Con aroma de pólvora quemada

No obstante haber transcurrido ya varias décadas, aún se me dificulta aceptar que un grupito de amigos se reunía con mi papá en casa a practicar tiro al blanco al final del patio colindante con el 14º....

6 de septiembre, 2021

No obstante haber transcurrido ya varias décadas, aún se me dificulta aceptar que un grupito de amigos se reunía con mi papá en casa a practicar tiro al blanco al final del patio colindante con el 14º. Batallón de Infantería, en ese entonces ubicado en calles Revolución y Degollado.  Resonaban los disparos de las escuadras Colt y los revólveres Smith & Wesson. Las balas pegaban en la barda del cuartel y, sin novedad. 

Al parecer, para los centinelas este hecho no representaba ningún problema, o tal vez estos tiradores tenían permiso de un señor que vivía a media cuadra de mi casa; el General Petronilo Flores Castellanos, Jefe del Estado Mayor de la Zona Militar y Gobernador del Territorio de Baja California Sur. Cuando éramos niños, mi hermano Clemente, -un año mayor que yo- solíamos ir a jugar con sus hijos Roberto y Jorge. Una tarde que llegó a su casa, el padre de ellos, a mi hermano y a mí nos hizo unas preguntas mientras nos dirigía una inquisitiva mirada… luego expresó sonriente: “¡Buenos muchachos!”.  

El 4 de abril de 1957, encontrándose el gobernador Petronilo en funciones expiró –de muerte natural- y el 18 del mismo mes lo suplió el Teniente Coronel Lucino M. Rebolledo. Él y mi padre, el Ing. Clemente Ávila Muñoz pertenecían al Club de Leones donde se hicieron buenos compañeros. Como una muestra de aprecio, don Lucino le regaló a mi papá un paquete con seis pistolas; entre ellas una escuadra pavonada calibre 22, un revólver 32, otro calibre 44, ambos niquelados, de aquellos de “maroma”, además otras que no recuerdo. Me había prometido que al llegar a la mayoría de edad me regalaría una de esas armas. Esperé… y esperé… pero la pistola nunca llegó.

CUATRO AÑOS DESPUÉS. Fue un domingo del verano de 1961, cuando La Paz (Baja California Sur) con sus escasos 30 000 habitantes hacía honor a su nombre. Esa mañana le pedí a mi papá que me aceptara acompañarlo al Club de Caza, Tiro y Pesca “Gavilanes”, inaugurado hacía poco tiempo en un terreno de “El Mezquitito”, pues a iniciativa de un ex revolucionario, gobernador del Territorio de Baja California Sur, Gral. de División Bonifacio Salinas Leal [1959-1965], el antiguo stand de “Palmira” quedaba en desuso. 

Aceptó mi petición y, en su Chevrolet modelo 1956 rojo y blanco nos dirigimos a la casa de uno de sus amigos y a la vez compadre, mismo que portando una escuadra niquelada al cinto ya nos estaba esperando de pie en el porche. Este caballero le llevaba a mi padre algunos treinta años de edad, pues mi progenitor era dado a convivir también con gente mayor que él.

Los domingos solía yo ir al matiné (función de cine por la mañana), pero si acaso lograba enterarme a tiempo que mi padre iría al club, optaba por irme de colado con él, pues me daba la oportunidad de hacer unos disparos con un rifle calibre 22; que bien recuerdo compró en la cantidad de 300.00 en la armería de don Esteban Ortiz, ubicada entonces en calle Madero/ Independencia y 16 de septiembre. Un arma tan certera como no he conocido otra, misma que aparece en el recuadro de la imagen. Y entonces los tres enfilamos por la carretera al sur…

Entre los socios del club de aquel entonces recuerdo a los señores Ramiro Alvarado, ing. Humberto Quiroz Cárdenas, Francisco “Pancho” Olachea, Carlos Navarro de Alba, Cap. Enrique Aguilar Morales, un señor apellidado Leana Rojas, otro a quien llamaban “Güero” Cañez, etc., que debido a las brumas del tiempo no alcanzó a distinguir, pues el que esto escribe apenas cursaba el 5º. año de primaria.

