Con aroma de pólvora quemada

No obstante haber transcurrido ya varias décadas, aún se me dificulta aceptar que un grupito de amigos se reunía con mi papá en casa a practicar tiro al blanco al final del patio colindante con el 14º....

6 de septiembre, 2021

No obstante haber transcurrido ya varias décadas, aún se me dificulta aceptar que un grupito de amigos se reunía con mi papá en casa a practicar tiro al blanco al final del patio colindante con el 14º. Batallón de Infantería, en ese entonces ubicado en calles Revolución y Degollado.  Resonaban los disparos de las escuadras Colt y los revólveres Smith & Wesson. Las balas pegaban en la barda del cuartel y, sin novedad. 

Al parecer, para los centinelas este hecho no representaba ningún problema, o tal vez estos tiradores tenían permiso de un señor que vivía a media cuadra de mi casa; el General Petronilo Flores Castellanos, Jefe del Estado Mayor de la Zona Militar y Gobernador del Territorio de Baja California Sur. Cuando éramos niños, mi hermano Clemente, -un año mayor que yo- solíamos ir a jugar con sus hijos Roberto y Jorge. Una tarde que llegó a su casa, el padre de ellos, a mi hermano y a mí nos hizo unas preguntas mientras nos dirigía una inquisitiva mirada… luego expresó sonriente: “¡Buenos muchachos!”.  

El 4 de abril de 1957, encontrándose el gobernador Petronilo en funciones expiró –de muerte natural- y el 18 del mismo mes lo suplió el Teniente Coronel Lucino M. Rebolledo. Él y mi padre, el Ing. Clemente Ávila Muñoz pertenecían al Club de Leones donde se hicieron buenos compañeros. Como una muestra de aprecio, don Lucino le regaló a mi papá un paquete con seis pistolas; entre ellas una escuadra pavonada calibre 22, un revólver 32, otro calibre 44, ambos niquelados, de aquellos de “maroma”, además otras que no recuerdo. Me había prometido que al llegar a la mayoría de edad me regalaría una de esas armas. Esperé… y esperé… pero la pistola nunca llegó.

CUATRO AÑOS DESPUÉS. Fue un domingo del verano de 1961, cuando La Paz (Baja California Sur) con sus escasos 30 000 habitantes hacía honor a su nombre. Esa mañana le pedí a mi papá que me aceptara acompañarlo al Club de Caza, Tiro y Pesca “Gavilanes”, inaugurado hacía poco tiempo en un terreno de “El Mezquitito”, pues a iniciativa de un ex revolucionario, gobernador del Territorio de Baja California Sur, Gral. de División Bonifacio Salinas Leal [1959-1965], el antiguo stand de “Palmira” quedaba en desuso. 

Aceptó mi petición y, en su Chevrolet modelo 1956 rojo y blanco nos dirigimos a la casa de uno de sus amigos y a la vez compadre, mismo que portando una escuadra niquelada al cinto ya nos estaba esperando de pie en el porche. Este caballero le llevaba a mi padre algunos treinta años de edad, pues mi progenitor era dado a convivir también con gente mayor que él.

Los domingos solía yo ir al matiné (función de cine por la mañana), pero si acaso lograba enterarme a tiempo que mi padre iría al club, optaba por irme de colado con él, pues me daba la oportunidad de hacer unos disparos con un rifle calibre 22; que bien recuerdo compró en la cantidad de 300.00 en la armería de don Esteban Ortiz, ubicada entonces en calle Madero/ Independencia y 16 de septiembre. Un arma tan certera como no he conocido otra, misma que aparece en el recuadro de la imagen. Y entonces los tres enfilamos por la carretera al sur…

Entre los socios del club de aquel entonces recuerdo a los señores Ramiro Alvarado, ing. Humberto Quiroz Cárdenas, Francisco “Pancho” Olachea, Carlos Navarro de Alba, Cap. Enrique Aguilar Morales, un señor apellidado Leana Rojas, otro a quien llamaban “Güero” Cañez, etc., que debido a las brumas del tiempo no alcanzó a distinguir, pues el que esto escribe apenas cursaba el 5º. año de primaria.

