¡Escriba, por favor!

La escritura es una de las actividades más creativas, liberadoras y terapéuticas que podemos hacer. A continuación se especifican las ventajas de escribir.

14 de octubre, 2021

¿Se siente usted agobiado? ¿Se siente usted oprimido por su trabajo? ¿Se ha sentido desesperado por las condiciones del mundo actual? ¿Se siente mangoneado y utilizado y siente que su jefe no lo pela?

¡No desespere más! Hoy vengo a hablarle, nuevamente, de los beneficios de la lectura y de la escritura. Ya sé que parezco disco rayado con estos temas, pero en verdad son herramientas que, sabiéndolas usar, producen magia en nuestras vidas. Más aún en los tiempos actuales, en el que los países y sus ciudadanos se acercan peligrosamente a tendencias cada vez más autoritarias, es un momento perfecto para que nos volvamos a empoderar mediante la literatura. 

La escritura creativa, por ejemplo, es un medio de empoderarnos en este mundo hostil de una manera low cost: únicamente se necesita un cuaderno y una pluma o un lápiz; o bien, podemos usar la misma computadora que utilizamos para nuestro trabajo. Intentaré explicarme de la manera más sencilla qué rayos quiero decir con esto. 

Muchos de los más grandes escritores de la historia (como George Orwell, Philip Roth y Ernest Hemingway, por mencionar solamente a algunos) han escrito ensayos acerca de las motivaciones para escribir. Incluso es frecuente encontrar a escritores nuevos dando su opinión acerca del oficio y sus motivaciones para sentarse durante una cantidad ingente de horas enfrente de una hoja en blanco (ya sea de un documento virtual o a la vieja usanza) y llenarlo con tinta. Sin embargo, y a pesar de que todos tienen puntos muy válidos, pocas veces he leído acerca de lo que le voy a decir: 

Escribir es una de las pocas cosas en las que podemos ser totalmente libres. 

¿Qué relevancia tiene lo que acabo de decir? Verá: es probable que usted, quien amablemente lee esto, haya sido empleado en algún momento de su vida o incluso ahora mismo lo sea. Tal vez ahora usted ya tenga su propia empresa o negocio y es, como decimos comúnmente, “su propio jefe”. Lo cual está muy bien, pero, ya sea de una forma u otra, siempre debemos ceñirnos a ciertas reglas: al pago de impuestos, a los horarios de trabajo, a las órdenes de mandos superiores y un larguísimo etcétera. A veces, lo hacemos tan mecánicamente, que perdemos el punto de las órdenes que seguimos y comenzamos a obedecer por el gusto de obedecer.  En este momento, me di cuenta del poder liberador de la escritura creativa, especialmente para la estirpe a la que he pertenecido en muchas ocasiones: la de los Godínez.  Al escribir, únicamente hay que obedecer las reglas gramaticales y de ortografía.  

¿Ha pensado acaso cómo sería una historia acerca de un extraterrestre que puede ver en cuatro dimensiones? ¿O acaso ha imaginado cómo sonaría la voz de un perro o un gato? ¿Ha imaginado cómo sería el planeta más bello del universo y cómo serían los habitantes de ese lugar?  Usted puede crear muchos mundos en donde usted será amo y dueño de lo que ahí ocurra, en donde será el creador de seres que ni siquiera creía que fuesen posibles. ¿Es usted fanático de los finales felices, en donde el protagonista obtiene lo que siempre deseó? ¿O es más de los finales abiertos, que dejen al lector imaginando qué fue lo que ocurrió al final?  

Escribir no tiene por qué ser una tarea solitaria. Existen muchos espacios y talleres de creación literaria en donde podrá usted compartir sus creaciones y leer la de los demás. 

Por “escribir” no me refiero necesariamente a que sienta usted la obligación de volverse un autor de best sellers o que haya que aspirar a ser el próximo premio Nobel. A lo que me refiero es que, ante las salvajes planicies inexploradas de una hoja en blanco, usted puede encontrar e imaginar lo que desee.

Usted y solamente usted.

Debemos reconocer y sentir que,  en las historias que usted haya creado, fruto de su imaginación, no manda el SAT, ni su jefe, ni sus amigos, ni su familia, ni el gobierno. Únicamente usted podrá mandar en él. 

¿Aún no le he convencido de comenzar a escribir? Bueno, he aquí unas palabras de Kurt Vonnegut, quien nos dejó esta perla de sabiduría acerca del arte en general en su libro Un hombre sin patria: 

El arte no es una forma de ganarse la vida. Es más bien una forma muy humana de hacer la vida más soportable. Practicar un arte, bien o mal, es una forma de hacer crecer el alma. Por el amor de Dios, canten en la ducha. Escriban un poema para un amigo o para una amiga, aunque sea pésimo. Háganlo tan bien como sepan y obtendrán una enorme recompensa. Habrán creado algo”. 

Además de hacer crecer nuestras almas, escribir lo que se nos venga en gana (a reserva de que deseemos compartirlo o no con el mundo) es uno de los pocos reductos que quedan para ejercer nuestra libertad, para liberarnos, empoderarnos y acercarnos a nuestra humanidad. Especialmente en estos tiempos, en donde estamos tan obsesionados por los likes en nuestros posts, a pesar de la impermanencia de éstos. Quién sabe, tal vez, algún día, resulte que usted ya creó decenas de cuentos y una que otra novela, cuyo mérito nadie le podrá arrebatar. 