Ese viejo campo de tiro de “Palmira” se ubicaba cerca del mar, cuyo stand estaba formado por una gran enramada rectangular con alta techumbre, y en uno de sus costados ostentaba una cerca formada por carapachos de caguama, que iban sumándose después de que los domingos era disfrutado un quelonio, cocinado “a la greña”  servida sobre su propio caparazón y, el pecho recostado sobre dos varillas clavadas en la tierra, al calor de las brasas de carbón de mezquite, avivadas por la brisa de la cercana bahía.

Años antes, como actividad especial fue lanzado un avión de madera desde lo alto del cerro de “La Calavera”, rumbo a la línea de tiro para que los presentes, de manera individual, le dispararan con su rifle calibre 7mm. Aquella ocasión le tocó el turno al señor Fernando “Charol” Ramírez y, de los cinco cartuchos con que cargó su arma, logró acertarle dos balazos al volador artefacto.

Algunos de los tiradores alegaban -en broma- que ese logro representaba todo un acto ventajoso. ¿Por qué? Pues porque ese ganador había participado en muchas batallas como defensor del presidente Francisco I. Madero. O sea, que el ex revolucionario Ramírez tenía un poquitito más de experiencia que ellos en el manejo del Mauser. 

Uno de tales días, a este añorado stand llegó de visita un grupo de “Materiales de Guerra” con los mejores francotiradores del Ejército Mexicano. Su labor consistía en practicar generosamente el tiro diariamente y, hacer exhibiciones de su destreza en todos los estados de la república.

Ellos venían bien apertrechados con una serie de colchones, apoyos y coderas. Mi padre, sin más equipo que su ánimo y su rifle Mauser deportivo les ganó a todos ellos. Tal vez de momento a los francotiradores no les vino en gracia, pero al fin militares tenían que disciplinarse. Y para demostrar que no había ningún enojo, esa noche invitaron a mi padre a cenar al hotel “Perla”. 

Le propusieron que se uniera a ellos y le otorgarían grado de Oficial, a lo que respondió: “Señores, muchas gracias por la distinción, pero aquí tengo mi familia y mi trabajo”. Entonces, a una orden del jefe, un soldado dio media vuelta y regresó con una caja de 1,000 cartuchos calibre 7 mm. Al entregársela le dijo: “Ingeniero, de todas maneras le vamos a regalar este parque, para que siga tirando”. 

Y llegamos al nuevo stand; piso de cemento y techo de asbesto, con baranda de madera en la línea de tiro, con espacios numerados, sobre la cual los socios colocaban su pistola y parque. A la derecha había una bodeguita, que en esos domingos se convertía en expendio de refrescos “Peñafiel“, y moderadamente cerveza “Tecate” en bote. Sanitarios impecables, largas bancas de cemento a dos niveles, para los visitantes y tiradores esperando su turno y, al fondo del campo una amplia barda de ladrillo para la retención de balas. 

Al igual que en el anterior campo de tiro, las competencias consistían en acumular puntos mediante el “Tiro a la diana” con rifle y pistola ambos en calibre 22 y, también con rifle 7mm; “Tiro al bote”, haciendo avanzar un bote de cerveza vacío disparándole con pistola, no directamente sino un poco abajo para que se elevara sobre el suelo; “Tiro a la gallina”; “Tiro al guajolote”, utilizando en todo ello el calibre 22. Pero sin duda alguna, las competencias más emocionantes eran mediante rifle calibre 7 mm en el “Tiro al chivo” y “Tiro al borrego”. 

El día en que se inauguró este stand, al primer borrego mi papá le acertó un tiro a 600 metros de distancia. Cuando los comisionados llegaron a revisar al animal tirado en el suelo, por ninguna parte le encontraban huella del impacto, pues estaba muy lanudo y, en broma dijeron que ese borrego “había fallecido de un ataque al corazón”. Por fin descubrieron que esa bala había entrado en medio de un costillar. En mi casa, parte del animal fue preparado a la parrilla y lo saborearon varios compañeros y socios. Por estas fechas mi padre era presidente del club “Gavilanes”.