Ese viejo campo de tiro de “Palmira” se ubicaba cerca del mar, cuyo stand estaba formado por una gran enramada rectangular con alta techumbre, y en uno de sus costados ostentaba una cerca formada por carapachos de caguama, que iban sumándose después de que los domingos era disfrutado un quelonio, cocinado “a la greña”  servida sobre su propio caparazón y, el pecho recostado sobre dos varillas clavadas en la tierra, al calor de las brasas de carbón de mezquite, avivadas por la brisa de la cercana bahía.

Años antes, como actividad especial fue lanzado un avión de madera desde lo alto del cerro de “La Calavera”, rumbo a la línea de tiro para que los presentes, de manera individual, le dispararan con su rifle calibre 7mm. Aquella ocasión le tocó el turno al señor Fernando “Charol” Ramírez y, de los cinco cartuchos con que cargó su arma, logró acertarle dos balazos al volador artefacto.

Algunos de los tiradores alegaban -en broma- que ese logro representaba todo un acto ventajoso. ¿Por qué? Pues porque ese ganador había participado en muchas batallas como defensor del presidente Francisco I. Madero. O sea, que el ex revolucionario Ramírez tenía un poquitito más de experiencia que ellos en el manejo del Mauser. 

Uno de tales días, a este añorado stand llegó de visita un grupo de “Materiales de Guerra” con los mejores francotiradores del Ejército Mexicano. Su labor consistía en practicar generosamente el tiro diariamente y, hacer exhibiciones de su destreza en todos los estados de la república.

Ellos venían bien apertrechados con una serie de colchones, apoyos y coderas. Mi padre, sin más equipo que su ánimo y su rifle Mauser deportivo les ganó a todos ellos. Tal vez de momento a los francotiradores no les vino en gracia, pero al fin militares tenían que disciplinarse. Y para demostrar que no había ningún enojo, esa noche invitaron a mi padre a cenar al hotel “Perla”. 

Le propusieron que se uniera a ellos y le otorgarían grado de Oficial, a lo que respondió: “Señores, muchas gracias por la distinción, pero aquí tengo mi familia y mi trabajo”. Entonces, a una orden del jefe, un soldado dio media vuelta y regresó con una caja de 1,000 cartuchos calibre 7 mm. Al entregársela le dijo: “Ingeniero, de todas maneras le vamos a regalar este parque, para que siga tirando”. 

Y llegamos al nuevo stand; piso de cemento y techo de asbesto, con baranda de madera en la línea de tiro, con espacios numerados, sobre la cual los socios colocaban su pistola y parque. A la derecha había una bodeguita, que en esos domingos se convertía en expendio de refrescos “Peñafiel“, y moderadamente cerveza “Tecate” en bote. Sanitarios impecables, largas bancas de cemento a dos niveles, para los visitantes y tiradores esperando su turno y, al fondo del campo una amplia barda de ladrillo para la retención de balas. 

Al igual que en el anterior campo de tiro, las competencias consistían en acumular puntos mediante el “Tiro a la diana” con rifle y pistola ambos en calibre 22 y, también con rifle 7mm; “Tiro al bote”, haciendo avanzar un bote de cerveza vacío disparándole con pistola, no directamente sino un poco abajo para que se elevara sobre el suelo; “Tiro a la gallina”; “Tiro al guajolote”, utilizando en todo ello el calibre 22. Pero sin duda alguna, las competencias más emocionantes eran mediante rifle calibre 7 mm en el “Tiro al chivo” y “Tiro al borrego”. 