Así que, ¡a crear se ha dicho! 

Comentarios
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Alfonso Reyes la compara con la lucha entre Jacob y el ángel. Al igual que en la mítica batalla, el hombre se enfrenta a la entidad divina, se aproxima y retrocede, a veces parece vencer, otras el espíritu impone su primado sobre la carne. El poeta, avanzado en un grado sobre la realidad, a fuerza del impulso lírico, debe luchar a fin de ponerle linderos, de encaminarlo para hacerlo inteligible –en el verso– a la asamblea de los que hablan su lengua. Jacob vence al ángel, triunfa en su intento; sin embargo, eso no es todo, porque quien vence así no puede seguir siendo el mismo. Después de la batalla, dijo el ángel a Jacob “¿Cuál es tu nombre?”, y él respondió: “Jacob”. Entonces, el ángel replicó: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”. Al cambiar su nombre, Jacob ha trocado también el principio que ordena su naturaleza. También Jorge Luis Borges, en su segunda aproximación al Golem, nos recuerda que “si como dice el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en la palabra rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo”. La palabra es un compendio del ser de las cosas, la más íntima manifestación del ser en el mundo. La poesía, lucha mítica dentro del idioma, es el afianzarse de la voz sobre el etéreo mundo de la idea y la pura abstracción del espíritu. Si en las manifestaciones de la narrativa podemos acercarnos a la historia del ser de nuestra lengua, manifiesto en la acción, a través de la poesía nos aproximamos al ser de la lengua en diálogo consigo misma, a ese diálogo interior que nos remite a los orígenes.   El castellano es fruto de un diálogo sumamente complejo, que dura más de mil años, que ha cruzado dos océanos, el más trascendente mar de la historia occidental; sus voces vienen, por lo menos, de cuatro continentes. La progenie de la Mnemósine del Manzanares es pues, muy rica. Vox populi, nuestras musas son diez –excedemos ya con una a las clásicas–, son en realidad una extensa familia, hijas de las memorias que como hispanoparlantes hemos heredado. Nuestras antiguas musas de la España prerromana corresponden a las vetustas tribus que habitaron las montañas y valles que hallaron en su Hesperia los romanos, podemos conocerlas por sus epónimos, Vasconia, Asturies, Carpetana, Vaccea, Tarraconensis y Bética; de ellas nos queda el resabio de lo muy español, digamos, la fiesta brava, su degustar la sangre –que entre otras cosas, casa bien con sus parientas nativas de nuestra América–, nos dejaron voces sabrosas, crujientes y ásperas: ardilla, bruja, urraca, garrapata, sabandija o gazapo. Pero de ellas no persisten hasta hoy monumentos, sino leyendas, especialmente de heroísmo y arrojo, tan preciadas para nuestros pueblos.   Numancia, tan repetida en nuestras letras, viene a ser su suma, hace decir Cervantes a España, en su Cerco de Numancia:   Estos tan mucho temidos romanos que buscan de vencer cien mil caminos, rehuyendo venir más a las manos con los pocos valientes numantinos, ¡oh, si saliesen sus intentos vanos y fuesen sus quimeras desatinos, que esta pequeña tierra de Numancia sacase de su pérdida ganancia!   De aquella primera generación de nuestras musas europeas, debemos mencionar a la Grecia y a la Roma paganas. De aquí que en legítimo derecho el castellano sea hija de las nueve musas clásicas, y desde luego, de Mnemósine, su madre.   Cualquiera sabe que hubo un día en que todos los caminos llevaban a Roma, de ese momento data nuestro remoto ingreso a Occidente, el cimiento –y la simiente– occidentales fueron sembradas en España, y conjuntamente con nuestra lengua madre, el latín vulgar, adoptamos otra forma de entender las relaciones políticas y sociales, el Imperio, que rehecho en la España dorada nos será traído a América. El Imperium constituyó un elemento fundamental de nuestra cultura, en Roma, como hoy entre nosotros, significó un cierto poder mágico, devenido no de los dioses del Foro, sino de los tutelares, de los antepasados divinizados. Importaba la facultad, primero del monarca, luego del pueblo y el senado –Senatus Populus Que Romanus, las siglas SPQR de los manípulos– y por último del César, de guiar los destinos de Roma en su acción civilizadora sobre el mundo bárbaro, el mundo de aquellos cuyo lenguaje no puede ser entendido. España, cuando fue ya la España discernible, se arrogó el imperium evangelizador.   Grecia. Es ya proverbial el triunfo de la cultura griega sobre el vencedor romano. Cuando los romanos conquistaron la futura tierra de emperadores, santos y juristas, eran ya romanos helenizados que habían trocado sus dioses primitivos por los del Olimpo, de Ares a Marte, de Afrodita a Venus y de Poseidón a Neptuno, hay un largo viaje en la transformación del modo de mirar y entender el Cosmos. Esa nueva comprensión es la que daría sustrato a lo que hoy conocemos como castellano.   Al igual que nosotros, hispanoparlantes, nuestros antepasados romanos supieron el valor de su idioma, y de su poesía, dice Propercio en su poema a Cintia:   No me admirarás entonces como a humilde poeta, No podrán callar ante nuestro sepulcro: Del fuego nuestro magno poeta, yaces. Guárdate de, con tu orgullo, condenar nuestros cantos: el amor que tarda crece con gran usura.   