Cartas a Tora LXXVI

Querida Tora: Querida Tora:          El portero quiere estar en todo. En cierta forma, su trabajo lo obliga a estar al tanto de lo que sucede en la vecindad (Perdón, condominio, según dice él); pero yo creo...

2 de marzo, 2018

Querida Tora:

Querida Tora:

         El portero quiere estar en todo. En cierta forma, su trabajo lo obliga a estar al tanto de lo que sucede en la vecindad (Perdón, condominio, según dice él); pero yo creo que exagera. Esta vez, el problema le tocó a la Mocha. ¿Te imaginas? Esa mujer no se mete con nadie, no viola el reglamento; y aún así, se tuvo que enfrentar al portero. Y que pudo habérselo descontado de un guamazo (Diccionario, por favor), porque tiene el tamaño y el peso para hacerlo; pero es demasiado decente para eso. Y es que hay gente que nunca aprende. Lo digo por el portero.

Pues sucedió que un día el portero se fijó que iba mucha gente a la vivienda de la Mocha. Ella los recibía de uno en uno; y luego salían muy contentos, con un papelito en la mano. El portero pensó “Esta les está vendiendo algo. ¡Sin mi autorización! Hay que ponerle remedio”. Y se fue a formar en la cola, para que la Mocha lo recibiera; además, esperaba oir conversaciones que le indicaran lo que pasaba.

Se colocó detrás de Cotita. ¿Te acuerdas? La cotorrita a la que se le murió el perrito; y luego tuvo (Perdón, tiene) a Puchita, que le saca canas verdes (Es una manera de hablar, ¿eh?) Y como no hay que animarla mucho para que hable, le contó al portero que va a pedirle a la Mocha una oración para que Puchita no se le escape tanto a la calle; y si se escapa, que no regrese embarazada. Porque ya van cuatro veces que da su mal paso; y cada vez son seis u ocho perritos, que luego tiene que colocar en casas decentes donde los sepan atender. Y le contó con detalle cómo son las familias que han adoptado a cada uno de esos perritos, que maldita la gracia que lo hizo al portero. Pero la escuchó, para descubrir dónde estaba la falta al reglamento que la Mocha cometía. No encontró nada.

Detrás de él estaba la del 38, que es una vieja grande y gorda que lo único que quiere es que su marido no le pegue tan fuerte, porque a veces le saca moretones y raspones. Y quiere una oración “para que se le afloje la mano”. El portero le preguntó si nunca le había devuelto los golpes, y ella hasta se persignó al oir semejante barbaridad. No, su obligación era recibir todos los golpes que su marido quisiera darle; y agradecerlos, porque era señal de que todavía la quería. A todos las otras viejas que tenía nunca las había golpeado, y eso la llenaba de satisfacción.

Cotita salió muy contenta, con una oración a Santa Rita la Bonita, que iba a acabar con sus problemas. El portero dejó pasar primero a la del 38, para oír lo que otros vecinos querían, pero ya no llegó nadie más. La del 38 salió con una oración para San Juan el Encamado, que podía ayudarla mucho con su marido “sin que la mano se le voltee”, que fue lo que pidió con más ahinco a la Mocha.

Por fin, pasó el portero. Y enseguida lanzó el ataque. “Está usted ejerciendo el comercio de oraciones milagrosas sin autorización, y sin dar garantía de que el milagro se vaya a realizar. Eso es indebido, injusto e inmoral. Tiene usted que pagar una multa”.

La Mocha lo oyó sin perder la compostura, y luego le dijo que ella no vendía las oraciones, que esas cosas no se venden porque son sagradas. Ella sólo recomienda a quién pedir ayuda y cómo pedirla; y que la multa se la metiera por donde le cupiera. Entonces, el portero contraatacó diciendo que recomendaba a santos que no existían; ella respondió afirmado que sí existen, que San Juan el Encamado es San Juan Bautista;       que su mamá tenía una imagen de él y que, como se le rompió, lo acostó en la camita de sus muñecas, y ella desde que era niña empezó a llamarle el Encamado, y que eso no le quitaba lo milagroso. Y que Santa Rita de Casia también era devoción de su mamá, y la estatuita tenía una cara muy bonita, y por eso ella empezó a llamarla Santa Rita la Bonita, y que ninguno de los dos se ha quejado de la forma en que los llama y que, por el contrario, han hecho muchos milagros a la gente que conoce.