El día en que se inauguró este stand, al primer borrego mi papá le acertó un tiro a 600 metros de distancia. Cuando los comisionados llegaron a revisar al animal tirado en el suelo, por ninguna parte le encontraban huella del impacto, pues estaba muy lanudo y, en broma dijeron que ese borrego “había fallecido de un ataque al corazón”. Por fin descubrieron que esa bala había entrado en medio de un costillar. En mi casa, parte del animal fue preparado a la parrilla y lo saborearon varios compañeros y socios. Por estas fechas mi padre era presidente del club “Gavilanes”.

Ahora bien, estaba yo sentado en una de esas bancas, momentos en que se estaba efectuando el “Tiro al bote”… A mi izquierda se encontraba aquel señor a quien sus amigos llamaban “Güero” Cañez. Al sonar un disparo, repentinamente un gesto de dolor se dibujó en su cara, sobándose desesperadamente su brazo derecho; poco después recogió el proyectil achatado y, en su mano, sonrientemente empezó a agitarlo de arriba a abajo soplándole para que se enfriara. Dos metros a la derecha y esa bala me hubiera dado a mí.

Uno de tantos domingos anteriores, un señor muy serio, de cabello y bigote cano se hallaba sentado en una de las bancas, observando con atención la buena, regular o pésima destreza de los diversos tiradores. De igual manera, en esos instantes se estaba tirando al bote. De repente se dejó escuchar en voz alta: ¡Al Gobernador le pegaron un balazo!”  

La persona aludida se retorcía arqueando su cuerpo hacia atrás… Falsa alarma. Simplemente otra bala rebotada, que le había caído precisamente entre el cuello de la guayabera y la camiseta, bajando por la espalda del ex revolucionario, General de División, Bonifacio Salinas Leal, quien en otros tiempos había tomado parte en la toma de Monterrey, batallas de Celaya y Aguascalientes, entre otros encuentros. 

Debo declarar, que yo no fui testigo presencial de este hecho; creo que fue al mismo señor Cañez, a quien aquella ocasión escuché contarle a sus compañeros esta anécdota del Gral. Bonifacio, una vez que se había recuperado del susto. 

Digno resulta recordar a otro gran ex revolucionario, el Gral. de Div. Agustín Olachea Avilés, quien fue gobernador del entonces Territorio en dos ocasiones [1929-1931 y 1946-1956]. Entre muchos encuentros, a don Agustín le tocó formar parte en las batallas de Ciudad Juárez, donde Álvaro Obregón derrotó a Francisco Villa y su División del Norte. Después fue Secretario de la Defensa Nacional en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos.

Conservo el original de un oficio fechado el 14 de enero de 1963, donde por orden de este Secretario de la Defensa Nacional, a mi papá -a quien estimaba y le decía “Hijo”-, le envió para su seguridad y legítima defensa, una licencia de portación de su revólver Ruby Extra calibre 38, con vigencia en toda la República Mexicana. Jamás hizo mal uso de esa arma, sólo la utilizaba cuando por razones de trabajo salía a algún otro Estado y, para protegerse de algún peligro que pudiera surgir en el corazón de los montes sudcalifornianos, que es donde mayormente transcurrió su vida laboral. 

Y así, aquel veraniego domingo de 1961, al concluirse la “tirada”, como solía decirse en esos tiempos, regresamos a casa. Bueno, eso pensé. Cuando íbamos transitando por la calle Isabel la Católica, mi progenitor giró el auto hacia la izquierda, creyendo yo que iba a dejar a su amigo-compadre, que por ese rumbo vivía, pero no fue así, pues siguió de frente y se estacionó junto a un jacalón en calle Juárez/ entre Altamirano y Ramírez.