Nativas de esta América nuestra, pertenecen a esa primera generación nuestras musas prehispánicas, acaso las más tercas en su supervivencia, son las que nos llegan más mediatizadas y transformadas por el diálogo con su familia política; de ellas heredamos el gusto por los colores y las texturas, la osadía de combinar rosas y azules en un desconcierto armonizado, nos heredaron palabras complicadamente musicales: nene, tlapalería, chile, chocolate, nagual y papalote; de ellas nuestra afición por la justicia sangrante y dolorosa -compás de la vindicta pública - de ellas, en fin, la raíz picante que hace de nuestra comida un dulce martirio enchilado.   A veces, volteamos el rostro para mirar esas musas morenas, con ánimo de anticuario o de franciscano evangelista; es más fácil hallarlas tierra adentro de nosotros mismos, nos han dejado mucho de lo que hoy es nuestro modo de ver el mundo, esa cierta melancolía que a veces parece no querer terminar, si en el siglo XV, el rey poeta decía:   Yo Netzahualcóyotl lo  pregunto: ¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí. Aunque sea de jade se quiebra, aunque sea de oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.   Los otomíes de hoy siguen cantando, con su voz dulce que casi logramos apagar:   El río pasa, pasa: El viento pasa, pasa:      nunca cesa. La vida pasa:      nunca regresa.   Algunos de nuestros abuelos, hijos de una nueva generación de musas en España, cruzaron el mar Mediterráneo por Gibraltar y se adentraron en las tierras de la ya caída Roma, hicieron la guerra a los confundidos reinos cristianos, sentaron sus reales en Granada y Córdoba, dieron luz y color a las tierras de Al Andaluz y empujaron el nacimiento de nuestra lengua. Los moros, los musulmanes, fijaron en España uno de los primeros reinos de tolerancia de los que se tenga memoria, sus musas tienen nombres dulcísimos y musicales, ellas se nombran ya en el romance viejo; Aixa, Fátima y Marién.   Después de cruzar el Mediterráneo, de sur a norte, y para aposentarse en la Europa Española, los musulmanes consumaron un violento matrimonio para luego dar a luz una progenie fabulosa. De nuevo consistencia y atinada coincidencia, pues al final del mundo árabe en España, apenas unos días después, la recién nacida España, cruzará el océano, esta vez de oriente a occidente para que en iguales circunstancias se consumara una nueva unión, también dadora de progenies inimaginables, nuestra Hispanoamérica.   De nuestras musas arábigas heredamos, paradoja histórica, a nuestros antepasados griegos que habíamos perdido, ellos pusieron en lenguas, entonces legibles, a Aristóteles y a Platón; de ellas heredamos el café y el ajedrez, dos elementos ahora entendidos en occidente, ellas nos obsequiaron con la nota particularísima de nuestra lengua castellana, lo que da dulzura a nuestro común patrimonio, los deliciosos arabismos, y aprendimos pues el tierno goce de palabras como albaricoque, alcábala, ojalá, Guadalajara, Guadalupe, alcohol y almohada. De ahí el muecín y el almojarife, de ahí la soñada Granada, que se abre roja con el verso de Federico García Lorca.   La presencia árabe en España es, indudablemente presencia de alto contenido poético, prueba de ello es su importancia dentro del romance, algunos profundamente enraizados en su origen islámico:   ¡Abenámar, Abenámar moro de la morería, el día que tu naciste grandes señales había! Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida: no debe decir mentira.   El pueblo judío engarzó algunas de las más hermosas joyas de nuestra cultura y es parte de los movimientos que comenzaron a dar forma reconocible a nuestro idioma, así, el primer poema escrito en una lengua  a la que bien podemos llamar castellano, lo escribió el poeta judío sefaradí, don Shem Tov de Carrión.   Queda el agua olorosa, rosada, que más vale.   Este pequeño y sutil poema, en nuestra lengua y que data de alrededor de 1350, es ahora de autor conocido, no como las jarchas, tonadillas anónimas, auténticas voces populares sino obra de mano y talento poéticos, del autor judío que usa el castellano como herramienta literaria. Nuestra herencia judía consta en ideas filosóficas tan hondas como la cosmogonía, o la idea del tiempo lineal, es decir, como la historia que un día comenzó con la creación y algún día terminará –fin de los tiempos– por oposición a la idea del tiempo como una repetición infinita de los ciclos, vengan a cuento los cinco soles aztecas. Pero es todavía más clara en el folclor popular, en los consejos de las abuelas y en los “dichos” del pueblo, tan profunda que se quedó a vivir en la música vernácula. Existe una romanza sefaradí que dice igual que un son huasteco, la una se le podía oír en España hasta el siglo XV, en Grecia antes de las atrocidades nazis y se le puede oír hoy en un barrio jerosolimitano, la otra se le puede escuchar en los estados de Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz y Tamaulipas.   A la una yo nací, a las dos me engrandecí -en México se dice crecí- a las tres tomí amante, -acá decimos me enamoré- -se diga, me casé- alma, vida y corazón.   