Cartas a Tora XCIX

Querida Tora: El otro día llegó una señora muy arreglada, con una muchacha bastante joven, a ver al portero. Al principio, él le dijo que… Querida Tora: El otro día llegó una señora muy arreglada, con una...

31 de agosto, 2018 cartas

Querida Tora: El otro día llegó una señora muy arreglada, con una muchacha bastante joven, a ver al portero. Al principio, él le dijo que…

Querida Tora:

El otro día llegó una señora muy arreglada, con una muchacha bastante joven, a ver al portero. Al principio, él le dijo que no lo molestara, que se fuera; pero la señora amenazó con hacerle un escándalo si no la dejaba pasar. A mi me picó la curiosidad, y me acerqué a la ventana para escuchar.

La señora le dijo que esa muchacha era su hija, a la que ni siquiera había querido conocer. El se defendió, diciendo que cómo sabía si era cierto, y ella le contestó que no iba a perder su reputación por una mentira, que la niña era producto de un amor (Aventura, protestó él) que tuvieron un día no muy lejano (No me acuerdo, contestó él). El caso era que la muchacha se había casado contra su voluntad, y a los dos meses ya estaba hablando de divorcio. Y añadió que ella no tenía dinero para mandarlos a una terapia de pareja; pero que él tenía un servicio médico en la vecindad, y que podía pedirle que los atendiera. El no quería, alegando que la muchacha no era inquilina; pero ella lo volvió a amenazar con un escándalo y, por fin, él accedió a su petición, y le dijo que volviera la muchacha con el marido la mañana del día siguiente.

En cuando la señora y su hija se fueron, el portero corrió a ver a la enfermera y le dijo de lo que se trataba. Ella se negó, alegando que no era psiquíatra ni psicóloga, ni siquiera neuróloga, y que no sabía nada de terapias de pareja. El portero le dijo que era lo mismo que cualquier terapia, pero por partida doble. La enfermera insistía en que no estaba capacitada. Y el portero se empeñó en que sí podía; y que si no lo hacía, la denunciaría por ejercer sin título de enfermera, ni siquiera de cuidadora. La mujer se vio obligada a aceptar, y dijo que los atendería.

La mañana siguiente, la muchacha y su marido llegaron muy temprano y con caras de pocos (O de ningunos) amigos. Era evidente que venían forzados. El portero los recibió muy amable y los subió a la enfermería. Allí se quedaron los dos, con ganas evidentes de irse lo más pronto posible.




La enfermera no sabía qué hacer. Los sentó, y les empezó a decir que el matrimonio era una cosa muy buena, que era la forma adecuada de tener hijos y… Ellos no la dejaron continuar. Eso ya lo sabían, dijeron; pero en su caso no había servido de nada. En primer lugar, porque no querían hijos, Se habían casado porque creyeron que ella estaba embarazada; pero fue una falsa alarma, y para cuando se dieron cuenta ya era demasiado tarde. Divorciarse les costaba mucho dinero (que no tenían), y lo que querían era una fórmula para separarse gratis.

La enfermera les dijo que eso no existía, que lo mejor era aguantarse y seguir adelante. Los dos protestaron, diciendo que no se odiaban, pero se caían muy mal; que dormir juntos no estaba tan mal, pero que la vida en común era un infierno, porque ella no sabía cocinar y él no sabía trabajar, y que por eso peleaban todo el día.

Hacía mediodía llegó el portero a ver cómo iban las cosas, y los encontró tirándose los pocos platos que la enfermera tenía y gritándose cosas muy feas. Entonces, le dijo a la enfermera que si no hacía que se arreglaran la iba a denunciar por “malas prácticas de curación”. La enfermera le dijo que no fuera desgraciado, y él le contestó que era como le daba la gana, y que si no cumplía con su deber se olvidara de todo lo que había entre ellos. Eso sí le pudo a la enfermera, aunque no sé por qué. Lo único que hay entre ellos es… Imagínatelo. Esta no es una conversación propia para una señorita decente como tú.

