió la vecindad entera. Solo faltó doña Sura, que dijo que tenía cosas más importantes que hacer. ¿Y qué crees? El billete recibió el premio mayor. ¡Cómo se pusieron los vecinos! Cantaron, bailaron, gritaron, comieron y bebieron  hasta el amanecer, haciendo planes para gastarse lo que a cada uno le tocaba. Todos estaban en el colmo de la euforia… menos el portero. Yo noté que al anunciar el número ganador, se había quedado quieto y que palidecía intensamente, y hasta estuvo a punto de desvanecerse. Pensé que era por la emoción del dinero ganado, y no sabes lo que tardó en reaccionar. Cuando logró hablar, se reunió con los guaruras en la portería, que estaba cerrada a piedra y lodo, y estuvo como tres horas hablando con ellos. Algunos vecinos fueron a anunciar la buena noticia a doña Sura; pero ésta se limitó a decir: “Al freír será el reír”. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Qué tiene que ver lo que se fríe con la alegría de ganar un premio? Nada, ¿verdad? Y, sin embargo, creo que tuvo razón. Al día siguiente, todos querían ir a cobrar el premio, y desde muy temprano se formaron ante el pizarrón de “Avisos” para organizar el asunto. Pero el portero no salía. Los vecinos empezaron a  aporrear la portería, exigiendo su presencia; pero el que salió fue uno de los guaruras, el más guapito, que se lleva bien con todos (sobre todo, con las chavas). El muchacho tomó el billete; y en el momento de doblarlo para metérselo a la bolsa e ir a cobrarlo descubrió que la fecha del billete era ¡del año pasado! Empezaron las cavilaciones, pues muchos afirmaban haber verificado la fecha. ¿Cómo era posible que fuera del año anterior? Y cuando más violenta se hacía la discusión salió el portero y con voz tonante dijo “¡Es la maldición que nos lanzó doña Sura!” Eso bastó para que los vecinos se lanzaran a la vivienda de la adivina con ánimos, algunos, de reclamarle; y otros, de despedazarla. Mal lo hubiera pasado la mujer, si no es que el propio portero (audaz que es, y que le salen bien las cosas) los contuvo diciendo que “alguien” había pegado sobre la fecha los número “2021”, y así la había modificado; que eso era un fraude contra los vecinos, un atentado a sus capitales tan honestamente ganados y una “violación de los más elementales derechos humanos, de los derechos de posesión y de la esperanza a la que todos tenemos derecho (Otra vez “derecho”) de alimentar”. Y prometió hacer una investigación “hasta llegar a las últimas consecuencias, ¡caiga quien caiga!”. ¿Crees que con  eso se apaciguaron los vecinos? Ya no les importó lo que habían perdido al comprar las participaciones en la “vaquita”, pues la promesa del portero les hizo creer que el responsable se los devolvería. Y se fueron a sus casas, un poco inquietos, pero conformes. Y al otro día volvieron a visitar a doña Sura, como siempre. Yo creo que eso de “caiga quien caiga” les hizo mucho efecto. Pero ya lo han oído tantas veces, que no debían hacerle caso. Yo no me conformé. Quería averiguar la verdad. Y aprovechando un descuido de los guaruras, me metí a la portería, seguro de que allí iba a n encontrar algo. Y sí: encontré varios recortes de billetes que tenían la fecha de este año, y no me quedó la menor duda: la falsificación del billete la hizo el portero, secundado por sus guaruras. Yo cogí esos recortes (con la boca, ¿con qué otra cosa?) y los fui a dejar en el patio; pero los que los vieron fueron los niños, que andan siempre buscando “tesoros” en el piso. Los mayores nunca voltean para abajo. Y como el portero se fue de vacaciones, se olvidaron muy pronto del asunto. ¿Qué te parece cómo arreglan los problemas estas autoridades? 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