Aunque no se conozcan y aparentemente no tengan razones para conocerse, hay hermanos que cantan y sienten el mismo son, cruzando un mar y un océano, a miles de kilómetros de distancia, pertenecen a dos Estados distintos, tienen historias irreconocibles en la superficie, rezan a Dios de dos maneras diversas.   Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero.   La generalidad de nuestra herencia se contiene, mucho, en las frases que anteceden y en su autora. Por una parte, la más patente de las musas que legítimamente nos pertenece es la de la España Católica, nuestra madre conflictiva, la que nos da la mayoría de los códigos de lectura de la identidad y también aquella de la que es necesario liberarse constantemente, ya como arrebato de joven virilidad, ya como prueba de mayoría de edad, o sencillamente, por liberación del tedio. Me ha gustado entender la historia de la hispanidad como una larga conquista del diálogo y la tolerancia, con sus altas y bajas –y a veces con sus rupturas inverosímiles– como una vocación al magisterio y a la universalidad.   Nuestra herencia cristiana no es, fundamentalmente, la de un cristianismo sin adjetivos; no es  el cristianismo acremente crítico del nórdico protestante, no es el de la límpida y diáfana ortodoxia romana, nuestra herencia no dice ama y haz lo que quieras como San Agustín, sino muero porque no muero como Santa Teresa de Ávila. El nuestro, es un catolicismo que dice:   No me mueve mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido; ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de adorarte.   ...   Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.   Y esto es ya poesía novohispana, del mejor Guevara, porque en conjunción con las musas judías, árabes y mesoamericanas, nuestro catolicismo protesta y llora porque es pasional y sensual, maternal y amatorio. Aquí se aparece la Virgen Morena –sublime milagro, si se cree, o magnífico sincretismo–, pero que por su símbolo excede al pensamiento racional y discursivo. América y España son tierra propiedad de las vírgenes madres que llorosas y serenas velan el sueño de sus pequeños hijos, al tiempo que son la tierra donde se adora al Dios niño, porque nosotros somos también el pueblo que le vela su sueño a Dios, que lo arrulla para que no llore –y en verdad que tiene razones para llorar– y lo vestimos, porque en su majestad, en tierras de San Pascual Bailón, el Niño Dios ha nacido, como todos los infantes, desnudito y con hambre.   Señora Santa Ana, ¿Porqué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido.   Tal vez la imagen más prístina de nuestro cristianismo, inconforme y ortodoxo, honesto e hipócrita, caritativo y torturado, místico y sensual, no sea la de Fray Luis de Guevara, ni la de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Avila, sino el de nuestra musa novohispana, Sor Juana Inés de la Cruz.   Detente, sombra de mi bien esquivo, imagen del hechizo que más quiero, bella ilusión por quien alegre muero, dulce ficción por quien penosa vivo.   Entre la quema de judas, el traidor deicida, el secarle las lágrimas a la virgen y arrullar al recién nacido niño Dios, se mueve la dialéctica que tortura nuestra a veces fementida hispanidad, de un lado la intolerancia, el dolor y el ostracismo, del otro el diálogo, la dulzura, la sensualidad y la universalidad. Aquí está nuestro diálogo íntimo, entre Torquemada y Quiroga, entre Vitoria y Sepúlveda, entre Santiago Matamoros y la Guadalupana. Pero basta, una última musa nos llama con la macumba y el tambor.   Cachimba, guarapo, conga y samba suenan al ritmo sabroso de nuestra América, igual que la música que acaricia la piel y luego, en un frenético contrapunto se transforma en un canto de sensualidad y erotismo, porque esas voces –nuestras–, sus ritmos y esas armonías también, como el castellano, cruzaron el océano, pero no en la lengua de conquistadores sino de otros conquistados, voces sin imperio de los negros cautivos del África, que llegaron sin las cadenas de sus portadores vendidos como esclavos.   A nuestra musa africana le atribuimos prendas dulces e inequívocas, cualquiera sabe del africano –y de sus nietos el antillano y el costeño– lo magnífico que es su ritmo y su cualidad para la danza, cualquiera gustoso, admira la perfección de sus cuerpos. A ellos corresponden la fuerza, la sexualidad y sus potencias, la fertilidad, la docilidad, pero también la brutal capacidad de vengarse, y me parece son ellos el dulce pariente de la familia, del cual poco se habla, pero del que se admira el corazón y el gusto hasta en la manera como se ata el cordón de los zapatos.   El castellano fue, desde su contacto con estos pueblos, sensible a su ritmo y su cadencia, prueba de ello son estas coplas a ritmo africano, del siglo XVIII:   Al cuchumbé de las doncellas, ellas conmigo y yo con ellas.   Por aquí paso la muerte con su aguja y su dedal preguntando ‘e casa en casa: ¿hay trapos que remendar?   Esta, es una somera imagen de la genealogía de las musas que nos dicen cómo hablar, y en ello nos explican la forma en que vemos el mundo. Conforme a su naturaleza siguen recreándose y recordándose inacabablemente, a lo largo de los siglos han estado en diálogo con familias con las cuales comparten algunos parientes, con las inglesas, las italianas, las francesas, y las más cercanas, las portuguesas. La poesía, retrato fiel de la conciencia, da cuenta de ello y lo manifiesta en su enriquecimiento.   