CARTAS A TORA 255

Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones de lo que ahí ve.

21 de enero, 2022 CARTAS A TORA 228

Querida Tora

Te he hablado algunas veces de esa señora que siempre tiene un perro de los llamados “french poodle” y que, cuando se le muere, se compra otro igual y a todos los llama Puchi, ¿verdad? Sí, que siempre los compra blancos, y el último le salió con manchas de color y lo llevó al salón de belleza para que se lo decoloraran. Pues ese se le murió en el secador. Pero ya se compró otro. 

Este le salió mudo. Así, como te lo cuento. No ladra ni en defensa propia. No te digo lo preocupada que estaba la señora, que en cuanto se dio cuenta de su defecto lo llevó al Seguro Vecinal para ver qué le daba. Pero la enfermera (Siempre tan atenta) le dijo que no fuera idiota, que el Seguro Vecinal era para vecinos, y que el perro no alcanzaba esa categoría, porque era un parásito de la señora. Y la señora, que no sabía lo que quería decir parásito, se fue con la cola entre las piernas, igual que el nuevo Puchi. Bueno, igual no, porque al perro le mandó cortar la cola “porque luego la andan arrastrando entre puras porquerías”, e hizo que se la dejaran como una rosa blanca, apenas un pompón en salva sea la parte.

Pues allá anduvo la señora averiguando cómo curar a su perro, y al fin  consiguió que un pasante de psicología le diera una terapia de ladrido. Lo llevaba tres veces por semana, y cada clase se la cobraban bien y bonito; pero a ella no le importaba, con tal que Puchi aprendiera a ladrar como es debido. Pero nada. El animalito apenas abría la boca y exhalaba algo semejante a un quejido de dolor.

Por fin, el pasante le recomendó que lo llevara con un psiquiatra que, como estaba recién recibido, no era muy exigente con los pacientes que aceptaba. Y sí, lo aceptó. Le mandó hacer unos exámenes psico-pedagógicos que no le sirvieron de nada, porque no estaba aprendiendo nada. Luego, unos estudios neuro-psiquiátricos, con tomografía y todo, que lo único que revelaron era que una parte del cerebro no le funcionaba bien. ¿Por qué? Ese fue el verdadero trabajo del psiquiatra. Al cabo de unos estudios de corteza cerebral que él mismo se inventó, concluyó que lo que pasaba era que Puchi estaba a disgusto con la vida. “¿Pero por qué?”, exclamó la señora, “si yo le doy todo lo que me pide”. “Pues algo está fallando”, afirmó, categórico, el muchacho (Porque no tenía más de 24 ó 25 años); y, ya a la desesperada, dijo: “A lo mejor no le gusta su casa, o la comida que le da o… ¡o su nombre!”. ¿Y qué crees? Que al oir eso, el perro levantó la cabeza. Y el muchacho, que es inteligente, reaccionó: “¿Cómo se llama?”, preguntó. “Puchi”, contestó la señora. “¿Y ese es nombre de perro o de perra?”. “De perrita. Yo siempre compro perritas. Son más monas”. “Pues ahí está el problema”, afirmó el brillante psiquiatra. “Su Puchi es macho”.

“¿Se puede intentar un cambio de sexo?”, preguntó la atribulada madre. “Más fácil sería cambiarle el nombre”, fue la contundente respuesta del psiquiatra. La señora se resistió, pero al fin accedió a llamarle Pucho. Y en ese instante, el animalito se levantó sobre sus cuatro patas, intentó menear la rosita blanca que tiene por cola y lanzó un estentóreo ladrido.  ¡Hasta el habla le empezó a funcionar!

Hoy, Pucho corretea por toda la vecindad y a veces se sale a jugar a la calle, con la consiguiente angustia de la madre. Pero hasta el momento no le ha pasado nada. Por el contrario, las malas lenguas dicen que ya ha engendrado dos o tres camadas de pequeños “Puchos” con las perras callejeras. La señora lo niega categóricamente, diciendo que su “nene” es incapaz de meterse con gente de esa categoría, pero ya está empezando a pensar en cruzarlo con alguien de su rango “para que perpetúe las mejores características de su especie”.

¿Qué te parece? Pero así son los habitantes de este extraño planeta.

Te quiere

Cocatú 

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Se pusieron a tocar y a cantar, y una muchachita bailó unas piezas muy bonitas. Y digo ésto no sólo porque a mi me gustaran, pues todos los que los estaban viendo aplaudieron mucho. Los vecinos no tardaron en pedirles que entraran a la vecindad y que trabajaran en el patio, para que pudieron verlos los que están impedidos (por ejemplo, la señora del 27 que no puede caminar, el señor que está todo el día en la cama por no sé qué enfermedad y la gorda del 18, que ya no pasa por la puerta). Los gitanos obedecieron, y se armó la función en el patio. No sé cuántas cosas tocaron y bailaron; y hasta representaron pequeñas comedias muy graciosas y bastante picantes algunas de ellas. Hasta el portero salió a velos, y se reía más que nadie. Total, que estuvieron ahí hasta que empezó a anochecer. Entonces sacaron sus sombreros y se pusieron a pedir la cooperación de los espectadores. Casi todo el mundo les dio, pues los habían entretenido todo el día, pero ¿qué crees? Cuando terminaron de recoger el dinero y se despidieron, el portero se acercó a ellos y les dijo que tenían que pagar su impuesto. Así dijo, textualmente: su impuesto. Los gitanos protestaron Los vecinos también. Y yo, por supuesto. Los gitanos habían trabajado todo el día, y el portero no había hecho nada. Luego les dijo que estaban ocupando el edificio de la vecindad, que era de los vecinos, para ganar dinero, y que era justo que pagaran por ello; entonces, los vecinos le dijeron que ellos no querían nada, que no tenía que cobrarles si ellos no querían. La gitanilla, que es chiquita pero muy brava, lo encaró y le dijo que se fuera a robar a Río Frío. El portero mandó cerrar las puertas, y afirmó que no saldrían de ahí hasta que pagaran su impuesto. Los gitanos deliberaron, y la gitanilla fue luego a enfrentar al portero; pero antes de que pudiera decir algo, el portero hizo una seña, y los guaruras sacaron sus pistolas. Los gitanos retrocedieron y se apelotonaron en una esquina del patio. Verdaderamente, tenían miedo: Hablaron entre ellos y parecieron tomar una decisión, pero antes de que pudieran decir nada, se oyó el vozarrón del señor del 37. -Son de chin… Un bofetón del portero le impidió continuar. Además, se le cayeron dos dientes; y la inflamación le impedía decir palabra alguna. El portero hizo una seña, y los muchachos amartillaron las armas. El jefe de los gitanos sacó un pañuelo blanco, se adelantó y dijo que estaba bien, que pagarían el impuesto; y preguntó cuánto era. El portero contestó que generalmente pedía el diez por ciento; pero que como ellos se habían mostrado rebeldes y majaderos, les cobraba el quince por ciento. El jefe sacó el dinero, lo contaron y luego, moneda a moneda le dio al portero lo que exigía. Los guaruras bajaron las armas y abrieron las puertas, y los gitanos fueron saliendo, con malas caras y maldiciendo por lo bajo al portero y a toda su familia. 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