Era un lugar con paredes de “masonite” y techo de palma, cuyo letrero decía: “El Palo Verde”, o sea, una cantina cuyo color hacía juego con el nombre del establecimiento. Ambos bajaron del auto, y me dijeron que muy pronto regresarían, que solamente iban a tomarse una cervecita. Subí los vidrios casi hasta arriba y sin pretenderlo muy pronto me quedé dormido. Ignoro de qué tamaño sería esa cervecita, pues transcurrió más de una hora y no regresaban. Serían como las tres de la tarde cuando escuché el “toc toc” en el cristal. Era el acompañante de mi padre gritando: “¡Despiértate, vamos a bajar las armas a la cantina!”

Desperté sobresaltado bañado en sudor y, enseguida le entregué su arma y la de mi padre, diciéndome que mi papá se había quedado dentro platicando con un ganadero, que necesitaba que le deslindaran el terreno de su rancho. Se fajó la pistola de mi papá en un costado y la de él la llevaba en su mano derecha. Yo embracé el rifle de la manera correcta; llevándolo diagonalmente al frente, sujetándolo con las dos manos y con los codos pegados al cuerpo, pues así lo había aprendido en las películas Western del cine  “California”. 

Me ordenó que yo fuera por delante, y me fue siguiendo a prudente distancia rumbo a la puerta de la cantina, que distaba unos diez metros desde la orilla de la calle. Como podemos apreciar en el recuadro de la imagen, el rifle que menciono tenía apariencia de carabina y, no obstante ser calibre 22 de un solo tiro, marca ITHACA, modelo M49, en esos momentos para mí era una carabina WINCHESTER calibre 44-40, de las que usaban los vaqueros del Old West.

Cuando crucé la puerta de la cantina, los parroquianos me dirigieron una sorpresiva y angustiante mirada. Entregamos las armas en la barra, que fueron guardadas en un cajón inferior de la misma. Los clientes siguieron bebiendo tranquilamente su cerveza. Y por esas cosas raras que suceden, el cantinero autorizó que yo permaneciera en la mesa que ocupaban mi papá, su compadre y el sr. ganadero. 

Eran de aquellas mesas de madera maciza en color verde, y sillas con asiento y respaldo de cuero. El compadre de mi progenitor al verme todavía sudoroso me dijo: ¡Tómate una “Coronita”! No recuerdo si me la tomé o no. Creo que sí. Transcurrieron unas dos horas y, ahora sí, todos volvimos a casa. 

Y bien, ¿quién era este señor que me custodió hasta entrar a esa cantina? Tenía imperativa voz, tranquila aunque inquisidora mirada, y de paso firme y cadencioso. Lo único que yo sabía es que era un militar retirado. Al poco tiempo me enteré que se trataba del Mayor de Infantería Teófilo Bautista, que siendo un jovencito de 16 años, se había unido a las fuerzas de Venustiano Carranza, donde participó en distintas batallas. 

Yo tenía diez años cuando entré armado a esa cantina acompañado por este personaje y, debido a mi corta existencia, en ese momento no valoré ese hecho en su real dimensión; pero seis décadas después, sigo pensando que: ¡no cualquiera tiene el honor, de que un veterano del Ejército Constitucionalista haya actuado como su guardaespaldas!                                       

