Cartas a Tora LXXXVIII

Querida Tora: Querida Tora:          No sé por dónde empezar. Con esto de que va a haber elecciones, todo el mundo anda alborotado, se forman partidos, y los candidatos brotan donde menos lo imaginas. El portero sigue...

31 de mayo, 2018

Querida Tora:

Querida Tora:

         No sé por dónde empezar. Con esto de que va a haber elecciones, todo el mundo anda alborotado, se forman partidos, y los candidatos brotan donde menos lo imaginas. El portero sigue empeñado en ganar, y a todo el mundo le dice que es seguro su triunfo; y cuando le preguntan qué va a hacer cuando sea presidente del Consejo contesta que arreglar los baños y los lavaderos y tapar el agujero del patio, que otros gobiernos, con su habitual irresponsabilidad, han dejado abierto desde hace más de un año. Y si le dicen que el gobierno que abrió el agujero lo presidió él, no contesta; se limita a decir que va a tomar más guaruras, para mayor seguridad de la vecindad. Ya los vecinos andan investigando si tendrá algunos otros hijos “en edad de merecer” un sueldo y privilegios similares a los que tienen los que ya conocen.

El otro día, el del 42 fue a quejarse de que el guarura principal (El más feo, y el consentido del portero) había embarazado a su nena de quince años. El portero montó en cólera (“Cólera” no es un caballo ni una moto; se dice así cuando alguien se enoja mucho), y mandó llamar al muchacho. Lo primero que hizo fue darle una bofetada que le volteó la cara al revés, y le dijo (En ausencia del vecino, claro), que él no estaba en edad de ser abuelo, y que negara que ese embarazo fuera cosa suya. Así lo hizo el muchacho, pero resulta que todos los hermanos de la chica lo habían visto entrar a su recámara. Aquí, entre nos, te diré que le pusieron una trampa orquestada por la mamá de ella. Resulta que la chica tenía ya dos meses de embarazo; y el responsable (El del 43) huyó por piernas. Entonces, para que su hija no resultara madre solera, le dijeron que se pusiera en la ventana medio desnuda  (Lo demás ya lo sabía hacer), a ver si caía alguien. Y cayó. Es el consentido del papá, ya  te lo he dicho. Pero lo que más rabia le dio fue que no haya usado condón, como él le enseñó. El muchacho dice que la cosa estuvo tan ruda que ni tiempo de acordarse, y pidió perdón en tres idiomas (No es que hable tres idioma; pero la palabra “Perdón” la sabe en tres idiomas). No tuvo tiempo de usar los otros dos, porque el padre lo empezó a golpear, diciéndole que se iba a ver muy mal un presidente del Consejo que no enseña a su hijo a cuidarse, que lo iba a despedir y a mandar al pueblo y… Al oir lo del pueblo, el muchacho se desplomó y juró que no lo volvería a hacer, aunque se le atravesase la Flor (O su prima) en paños menores.

El portero se enojó más y le dijo que no metiera a la Flor en sus porquerías. El muchachó se arrodilló y pidió perdón en los dos idiomas que le faltaban. El portero, magnánimo como pocos hombres, lo perdonó. Y dijo que el día siguiente, a mediodía, iba a hacer una junta de vecinos para anunciar la feliz solución del asunto, y dar una probadita de lo que iba a ser la vecindad bajo su mandato, al amparo del amor y la buena vecindad. Los dos se echaron a llorar, y juraron trabajar por el bien común. Y lo primero que hizo el muchacho fue ir a comprar unos condones.

El día siguiente, a la hora de la junta estaban todos los vecinos. La chica llegó con su vestido de quince años, al que tuvieron que soltar las costuras para que le entrara. El guarura, con su traje de primera comunión (La acababa de hacer). Y el portero, de traje negro y con corbata de plastrón. ¿Pero qué crees que pasó? Que al empezar el portero su discurso apareció el autor del desaguisado (El del 43, pues). La muchacha lo vió, gritó y se desmayó (En ese orden) Su mamá corrió a sujetar al interfecto, y lo acusó públicamente de haber embarazado a su nena. Los vecinos se quedaron estupefactos. Y el guarura, entre desilusionado y aliviado, no sabía qué hacer.




El portero entró al quite. Y en vez de aplicar el discurso a su hijo, lo cambió al muchacho del 43. Pero todo lo que iba a decir del amor y la  buena vecindad quedó igual; y el resultado es que también hubo boda, pero con otro novio. El pobre chico del 43 ya ni se acordaba de lo que había hecho (En descargo suyo,  te diré que estaba muy borracho); pero al ver la cara del papá de la muchacha y, sobre todo, el pistolón que cargaba, prefirió aceptar la responsabilidad y casarse (Total, todo tiene remedio, menos la muerte). Y trajeron al juez, que ya se preparaba a casar al guarura, y sólo hubo que cambiar el nombre. Ella no pudo dar el “Sí” porque seguía desmayada; pero la mamá lo dio en su nombre, y también en su nombre besó al muchacho y se lo llevó a su vivienda. Lo que pasó allí no lo quiero saber, porque a lo mejor me desilusiono más de la gente.

El único que no estuvo en la fiesta fue el guarura (El más feo, ¿te acuerdas?). Yo creo que la chica le gustaba de veras, pero las maquinaciones de su padre lo dejaron vestido y alborotado. Si no fuera porque la Flor llegó a media fiesta y se lo llevó a la azotea, quién sabe cómo hubiera acabado. Pero no digo más, no vaya a llegar a oídos del portero y me meta yo en algún problema.

Bueno, mi vida, hasta la próxima. Pórtate bien.

Te quiere,

            Cocatú

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