CARTAS A TORA 247

Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones sobre lo que ahí ve

5 de noviembre, 2021 CARTAS A TORA 247

Querida Tora:

La señora del 9 es una mujer que debe haber estado muy bien en tiempos pasados y que, aún ahora, conserva muchas costumbres de entonces. Muchas veces se ha quejado de que el patio de la vecindad está muy sucio, y se lo ha dicho al portero. Pero éste le contesta (de mala manera, por cierto), que los empleados de limpieza no se dan abasto y que, si no le gusta, que haga lo que quiera (suena muy majadero, ¿verdad? Pero así es el portero).

Total, que la señora se ha puesto a limpiar la parte del patio que está frente a su vivienda, y todos los días lo lava con agua y detergente. Hace tan buen trabajo, que ya muchas señoras han empezado a hacer lo mismo, y el patio empieza a verse mucho mejor, la verdad sea dicha. Pero las señoras se ponen a hablar, y dicen que eso debían hacerlo los empleados de limpieza, que para eso pagan la cuota de mantenimiento; y un día fueron  a exigirle al portero que cumpliera con esa obligación. ¡Pero bueno es el portero para oír quejas de los vecinos! Les dijo (de muy buena manera, porque eran muchas señoras y a esas sí les tiene miedo cuando le llegan en montón) que iba a estudiar el asunto, que le dieran unos días. Las señoras se retiraron, esperando la respuesta lógica a su petición.

El portero se puso a cavilar cómo salir del problema. Porque pedir a los empleados que lavaran el patio a conciencia nomás no se iba a poder. Eso lo había decidido desde el primer momento, porque ¿cómo se atrevían esas viejas a exigirle que hiciera cosas que él no había inventado? Pero no se le ocurría nada, y ya no podía ni salir de la portería, porque siempre había alguna vieja que se acercaba a preguntarle cómo iba “su asuntito”. Pero un día, la suerte le ayudó (o eso fue lo que él creyó).

Fue muy temprano, que el señor del 18 salió corriendo porque se le hacía tarde para el trabajo, y al pasar frente al 9 la señora estaba lavando el patio; el hombre se resbaló y cayó sentado (Afortunadamente, porque por esa parte está muy bien protegido). No le pasó nada, y todo se redujo al susto. Pero el portero vio la solución a su problema, y llamó a uno de sus guaruras (uno que es un poco menso. Creo que ya te he hablado de él); y le dijo que al día siguiente pasara frente al 9 cuando la señora estuviera lavando el piso, que se cayera y se lastimara DE VERDAD (así, con mayúsculas, recalcó).

Dicho y hecho. El muchacho pasó frente al 9, se ”resbaló” y cayó. Pero se levantó inmediatamente, sonriendo y diciendo “que no le había pasado nada”. El portero lo llevó a la portería, lo nalgueó y le dijo que la orden era lastimarse DE VERDAD. El muchacho dijo que eso no era posible, porque su mamá lo había alimentado siempre muy bien, y que era muy sano. El portero le dijo que a ver cómo le hacía, pero que se tenía que romper una pierna (por lo menos). 

Y allá va el muchacho el día siguiente. Repitió el numerito y empezó a gritar que estaba lastimado. Lo llevaron a la portería; pero en cuanto entró, saltó y se puso en pie, diciendo que su mamá le había dado siempre mucho calcio, y que tenía los huesos muy duros. Entonces el portero dijo a los otros guaruras que lo agarraran “muy bien”; cogió un martillo y se dispuso a partirle la pierna en dos o tres pedazos. ¿Y qué crees? Por primera vez, los guaruras dijeron “No” y se colocaron entre los dos. Al portero por poco le da un ataque de… No sé de qué, pero de algo; y se le quedaron los ojos en blanco. Y aprovechando ese momento, el guarura mayor le dijo que no era necesario partirle la pierna a su compañero, que le pidiera a la enfermera que se la enyesara, y todos dirían que la tenía rota.

