Con aroma de pólvora quemada

No obstante haber transcurrido ya varias décadas, aún se me dificulta aceptar que un grupito de amigos se reunía con mi papá en casa a practicar tiro al blanco al final del patio colindante con el 14º....

6 de septiembre, 2021

No obstante haber transcurrido ya varias décadas, aún se me dificulta aceptar que un grupito de amigos se reunía con mi papá en casa a practicar tiro al blanco al final del patio colindante con el 14º. Batallón de Infantería, en ese entonces ubicado en calles Revolución y Degollado.  Resonaban los disparos de las escuadras Colt y los revólveres Smith & Wesson. Las balas pegaban en la barda del cuartel y, sin novedad. 

Al parecer, para los centinelas este hecho no representaba ningún problema, o tal vez estos tiradores tenían permiso de un señor que vivía a media cuadra de mi casa; el General Petronilo Flores Castellanos, Jefe del Estado Mayor de la Zona Militar y Gobernador del Territorio de Baja California Sur. Cuando éramos niños, mi hermano Clemente, -un año mayor que yo- solíamos ir a jugar con sus hijos Roberto y Jorge. Una tarde que llegó a su casa, el padre de ellos, a mi hermano y a mí nos hizo unas preguntas mientras nos dirigía una inquisitiva mirada… luego expresó sonriente: “¡Buenos muchachos!”.  

El 4 de abril de 1957, encontrándose el gobernador Petronilo en funciones expiró –de muerte natural- y el 18 del mismo mes lo suplió el Teniente Coronel Lucino M. Rebolledo. Él y mi padre, el Ing. Clemente Ávila Muñoz pertenecían al Club de Leones donde se hicieron buenos compañeros. Como una muestra de aprecio, don Lucino le regaló a mi papá un paquete con seis pistolas; entre ellas una escuadra pavonada calibre 22, un revólver 32, otro calibre 44, ambos niquelados, de aquellos de “maroma”, además otras que no recuerdo. Me había prometido que al llegar a la mayoría de edad me regalaría una de esas armas. Esperé… y esperé… pero la pistola nunca llegó.

CUATRO AÑOS DESPUÉS. Fue un domingo del verano de 1961, cuando La Paz (Baja California Sur) con sus escasos 30 000 habitantes hacía honor a su nombre. Esa mañana le pedí a mi papá que me aceptara acompañarlo al Club de Caza, Tiro y Pesca “Gavilanes”, inaugurado hacía poco tiempo en un terreno de “El Mezquitito”, pues a iniciativa de un ex revolucionario, gobernador del Territorio de Baja California Sur, Gral. de División Bonifacio Salinas Leal [1959-1965], el antiguo stand de “Palmira” quedaba en desuso. 

Aceptó mi petición y, en su Chevrolet modelo 1956 rojo y blanco nos dirigimos a la casa de uno de sus amigos y a la vez compadre, mismo que portando una escuadra niquelada al cinto ya nos estaba esperando de pie en el porche. Este caballero le llevaba a mi padre algunos treinta años de edad, pues mi progenitor era dado a convivir también con gente mayor que él.

Los domingos solía yo ir al matiné (función de cine por la mañana), pero si acaso lograba enterarme a tiempo que mi padre iría al club, optaba por irme de colado con él, pues me daba la oportunidad de hacer unos disparos con un rifle calibre 22; que bien recuerdo compró en la cantidad de 300.00 en la armería de don Esteban Ortiz, ubicada entonces en calle Madero/ Independencia y 16 de septiembre. Un arma tan certera como no he conocido otra, misma que aparece en el recuadro de la imagen. Y entonces los tres enfilamos por la carretera al sur…

Entre los socios del club de aquel entonces recuerdo a los señores Ramiro Alvarado, ing. Humberto Quiroz Cárdenas, Francisco “Pancho” Olachea, Carlos Navarro de Alba, Cap. Enrique Aguilar Morales, un señor apellidado Leana Rojas, otro a quien llamaban “Güero” Cañez, etc., que debido a las brumas del tiempo no alcanzó a distinguir, pues el que esto escribe apenas cursaba el 5º. año de primaria.