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Unos sacerdotes, monjas, este prediácono y un puñado de laicos turisteamos por allá y en la infaltable visita al Vaticano nos concedieron el permiso para celebrar una Misa en los sótanos de la Catedral de San Pedro, en una pequeña capilla desde donde se puede observar por una ventanilla el lugar donde se conservan los restos de San Pedro. La relevancia del lugar, el descenso por escalerillas que parecían llevarnos a las catacumbas, el espíritu de tantos santos y mártires que pisaron estos lugares durante tanto tiempo, el ambiente rústico alejado de la parafernalia clerical, nos llevó a una actitud de devoción, de vida interior y de reflexión profunda y trascendente para una Misa intensamente vivida. Guillermo Ortiz Mondragón, con los estudios terminados para recibir el diaconado y terminando su año de reflexión para recibir la orden, vivió ese momento. Creo que recibió una gracia especial que transmitió alegremente y emprendió una excelente carrera eclesial. 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Fue un estado de queda, fuimos aprendiendo a vivir con el virus, aumentó mi trabajo que es un placer: la traducción de películas y series de Netflix entre las que se encuentran las películas Four Lions, Stone, The Resident, The Next Three Days; series como Spartacus, Homeland, Sherlock, The Borgias, Da Vinci Demons, entre muchas otras; telenovelas y diversos videojuegos; entre las series y películas italianas están: Don Zeno, Passo a Due, Chiara e Francesco, Amore 14. Es maravilloso cambiar de universo a universo, es como ir de vacaciones a distintos géneros, así son mis días.  “Con la pandemia fui de las personas privilegiadas que no me pegó sino al contrario llegué a tiempo, podía realizar transferencias bancarias en línea, hacer recibos de honorarios digitales, fui de las personas que no cambió nada en lo cotidiano”.  Su carrera refleja congruencia, libertad y fuerza, una parte que forjó en Cozumel donde al principio dejó de escribir. En su largo camino recorrido Carlos, Wilheleme encontró al reconocido escritor, ensayista y poeta José María Zonta, de Costa Rica, quien lo adoptó como alumno y le dijo que lo que escribe son poemas, le abrió las puertas grandes de la poesía de este gigante universo en sus inicios y encontró en sus andanzas a María Baranda a quien adora, así como a otros personajes. “Dejé de actuar hace años, tuve una compañía de teatro, luego empaqué mi vida en las palabras. Hice dos guiones para teatro, me llamaron para dirigir.  “Mi voz cae en la poesía, es donde más cómodo me siento. Voy descansando (en la poesía) lo que me ocurre dentro. Bajo el mar encontré tanta poesía que me volví poeta, regresé a la literatura. Cozumel tiene la peculiaridad de isla viva es puro arrecife, un animal vivo.  “Ocurren fenómenos diferentes, en algún momento si entiendes su idioma te puedes comunicar, cuando salía del mar iba directo a tratar de relatar todo y la única forma que encontré son muchos poemas que formaron El jardín del deseo, un encuentro con los peces que roncan de noche cuando lograba ser testigo de un concierto de ronquidos internado en el arrecife. “Escribí mi primer libro de poesía que tiene que ver con el mar, con la superficie, con la parte profunda del mar de Cozumel, esta aventura comenzó con un primo que es instructor de buceo a quien le pedí apoyo para que me formara en esta profesión y trabajé como guía de buceo.  “Posteriormente mi hermana se quiso ir a Quintana Roo, donde había una convocatoria en el centro de Cancún para hacer teatro, quien entregara el mejor proyecto sería el ganador, así que presentamos un guion en el que la propuesta fue narrar como si fuera una obra de teatro. “Se dieron a la tarea de investigar cuántas compañías de teatro había, reunieron a más de quince compañías y se planteó un Teatro-Bar, pasar la noche a gusto con una obra diferente cada día, con la propuesta de una vez al mes presentar un tráiler donde ese día era gratuito para disfrutar las obras de teatro, ganamos el proyecto, fuimos socios y la parte operativa. “Sabía hacer teatro y monté todo el sonido, la iluminación, la tramoya, mientras que mi hermana organizó a las compañías de teatro para comenzar a programarlas, contratamos actores que eran a su vez meseros. “Participé con un proyecto en el FONCA de Quintana Roo e inscribí una obra de teatro que salió becada, fue un gran motor para creer en mi trabajo literario.  “Hubo un momento en que todo terminó tras el paso del huracán Wilma, quedó la desolación entre la población; mi hermana se fue a Chile y yo regresé a la Ciudad de México. Estuvimos dos años. Cerramos porque fue un desastre Wilma, al que dediqué un poema de largo aliento de regreso a México. Entre los nítidos recuerdos del huracán Wilma están aquellos tres días de ráfagas, entramos como en un trance, ese efecto repetitivo de las ráfagas sostenidas que me dio por escribir ese poema.  “El panorama era de tragedia y salí para ver quién había hecho algo, escribí una obra, otro artista hizo la coreografía, nos fuimos a presentar en todo el estado a cambio de despensas durante dos meses, hicimos un llamado por radio a través de Gabriel Avilés en la única radio que funcionaba y nos apoyaron para localizar a más artistas, mi casa sirvió para reunirme con colegas y almacenar medicamentos porque las farmacias estaban cerradas, conseguimos con el ejército 200 despensas para los artistas y entre el coreógrafo y yo las llevamos a mi casa para que pasaran por ellas. “Los recibimos para protegerlos, no hay sistema de pensiones que ampare para resolver las necesidades primarias, hasta una directora de teatro se quedó sin casa. Dentro de todo ese movimiento hice el primer censo de artistas de Cancún, de alguna forma fui parte de los primeros fundadores de lo que es el Consejo Municipal para la Cultura y las Artes. “Los artistas necesitaban comunicarse con sus familiares, se me fue acabando el dinero, como artista se vive al día. Para obtener más apoyos se necesitan recursos para movilizarse. Escribí un monólogo infantil Piratas y tesoros, una amiga solidaria me hizo algunas prendas y marionetas para dar una función, los teatros se habían caído, Wilma les arrancó el techo a dos, iban a tardar muchísimo en abrir, ser reconstruidos y recobrar su esplendor. Un mes después vendí lo poco que tenía para retornar a México. Con los poemas bajo el brazo sabía que había que comenzar de cero.  “No se puede huir del lugar al que se pertenece, tenía que salir adelante, entrar con todo a la literatura, sabía que esa es la filosofía correcta para mi vida. Creo en los dos caminos, el artista nace y se hace, sin duda la inclinación de mi padre fue la música y estudié música clásica, por aquello de la influencia directa”.  Carlos Wilheleme nos abre las puertas en forma cálida y nos adentra en su etapa más reciente de vida. “A finales del año pasado me dio cáncer, etapa cuatro, ahora estoy bien.  El cáncer provoca que muchas personas se queden en el camino, y, entonces, tu victoria no sabe a victoria cuando sí tiene que ser una gran hazaña, pero en una guerra tan cruel librarla no te puede saber a cosa menor y lamentarse de los amigos que se te quedan en el camino. Terminó la quimioterapia, todavía es necesario tener que protegerme muchísimo, más inmunodepresores, te conviertes en un ser vulnerable a contagiarte de cualquier cosa.  Me pregunté si quería vivir o no y decidí que hasta el último aliento iba a vivir. Tus células te escuchan, puedes hablar con tu propio cuerpo”.   El poema de Jaime Sabines narrando ese príncipe cáncer, el gran señor de los pulmones, “El príncipe cáncer del mayor Sabines” lo hizo suyo a través de cuatro poemas que salieron de golpe, al escribir el segundo se encontraba en la salida del cáncer, se dio cuenta que no daba para un libro, será un poema largo.  “En este momento escribo con mayor claridad, pensé que había acabado la poesía del cáncer cuando salieron otros, revelan renovación, ya no sales de la misma forma en la que entraste”.  Carlos nos confiesa que salió cambiado para bien.  “Soy de este selecto grupo, ya que otros salen disminuidos, sin extremidades, perdí un pedazo de intestino pero el cáncer tiene muchos brazos; el suyo fue uno de los más benévolos del que tiene un gran historial de batallas ganadas, en cuatro meses salió limpio, luego de hacer un trabajo interno y físico, como un camino iniciático.  “Le planteé a la doctora con firmeza: no me engañe, quiero toda la verdad completa de este cáncer; estamos en una época difícil, ya evalué mis opciones y sí me alcanza para dar esta batalla, la determinación hace maravillas, me sentí inquebrantable, el cerebro es el gran comandante del cuerpo y las células se ponen a trabajar.  “Esa fue una de mis grandes reflexiones, cómo decidir atravesar el cáncer, una ecuación de cuatro resultados, dos vivir, dos morir, o aprovechar cada minuto de la vida, si vas a vivir deprimido o vas a aprovechar el tiempo; no dejé de trabajar, no dejé el ánimo, el buen humor, los minutos valiosos y hacer que valiera el día.  “Aquí es donde brinca la realidad, el cine, la novela, la televisión, dejas toda tu vida, expulsas todo eso, pensar que solo pasa en las películas, o que es terminal (la enfermedad), mi apuesta es que creí que podía vencerlo.  “Si dudas las células no saben actuar, tu cuerpo te escucha cuando eres inquebrantable al decirlo. Me concentré en un poema, desde la Caída, la derrota frente a la situación, llegué llorando al poema número cuarto, a lo nuevo, a lo que eres ahora, a toda esta pureza a la cual perteneces y tu cuerpo ha quedado invadido, me lleva a la reflexión de mantenerme ahí. “Los poemas han sido publicados en una revista de Nueva York, donde presentó una selección poética que gustó mucho, sus poemas encontraron espacio también en una revista Argentina, donde murió una querida colaboradora. En una tragedia como esta hay esperanza. “Las tragedias hacen un despertar de la conciencia, un artista se hace en función de lo que vive, pero sin duda desde la alegría, la felicidad, es el mismo, hay casos como el de Johann Sebastian Bach, quien tuvo una gran vida y fue muy creativo. “Desde el dolor y la tragedia se da la creatividad desbordada. Me considero lo que ejerzo: poeta y traductor, a lo que pertenezco desde hace años y que siguen vivos en mí”.  ...   El príncipe cáncer del mayor Sabines   4 poemas La adversidad también es poesía.   LA CAÍDA   Bajo la sombra de un ala rota, despojada de yerba nubosa,  de la humedad del recorrido, de los finos hilos quebrados  que llenaron de noche la tierra, cruza el viento entre las plumas.    Me gusta pensar que no hubo daños en el rojo que ha teñido su descenso, en la más delicada de las piedras, en el diálogo emplumado y el suelo enardecido; que la fronda exuberante sigue amando las formas lastimadas de la selva.   CUERPO, TE ESPERO, CUERPO   Así tenga que hacer de mi cuerpo una hoguera,  así tenga que convertirme en estrella,  así tenga que contemplar la penumbra,  y quedar inoculado en un incendio,  así tenga que dialogar con la partícula más pequeña,  y tenga que emprender un paseo   sobre un carruaje de veneno:  cuerpo, te espero, cuerpo.      Podré ser puente y mensajero de tu nombre,  baldosa en la oscuridad que me habita,  mano muda de la otredad que me auxilia,  mano seca,   mano rota que respira por mí,   que me hereda el silencio y el miedo,  que me deja, por momentos, sin cabello,  contemplando en el espejo la derrota:  cuerpo, te espero, cuerpo.    Así tenga que crecer como la noche  con el tiempo de la mano que me sobra,  así tenga que montar sobre febrero,   convertido en un cristal de madrugada,    quebradizo como el rocío  al punto vespertino de las seis  con la corte de cáncer despertando,    murmurando entre timbres mezquinos,  caídos de la estrella más lejana:   cuerpo, te espero cuerpo.    Y así tenga yo que enmudecer,  apagar la voz de las constelaciones,  canto de Luzbel que me ensordece,  y tenga que regar una flor de odio  sobre la triste pradera de un hostal,  para prosperar en sus retoños,  apareciendo a deshoras enterrado,  interrumpido con la gloria herida,  arrastrando los pies entre obsidianas:  cuerpo,   te espero, cuerpo.   