Cuando se piensa en el pasado, en un ejercicio más profundo que la mera historiografía, se hace un recuento de los símbolos e imágenes que hacen legible la realidad, ése es el fenómeno por el cual el hecho puede hacerse mensaje. De ahí que la verdadera carta de pertenencia no sea la nacionalidad, y menos la ciudadanía, sino la lengua y la cultura, como diría Renan, las glorias y los remordimientos compartidos.   Así se organiza la mesa de todos, el mito y el subconsciente colectivo, y volviendo a Reyes, evidencia que la única forma de ser universal es ser un auténtico hombre de la aldea.  " ["post_title"]=> string(51) "MNEMÓSINE DEL MANZANARES. 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Me enteré de la historia del vecino del 59, y caí en la depresión. Hasta estoy dudando de contártela, no te vaya a pesar lo mismo. Pero no. Eres fuerte. Ahí te va. Este señor trabajaba en una armadora de coches, y tenía un puesto regularcito. Pero era flojo, y el día que cumplió 50 años decidió que se había cansado de trabajar, y se puso a pensar qué hacer para no trabajar más. Inventó muchas cosas, pero ninguna le satisfizo. Hasta que se le ocurrió algo muy efectivo: sacarse un ojo. Claro que no era cosa de jalarlo y cortar el nervio óptico con tijeras ni de clavarse un cuchillo, porque se vería la intención. Tenía que parecer un verdadero accidente. Lo pensó un poco, pero no fue tan difícil: trabajaba en la sección de ensamblado, y había que soldar muchas piezas, así que lo que hizo fue fingir un tropezón y dirigir la punta de la soldadora al ojo. Le dolió hasta el alma, y los gritos que lanzó fueron de verdad. 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Los compañeros le reprochaban haber sacrificado un ojo; pero él se empeñaba en que había hecho bien, pero que no había contado con  la rapacidad de la empresa, que era incapaz de auxiliar a un obrero caído en la desgracia. Y así estuvo como un año, maldiciendo todos los días a la empresa. Pero ¿qué crees? Que en el ojo sano le empieza a salir una catarata (en este caso, catarata no es una caída de agua en el campo, no te espantes; es una especie de mancha que aparece en el ojo y que crece, y puede llegar a causar ceguera). Todo el mundo le daba remedios caseros y de los otros para curarse, y el médico de la empresa le aconsejó operarse. Pero él dijo que nones, que qué tal si al operarlo le desgraciaban el ojo, y lo dejaban ciego. Y empezó a documentarse, para saber qué podía comer que acelerara el crecimiento de la catarata, y se dedicó a comer exclusivamente eso (no te digo qué, porque allá no lo tenemos; pero acepta mi palabra de que hay cosas que aceleran ese proceso). Total, que ya ve muy poco; y dentro de nada (de nadita de nada, como dice él) tendrá que dejar de trabajar. En la empresa le ordenaron (así como lo oyes: le ordenaron) que se operara; pero él pidió ayuda a un abogado, quien amenazó a la empresa por querer obligarlo a atentar contra la integridad de su cuerpo. Total, que el abogado dijo tantas cosas que la empresa pensó que era más barato pensionarlo que gastar en abogados y juicios, y le dieron  la pensión.  Ahora, el del 59 está completamente ciego, y muy contento en su casa, recibiendo todos los meses su pensión y siendo atendido por la esposa. Pero no puede ver lo que la mujer hace con el leguleyo que lo defendió, quien no quedó a gusto con lo que le pagó y le exige una “compensación” a la señora (que ella le da muy a gusto); y tampoco puede ver lo que le roban sus hijos de los ahorros que tiene debajo del colchón ni lo que lo hacen los amigos cuando van a visitarlo (que no sé por qué, cada semana tiene más visitas). Pero él está muy satisfecho “porque doblegó a la empresa a hacer su voluntad”, y siempre que hay oportunidad se pone como ejemplo de lo que debe hacer un obrero que se respete. ¿Te deprimiste? A mi me parece horrible lo que este hombre hizo. Y todo por la pura flojera. Te quiere Cocatú" ["post_title"]=> string(17) "CARTAS A TORA 242" ["post_excerpt"]=> string(201) "Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. 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Alfonso Reyes la compara con la lucha entre Jacob y el ángel. Al igual que en la mítica batalla, el hombre se enfrenta a la entidad divina, se aproxima y retrocede, a veces parece vencer, otras el espíritu impone su primado sobre la carne. El poeta, avanzado en un grado sobre la realidad, a fuerza del impulso lírico, debe luchar a fin de ponerle linderos, de encaminarlo para hacerlo inteligible –en el verso– a la asamblea de los que hablan su lengua. Jacob vence al ángel, triunfa en su intento; sin embargo, eso no es todo, porque quien vence así no puede seguir siendo el mismo. Después de la batalla, dijo el ángel a Jacob “¿Cuál es tu nombre?”, y él respondió: “Jacob”. Entonces, el ángel replicó: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”. Al cambiar su nombre, Jacob ha trocado también el principio que ordena su naturaleza. También Jorge Luis Borges, en su segunda aproximación al Golem, nos recuerda que “si como dice el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en la palabra rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo”. La palabra es un compendio del ser de las cosas, la más íntima manifestación del ser en el mundo. La poesía, lucha mítica dentro del idioma, es el afianzarse de la voz sobre el etéreo mundo de la idea y la pura abstracción del espíritu. Si en las manifestaciones de la narrativa podemos acercarnos a la historia del ser de nuestra lengua, manifiesto en la acción, a través de la poesía nos aproximamos al ser de la lengua en diálogo consigo misma, a ese diálogo interior que nos remite a los orígenes.   