Ese viejo campo de tiro de “Palmira” se ubicaba cerca del mar, cuyo stand estaba formado por una gran enramada rectangular con alta techumbre, y en uno de sus costados ostentaba una cerca formada por carapachos de caguama, que iban sumándose después de que los domingos era disfrutado un quelonio, cocinado “a la greña”  servida sobre su propio caparazón y, el pecho recostado sobre dos varillas clavadas en la tierra, al calor de las brasas de carbón de mezquite, avivadas por la brisa de la cercana bahía.

Años antes, como actividad especial fue lanzado un avión de madera desde lo alto del cerro de “La Calavera”, rumbo a la línea de tiro para que los presentes, de manera individual, le dispararan con su rifle calibre 7mm. Aquella ocasión le tocó el turno al señor Fernando “Charol” Ramírez y, de los cinco cartuchos con que cargó su arma, logró acertarle dos balazos al volador artefacto.

Algunos de los tiradores alegaban -en broma- que ese logro representaba todo un acto ventajoso. ¿Por qué? Pues porque ese ganador había participado en muchas batallas como defensor del presidente Francisco I. Madero. O sea, que el ex revolucionario Ramírez tenía un poquitito más de experiencia que ellos en el manejo del Mauser. 

Uno de tales días, a este añorado stand llegó de visita un grupo de “Materiales de Guerra” con los mejores francotiradores del Ejército Mexicano. Su labor consistía en practicar generosamente el tiro diariamente y, hacer exhibiciones de su destreza en todos los estados de la república.

Ellos venían bien apertrechados con una serie de colchones, apoyos y coderas. Mi padre, sin más equipo que su ánimo y su rifle Mauser deportivo les ganó a todos ellos. Tal vez de momento a los francotiradores no les vino en gracia, pero al fin militares tenían que disciplinarse. Y para demostrar que no había ningún enojo, esa noche invitaron a mi padre a cenar al hotel “Perla”. 

Le propusieron que se uniera a ellos y le otorgarían grado de Oficial, a lo que respondió: “Señores, muchas gracias por la distinción, pero aquí tengo mi familia y mi trabajo”. Entonces, a una orden del jefe, un soldado dio media vuelta y regresó con una caja de 1,000 cartuchos calibre 7 mm. Al entregársela le dijo: “Ingeniero, de todas maneras le vamos a regalar este parque, para que siga tirando”. 

Y llegamos al nuevo stand; piso de cemento y techo de asbesto, con baranda de madera en la línea de tiro, con espacios numerados, sobre la cual los socios colocaban su pistola y parque. A la derecha había una bodeguita, que en esos domingos se convertía en expendio de refrescos “Peñafiel“, y moderadamente cerveza “Tecate” en bote. Sanitarios impecables, largas bancas de cemento a dos niveles, para los visitantes y tiradores esperando su turno y, al fondo del campo una amplia barda de ladrillo para la retención de balas. 

Al igual que en el anterior campo de tiro, las competencias consistían en acumular puntos mediante el “Tiro a la diana” con rifle y pistola ambos en calibre 22 y, también con rifle 7mm; “Tiro al bote”, haciendo avanzar un bote de cerveza vacío disparándole con pistola, no directamente sino un poco abajo para que se elevara sobre el suelo; “Tiro a la gallina”; “Tiro al guajolote”, utilizando en todo ello el calibre 22. Pero sin duda alguna, las competencias más emocionantes eran mediante rifle calibre 7 mm en el “Tiro al chivo” y “Tiro al borrego”. 

El día en que se inauguró este stand, al primer borrego mi papá le acertó un tiro a 600 metros de distancia. Cuando los comisionados llegaron a revisar al animal tirado en el suelo, por ninguna parte le encontraban huella del impacto, pues estaba muy lanudo y, en broma dijeron que ese borrego “había fallecido de un ataque al corazón”. Por fin descubrieron que esa bala había entrado en medio de un costillar. En mi casa, parte del animal fue preparado a la parrilla y lo saborearon varios compañeros y socios. Por estas fechas mi padre era presidente del club “Gavilanes”.

