Con aroma de pólvora quemada

No obstante haber transcurrido ya varias décadas, aún se me dificulta aceptar que un grupito de amigos se reunía con mi papá en casa a practicar tiro al blanco al final del patio colindante con el 14º....

6 de septiembre, 2021

No obstante haber transcurrido ya varias décadas, aún se me dificulta aceptar que un grupito de amigos se reunía con mi papá en casa a practicar tiro al blanco al final del patio colindante con el 14º. Batallón de Infantería, en ese entonces ubicado en calles Revolución y Degollado.  Resonaban los disparos de las escuadras Colt y los revólveres Smith & Wesson. Las balas pegaban en la barda del cuartel y, sin novedad. 

Al parecer, para los centinelas este hecho no representaba ningún problema, o tal vez estos tiradores tenían permiso de un señor que vivía a media cuadra de mi casa; el General Petronilo Flores Castellanos, Jefe del Estado Mayor de la Zona Militar y Gobernador del Territorio de Baja California Sur. Cuando éramos niños, mi hermano Clemente, -un año mayor que yo- solíamos ir a jugar con sus hijos Roberto y Jorge. Una tarde que llegó a su casa, el padre de ellos, a mi hermano y a mí nos hizo unas preguntas mientras nos dirigía una inquisitiva mirada… luego expresó sonriente: “¡Buenos muchachos!”.  

El 4 de abril de 1957, encontrándose el gobernador Petronilo en funciones expiró –de muerte natural- y el 18 del mismo mes lo suplió el Teniente Coronel Lucino M. Rebolledo. Él y mi padre, el Ing. Clemente Ávila Muñoz pertenecían al Club de Leones donde se hicieron buenos compañeros. Como una muestra de aprecio, don Lucino le regaló a mi papá un paquete con seis pistolas; entre ellas una escuadra pavonada calibre 22, un revólver 32, otro calibre 44, ambos niquelados, de aquellos de “maroma”, además otras que no recuerdo. Me había prometido que al llegar a la mayoría de edad me regalaría una de esas armas. Esperé… y esperé… pero la pistola nunca llegó.

CUATRO AÑOS DESPUÉS. Fue un domingo del verano de 1961, cuando La Paz (Baja California Sur) con sus escasos 30 000 habitantes hacía honor a su nombre. Esa mañana le pedí a mi papá que me aceptara acompañarlo al Club de Caza, Tiro y Pesca “Gavilanes”, inaugurado hacía poco tiempo en un terreno de “El Mezquitito”, pues a iniciativa de un ex revolucionario, gobernador del Territorio de Baja California Sur, Gral. de División Bonifacio Salinas Leal [1959-1965], el antiguo stand de “Palmira” quedaba en desuso. 

Aceptó mi petición y, en su Chevrolet modelo 1956 rojo y blanco nos dirigimos a la casa de uno de sus amigos y a la vez compadre, mismo que portando una escuadra niquelada al cinto ya nos estaba esperando de pie en el porche. Este caballero le llevaba a mi padre algunos treinta años de edad, pues mi progenitor era dado a convivir también con gente mayor que él.

Los domingos solía yo ir al matiné (función de cine por la mañana), pero si acaso lograba enterarme a tiempo que mi padre iría al club, optaba por irme de colado con él, pues me daba la oportunidad de hacer unos disparos con un rifle calibre 22; que bien recuerdo compró en la cantidad de 300.00 en la armería de don Esteban Ortiz, ubicada entonces en calle Madero/ Independencia y 16 de septiembre. Un arma tan certera como no he conocido otra, misma que aparece en el recuadro de la imagen. Y entonces los tres enfilamos por la carretera al sur…

Entre los socios del club de aquel entonces recuerdo a los señores Ramiro Alvarado, ing. Humberto Quiroz Cárdenas, Francisco “Pancho” Olachea, Carlos Navarro de Alba, Cap. Enrique Aguilar Morales, un señor apellidado Leana Rojas, otro a quien llamaban “Güero” Cañez, etc., que debido a las brumas del tiempo no alcanzó a distinguir, pues el que esto escribe apenas cursaba el 5º. año de primaria.