El castellano es fruto de un diálogo sumamente complejo, que dura más de mil años, que ha cruzado dos océanos, el más trascendente mar de la historia occidental; sus voces vienen, por lo menos, de cuatro continentes. La progenie de la Mnemósine del Manzanares es pues, muy rica. Vox populi, nuestras musas son diez –excedemos ya con una a las clásicas–, son en realidad una extensa familia, hijas de las memorias que como hispanoparlantes hemos heredado. Nuestras antiguas musas de la España prerromana corresponden a las vetustas tribus que habitaron las montañas y valles que hallaron en su Hesperia los romanos, podemos conocerlas por sus epónimos, Vasconia, Asturies, Carpetana, Vaccea, Tarraconensis y Bética; de ellas nos queda el resabio de lo muy español, digamos, la fiesta brava, su degustar la sangre –que entre otras cosas, casa bien con sus parientas nativas de nuestra América–, nos dejaron voces sabrosas, crujientes y ásperas: ardilla, bruja, urraca, garrapata, sabandija o gazapo. Pero de ellas no persisten hasta hoy monumentos, sino leyendas, especialmente de heroísmo y arrojo, tan preciadas para nuestros pueblos.   Numancia, tan repetida en nuestras letras, viene a ser su suma, hace decir Cervantes a España, en su Cerco de Numancia:   Estos tan mucho temidos romanos que buscan de vencer cien mil caminos, rehuyendo venir más a las manos con los pocos valientes numantinos, ¡oh, si saliesen sus intentos vanos y fuesen sus quimeras desatinos, que esta pequeña tierra de Numancia sacase de su pérdida ganancia!   De aquella primera generación de nuestras musas europeas, debemos mencionar a la Grecia y a la Roma paganas. De aquí que en legítimo derecho el castellano sea hija de las nueve musas clásicas, y desde luego, de Mnemósine, su madre.   Cualquiera sabe que hubo un día en que todos los caminos llevaban a Roma, de ese momento data nuestro remoto ingreso a Occidente, el cimiento –y la simiente– occidentales fueron sembradas en España, y conjuntamente con nuestra lengua madre, el latín vulgar, adoptamos otra forma de entender las relaciones políticas y sociales, el Imperio, que rehecho en la España dorada nos será traído a América. El Imperium constituyó un elemento fundamental de nuestra cultura, en Roma, como hoy entre nosotros, significó un cierto poder mágico, devenido no de los dioses del Foro, sino de los tutelares, de los antepasados divinizados. Importaba la facultad, primero del monarca, luego del pueblo y el senado –Senatus Populus Que Romanus, las siglas SPQR de los manípulos– y por último del César, de guiar los destinos de Roma en su acción civilizadora sobre el mundo bárbaro, el mundo de aquellos cuyo lenguaje no puede ser entendido. España, cuando fue ya la España discernible, se arrogó el imperium evangelizador.   Grecia. Es ya proverbial el triunfo de la cultura griega sobre el vencedor romano. Cuando los romanos conquistaron la futura tierra de emperadores, santos y juristas, eran ya romanos helenizados que habían trocado sus dioses primitivos por los del Olimpo, de Ares a Marte, de Afrodita a Venus y de Poseidón a Neptuno, hay un largo viaje en la transformación del modo de mirar y entender el Cosmos. Esa nueva comprensión es la que daría sustrato a lo que hoy conocemos como castellano.   Al igual que nosotros, hispanoparlantes, nuestros antepasados romanos supieron el valor de su idioma, y de su poesía, dice Propercio en su poema a Cintia:   No me admirarás entonces como a humilde poeta, No podrán callar ante nuestro sepulcro: Del fuego nuestro magno poeta, yaces. Guárdate de, con tu orgullo, condenar nuestros cantos: el amor que tarda crece con gran usura.   Nativas de esta América nuestra, pertenecen a esa primera generación nuestras musas prehispánicas, acaso las más tercas en su supervivencia, son las que nos llegan más mediatizadas y transformadas por el diálogo con su familia política; de ellas heredamos el gusto por los colores y las texturas, la osadía de combinar rosas y azules en un desconcierto armonizado, nos heredaron palabras complicadamente musicales: nene, tlapalería, chile, chocolate, nagual y papalote; de ellas nuestra afición por la justicia sangrante y dolorosa -compás de la vindicta pública - de ellas, en fin, la raíz picante que hace de nuestra comida un dulce martirio enchilado.   A veces, volteamos el rostro para mirar esas musas morenas, con ánimo de anticuario o de franciscano evangelista; es más fácil hallarlas tierra adentro de nosotros mismos, nos han dejado mucho de lo que hoy es nuestro modo de ver el mundo, esa cierta melancolía que a veces parece no querer terminar, si en el siglo XV, el rey poeta decía:   Yo Netzahualcóyotl lo  pregunto: ¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí. Aunque sea de jade se quiebra, aunque sea de oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.   