Ahora bien, estaba yo sentado en una de esas bancas, momentos en que se estaba efectuando el “Tiro al bote”… A mi izquierda se encontraba aquel señor a quien sus amigos llamaban “Güero” Cañez. Al sonar un disparo, repentinamente un gesto de dolor se dibujó en su cara, sobándose desesperadamente su brazo derecho; poco después recogió el proyectil achatado y, en su mano, sonrientemente empezó a agitarlo de arriba a abajo soplándole para que se enfriara. Dos metros a la derecha y esa bala me hubiera dado a mí.

Uno de tantos domingos anteriores, un señor muy serio, de cabello y bigote cano se hallaba sentado en una de las bancas, observando con atención la buena, regular o pésima destreza de los diversos tiradores. De igual manera, en esos instantes se estaba tirando al bote. De repente se dejó escuchar en voz alta: ¡Al Gobernador le pegaron un balazo!”  

La persona aludida se retorcía arqueando su cuerpo hacia atrás… Falsa alarma. Simplemente otra bala rebotada, que le había caído precisamente entre el cuello de la guayabera y la camiseta, bajando por la espalda del ex revolucionario, General de División, Bonifacio Salinas Leal, quien en otros tiempos había tomado parte en la toma de Monterrey, batallas de Celaya y Aguascalientes, entre otros encuentros. 

Debo declarar, que yo no fui testigo presencial de este hecho; creo que fue al mismo señor Cañez, a quien aquella ocasión escuché contarle a sus compañeros esta anécdota del Gral. Bonifacio, una vez que se había recuperado del susto. 

Digno resulta recordar a otro gran ex revolucionario, el Gral. de Div. Agustín Olachea Avilés, quien fue gobernador del entonces Territorio en dos ocasiones [1929-1931 y 1946-1956]. Entre muchos encuentros, a don Agustín le tocó formar parte en las batallas de Ciudad Juárez, donde Álvaro Obregón derrotó a Francisco Villa y su División del Norte. Después fue Secretario de la Defensa Nacional en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos.

Conservo el original de un oficio fechado el 14 de enero de 1963, donde por orden de este Secretario de la Defensa Nacional, a mi papá -a quien estimaba y le decía “Hijo”-, le envió para su seguridad y legítima defensa, una licencia de portación de su revólver Ruby Extra calibre 38, con vigencia en toda la República Mexicana. Jamás hizo mal uso de esa arma, sólo la utilizaba cuando por razones de trabajo salía a algún otro Estado y, para protegerse de algún peligro que pudiera surgir en el corazón de los montes sudcalifornianos, que es donde mayormente transcurrió su vida laboral. 

Y así, aquel veraniego domingo de 1961, al concluirse la “tirada”, como solía decirse en esos tiempos, regresamos a casa. Bueno, eso pensé. Cuando íbamos transitando por la calle Isabel la Católica, mi progenitor giró el auto hacia la izquierda, creyendo yo que iba a dejar a su amigo-compadre, que por ese rumbo vivía, pero no fue así, pues siguió de frente y se estacionó junto a un jacalón en calle Juárez/ entre Altamirano y Ramírez.

Era un lugar con paredes de “masonite” y techo de palma, cuyo letrero decía: “El Palo Verde”, o sea, una cantina cuyo color hacía juego con el nombre del establecimiento. Ambos bajaron del auto, y me dijeron que muy pronto regresarían, que solamente iban a tomarse una cervecita. Subí los vidrios casi hasta arriba y sin pretenderlo muy pronto me quedé dormido. Ignoro de qué tamaño sería esa cervecita, pues transcurrió más de una hora y no regresaban. Serían como las tres de la tarde cuando escuché el “toc toc” en el cristal. Era el acompañante de mi padre gritando: “¡Despiértate, vamos a bajar las armas a la cantina!”