Ese viejo campo de tiro de “Palmira” se ubicaba cerca del mar, cuyo stand estaba formado por una gran enramada rectangular con alta techumbre, y en uno de sus costados ostentaba una cerca formada por carapachos de caguama, que iban sumándose después de que los domingos era disfrutado un quelonio, cocinado “a la greña”  servida sobre su propio caparazón y, el pecho recostado sobre dos varillas clavadas en la tierra, al calor de las brasas de carbón de mezquite, avivadas por la brisa de la cercana bahía.

Años antes, como actividad especial fue lanzado un avión de madera desde lo alto del cerro de “La Calavera”, rumbo a la línea de tiro para que los presentes, de manera individual, le dispararan con su rifle calibre 7mm. Aquella ocasión le tocó el turno al señor Fernando “Charol” Ramírez y, de los cinco cartuchos con que cargó su arma, logró acertarle dos balazos al volador artefacto.

Algunos de los tiradores alegaban -en broma- que ese logro representaba todo un acto ventajoso. ¿Por qué? Pues porque ese ganador había participado en muchas batallas como defensor del presidente Francisco I. Madero. O sea, que el ex revolucionario Ramírez tenía un poquitito más de experiencia que ellos en el manejo del Mauser. 

Uno de tales días, a este añorado stand llegó de visita un grupo de “Materiales de Guerra” con los mejores francotiradores del Ejército Mexicano. Su labor consistía en practicar generosamente el tiro diariamente y, hacer exhibiciones de su destreza en todos los estados de la república.

Ellos venían bien apertrechados con una serie de colchones, apoyos y coderas. Mi padre, sin más equipo que su ánimo y su rifle Mauser deportivo les ganó a todos ellos. Tal vez de momento a los francotiradores no les vino en gracia, pero al fin militares tenían que disciplinarse. Y para demostrar que no había ningún enojo, esa noche invitaron a mi padre a cenar al hotel “Perla”. 

Le propusieron que se uniera a ellos y le otorgarían grado de Oficial, a lo que respondió: “Señores, muchas gracias por la distinción, pero aquí tengo mi familia y mi trabajo”. Entonces, a una orden del jefe, un soldado dio media vuelta y regresó con una caja de 1,000 cartuchos calibre 7 mm. Al entregársela le dijo: “Ingeniero, de todas maneras le vamos a regalar este parque, para que siga tirando”. 

Y llegamos al nuevo stand; piso de cemento y techo de asbesto, con baranda de madera en la línea de tiro, con espacios numerados, sobre la cual los socios colocaban su pistola y parque. A la derecha había una bodeguita, que en esos domingos se convertía en expendio de refrescos “Peñafiel“, y moderadamente cerveza “Tecate” en bote. Sanitarios impecables, largas bancas de cemento a dos niveles, para los visitantes y tiradores esperando su turno y, al fondo del campo una amplia barda de ladrillo para la retención de balas. 

Al igual que en el anterior campo de tiro, las competencias consistían en acumular puntos mediante el “Tiro a la diana” con rifle y pistola ambos en calibre 22 y, también con rifle 7mm; “Tiro al bote”, haciendo avanzar un bote de cerveza vacío disparándole con pistola, no directamente sino un poco abajo para que se elevara sobre el suelo; “Tiro a la gallina”; “Tiro al guajolote”, utilizando en todo ello el calibre 22. Pero sin duda alguna, las competencias más emocionantes eran mediante rifle calibre 7 mm en el “Tiro al chivo” y “Tiro al borrego”. 

El día en que se inauguró este stand, al primer borrego mi papá le acertó un tiro a 600 metros de distancia. Cuando los comisionados llegaron a revisar al animal tirado en el suelo, por ninguna parte le encontraban huella del impacto, pues estaba muy lanudo y, en broma dijeron que ese borrego “había fallecido de un ataque al corazón”. Por fin descubrieron que esa bala había entrado en medio de un costillar. En mi casa, parte del animal fue preparado a la parrilla y lo saborearon varios compañeros y socios. Por estas fechas mi padre era presidente del club “Gavilanes”.