Ahora bien, estaba yo sentado en una de esas bancas, momentos en que se estaba efectuando el “Tiro al bote”… A mi izquierda se encontraba aquel señor a quien sus amigos llamaban “Güero” Cañez. Al sonar un disparo, repentinamente un gesto de dolor se dibujó en su cara, sobándose desesperadamente su brazo derecho; poco después recogió el proyectil achatado y, en su mano, sonrientemente empezó a agitarlo de arriba a abajo soplándole para que se enfriara. Dos metros a la derecha y esa bala me hubiera dado a mí.

Uno de tantos domingos anteriores, un señor muy serio, de cabello y bigote cano se hallaba sentado en una de las bancas, observando con atención la buena, regular o pésima destreza de los diversos tiradores. De igual manera, en esos instantes se estaba tirando al bote. De repente se dejó escuchar en voz alta: ¡Al Gobernador le pegaron un balazo!”  

La persona aludida se retorcía arqueando su cuerpo hacia atrás… Falsa alarma. Simplemente otra bala rebotada, que le había caído precisamente entre el cuello de la guayabera y la camiseta, bajando por la espalda del ex revolucionario, General de División, Bonifacio Salinas Leal, quien en otros tiempos había tomado parte en la toma de Monterrey, batallas de Celaya y Aguascalientes, entre otros encuentros. 

Debo declarar, que yo no fui testigo presencial de este hecho; creo que fue al mismo señor Cañez, a quien aquella ocasión escuché contarle a sus compañeros esta anécdota del Gral. Bonifacio, una vez que se había recuperado del susto. 

Digno resulta recordar a otro gran ex revolucionario, el Gral. de Div. Agustín Olachea Avilés, quien fue gobernador del entonces Territorio en dos ocasiones [1929-1931 y 1946-1956]. Entre muchos encuentros, a don Agustín le tocó formar parte en las batallas de Ciudad Juárez, donde Álvaro Obregón derrotó a Francisco Villa y su División del Norte. Después fue Secretario de la Defensa Nacional en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos.

Conservo el original de un oficio fechado el 14 de enero de 1963, donde por orden de este Secretario de la Defensa Nacional, a mi papá -a quien estimaba y le decía “Hijo”-, le envió para su seguridad y legítima defensa, una licencia de portación de su revólver Ruby Extra calibre 38, con vigencia en toda la República Mexicana. Jamás hizo mal uso de esa arma, sólo la utilizaba cuando por razones de trabajo salía a algún otro Estado y, para protegerse de algún peligro que pudiera surgir en el corazón de los montes sudcalifornianos, que es donde mayormente transcurrió su vida laboral. 

Y así, aquel veraniego domingo de 1961, al concluirse la “tirada”, como solía decirse en esos tiempos, regresamos a casa. Bueno, eso pensé. Cuando íbamos transitando por la calle Isabel la Católica, mi progenitor giró el auto hacia la izquierda, creyendo yo que iba a dejar a su amigo-compadre, que por ese rumbo vivía, pero no fue así, pues siguió de frente y se estacionó junto a un jacalón en calle Juárez/ entre Altamirano y Ramírez.

Era un lugar con paredes de “masonite” y techo de palma, cuyo letrero decía: “El Palo Verde”, o sea, una cantina cuyo color hacía juego con el nombre del establecimiento. Ambos bajaron del auto, y me dijeron que muy pronto regresarían, que solamente iban a tomarse una cervecita. Subí los vidrios casi hasta arriba y sin pretenderlo muy pronto me quedé dormido. Ignoro de qué tamaño sería esa cervecita, pues transcurrió más de una hora y no regresaban. Serían como las tres de la tarde cuando escuché el “toc toc” en el cristal. Era el acompañante de mi padre gritando: “¡Despiértate, vamos a bajar las armas a la cantina!”