Desperté sobresaltado bañado en sudor y, enseguida le entregué su arma y la de mi padre, diciéndome que mi papá se había quedado dentro platicando con un ganadero, que necesitaba que le deslindaran el terreno de su rancho. Se fajó la pistola de mi papá en un costado y la de él la llevaba en su mano derecha. Yo embracé el rifle de la manera correcta; llevándolo diagonalmente al frente, sujetándolo con las dos manos y con los codos pegados al cuerpo, pues así lo había aprendido en las películas Western del cine  “California”. 

Me ordenó que yo fuera por delante, y me fue siguiendo a prudente distancia rumbo a la puerta de la cantina, que distaba unos diez metros desde la orilla de la calle. Como podemos apreciar en el recuadro de la imagen, el rifle que menciono tenía apariencia de carabina y, no obstante ser calibre 22 de un solo tiro, marca ITHACA, modelo M49, en esos momentos para mí era una carabina WINCHESTER calibre 44-40, de las que usaban los vaqueros del Old West.

Cuando crucé la puerta de la cantina, los parroquianos me dirigieron una sorpresiva y angustiante mirada. Entregamos las armas en la barra, que fueron guardadas en un cajón inferior de la misma. Los clientes siguieron bebiendo tranquilamente su cerveza. Y por esas cosas raras que suceden, el cantinero autorizó que yo permaneciera en la mesa que ocupaban mi papá, su compadre y el sr. ganadero. 

Eran de aquellas mesas de madera maciza en color verde, y sillas con asiento y respaldo de cuero. El compadre de mi progenitor al verme todavía sudoroso me dijo: ¡Tómate una “Coronita”! No recuerdo si me la tomé o no. Creo que sí. Transcurrieron unas dos horas y, ahora sí, todos volvimos a casa. 

Y bien, ¿quién era este señor que me custodió hasta entrar a esa cantina? Tenía imperativa voz, tranquila aunque inquisidora mirada, y de paso firme y cadencioso. Lo único que yo sabía es que era un militar retirado. Al poco tiempo me enteré que se trataba del Mayor de Infantería Teófilo Bautista, que siendo un jovencito de 16 años, se había unido a las fuerzas de Venustiano Carranza, donde participó en distintas batallas. 

Yo tenía diez años cuando entré armado a esa cantina acompañado por este personaje y, debido a mi corta existencia, en ese momento no valoré ese hecho en su real dimensión; pero seis décadas después, sigo pensando que: ¡no cualquiera tiene el honor, de que un veterano del Ejército Constitucionalista haya actuado como su guardaespaldas!                                       

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Yo corrí a meterme en la vivienda por la ventana de la azotehuela, porque la cosa prometía.

