Querida Tora:
No, la historia del guarura último no acabó en lo que te dije. El portero pensó que echarlo no era suficiente, que debía darle un castigo ejemplar delante de los otros guaruras, para evitar que se le insubordinasen, y lo citó a una “Asamblea”, a celebrarse con todos sus compañeros. Esto ocurrió dentro de la portería, para que los inquilinos no se enteraran de nada. Pero yo no soy inquilino, y me colé a la portería.
Con todos los muchachos vestidos de gala y en actitud de “Firmes”, hizo una narración (Desde su exclusivo punto de vista) de los hechos que ya conoces, en los que se burló de la actitud “poco masculina” del muchacho, y dijo que eso no se podía quedar así. Entonces se acercó a él y despacio, muy despacio, metió la mano a la bolsa y sacó una pistola. Todos los guaruras se quedaron rígidos, temiendo lo peor. Y, efectivamente, el portero apuntó al pecho del muchacho y muy despacio, para lograr un “suspense” de película preparó la pistola y apretó el gatillo.
En vez de la detonación que todos esperaban, del cañón de la pistola salió una banderita que decía “Bang”.
Tras unos momentos de estupor, el muchacho se echó a llorar. Y el portero lanzó una carcajada, que se cortó cuando se dio cuenta de que todos los guaruras estaban llorando igualmente. Eso lo enfureció , y los increpó con las palabras más duras que se le ocurrieron, que no reproduzco aquí porque tú no estás acostumbrada a ese tipo de lenguaje, y temo ofenderte. Eso logró acallar los llantos, pero los insultos del portero quedaban a veces silenciados por el ruido de sorber mocos que hacían algunos de los muchachos, aún a despecho de seguir provocando al portero.
La verdad era que el portero no sabía qué hacer. Yo me di cuenta enseguida de sus dudas, de sus vacilaciones. Por fin, dijo que ese muchacho había perdido el honor con su actitud, y que el honor es lo más importante para un buen guarura; y que, por lo tanto, lo expulsaba del grupo. Y ya se disponía a irse, lleno de dignidad ultrajada, cuando otro de los muchachos se adelantó y dijo, con voz que resonó como un estallido en el reducido espacio de la portería:
-Si él se va, yo también me voy.
Y otras voces lo siguieron.
-Y yo
-Y yo
-Y yo
Todos los muchachos amenazaron con renunciar.
Entonces, el portero tuvo que pensar rápido, porque su vanidad le impedía aparecer en cualquier parte sin su corte de guaruras. Además de que, en el fondo, tenía miedo de andar solo por la vida. Así que les dijo:
-Aquí, el que da las órdenes soy yo. Nadie tiene permiso de irse. Pero tu – dijo, señalando con dedo tembloroso al protagonista de la historia con la familia del 20 = me vas a pedir una disculpa pública.
El muchacho dudó. No veía por qué pedir una disculpa pública; pero si no lo hacía, todos iban a tener que renunciar, y se quedarían sin trabajo durante algún tiempo. Y pudo más la solidaridad que su dignidad ofendida, así que pidió la disculpa al portero, prometiendo en lo sucesivo obedecerlo escrupulosamente. Y el portero, magnánimamente, lo perdonó delante de todos.
Ese mismo día, el portero obligó a los muchachos a hacer todos sus ejercicios en el patio, para que los vecinos los contemplaran, y salió a la calle acompañado por todos.
El portero es inteligente para salir de los atolladeros en los que se mete. Ojalá lo fuera para todo lo demás.
Te quiere
Cocatú
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