Ahora bien, estaba yo sentado en una de esas bancas, momentos en que se estaba efectuando el “Tiro al bote”… A mi izquierda se encontraba aquel señor a quien sus amigos llamaban “Güero” Cañez. Al sonar un disparo, repentinamente un gesto de dolor se dibujó en su cara, sobándose desesperadamente su brazo derecho; poco después recogió el proyectil achatado y, en su mano, sonrientemente empezó a agitarlo de arriba a abajo soplándole para que se enfriara. Dos metros a la derecha y esa bala me hubiera dado a mí.

Uno de tantos domingos anteriores, un señor muy serio, de cabello y bigote cano se hallaba sentado en una de las bancas, observando con atención la buena, regular o pésima destreza de los diversos tiradores. De igual manera, en esos instantes se estaba tirando al bote. De repente se dejó escuchar en voz alta: ¡Al Gobernador le pegaron un balazo!”  

La persona aludida se retorcía arqueando su cuerpo hacia atrás… Falsa alarma. Simplemente otra bala rebotada, que le había caído precisamente entre el cuello de la guayabera y la camiseta, bajando por la espalda del ex revolucionario, General de División, Bonifacio Salinas Leal, quien en otros tiempos había tomado parte en la toma de Monterrey, batallas de Celaya y Aguascalientes, entre otros encuentros. 

Debo declarar, que yo no fui testigo presencial de este hecho; creo que fue al mismo señor Cañez, a quien aquella ocasión escuché contarle a sus compañeros esta anécdota del Gral. Bonifacio, una vez que se había recuperado del susto. 

Digno resulta recordar a otro gran ex revolucionario, el Gral. de Div. Agustín Olachea Avilés, quien fue gobernador del entonces Territorio en dos ocasiones [1929-1931 y 1946-1956]. Entre muchos encuentros, a don Agustín le tocó formar parte en las batallas de Ciudad Juárez, donde Álvaro Obregón derrotó a Francisco Villa y su División del Norte. Después fue Secretario de la Defensa Nacional en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos.

Conservo el original de un oficio fechado el 14 de enero de 1963, donde por orden de este Secretario de la Defensa Nacional, a mi papá -a quien estimaba y le decía “Hijo”-, le envió para su seguridad y legítima defensa, una licencia de portación de su revólver Ruby Extra calibre 38, con vigencia en toda la República Mexicana. Jamás hizo mal uso de esa arma, sólo la utilizaba cuando por razones de trabajo salía a algún otro Estado y, para protegerse de algún peligro que pudiera surgir en el corazón de los montes sudcalifornianos, que es donde mayormente transcurrió su vida laboral. 

Y así, aquel veraniego domingo de 1961, al concluirse la “tirada”, como solía decirse en esos tiempos, regresamos a casa. Bueno, eso pensé. Cuando íbamos transitando por la calle Isabel la Católica, mi progenitor giró el auto hacia la izquierda, creyendo yo que iba a dejar a su amigo-compadre, que por ese rumbo vivía, pero no fue así, pues siguió de frente y se estacionó junto a un jacalón en calle Juárez/ entre Altamirano y Ramírez.

Era un lugar con paredes de “masonite” y techo de palma, cuyo letrero decía: “El Palo Verde”, o sea, una cantina cuyo color hacía juego con el nombre del establecimiento. Ambos bajaron del auto, y me dijeron que muy pronto regresarían, que solamente iban a tomarse una cervecita. Subí los vidrios casi hasta arriba y sin pretenderlo muy pronto me quedé dormido. Ignoro de qué tamaño sería esa cervecita, pues transcurrió más de una hora y no regresaban. Serían como las tres de la tarde cuando escuché el “toc toc” en el cristal. Era el acompañante de mi padre gritando: “¡Despiértate, vamos a bajar las armas a la cantina!”