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El muchacho dijo todo lo que dicen los que se encuentran en situación parecida, e hizo todos los juramentos de costumbre. “Nada nuevo”, pensé, “Este se va al rato, y no vuelve. Y la única que va a sufrir es la muchacha”. Pero me equivoqué. Doña Sura lo atendió como yo nunca creí que fuera capaz de atender a un pretendiente de su hija, pues hasta le ofreció un cafecito con pastel de chocolate. Y ya los dos chavos creían que no habría obstáculos para su amor, cuando doña Sura le pidió que le dejara leerle las cartas. La chava se entusiasmó porque su mamá no le lee las cartas gratis a nadie, y creyó que ya empezaba a considerarlo parte de la familia. Pero en cuanto colocó las cartas sobre la mesa, lanzó un grito porque en ellas veía (según dijo textualmente) la muerte, el horror y el espanto. Y empezó a enumerar el terrible futuro que esperaba a su hija si se casaba con ese chavo: iba a perder el trabajo, la iba a embarazar y a abandonarla, el bebé se le iba a morir (“La boca se te haga chicharrón”, estuve a punto de decirle en voz alta), él se vería implicado en un robo a mano armada e iría a dar a la cárcel, ella iba a rodar muy abajo y, en fin, todas las desgracias que ocurrían a las jóvenes rebeldes en las películas de la Edad de Oro del Cine Mexicano.  La chica se levantó, airada, y dijo que nada de eso era cierto, porque vio al chavo pálido y tembloroso; que a su mamá le encantaba predecir cosas malas, pero que eso no podía ser cierto, porque ellos se amaban, y contra el amor nadie puede (cursi, pero lo dijo a gritos, para que la oyeran bien las vecinas que estaban amontonadas junto a sus ventanas. 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La toma de protesta estuvo a cargo del Mtro. Héctor Jaime Treviño Villarreal teniendo como sede el Auditorio del Museo de Historia Mexicana. “El objetivo es fortalecer la labor académica de la SNHGE, a través del desarrollo de actividades de investigación y divulgación en la entidad, en sus disciplinas centrales y afines. Para ello, se promoverá los trabajos realizados por las y los Socios de Número, conforme a sus fortalezas profesionales y académicas. En última instancia, se buscará el rescate de la memoria histórica que han marcado nuestra sociedad”, destacó el Dr. Tolentino. Jose Resendiz Balderas Quién fue José Reséndiz Balderas  José Reséndiz fue un destacado maestro, historiador, Secretario General del Sindicato de Trabajadores de la Escuela Normal Superior (STENSE), Presidente de la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística, Director de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León, Director del Centro de Informática de Historia Regional ubicado en la Hacienda de San Pedro en Zuazua, Nuevo León.