Al principio, el portero no quería (porque siempre se ha de hacer su voluntad, hazme el favor): Pero bastó que le dijeran que así le saldría más barato, porque sólo iba a gastar en el yeso, y no en medicinas, para que aceptara. Y en cuanto estuvo el muchacho enyesado lo sacó al patio a exhibir, y dijo a la señora del 9 y sus “secuaces”, como las llamaba cuando no lo oían, que era muy peligroso lavar el piso con agua y detergente; y que si querían ser limpias, que aprendieran a barrer bien y a desmanchar el piso con algún quitamanchas de frotamiento.

Y así lo están haciendo las señoras ahora. Y mira que les cuesta trabajo desmanchar las losas del patio. Pero ya no quieren vivir en la porquería, según han proclamado a los cuatro vientos. Pero al portero, eso le importa un pepino.

Vamos a ver si el asunto no tiene consecuencias.

Te quiere

Cocatú

 

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We didn't start the fire It was always burning, since the world's been turning We didn't start the fire No, we didn't light it, but we tried to fight it

– Billy Joel (1949), cantante y compositor estadounidense.

Incómodos, radicales, tenaces, inquisitivos, irritantes, problemáticos, irreverentes y –especialmente– críticos. Tales son los adjetivos con los que la gran mayoría de la sociedad suele describir a todos quienes nos dedicamos a la filosofía –al menos, los más decorosos–. Y es que no solo se trata de una carrera que te licencia para hacer filosofía "profesionalmente", se trata de una cierta marca existencial, algo que nos caracteriza hasta la médula.  La filosofía se ha definido de mil y un maneras durante la historia humana. Comparto la idea de que ésta es la ciencia que busca encontrar, a partir de una constante apertura existencial, aquellas causas y principios que operan en la realidad. Es decir que no se reduce a un mero proceso intelectual –una disciplina mental–, sino que se trata de una auténtica manera de ser. Si bien, todo ser humano es capaz de filosofar –buscar los principios que operan en una realidad concreta–, considero que hay una distinción muy significativa entre una reflexión profunda eventual y una introspección constante. Se trata del anhelo íntimo de encontrar la verdad en todo momento. No me refiero solo a una verdad particular en ciertas ocasiones, sino a tener un compromiso auténtico con lo auténtico; una existencia que, honestamente, está siempre en la búsqueda de lo real y objetivo. Por ello, así como un médico se atiene al famoso juramento hipocrático de nunca dañar a sus pacientes, el filósofo jura un compromiso vital con la verdad. Lo cual, implica una constante apertura en cualquier dimensión de la vida para descubrir la verdad, empezando por uno mismo. Este compromiso existencial es una actitud que siempre incomoda a muchas personas, ya que estar predispuesto a la reflexión constante implica una apertura sin clausura de estar inspeccionando los hechos más aceptados –sin ser necesariamente verdaderos–, así como estar contrastando y "problematizando" aquellas ideas, nociones, usanzas y tradiciones que muy pocas personas siquiera se plantean dudar. Sobre todo en el mundo contemporáneo, donde el relativismo intelectual y moral siguen estando en boga, las personas que se preguntan por la verdad objetiva, no solo en los hechos, sino en los principios y causan que la originan, suelen ser confinados a la academia pero excluidos de asuntos "prácticos". Y es que en el mundo de las Fake News, donde ya no hay un interés en dialogar en comunidad y solo se procura el estar en lo cierto, la filosofía es estimada como una ciencia de la antigüedad, un saber que solo causa problemas sin dar soluciones "en el aquí y ahora".  Por supuesto, aunque la filosofía no es para todos, vaya que sí es necesaria. Como la historia lo ha comprobado, no todo se centra en el mero hecho –el factum– y lo presente. Al final, tal como lo expuso Isaiah Berlin, las ideas son las que mueven al mundo a actuar1. La aceptación de esta verdad es la que nos lleva a conmemorar el Día Mundial de la Filosofía cada año, celebrado el pasado 18 de noviembre. Este breve escrito busca presentar una apología concreta que demuestre la importancia de la filosofía en la vida de cada ser humano para formarse un criterio objetivo que permita construir una sociedad más justa.  