Desperté sobresaltado bañado en sudor y, enseguida le entregué su arma y la de mi padre, diciéndome que mi papá se había quedado dentro platicando con un ganadero, que necesitaba que le deslindaran el terreno de su rancho. Se fajó la pistola de mi papá en un costado y la de él la llevaba en su mano derecha. Yo embracé el rifle de la manera correcta; llevándolo diagonalmente al frente, sujetándolo con las dos manos y con los codos pegados al cuerpo, pues así lo había aprendido en las películas Western del cine  “California”. 

Me ordenó que yo fuera por delante, y me fue siguiendo a prudente distancia rumbo a la puerta de la cantina, que distaba unos diez metros desde la orilla de la calle. Como podemos apreciar en el recuadro de la imagen, el rifle que menciono tenía apariencia de carabina y, no obstante ser calibre 22 de un solo tiro, marca ITHACA, modelo M49, en esos momentos para mí era una carabina WINCHESTER calibre 44-40, de las que usaban los vaqueros del Old West.

Cuando crucé la puerta de la cantina, los parroquianos me dirigieron una sorpresiva y angustiante mirada. Entregamos las armas en la barra, que fueron guardadas en un cajón inferior de la misma. Los clientes siguieron bebiendo tranquilamente su cerveza. Y por esas cosas raras que suceden, el cantinero autorizó que yo permaneciera en la mesa que ocupaban mi papá, su compadre y el sr. ganadero. 

Eran de aquellas mesas de madera maciza en color verde, y sillas con asiento y respaldo de cuero. El compadre de mi progenitor al verme todavía sudoroso me dijo: ¡Tómate una “Coronita”! No recuerdo si me la tomé o no. Creo que sí. Transcurrieron unas dos horas y, ahora sí, todos volvimos a casa. 

Y bien, ¿quién era este señor que me custodió hasta entrar a esa cantina? Tenía imperativa voz, tranquila aunque inquisidora mirada, y de paso firme y cadencioso. Lo único que yo sabía es que era un militar retirado. Al poco tiempo me enteré que se trataba del Mayor de Infantería Teófilo Bautista, que siendo un jovencito de 16 años, se había unido a las fuerzas de Venustiano Carranza, donde participó en distintas batallas. 

Yo tenía diez años cuando entré armado a esa cantina acompañado por este personaje y, debido a mi corta existencia, en ese momento no valoré ese hecho en su real dimensión; pero seis décadas después, sigo pensando que: ¡no cualquiera tiene el honor, de que un veterano del Ejército Constitucionalista haya actuado como su guardaespaldas!                                       