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Integrantes de la Junta Directiva “José Reséndiz Balderas”
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Secretaria General Mtra. Ana María Herrera Arredondo
Tesorero  Mtro. Juan Antonio Vázquez Juárez
Vicepresidente Dr. Juan Jacobo Castillo Olivares
Prosecretario General Mtro. Luis Enrique Pérez Castro
Protesorero  Mtro. Raúl Homero Collins Treviño
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Suplentes Mtra. María de los Ángeles Valdés Mtra. Kassandra Donají Sifuentes Zúñiga  Mtra. Ofelia Pérez Sepúlveda 
  Comisiones
Historia Dr. César Morado Macías, Mtro. Héctor Jaime Treviño Villarreal, y Dr. Héctor Mario Treviño Villarreal.
Geografía C.P. Javier Escamilla Quiroga, Lic. Luis Noé Hernández Martínez, y Mtro. Eduardo Cázares Puente.
Estadística  Dr. José Luis Cavazos Zarazúa, Dra. Angélica Murillo Garza y Mtra. María de los Ángeles Valdés Tamez.
Genealogía Mtro. Benicio Samuel Sánchez García, Lic. Juan Jaime Gutiérrez González y Lic. Daniel Montalvo Alanís.
Historia de la Educación Mtro. Arturo Delgado Moya, Mtro. Raúl Homero Collins Treviño y Mtro. Juan Antonio Vázquez Juárez.
Interdisciplinariedad de la Historia M.C. Ludivina Cantú Ortiz, Dr. César Morado Macías y Dr. José Luis Cavazos Zarazúa.
Historia de Economía y Productividad Dr. Romeo Ricardo Flores Caballero, y Mtro. Alberto Casillas Hernández.
Formación y Capacitación Dr. Juan Jacobo Castillo Olivares, Dr. Héctor Mario Treviño Villarreal y Lic. Luis Noé Hernández Martínez.
Historia de las Mujeres y Estudios de Género M.C. Ludivina Cantú Ortiz, Dra. Juana Margarita Domínguez Martínez y Mtra. Ofelia Pérez Sepúlveda.
Didáctica de la Historia y Geografía Lic. Luis Noé Hernández Martínez, Dr. José Luis Cavazos Zarazúa, y Dr. Héctor Mario Treviño Villarreal.
Comunicación y Divulgación Dra. Angélica Murillo Garza, Lic. Miriam de León Pérez Herrera, Lic.  José Manuel Reyna de la Fuente y Dr. Héctor Joel Velarde Mora.
Medalla al Mérito Histórico Mtro. Héctor Jaime Treviño Villarreal, Mtro. Juan Antonio Vázquez Juárez y Mtro. Carlos Ruiz Cabrera.
La Argumentación de la Historia Mtra. Ana María Herrera Arredondo, Mtra. María de los Ángeles Valdés Tamez y C.P. Javier Escamilla Quiroga.
Admisión de Socios Lic. Francisco Valdés Treviño (Presidente Vitalicio), MCP. Óscar Tamez Rodríguez, M.C. Ludivina Cantú Ortiz, Mtro. Alberto Casillas Hernández y Mtra. Ofelia Pérez Sepúlveda.
Historia Oral, Microhistoria y Crónica Dr. José de Jesús Martínez Perales, Mtro. Óscar Abraham Rodríguez Castillo, Mtro. Juan Ramón Garza Guajardo y Mtro. Emilio Machuca Vega. 
Editorial Mtro. Alberto Casillas Hernández, Mtro. Raúl Alvarado Navarro y Dra. Ilda Elizabeth Moreno Rojas.
Estudios Regionales y Locales Profr. Jorge Santiago Alanís Almaguer, Lic. Juan Jaime Gutiérrez González, Héctor Javier Barbosa Alanís y Arq. Félix Torres Gómez.
Historia de la Cultura Mtra. María Luisa Santos Escobedo, Lic. Sergio A. León Caraveo y Arq. Félix Alfonso Torres Gómez. 
Historia de la Radio Mtra. Miriam de León Pérez Herrera, Lic. José Manuel Reyna de la Fuente y Mtro. Héctor Jaime Treviño Villarreal.
  Comisiones Administrativas
Asistencia y Control Dra. Mireya Sandoval Aspront, Mtro. Adrián Zambrano y C.P. Javier Escamilla Quiroga. 
Relaciones Públicas y Eventos Especiales Dra. Mireya Sandoval Aspront, Mtra. María Luisa Santos Escobedo y Mtra. Ana María Herrera Arredondo.
Honor y Justicia Mtro. Óscar Tamez Rodríguez, Lic. Luis Noé Hernández Martínez, Mtro. Manuel Reyna de la Fuente y Mtro. Benicio Samuel Sánchez García.
Relaciones Internacionales Dra. Angélica Murillo Garza, Dr. Romeo Flores Caballero y Mtra. Ana María Herrera Arredondo.
Vinculación Agrupaciones y Archivos Dra. Juana Margarita Domínguez Martínez y Mtro. Alberto Casillas Martínez.
Archivo y Biblioteca Mtro. Óscar Abraham Rodríguez Castillo, Arq. Antonio Garza Martínez y Mtro. Hernán Guadalupe Ledezma Almaguer.
Apoderado Legal Mtro. Raúl Collins Treviño.
Legislación y Documentos Básicos Mtro. Arturo Delgado Moya, Mtro. Benicio Samuel Sánchez García.