Sin lugar a dudas, uno de los mayores rockstars de la filosofía es Sócrates. A más de dos mil años de su vida, continúa siendo uno de los grandes maestros de la humanidad. Para él, la filosofía debe ser la constante interrogación que busque, a través del diálogo, contrastar definiciones y realidades para encontrar la verdad. El símbolo que utilizó fue el tábano, un mosquito que "aguijonea" a la sociedad: “[…] que necesita ser aguijoneado por una especie de tábano, según creo, el dios me ha colocado junto a la ciudad para una función semejante, y como tal, despertándonos, persuadiéndonos y reprochándonos uno a uno, no cesaré durante todo el día de posarme en todas partes2. Así, la labor filosófica se centra precisamente en lo que hoy entendemos como "formación del criterio". Un análisis racional y emocional de los sucesos que ocurren a nuestro derredor donde cada persona sea capaz de inteligir entre lo bueno y lo malo, entre lo falso y lo real. Es precisamente esta conciencia la que nos permite resistir los terrores imaginarios de las propagandas políticas3, por ejemplo. Ideas conspirativas, ciega fe a líderes espirituales y políticos, Fake News, son algunos de los más destacados ejemplos donde el pensamiento filosófico se convierte en un auténtico defensor de lo justo. El común denominador detrás de todos estos fenómenos es, como bien afirmó Sócrates, "que resulta evidente que están simulando saber sin saber nada"4. Precisamente cuando nos cerramos a no dialogar y estar dispuestos a reconocer el error, caemos en los extremos vicios morales que tan bien han identificado los filósofos desde la Antigüedad.  De esta manera, la filosofía tiene esta naturaleza de estar vigilando qué tanto nos estamos desviando de la verdad objetiva. Por supuesto, el ideal siempre ha sido la búsqueda por la verdad en sí misma como fin, no como medio. Sin embargo, la verdad exige que seamos congruentes con nosotros mismos. Por ello es que la filosofía también tiene la naturaleza de introspección personal –además de la reflexión social o comunitaria expuesta arriba–. Ya lo decía san Agustín: "Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad"5. Estar abierto a entender nuestra realidad –en tanto la verdad que conforma la identidad de cada persona, así como su naturaleza humana– es la condición necesaria para ser, no solo mejores personas, sino aspirar a la auténtica felicidad6. Esta examinación interna –que forma el criterio personal– es solo posible cuando emprendemos una actividad filosófica hacia el interior de cada uno de nosotros. Gracias a nuestra racionalidad simbólica que nos permite distanciarnos de nosotros mismos y entendernos –como señala José Antonio Marina 7– narrativamente, es como opera la filosofía. Con su distintivo método de la interrogación y el contraste –así como similitud– el pensamiento filosófico nos posibilita a que accedamos a la verdad interna: Se llaman soliloquios, y con este nombre quiero designarlas, porque hablamos a solas. Nombre tal vez nuevo y duro, pero muy propio para significar lo que estamos haciendo. Pues siendo el mejor método de investigación de la verdad el de las preguntas y respuestas…8 Estos diálogos internos –soliloquios–, sin embargo, son el principio del descubrimiento de la verdad. Son el inicio del viaje vital que emprendemos a diario en búsqueda de la felicidad. Así, anhelamos bienes, alegrías y prosperidades que, al menos en un primer momento, prometen la felicidad. Sin embargo, la mente crítica que desarrolla el pensamiento filosófico advierte que hay bienes que, aunque aparentan serlo, en realidad no lo son. 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Pues la verdad no busca agradar los apetitos banales de las autoridades, ni se adapta a las sensibilidades frágiles, ni quiere subyugarse ante las posiciones extremistas, todas estas visiones que prefieren vivir en la cómoda y placentera mentira antes que mirar el desorden interior que cargan. La verdad simplemente es.  