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Comentarios
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A continuación, les cuento algunas.   El sismo del 19 de septiembre de 1985 Al conmemorar los sismos 1985 y del 2017, sale a la luz un personaje de nombre Porfirio Calleja, que subió a las 7:00 AM a pintar la antena de la Torre Latinoamericana y se amarró un arnés para ello a la cintura. El sismo, que comenzó a las 7:17, lo sorprendió amarrado a la antena.. Para que se valore la experiencia que vivió, se dice que la antena se desplazó a cada lado de su eje, 3 metros. Porfirio sobrevivió a lo que parecía un infarto, literalmente vivió el sismo desde otro ángulo.   Los gatos de Palacio Nacional Desde hace muchos años, el personal que labora en Palacio Nacional ha contabilizado más de 100 gatos en los patios. Lo curioso es que se siguen reproduciendo. Todos tienen nombre y pareciera que los empleados que viven ahí cuentan que hay más jefes que gatos… ¿Será?   El Centro Mercantil La tienda departamental más aristocrática de la Ciudad de México fue en su momento la más grande y lujosa de América, diseñada y construida por el Arq. Daniel Garza, bajo una modalidad de construcción denominada método Chicago. Se apoyaba en una enorme estructura de acero que causaba furor por los enormes espacios que podía cubrir. Se decía que era una apuesta riesgosa  dada la sismicidad de la Ciudad de México (la obra ha resistido todo).Ubicada  en la esquina del zócalo y 16 de Septiembre, fue inaugurada en septiembre de 1899 por el General Porfirio Díaz. Se dice que él donó el lujoso candil tipo Luis XV que ahora luce en la entrada como regalo de inauguración. Esta gran tienda tuvo la peculiaridad de ser la primera de su tipo y la más grande por mucho en el Continente Americano. Ahí se adquiría por la “clase pudiente” lo más vanguardista que llegaba de Europa, ropa, guantes, sombreros, telas, perfumes y hasta juguetes. Finalmente, esta tienda se convirtió en el Gran Hotel de la Ciudad de México que empezó a funcionar en el año 1968. Esta obra está clasificada como patrimonio cultural de la humanidad junto con otras dos de tipo y tamaño similar, una está en París, la otra en San Petersburgo.     La Casa de los Azulejos y los tres Búhos Pocos saben que esta fue la residencia durante años de la Condesa de Orizaba, mujer acaudalada y prepotente como pocas. Cuentan que del callejón perpendicular a la calle Madero su cochero impidió el paso sin inmutarse durante tres días de otro carruaje que venía en sentido contrario. Fue necesaria la intervención del virrey para destrabar el conflicto entre cocheros. Un siglo después esta residencia conocida como la Casa de los Azulejos convertida en una tienda, presentó como símbolo tres Búhos, mismos que sobreviven como imagen de la tienda y se colocaron para señalar desde su puesta en funcionamiento, que era la única que permanecía abierta toda la noche. Los tres búhos representan al fundador de lo que hoy es una enorme cadena de tiendas y a sus dos hijos….   Cómo y cuándo se descubrieron los restos de la Gran Tenochtitlán Resulta que un 21 de febrero de 1978 un trabajador de la compañía de luz y fuerza, tenía que hacer una perforación para hincar un poste de luz. Al activar el taladro (rotomartillo), se topó con una roca imposible de traspasar. Esa piedra resultó ser nada menos que Coyolxauhqui, la diosa de la luna de los aztecas. Quizá pocos sepan que, a partir de ese hallazgo, ocho mil trabajadores durante los días y sus noches a lo largo de cuatro años, encontraron más de siete mil piezas prehispánicas que hoy se exhiben en el museo del Templo Mayor. Así, de la profundidad del asfalto renació el Imperio Mexica.   Historias de película en el Metro Cuando se inauguró la línea “azul” en 1970, a los pocos días abordó un vagón un hombre muy humilde, con ropa de indígena, con huaraches y con un “mecapal”. Traía colgado en la espalda un enorme bulto de nopales, espinosos a más no poder. Era tan grande el bulto que los pasajeros se arremolinaron superapretados en el vagón para evitar la que describían como una forma probable de muerte por “embestida de nopal”. Desde entonces está prohibido subir a los vagones con todo tipo de arma blanca (incluyendo nopales). El metro no solo es el sistema de transporte más importante de la ciudad, sino en el que más anécdotas se generan. Dicen de él que es muestra de lo complicado que anda el mercado laboral. Solo ahí sucede, que se den asaltos: ¡Entre asaltantes!  En el metro viajan: hasta faquires!, que tienden su trapo con vidrios y dicen que ahí las personas hasta levitan. Hay que reconocer que el “teatro” se les cae con los frenones: los faquires quedan tendidos sobre los vidrios, mientras que debido a los apretones es cierto, muchos pasajeros “levitan” sin poder pisar el suelo…. Cómo olvidar los taxis “cocodrilo” que cuando el chofer preguntaba sobre el destino del pasajero surgía la pregunta obligada: -¿A qué altura joven? -¡Tú que te elevas y yo que te la parto!   