Historia Gráfica, Digital y Redes Arq. Félix Alfonso Torres Gómez, Mtro. Carlos Ruiz Cabrera y Lic. Luis Noé Hernández Martínez.
Logística y Protocolo Lic. Sergio A. León Caraveo y Dr. Celso José Garza Guajardo.
Historia de la Participación Ciudadana en Nuevo León Mtro. Pablo Alejandro García González, Mtro. Adrián Zambrano González y Daniel Montalvo Alanís.
  Corresponsalías
Santa Catarina Mtro. Jorge Santiago Alanís Almaguer
Montemorelos Dr. José de Jesús Martínez Perales
Linares Lic. Armando Leal Ríos.
Allende Don Jorge Salazar Salazar.
Santiago Profr. Gregorio Rodríguez.
Dra. Angélica Murillo Garza y el Presidente de la SNHGE Dra. Angélica Murillo Garza y el Presidente de la SNHGE, Dr. Juan Carlos Tolentino Flores. Felicitaciones al nuevo Presidente de la SNHGE, Dr. Juan Carlos Tolentino Flores, Junta Directiva 2023-2024. ¡Gracias por invitarme a formar parte de la Junta Directiva y Comisiones!   Contacto  ORCID ID https://orcid.org/0000-0002-5708-428X  [email protected]  www.facebook.com/angelica.murillo.5496  https://www.facebook.com/RIEHMTy IG dra.angelicamg www.ruizhealytimes.com  https://www.facebook.com/profile.php?id=100086988305836  https://www.facebook.com/RadioUPGoficial/  " ["post_title"]=> string(97) "Toma de Protesta de la nueva Junta Directiva 2023-2024 “José Reséndiz Balderas” de la SNHGE" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(6) "closed" ["ping_status"]=> string(6) "closed" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(89) "toma-de-protesta-de-la-nueva-junta-directiva-2023-2024-jose-resendiz-balderas-de-la-snhge" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2023-01-26 10:48:39" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2023-01-26 15:48:39" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=88176" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#20333 (24) { ["ID"]=> int(88215) ["post_author"]=> string(1) "9" ["post_date"]=> string(19) "2023-01-27 10:55:22" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2023-01-27 15:55:22" ["post_content"]=> string(7481) "Querida Tora: El otro día nos enteramos de que la señora Sura (te acuerdas quién es, ¿verdad? La adivina o cartomanciana o como la quieras llamar) tiene una hija. No la conocíamos porque la tenía interna en una escuela; pero ya terminó la preparatoria, y la tuvo que sacar. Los primeros días todo fueron fiestas y alegría e invitaciones a la muchacha de todas las jóvenes de la vecindad, y todo iba muy bien. Pero… Ay, esos peros. Resulta que a la semana de haber llegado, la muchacha le dijo a doña Sura que tenía novio. La mujer puso el grito en el cielo (no sé qué tiene el cielo que ver en el asunto, ni cómo hacen para poner un grito tan lejos, pero así se dice) “¿Cómo es posible? – dijo – Estabas en un internado muy serio, rodeada de monjas, de mujeres muy estrictas. ¿Cómo pudiste conocer a un muchacho?”. Fue un disgusto terrible para la mujer, pero tuvo que aceptar el hecho consumado, y le dijo que quería conocerlo.  Estuvieron como quince días buscando una fecha apropiada para la entrevista, pero siempre surgía algún inconveniente. Era la muchacha quien cancelaba las citas; no sé si le daba pena o vergüenza o qué, pero era ella la que impedía que doña Sura conociera al susodicho. A mi me intrigaba ese proceder, y un día que iba a ver al novio la seguí, a ver si averiguaba lo que pasaba. Y tuve suerte, porque se vieron en un café, y él le preguntó a ella qué pasaba, por qué no podía concertarse esa cita. ¿Y sabes qué contestó ella? Que porque tenía miedo de que a su mamá no le gustara y le ordenara dejarlo. “¿Y me dejarías?”, preguntó él. “Por supuesto que no”, contestó la chava, “pero se crearía una situación muy violenta”. Él insistió, pero no llegaron a nada. Sin embargo, el día siguiente el chavo se presentó en la vecindad y fue directamente a la vivienda de doña Sura. Ella le puso mala cara (y no sabes lo fe que se ve cuando pone mala cara), pero lo hizo pasar (“Por cortesía”, dijo a su atribulada hija cuando le preguntó por qué). Yo corrí a meterme en la vivienda por la ventana de la azotehuela, porque la cosa prometía.