Por último, frente a la acusación de que la filosofía solo causa más problemas, considero que, más bien, habría que preguntarse ¿por qué es malo dudar? Nadie posee la verdad absoluta y quien afirma lo contrario es un embustero. Las soluciones sencillas, meramente prácticas y al momento, no resuelven nada aunque aparentan hacerlo. Más que causar problemas, la filosofía es este bisturí –fino y preciso– que, como la enfermedad en el cuerpo, extrae las explicaciones banales envueltas en falsedades para abrir el camino hacia la verdad; y con ésta, hacia la construcción de un mundo mejor. 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Creo, que en este siglo, en lo que va de él, con toda la diversidad a la que hemos dado aliento, encontraremos de todo entre las mujeres y los hombres, pero lo más escaso será la compasión. Hace unos días, platicando sobre el género futurista con algunos amigos, honré la memoria cinematográfica de uno de los libros más logrados de la ciencia ficción, Blade Runner de Ridley Scott, basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip Dick. Ambas, obras magníficas. El hecho es que los autores sitúan los hechos en noviembre de 2021; del mismo modo en que en su época, “1984” de Orwell, despertó mi curiosidad y conforme a lo que podría esperarse me puse a cazar los aciertos y desaciertos de su predicción. Me encuentro con que hoy muchos se han detenido en el hecho de que en nuestro 2021 no hay los coches voladores de Scott y de Dick. Tal vez, ahora ya mucho más viejo, no sean esos detalles los que atraigan mi atención, sino algunos aspectos de fondo.  En 1984 yo tenía 14 años, hoy tengo 50; el mensaje de ambos momentos me llega, pues, en circunstancias muy distintas. Entiendo ahora, por ejemplo, que tanto el libro como la película son un alegato sobre la muerte de la compasión y, en eso sí que acertaron aunque sus ciudades futuristas no se parezcan a las nuestras de la actualidad. Para exterminar a los “replicantes”, sus verdugos se basan en una prueba que mide la capacidad de empatía, esto es, de compasión, los androides no pueden generar emociones, cuando se identifica ello, son retirados. El problema comienza cuando Nexus, la nueva generación de replicantes, viene con memorias humanas incluidas y son capaces de generar emociones, algunos de ellos ni siquiera saben que son robots sofisticados; a cambio de su humanidad se les ha programado para vivir cuatro años. No contaré la trama, desde luego, pero sí debo apuntar que es la compasión del más cruel de los replicantes el que le permite vivir a Rick Deckard, el más afamado de los exterminadores de robots y es su propia compasión la que le permite vivir a Rachael, la replicante que tiene que enfrentarse a la realidad de no ser humana y es gracias a la compasión de Gaff, el colega de la policía que Deckard y Rachael pueden comprometerse en un amor sin esperanzas. Todo en medio de la banalización de la muerte y el dolor en una sociedad donde la compasión está muriendo. Asistimos furibundamente alegres a los linchamientos en las redes sociales. Cualquier traspié, cualquier defecto, cualquier error, aunque no sea cierto, es suficiente para abonar con la ofensa, la denuncia, el señalamiento o sencillamente con el silencio; respondemos con furia enorme cuando se trata de atacar al que ha expresado ideas que no nos gustan, al que quiere vivir diferente o vaya, con humano derecho, al que se ha equivocado. Celebrábamos antes nuestras libertades, ahora celebramos cuando hemos hecho callar a alguien; temas que no se tocan, cosas que no se dicen y, si me apuran y volvemos a Dick, pronto habrá cosas que no se deban pensar.  " ["post_title"]=> string(28) "Blade Runner y la compasión" ["post_excerpt"]=> string(216) "A 53 años de la publicación de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, la distopía de Philip K. Dick es cada día más real: perdemos nuestra humanidad en una sociedad cada vez menos empática. 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