Los otomíes de hoy siguen cantando, con su voz dulce que casi logramos apagar:   El río pasa, pasa: El viento pasa, pasa:      nunca cesa. La vida pasa:      nunca regresa.   Algunos de nuestros abuelos, hijos de una nueva generación de musas en España, cruzaron el mar Mediterráneo por Gibraltar y se adentraron en las tierras de la ya caída Roma, hicieron la guerra a los confundidos reinos cristianos, sentaron sus reales en Granada y Córdoba, dieron luz y color a las tierras de Al Andaluz y empujaron el nacimiento de nuestra lengua. Los moros, los musulmanes, fijaron en España uno de los primeros reinos de tolerancia de los que se tenga memoria, sus musas tienen nombres dulcísimos y musicales, ellas se nombran ya en el romance viejo; Aixa, Fátima y Marién.   Después de cruzar el Mediterráneo, de sur a norte, y para aposentarse en la Europa Española, los musulmanes consumaron un violento matrimonio para luego dar a luz una progenie fabulosa. De nuevo consistencia y atinada coincidencia, pues al final del mundo árabe en España, apenas unos días después, la recién nacida España, cruzará el océano, esta vez de oriente a occidente para que en iguales circunstancias se consumara una nueva unión, también dadora de progenies inimaginables, nuestra Hispanoamérica.   De nuestras musas arábigas heredamos, paradoja histórica, a nuestros antepasados griegos que habíamos perdido, ellos pusieron en lenguas, entonces legibles, a Aristóteles y a Platón; de ellas heredamos el café y el ajedrez, dos elementos ahora entendidos en occidente, ellas nos obsequiaron con la nota particularísima de nuestra lengua castellana, lo que da dulzura a nuestro común patrimonio, los deliciosos arabismos, y aprendimos pues el tierno goce de palabras como albaricoque, alcábala, ojalá, Guadalajara, Guadalupe, alcohol y almohada. De ahí el muecín y el almojarife, de ahí la soñada Granada, que se abre roja con el verso de Federico García Lorca.   La presencia árabe en España es, indudablemente presencia de alto contenido poético, prueba de ello es su importancia dentro del romance, algunos profundamente enraizados en su origen islámico:   ¡Abenámar, Abenámar moro de la morería, el día que tu naciste grandes señales había! Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida: no debe decir mentira.   El pueblo judío engarzó algunas de las más hermosas joyas de nuestra cultura y es parte de los movimientos que comenzaron a dar forma reconocible a nuestro idioma, así, el primer poema escrito en una lengua  a la que bien podemos llamar castellano, lo escribió el poeta judío sefaradí, don Shem Tov de Carrión.   Queda el agua olorosa, rosada, que más vale.   Este pequeño y sutil poema, en nuestra lengua y que data de alrededor de 1350, es ahora de autor conocido, no como las jarchas, tonadillas anónimas, auténticas voces populares sino obra de mano y talento poéticos, del autor judío que usa el castellano como herramienta literaria. Nuestra herencia judía consta en ideas filosóficas tan hondas como la cosmogonía, o la idea del tiempo lineal, es decir, como la historia que un día comenzó con la creación y algún día terminará –fin de los tiempos– por oposición a la idea del tiempo como una repetición infinita de los ciclos, vengan a cuento los cinco soles aztecas. Pero es todavía más clara en el folclor popular, en los consejos de las abuelas y en los “dichos” del pueblo, tan profunda que se quedó a vivir en la música vernácula. Existe una romanza sefaradí que dice igual que un son huasteco, la una se le podía oír en España hasta el siglo XV, en Grecia antes de las atrocidades nazis y se le puede oír hoy en un barrio jerosolimitano, la otra se le puede escuchar en los estados de Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz y Tamaulipas.   A la una yo nací, a las dos me engrandecí -en México se dice crecí- a las tres tomí amante, -acá decimos me enamoré- -se diga, me casé- alma, vida y corazón.   Aunque no se conozcan y aparentemente no tengan razones para conocerse, hay hermanos que cantan y sienten el mismo son, cruzando un mar y un océano, a miles de kilómetros de distancia, pertenecen a dos Estados distintos, tienen historias irreconocibles en la superficie, rezan a Dios de dos maneras diversas.   Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero.   La generalidad de nuestra herencia se contiene, mucho, en las frases que anteceden y en su autora. Por una parte, la más patente de las musas que legítimamente nos pertenece es la de la España Católica, nuestra madre conflictiva, la que nos da la mayoría de los códigos de lectura de la identidad y también aquella de la que es necesario liberarse constantemente, ya como arrebato de joven virilidad, ya como prueba de mayoría de edad, o sencillamente, por liberación del tedio. Me ha gustado entender la historia de la hispanidad como una larga conquista del diálogo y la tolerancia, con sus altas y bajas –y a veces con sus rupturas inverosímiles– como una vocación al magisterio y a la universalidad.   