Desperté sobresaltado bañado en sudor y, enseguida le entregué su arma y la de mi padre, diciéndome que mi papá se había quedado dentro platicando con un ganadero, que necesitaba que le deslindaran el terreno de su rancho. Se fajó la pistola de mi papá en un costado y la de él la llevaba en su mano derecha. Yo embracé el rifle de la manera correcta; llevándolo diagonalmente al frente, sujetándolo con las dos manos y con los codos pegados al cuerpo, pues así lo había aprendido en las películas Western del cine  “California”. 

Me ordenó que yo fuera por delante, y me fue siguiendo a prudente distancia rumbo a la puerta de la cantina, que distaba unos diez metros desde la orilla de la calle. Como podemos apreciar en el recuadro de la imagen, el rifle que menciono tenía apariencia de carabina y, no obstante ser calibre 22 de un solo tiro, marca ITHACA, modelo M49, en esos momentos para mí era una carabina WINCHESTER calibre 44-40, de las que usaban los vaqueros del Old West.

Cuando crucé la puerta de la cantina, los parroquianos me dirigieron una sorpresiva y angustiante mirada. Entregamos las armas en la barra, que fueron guardadas en un cajón inferior de la misma. Los clientes siguieron bebiendo tranquilamente su cerveza. Y por esas cosas raras que suceden, el cantinero autorizó que yo permaneciera en la mesa que ocupaban mi papá, su compadre y el sr. ganadero. 

Eran de aquellas mesas de madera maciza en color verde, y sillas con asiento y respaldo de cuero. El compadre de mi progenitor al verme todavía sudoroso me dijo: ¡Tómate una “Coronita”! No recuerdo si me la tomé o no. Creo que sí. Transcurrieron unas dos horas y, ahora sí, todos volvimos a casa. 

Y bien, ¿quién era este señor que me custodió hasta entrar a esa cantina? Tenía imperativa voz, tranquila aunque inquisidora mirada, y de paso firme y cadencioso. Lo único que yo sabía es que era un militar retirado. Al poco tiempo me enteré que se trataba del Mayor de Infantería Teófilo Bautista, que siendo un jovencito de 16 años, se había unido a las fuerzas de Venustiano Carranza, donde participó en distintas batallas. 

Yo tenía diez años cuando entré armado a esa cantina acompañado por este personaje y, debido a mi corta existencia, en ese momento no valoré ese hecho en su real dimensión; pero seis décadas después, sigo pensando que: ¡no cualquiera tiene el honor, de que un veterano del Ejército Constitucionalista haya actuado como su guardaespaldas!                                       