Entonces, el portero le dijo que debía cobrar por las consultas que le hacen los vecinos, para sacar  lo del papel en que van las oraciones, la máquina o la tinta que gastaba en ellas, el tiempo que dedica a cada uno de los vecinos y a elaborar las oraciones, porque pensarlas tiene mucho chiste, y porque las oraciones que les da son personales. En fin, que tenía en las manos un negocio que podía resultar muy productivo. Ella contestó que nunca iba a comerciar con las cosas sagradas (Ya se lo había dicho, pero tuvo que repetirlo), y que vergüenza debía darle aconsejarla así. El portero insistió en que cobrara, pues vendría gente de otras vecindades; y que le entregara a él un porcentaje de sus ganancias “para contribuir al mejoramiento del condominio”. La llamó tonta, y poco le faltó para decirle estúpida.

La Mocha se irguió en toda su altura (Que es bastante) y le dijo que se fuera porque, si no, iba a solicitar la ayuda de San Ramón el del Torzón. Aquí, el portero se encogió un poco, porque le tiene mucho miedo a los dolores (Un torzón es un dolor muy fuerte) y estuvo a punto de claudicar. Pero insistió, diciéndole que era su obligación cooperar para el mejoramiento de las condiciones de vida de todos los vecinos; que ellos se lo iban a agradecer mucho, y que a lo mejor hasta la declaraban santa.

Entonces sí se enojó la Mocha, y le dijo que esa no era prerrogativa de los vecinos; que la santidad es un camino muy difícil y muy largo; que no quisiera tentarla, y que se largara con viento fresco porque si no, iba a requerir la ayuda de Santa Ursula la de la Pústula. Ahí sí se arrugó el portero, porque no sabe lo que es una pústula, pero le sonó muy feo; y balbuceando una excusa que no le salió bien se fue, haciendo pasar a la del 11, que necesitaba una oración para ir al baño todos los días.

Total, que la Mocha sigue elaborando oraciones para todo el mundo, y el portero no se atreve a pasar cerca de su vivienda por si acaso; porque eso de la pústula, que es una palabra esdrújula y está llena de “úes” le produce verdadero terror. A ver si así aprende a dejar a los vecinos en paz.

Y hasta la próxima, queridísima Tora, que tengo unas ganas de verte…. ¿Tu no tienes ganas de verme a mi?

Te quiere,

           Cocatú

Comentarios
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Pero es la imagen del niño con las manos en alto, en el Gueto de Varsovia, la que reclama mi memoria y me visita entre pensamientos. Obsesionado por esa imagen, Dan Porat investigó hasta donde pudo la identidad de los personajes de la fotografía, ubicó el lugar preciso, al nazi que apunta al chico, el rostro de quienes acompañaban al niño, pero pese a que algunos han tratado de reivindicar su personalidad, de él no pudo averiguar nada; eso lo convirtió en el símbolo del dolor y el miedo de todos los niños frente a la guerra. Presenciar así el sufrimiento es hacerlo real y permanente. Sin embargo, dice también Sontag, que la imagen repetida hasta el hastío deja de hacer real el sufrimiento para hacerlo ficticio. Pasamos, en un momento que no pude ser determinado con precisión, de la existencia a la fantasía, del dolor al montaje. Pensemos en la manera en que se vivió el espectáculo de las guerras del Golfo: teledirigidas y producidas en horarios estelares. 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Hemos llegado al punto en que asesinamos a la moraleja; Borges decía, siguiendo a Kipling, que el autor puede elegir la anécdota, pero no la moraleja; ni el argentino ni el inglés tenían idea de que llegaríamos al punto en que la moraleja devendría superflua, ofensiva y hasta ridícula, que no nos quedaría sino el instante del dolor congelado en la imagen del aficionado para hacer real un sufrimiento que de otro modo, se perdería para siempre, como sucedió por siglos en que el mundo también fue habitable. ¿Cómo recuperar la sensibilidad?, ¿es que perdimos la inocencia frente a la imagen para siempre? 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