Ya a la desesperada, la enfermera tomó algunas de las substancias que tiene en su botiquín, las mezcló y elaboró con ellas un potente afrodisíaco, cuya receta le dió un día la bruja de su pueblo. Y se los dio a beber.

El efecto no fue instantáneo, pero si fulminante, al grado que no pudieron salir de la enfermería en toda la noche; y allí se estuvieron, dale que dale. La enfermera se tuvo que ir, y sólo volvió para llevarles una torta del King’s y un refresco porque si no, dijo, se iban a deshidratar y luego tendría que inyectarlos y todo sería más difícil. El caso es que se pasaron todo el día siguiente durmiendo; y cuando se fueron, iban muy felices, tomados de la mano  y sorbiéndose los alientos. La idea de divorcio parecía haber quedado muy lejos.

El portero quiso saber qué había pasado; pero la enfermera, antes de decirle nada, le dio un vaso de refresco (con una buena cantidad de su preparado especial), y ya no le interesó saber lo ocurrido. No se estuvo todo el día en la enfermería porque ya no tiene 20 años; y aunque potente, el brebaje no es milagroso. Pero el portero no tuvo de qué quejarse. Y la enfermera lo pasó de maravilla, según dijo después confidencialmente a la señora del 8, que había anotado la hora en que el portero entró a la enfermera, y la hora en que salió, y le hizo algún comentario picaresco.

En esta ocasión, todo acabó bien (Al menos, en apariencia. Ya veremos lo que sucede después). Yo me voy a fijar muy bien cómo prepara la enfermera ese bebedizo, pues podría resultar útil. Ya te contaré.

Te quiere,

Cocatú

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El suyo era el talento de la buena fortuna, el del arrojo y la agilidad, de la astucia para estar con la República española y con el franquismo según fuera necesario, figurar como opositor y como miembro del equipo más cercano de Trujillo. El suyo era el sino del imaginario latinoamericano, el buen amante hispano que podía someter con el yugo dulce de sus encantos a las mujeres hermosas, poderosas y acaudaladas. Todo esto con la sazón de quien arriesgaba el pellejo de corazón y lograba escapar tanto de nazis como de su todopoderoso suegro, pero que se veía sometido por una noche de placer o una nueva aventura. Se convirtió en cierta forma en símbolo de su tiempo, de la impotencia y del poder de nuestro continente. Hoy lo veo en la televisión y en las nuevas publicaciones sobre él y sobre su círculo, se nos aparece como el hábil sobreviviente de su tiempo pero no como un modelo; se nos aparece más como una especie de fuga de la ficción a la realidad, pero ya no encaja con nuestros modelos de lo que consideraríamos virilidad o astucia política. Aparentemente fueron los hechos  los que echaron abajo la era interminable y perpetua de la guerra fría. A principios de los años de 1980, pensábamos que aquello sería para siempre, que no habría otra lectura del mundo; pero al mismo tiempo se ensayaban nuevas formas de leer la realidad, algo a lo que algunos llamaron “posmodernidad”, otras formas de apreciar la relación entre libertades y democracia, entre poder popular y ejercicio pacífico de los derechos, iban a formar las bases para que un grupo de personajes como el papa Wojtila, Reagan, Tatcher y Gorbachev pudieran cerrar una etapa de la historia universal. 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Volteo a mi alrededor y me fijo en que mi entorno se ha transformado, que estamos viviendo los días álgidos de un cambio que tomó tiempo cuajar y formarse; que no tenemos precisión de hasta dónde seremos capaces de llevarlo; que esta realidad que vivimos no tiene raíces en la elección presidencial pasada o en el desencuentro en que vivimos, en la caída de mitos y la falta de irrupción de los nuevos; pero que solo será fructífero en realidad si se convierte en cultura y deja huella si la trabajamos en temas como la construcción de una política cultural profunda, que fortalezca los discursos y transforme las costumbres. 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