CARTAS A TORA

Querida Tora: Hoy te voy a contar una historia que me conmovió profundamente. ¡Quién lo iba a decir! Un gato sentimental. Todos tenemos nuestras debilidades, ¿no te parece? Se refiere a los del 3: un señor, su...

14 de agosto, 2020 cartas

Querida Tora:

Hoy te voy a contar una historia que me conmovió profundamente. ¡Quién lo iba a decir! Un gato sentimental. Todos tenemos nuestras debilidades, ¿no te parece?

Se refiere a los del 3: un señor, su esposa y la hermana de ésta (“La Quedada de Oro”, le decían los vecinos). Te aclaro que esto me lo contaron, porque fue sucediendo a lo largo de los años; en su mayor parte, antes de que yo llegara aquí. Eran, y son (a veces no sé si usar pasado o presente, por lo que luego vas a ver) muy tranquilos, muy agradables; saludan a todo el mundo, y todos los aprecian. Casi siempre salen juntos, y se ve que viven en armonía. A veces la “Quedada” se va a misa o a hacer algún mandado, y es  cuando los otros aprovechan para cumplir con los ritos del matrimonio sin  ofenderla.

Pues resulta que la “Quedada” siempre andaba triste, precisamente por lo que su apodo indica. Tuvo un novio que la dejó para casarse con una rica: eso la hirió en el alma, y ya no quiso saber más de amores. Pero un día le llegó una carta de un “Admirador Secreto” (así se firmaba). Y eso la hizo reaccionar: cantaba mientras hacía el quehacer, se la veía contenta todo el tiempo. Hasta los vecinos se alegraron de lo que sucedía, y todos estaban muy pendientes del asunto; pero por más que se esforzaban, nadie lograba averiguar quién era el Admirador Secreto. Las cartas las traía un muchacho desconocido, y nunca lograron sacarle ni una palabra. Lo siguieron, intentaron sobornarlo, lo amenazaron, pero no consiguieron nada. ¿Sabes quién logró desentrañar el asunto? La “Mocha”.

Un día que fue a la iglesia vio a la esposa de mi cuento, llorando desconsoladamente. Se acercó a ofrecerle ayuda; y la pobre mujer, aunque se resistió un  poco, terminó por despepitarle todo, pues ya necesitaba desahogarse. Y es que veía a su hermana tan amargada, tan desgraciada, que temió fuera a morirse de tristeza. Y se le ocurrió una idea: pidió a su esposo que le escribiera cartas como si fuera un  enamorado secreto, cartas de amor apasionado, violento, sensual y, al mismo tiempo, tierno y delicado. El esposo se negó en principio; pero al fin  accedió, pues él también temía por la suerte de su cuñada. Al principio las cartas fueron muy medidas; pero al pasar el tiempo se fueron haciendo más emocionales, hasta convertirse en verdaderos volcanes de pasión. Hasta ahí, todo iba bien. La esposa estaba contenta, y hasta ayudaba a redactar las cartas en ocasiones. Pero un día se dio cuenta de que lo que su esposo escribía no podía ser fingido, que había mucho de verdad en ello. Y lo presionó, hasta que él dijo la verdad: se había enamorado de la cuñada al ver lo agradable, lo tierna y lo agradecida que se mostraba. Se lo confesó llorando, porque estaba faltando a su deber; pero, además, seguía amando a su esposa como antes. La esposa se molestó al principio; pero acabó por comprenderlo, y fue incapaz de enojarse con él, pero sus relaciones se enfriaron un poco. ¿Y qué crees? La cuñada se dio cuenta de que era el esposo de su hermana quien le escribía (alguna imprudencia en una de las cartas); y entonces se sintió responsable de haber despertado una pasión culpable y se dedicó a llorar todas las noches. Los otros dos la oían, y se sentían culpables de haberle dado una esperanza que nunca iban a poder realizar.

Total, que se murió la cuñada, agotada por la falta de sueño y el peso de la culpa. Los esposos la lloraron a dúo muchos días, pero, al fin, comprendieron que tenían que seguir viviendo, y volvieron a ser los de antes. Ahora se sienten culpables de alegrarse de la muerte de la mujer. Cómo se complican las relaciones humanas, ¿verdad? Todos eran buenos, todos trataron de hacer felices a los demás, y lo único que lograron fue ser infelices.  ¿O tú qué opinas?




Te quiere,

Cocatú

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