La vida urbana se escribe y enriquece con sus anécdotas que le dan un goce enorme de la vida en sociedad.    " ["post_title"]=> string(28) "ANÉCDOTAS DE LA VIDA URBANA" ["post_excerpt"]=> string(220) "Las ciudades son en sí mismas una fuente inagotable de anécdotas, mitos y leyendas, historias muy divertidas que nos hacen recordar lo grato que resulta vivirlas, a pesar de sus innumerables deficiencias y carencias. 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Lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; solo puedo conjeturar que no pudo ser el martes porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller. Fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla. Aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que representó aquella visita, como si la vida hubiera reservado para mí un espacio de maravilla. Aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente vez que acudí, y otras más, la saludé con un tímido “Buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego. No fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo Queremos tanto a Glenda, donde apunté: “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes” Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico: a esa edad me causó angustia que me preguntara qué hacía por ahí y que, al no tener una respuesta válida, me pidiera que no incordiara sin causa, pero tal cuestionamiento no sucedió. En cambio me preguntó si había leído a Alfonso Reyes, y como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuánto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey. Ahora al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico de la vasta obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía. Me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida. Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear: dulce y comprensiva, atenta y solidaria, pero implacable en sus juicios literarios. Seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado. Su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes. Obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, que muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton, y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida; en el ejercicio del taller conocí a Pável Granados  y a Alejandro Malo. Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes. Los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.  Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno. Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical. Pero aun así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma, Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente, entre muchos otros. De nuevo un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente: tenía algo para mí. En efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo. A Emmanuel lo había visto alguna vez en la Capilla, pero para mí era una leyenda. Las indicaciones de Alicia eran precisas: llamar a Carballo y pedirle una cita, ella ya lo había puesto en antecedentes. Al amanecer cumplí la instrucción y cuando oí la voz de Emmanuel al teléfono me di cuenta de lo que estaba sucediendo; me dio cita al día siguiente a las seis de la tarde, me acompañó mi esposa y lo que yo pensé sería una visita de diez minutos, se convirtió en una de las tardes más memorables y alucinantes de mi vida, que terminó con una cena en la cocina y la revisión de dos poemas que le llevaba –“lleva lo mejor que tengas” me había ordenado Alicia–. Emmanuel se levantó de la mesa y nos pidió que lo disculpáramos, volvió unos minutos después con una de sus tarjetas de visita y me preguntó cómo firmaba mis trabajos; le dije mi nombre completo, “demasiado largo” acotó, “de eso no se acuerda nadie”. Escribió en la tarjeta y me la dio, decía: “Te presento a César Benedicto Callejas, le he dicho que si quiere entrar al mundo de las letras tiene que conocer a Huberto Batis”. Me indicó que se la entregara con los dos poemas. De nuevo repetí el ritual, solo que Batis no me contestó la llamada, lo hizo su secretaria en Unomásuno; me dio cita para la semana siguiente. Batis me recibió puntual y me preguntó por Alicia y por Carballo; luego de las breves palabras de cortesía me preguntó qué le llevaba, le entregué la nota de Emmanuel y mis dos poemas. Los leyó y me dijo: “Salen el sábado”. Le agradecí y me pidió que nos tomáramos una foto juntos; con su sonrisa inolvidable comentó que le gustaba fotografiarse con los nuevos escritores, y entonces, por primera vez en mi vida, sentí que era un escritor de verdad. 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A continuación, les cuento algunas.   El sismo del 19 de septiembre de 1985 Al conmemorar los sismos 1985 y del 2017, sale a la luz un personaje de nombre Porfirio Calleja, que subió a las 7:00 AM a pintar la antena de la Torre Latinoamericana y se amarró un arnés para ello a la cintura. El sismo, que comenzó a las 7:17, lo sorprendió amarrado a la antena.. Para que se valore la experiencia que vivió, se dice que la antena se desplazó a cada lado de su eje, 3 metros. Porfirio sobrevivió a lo que parecía un infarto, literalmente vivió el sismo desde otro ángulo.   