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CARTAS A TORA 297

El muchacho dijo todo lo que dicen los que se encuentran en situación parecida, e hizo todos los juramentos de costumbre. “Nada nuevo”, pensé, “Este se va al rato, y no vuelve. Y la única que va a sufrir es la muchacha”. Pero me equivoqué. Doña Sura lo atendió como yo nunca creí que fuera capaz de atender a un pretendiente de su hija, pues hasta le ofreció un cafecito con pastel de chocolate. Y ya los dos chavos creían que no habría obstáculos para su amor, cuando doña Sura le pidió que le dejara leerle las cartas. La chava se entusiasmó porque su mamá no le lee las cartas gratis a nadie, y creyó que ya empezaba a considerarlo parte de la familia. Pero en cuanto colocó las cartas sobre la mesa, lanzó un grito porque en ellas veía (según dijo textualmente) la muerte, el horror y el espanto. Y empezó a enumerar el terrible futuro que esperaba a su hija si se casaba con ese chavo: iba a perder el trabajo, la iba a embarazar y a abandonarla, el bebé se le iba a morir (“La boca se te haga chicharrón”, estuve a punto de decirle en voz alta), él se vería implicado en un robo a mano armada e iría a dar a la cárcel, ella iba a rodar muy abajo y, en fin, todas las desgracias que ocurrían a las jóvenes rebeldes en las películas de la Edad de Oro del Cine Mexicano.  La chica se levantó, airada, y dijo que nada de eso era cierto, porque vio al chavo pálido y tembloroso; que a su mamá le encantaba predecir cosas malas, pero que eso no podía ser cierto, porque ellos se amaban, y contra el amor nadie puede (cursi, pero lo dijo a gritos, para que la oyeran bien las vecinas que estaban amontonadas junto a sus ventanas. Doña Sura afirmó que ella venía de familia de profetas, y que sus predicciones siempre se cumplían; y volvió a echar las cartas una y otra vez, hasta que entre ellas apareció el rey de Bastos, y señalando el garrote que lleva, declaró que esa era la peor carga que le podía salir a alguien (pero al chavo le salió hasta la cuarta o quinta vez que le echó las cartas), y dijo a su hija que no se burlara de ella, porque entonces la cosa sería peor para todos; y se levantó enfurecida, enorme en esa túnica negra que tanto le gusta usar y con voz salida de los infiernos dijo al chavo “No pasarás”, y cayó desvanecida. Varias de las vecinas se desmayaron también, y hubo que llevarlas a la enfermería (por cierto, que la enfermera se negó a atenderlas, “no le fuera a  caer a ella también alguna maldición”). Las que no se desmayaron empezaron a gritar, algunas se hincaron a rezar; y los gritos se oían ya en la vecindad de junto. Llamaron al portero, pero él se negó a aparecer, “porque él no creía en esas cosas”, y corrió a meterse debajo de la cama. Y los guaruras, ni hablar: el que no tenía que ir al baño, le tenía que hablar a su mamá, y todos desaparecieron. La situación se estaba saliendo de control, pues algunos ya habían ido a llamar al gendarme de la esquina, a pesar de que no podría hacer nada; pero peor era quedarse ahí parados, esperando quién sabe qué horror. Y decidí intervenir. Sin pensarlo dos veces, me metí entre los pies de doña Sura y la hice caer del banquito al que se había subido para parecer más grande, y logré que se cayera. Lanzó un grito horrible, pero en cuanto cayó se quedó callada, callada, como muerta. Pero no estaba muerta. Tardó varios minutos en volver a la conciencia, y lo primero que dijo fue “¿Dónde estoy?” ¿Y qué crees? El chavo dijo: “Si no sabe dónde está, menos puede saber lo que va a ser de nosotros en el futuro”, y le dio la mano a la chava. Ya iban a salir, pero doña Sura se recuperó y pidió a su hija que no se fuera así, y le rogó que hiciera las cosas bien y se casara. La chava accedió, pidió al novio que le diera esa noche para hablar con su mamá y que volviera al día siguiente. Y así lo hicieron. Madre e hija hablaron hasta altas horas de la noche. Doña Sura dijo que temía perderla, que era lo único bueno que había hecho en su vida y que no quería que se fuera. La chava le dijo que no la perdía, que estarían siempre en contacto, que necesitaba la guía de su experiencia y de su sabiduría y que su esposo sería como un hijo para ella. La mujer comprendió a los jóvenes y les ofreció su apoyo (tampoco podía hacer otra cosa, so pena de quedarse sola), y hasta fijaron una fecha tentativa de boda. Así, el asunto se resolvió satisfactoriamente para todos. Pero el portero no salió en toda la noche de la portería. 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