En memoria de Marta Cwielong, poeta. El príncipe cáncer nos atacó en su etapa IV. Ella murió.  Yo me salvé.   LA CULPA DEL SOBREVIVIENTE    Me nace un alba en el brazo,  en la frente y en esa mano de ojos índigo que respira por mí. Trepo desde el abismo polar de mi tumba, la abro en temporada de lluvia, para que la vida me sepa a algo y no sea un caminar hacia mi muerte.   Floto, levito lento, elevo mi cuerpo de amanecer con el amor hinchado de aire caliente, con la patria de una nube y el precio de la victoria en la cabeza.   ESE LUGAR EXISTE   Soy nuevo, soy puro, de la nada me creo, me configuro, salgo de mi cuerpo para hablarle.  Recibo la benevolencia de la prosperidad Yo soy la prosperidad, el ala sagrada del aire. Toco la puerta del cielo, entro, abro mi piel con el crujido  de una tormenta. Me desdoblo.  Recibo la luz de una gota  cruzada por el horizonte.  Ya no soy yo,  ya no soy el hijo del ayer, el de anteayer, el de la mañana, el de hace horas, minutos. No soy el instante que fui, el instante mismo de mis palabras. Soy la palabra renovada. el pensamiento sostenido, la mirada perdida, la chispa que estalla en una idea, el fuego, la luminiscencia, la estrella que brota,  el humo, la fragancia de hierro: soy yo levitando en mí mismo, desprendido, volcado en los brazos del universo, llano, terso, transparente, nítido en cada rincón de mi oscuridad. 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La sonrisa del joven al finalizar la Santa Misa e impartir la última bendición transmitía algo tan especial: alegría, calidez, satisfacción, orgullo, sencillez, esperanza. Testimoniaba ser portador de una gracia especial de Dios en esa ceremonia realmente extraordinaria. Esa bendición quedó tan grabada en mi corazón que hoy, 47 años después, la recuerdo como si hubiera sido ayer. Próximo a recibir el diaconado este joven formó parte de la delegación mexicana que participó en el Concilio Mundial de Jóvenes celebrado en el oratorio de Taize (Francia) donde participamos mi esposa y yo, al final del cual un grupo aprovechamos el viaje para dar una vueltecita por el Viejo Continente. Unos sacerdotes, monjas, este prediácono y un puñado de laicos turisteamos por allá y en la infaltable visita al Vaticano nos concedieron el permiso para celebrar una Misa en los sótanos de la Catedral de San Pedro, en una pequeña capilla desde donde se puede observar por una ventanilla el lugar donde se conservan los restos de San Pedro. La relevancia del lugar, el descenso por escalerillas que parecían llevarnos a las catacumbas, el espíritu de tantos santos y mártires que pisaron estos lugares durante tanto tiempo, el ambiente rústico alejado de la parafernalia clerical, nos llevó a una actitud de devoción, de vida interior y de reflexión profunda y trascendente para una Misa intensamente vivida. Guillermo Ortiz Mondragón, con los estudios terminados para recibir el diaconado y terminando su año de reflexión para recibir la orden, vivió ese momento. Creo que recibió una gracia especial que transmitió alegremente y emprendió una excelente carrera eclesial. El querido “Chato Ortiz”, por su homonimia con un gran futbolista de quien comentaré en otra ocasión, era un aglutinante en el grupo, su simpatía, don de gentes, habilidad conciliadora, ejemplo de sencillez, ejercía sin quererlo un liderazgo suave, su ejemplo vivificaba la convivencia que lo hacía infaltable en las correrías. Después de Roma continuamos en el grupo hasta que mi esposa y yo tuvimos que regresar a México por compromisos laborales y el resto continuaron por España antes de regresar. Seguimos nuestros caminos por rutas separadas pero impulsados por el mismo espíritu, tuvimos noticias de él y aunque procuramos coincidir no tuvimos fortuna, en especial por sus múltiples ausencias por motivo de estudios, su amplísimo currículum está accesible en internet, y encargos pastorales; siempre en una carrera ascendente que lo llevó al obispado. 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