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Es un lugar enorme, desde su altísima cúpula pende el famoso Péndulo de Foucault que en el siglo XIX instaló ahí el científico de ese apellido para demostrar la rotación de la Tierra. Lugar hermoso como pocos, fue construido para honrar las reliquias de Santa Genoveva, santa patrona y protectora de París, pero los hechos de la revolución transformaron el edificio en un lugar de peregrinación laica y en efecto, resguarda las reliquias de quienes han hecho la historia de Francia, ahí se encuentran, entre otros Victor Hugo y Voltaire, Jean Moulin y André Malraux, Émile Zola y Marie Curie. Desde noviembre próximo reposará ahí Josephine Baker. El amable lector tal vez no la conozca. La descubrí hace algunos años por comunicación directa del vicio jazzístico en el que me educó mi padre; pero la Baker fue mucho más que la primera mujer, afroamericana del sur profundo, que triunfó en París, que enloqueció a quienes la escucharon y la vieron bailar y que hizo famosa aquella divina canción, cuyo título en español es revelador, “tengo dos amores, París y mi país…”; mucho más porque fue miembro destacado de la resistencia contra el invasor nazi. Al morir se le dispensaron honores militares y se le confirió la condecoración de la Croix de Guerre; valiente y hábil, inteligente y sensible, participó en la marcha sobre Washington en la lucha por los derechos civiles, y a la muerte de Luther King se le ofreció la dirigencia del movimiento, cosa que rechazó, los únicos reflectores que disfrutó y permitió fueron los del escenario. Pero, además, se trata de un ser humano extraordinario. Adoptó 12 hijos de distintas etnias y nacionalidades, venezolanos y sirios, judíos y asiáticos, a ellos, con los que vivió y educó, llamó la tribu del arcoíris y demostró, como siempre lo dijo, que si a personas de los más diversos orígenes se les educa con el mismo amor y cariño, necesariamente crecerán como hermanos. No hay discurso más claro ni más contundente en la historia de la tolerancia, el amor y la fraternidad. Admiro mucho ese genio de la civilización francesa por el que la historia de su cultura es la de la Patria, sin estancos ni falsas divisiones, Victor Hugo es tanto el legislador como el autor y no hay compartimentos en su legado; Baker nació en Missouri y es tan, pero tan francesa, que dormirá el sueño eterno cerca de Curie que había nacido en Polonia; un genio al que la diplomacia cultural le nació muy joven, muy pronto en el desarrollo de su vida política y que se volvió parte de su esencia diplomática, su respuesta a la expansión norteamericana en América latina durante la segunda posguerra no fueron misiles ni misiones encubiertas, fue el Instituto Francés de América Latina que todavía hoy sirve para irradiar cultura, cine, letras y la seducción amable que no es la de la ideología sino la de la cultura porque ese mismo genio que permite ahora elevar al máximo honor a una mujer que, en su tiempo fuera víctima de toda marginalidad posible: mujer, vedette y afroamericana, es el que les autoriza a difundir su cultura como política de Estado, sin importar cómo se comportará su legislativo en dos años o quién ejercerá la presidencia, sino dialogando con su arte y su civilización que aspiran, más allá de cualquier periodo de gobierno, a ser eterna, la Francia Eterna. Eso, para mí, no sé para usted, es el sentido de una auténtica diplomacia cultural, lejos de las arenas del rencor y la conveniencia de corto plazo. Pero, más allá de eso, la propia idea de qué es la identidad nacional, el debate entre quienes somos y cómo nos vemos, pasa por apertura al diálogo y por el espejo del otro. Es cierto que las raíces son importantes, pero lo son más los frutos; es fundamental saber quién fue mi abuelo pero, como decía Lincoln, me importa más saber quién será su nieto. Mientras no partamos de la serenidad y de la aceptación de los hechos no podremos asimilar que cuanto nos ha ocurrido a través de las generaciones es el camino de lo que ya no tiene remedio, pero construirnos en todas las voces, manteniendo las memorias y aprendiendo que no somos una mexicanidad sino muchas no podremos definirnos más allá de los discursos pendencieros e ideologizados; no somos los aztecas ni los mayas, no somos los colonizadores ni los conquistadores, somos los que hemos decidido quedarnos y jugárnosla por este territorio que es también una constitución y una promesa de mañana, somos los de la periferia, los excluidos y los que ejercen el dominio; somos los que queremos dialogar con todos para entender que en realidad; somos un pacto de permanencia y no un paquete genético. No podemos olvidar que en la segunda guerra mundial muchos judíos se enteraron que lo eran cuando los nazis les avisaron, que no nos pase, que no confundamos grupo sanguíneo ni carga genética con identidad nacional porque eso, la pertenencia, es mucho más que sangre y derrota.    @cesarbc70" ["post_title"]=> string(40) "Josephine Baker, la francesa de Missouri" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(39) "josephine-baker-la-francesa-de-missouri" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-09-15 12:12:33" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-09-15 17:12:33" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=70473" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18311 (24) { ["ID"]=> int(70811) ["post_author"]=> string(1) "9" ["post_date"]=> string(19) "2021-09-24 09:48:44" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-09-24 14:48:44" ["post_content"]=> string(4559) "Querida Tora: Estoy deprimido. Me enteré de la historia del vecino del 59, y caí en la depresión. Hasta estoy dudando de contártela, no te vaya a pesar lo mismo. Pero no. Eres fuerte. Ahí te va. Este señor trabajaba en una armadora de coches, y tenía un puesto regularcito. Pero era flojo, y el día que cumplió 50 años decidió que se había cansado de trabajar, y se puso a pensar qué hacer para no trabajar más. Inventó muchas cosas, pero ninguna le satisfizo. Hasta que se le ocurrió algo muy efectivo: sacarse un ojo. Claro que no era cosa de jalarlo y cortar el nervio óptico con tijeras ni de clavarse un cuchillo, porque se vería la intención. Tenía que parecer un verdadero accidente. Lo pensó un poco, pero no fue tan difícil: trabajaba en la sección de ensamblado, y había que soldar muchas piezas, así que lo que hizo fue fingir un tropezón y dirigir la punta de la soldadora al ojo. Le dolió hasta el alma, y los gritos que lanzó fueron de verdad. Pasó algún tiempo hospitalizado y tardó unas semanas en vencer la burocracia, pero al fin logró que le dieran una indemnización por el accidente “clarísimo” que lo había incapacitado. Y salió de las oficinas de la empresa con un jugoso cheque y un parche negro en el ojo que le daba aspecto de pirata, pensando en organizar un “chupe” de toda la noche con los cuates para celebrar el triunfo. Pero en la puerta lo alcanzó un funcionario, para decirle que al día siguiente tenía que presentarse a trabajar, porque la pensión no se había autorizado, ya que “con un ojo podía ver lo mismo que con dos”, y eso no le impedía trabajar. No sabes el coraje que hizo. El “chupe” ya no fue con los cuates, sino de él solito, y al día siguiente se lo descontaron porque no se presentó a trabajar. Los compañeros le reprochaban haber sacrificado un ojo; pero él se empeñaba en que había hecho bien, pero que no había contado con  la rapacidad de la empresa, que era incapaz de auxiliar a un obrero caído en la desgracia. Y así estuvo como un año, maldiciendo todos los días a la empresa. Pero ¿qué crees? Que en el ojo sano le empieza a salir una catarata (en este caso, catarata no es una caída de agua en el campo, no te espantes; es una especie de mancha que aparece en el ojo y que crece, y puede llegar a causar ceguera). Todo el mundo le daba remedios caseros y de los otros para curarse, y el médico de la empresa le aconsejó operarse. Pero él dijo que nones, que qué tal si al operarlo le desgraciaban el ojo, y lo dejaban ciego. Y empezó a documentarse, para saber qué podía comer que acelerara el crecimiento de la catarata, y se dedicó a comer exclusivamente eso (no te digo qué, porque allá no lo tenemos; pero acepta mi palabra de que hay cosas que aceleran ese proceso). Total, que ya ve muy poco; y dentro de nada (de nadita de nada, como dice él) tendrá que dejar de trabajar. En la empresa le ordenaron (así como lo oyes: le ordenaron) que se operara; pero él pidió ayuda a un abogado, quien amenazó a la empresa por querer obligarlo a atentar contra la integridad de su cuerpo. Total, que el abogado dijo tantas cosas que la empresa pensó que era más barato pensionarlo que gastar en abogados y juicios, y le dieron  la pensión.  Ahora, el del 59 está completamente ciego, y muy contento en su casa, recibiendo todos los meses su pensión y siendo atendido por la esposa. Pero no puede ver lo que la mujer hace con el leguleyo que lo defendió, quien no quedó a gusto con lo que le pagó y le exige una “compensación” a la señora (que ella le da muy a gusto); y tampoco puede ver lo que le roban sus hijos de los ahorros que tiene debajo del colchón ni lo que lo hacen los amigos cuando van a visitarlo (que no sé por qué, cada semana tiene más visitas). Pero él está muy satisfecho “porque doblegó a la empresa a hacer su voluntad”, y siempre que hay oportunidad se pone como ejemplo de lo que debe hacer un obrero que se respete. ¿Te deprimiste? A mi me parece horrible lo que este hombre hizo. Y todo por la pura flojera. Te quiere Cocatú" ["post_title"]=> string(17) "CARTAS A TORA 242" ["post_excerpt"]=> string(201) "Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. 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