Nuestra herencia cristiana no es, fundamentalmente, la de un cristianismo sin adjetivos; no es  el cristianismo acremente crítico del nórdico protestante, no es el de la límpida y diáfana ortodoxia romana, nuestra herencia no dice ama y haz lo que quieras como San Agustín, sino muero porque no muero como Santa Teresa de Ávila. El nuestro, es un catolicismo que dice:   No me mueve mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido; ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de adorarte.   ...   Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.   Y esto es ya poesía novohispana, del mejor Guevara, porque en conjunción con las musas judías, árabes y mesoamericanas, nuestro catolicismo protesta y llora porque es pasional y sensual, maternal y amatorio. Aquí se aparece la Virgen Morena –sublime milagro, si se cree, o magnífico sincretismo–, pero que por su símbolo excede al pensamiento racional y discursivo. América y España son tierra propiedad de las vírgenes madres que llorosas y serenas velan el sueño de sus pequeños hijos, al tiempo que son la tierra donde se adora al Dios niño, porque nosotros somos también el pueblo que le vela su sueño a Dios, que lo arrulla para que no llore –y en verdad que tiene razones para llorar– y lo vestimos, porque en su majestad, en tierras de San Pascual Bailón, el Niño Dios ha nacido, como todos los infantes, desnudito y con hambre.   Señora Santa Ana, ¿Porqué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido.   Tal vez la imagen más prístina de nuestro cristianismo, inconforme y ortodoxo, honesto e hipócrita, caritativo y torturado, místico y sensual, no sea la de Fray Luis de Guevara, ni la de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Avila, sino el de nuestra musa novohispana, Sor Juana Inés de la Cruz.   Detente, sombra de mi bien esquivo, imagen del hechizo que más quiero, bella ilusión por quien alegre muero, dulce ficción por quien penosa vivo.   Entre la quema de judas, el traidor deicida, el secarle las lágrimas a la virgen y arrullar al recién nacido niño Dios, se mueve la dialéctica que tortura nuestra a veces fementida hispanidad, de un lado la intolerancia, el dolor y el ostracismo, del otro el diálogo, la dulzura, la sensualidad y la universalidad. Aquí está nuestro diálogo íntimo, entre Torquemada y Quiroga, entre Vitoria y Sepúlveda, entre Santiago Matamoros y la Guadalupana. Pero basta, una última musa nos llama con la macumba y el tambor.   Cachimba, guarapo, conga y samba suenan al ritmo sabroso de nuestra América, igual que la música que acaricia la piel y luego, en un frenético contrapunto se transforma en un canto de sensualidad y erotismo, porque esas voces –nuestras–, sus ritmos y esas armonías también, como el castellano, cruzaron el océano, pero no en la lengua de conquistadores sino de otros conquistados, voces sin imperio de los negros cautivos del África, que llegaron sin las cadenas de sus portadores vendidos como esclavos.   A nuestra musa africana le atribuimos prendas dulces e inequívocas, cualquiera sabe del africano –y de sus nietos el antillano y el costeño– lo magnífico que es su ritmo y su cualidad para la danza, cualquiera gustoso, admira la perfección de sus cuerpos. A ellos corresponden la fuerza, la sexualidad y sus potencias, la fertilidad, la docilidad, pero también la brutal capacidad de vengarse, y me parece son ellos el dulce pariente de la familia, del cual poco se habla, pero del que se admira el corazón y el gusto hasta en la manera como se ata el cordón de los zapatos.   El castellano fue, desde su contacto con estos pueblos, sensible a su ritmo y su cadencia, prueba de ello son estas coplas a ritmo africano, del siglo XVIII:   Al cuchumbé de las doncellas, ellas conmigo y yo con ellas.   Por aquí paso la muerte con su aguja y su dedal preguntando ‘e casa en casa: ¿hay trapos que remendar?   Esta, es una somera imagen de la genealogía de las musas que nos dicen cómo hablar, y en ello nos explican la forma en que vemos el mundo. Conforme a su naturaleza siguen recreándose y recordándose inacabablemente, a lo largo de los siglos han estado en diálogo con familias con las cuales comparten algunos parientes, con las inglesas, las italianas, las francesas, y las más cercanas, las portuguesas. La poesía, retrato fiel de la conciencia, da cuenta de ello y lo manifiesta en su enriquecimiento.   Cuando se piensa en el pasado, en un ejercicio más profundo que la mera historiografía, se hace un recuento de los símbolos e imágenes que hacen legible la realidad, ése es el fenómeno por el cual el hecho puede hacerse mensaje. De ahí que la verdadera carta de pertenencia no sea la nacionalidad, y menos la ciudadanía, sino la lengua y la cultura, como diría Renan, las glorias y los remordimientos compartidos.   Así se organiza la mesa de todos, el mito y el subconsciente colectivo, y volviendo a Reyes, evidencia que la única forma de ser universal es ser un auténtico hombre de la aldea.  " ["post_title"]=> string(51) "MNEMÓSINE DEL MANZANARES. 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MNEMÓSINE DEL MANZANARES. LAS MUSAS DEL CASTELLANO

La lengua española es fruto del entrecruzamiento de diversas culturas, dejando siempre una huella en nuestra identidad y tradición lírica. 

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