Los gatos de Palacio Nacional Desde hace muchos años, el personal que labora en Palacio Nacional ha contabilizado más de 100 gatos en los patios. Lo curioso es que se siguen reproduciendo. Todos tienen nombre y pareciera que los empleados que viven ahí cuentan que hay más jefes que gatos… ¿Será?   El Centro Mercantil La tienda departamental más aristocrática de la Ciudad de México fue en su momento la más grande y lujosa de América, diseñada y construida por el Arq. Daniel Garza, bajo una modalidad de construcción denominada método Chicago. Se apoyaba en una enorme estructura de acero que causaba furor por los enormes espacios que podía cubrir. Se decía que era una apuesta riesgosa  dada la sismicidad de la Ciudad de México (la obra ha resistido todo).Ubicada  en la esquina del zócalo y 16 de Septiembre, fue inaugurada en septiembre de 1899 por el General Porfirio Díaz. Se dice que él donó el lujoso candil tipo Luis XV que ahora luce en la entrada como regalo de inauguración. Esta gran tienda tuvo la peculiaridad de ser la primera de su tipo y la más grande por mucho en el Continente Americano. Ahí se adquiría por la “clase pudiente” lo más vanguardista que llegaba de Europa, ropa, guantes, sombreros, telas, perfumes y hasta juguetes. Finalmente, esta tienda se convirtió en el Gran Hotel de la Ciudad de México que empezó a funcionar en el año 1968. Esta obra está clasificada como patrimonio cultural de la humanidad junto con otras dos de tipo y tamaño similar, una está en París, la otra en San Petersburgo.     La Casa de los Azulejos y los tres Búhos Pocos saben que esta fue la residencia durante años de la Condesa de Orizaba, mujer acaudalada y prepotente como pocas. Cuentan que del callejón perpendicular a la calle Madero su cochero impidió el paso sin inmutarse durante tres días de otro carruaje que venía en sentido contrario. Fue necesaria la intervención del virrey para destrabar el conflicto entre cocheros. Un siglo después esta residencia conocida como la Casa de los Azulejos convertida en una tienda, presentó como símbolo tres Búhos, mismos que sobreviven como imagen de la tienda y se colocaron para señalar desde su puesta en funcionamiento, que era la única que permanecía abierta toda la noche. Los tres búhos representan al fundador de lo que hoy es una enorme cadena de tiendas y a sus dos hijos….   Cómo y cuándo se descubrieron los restos de la Gran Tenochtitlán Resulta que un 21 de febrero de 1978 un trabajador de la compañía de luz y fuerza, tenía que hacer una perforación para hincar un poste de luz. Al activar el taladro (rotomartillo), se topó con una roca imposible de traspasar. Esa piedra resultó ser nada menos que Coyolxauhqui, la diosa de la luna de los aztecas. Quizá pocos sepan que, a partir de ese hallazgo, ocho mil trabajadores durante los días y sus noches a lo largo de cuatro años, encontraron más de siete mil piezas prehispánicas que hoy se exhiben en el museo del Templo Mayor. Así, de la profundidad del asfalto renació el Imperio Mexica.   Historias de película en el Metro Cuando se inauguró la línea “azul” en 1970, a los pocos días abordó un vagón un hombre muy humilde, con ropa de indígena, con huaraches y con un “mecapal”. Traía colgado en la espalda un enorme bulto de nopales, espinosos a más no poder. Era tan grande el bulto que los pasajeros se arremolinaron superapretados en el vagón para evitar la que describían como una forma probable de muerte por “embestida de nopal”. Desde entonces está prohibido subir a los vagones con todo tipo de arma blanca (incluyendo nopales). El metro no solo es el sistema de transporte más importante de la ciudad, sino en el que más anécdotas se generan. Dicen de él que es muestra de lo complicado que anda el mercado laboral. Solo ahí sucede, que se den asaltos: ¡Entre asaltantes!  En el metro viajan: hasta faquires!, que tienden su trapo con vidrios y dicen que ahí las personas hasta levitan. Hay que reconocer que el “teatro” se les cae con los frenones: los faquires quedan tendidos sobre los vidrios, mientras que debido a los apretones es cierto, muchos pasajeros “levitan” sin poder pisar el suelo…. Cómo olvidar los taxis “cocodrilo” que cuando el chofer preguntaba sobre el destino del pasajero surgía la pregunta obligada: -¿A qué altura joven? -¡Tú que te elevas y yo que te la parto!   La vida urbana se escribe y enriquece con sus anécdotas que le dan un goce enorme de la vida en sociedad.    " ["post_title"]=> string(28) "ANÉCDOTAS DE LA VIDA URBANA" ["post_excerpt"]=> string(220) "Las ciudades son en sí mismas una fuente inagotable de anécdotas, mitos y leyendas, historias muy divertidas que nos hacen recordar lo grato que resulta vivirlas, a pesar de sus innumerables deficiencias y carencias. 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