CARTAS A TORA 236

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13 de agosto, 2021 CARTAS A TORA 228

Querida Tora1:

No sabes la que se armó el otro día en la vecindad. Y es que una noche, uno de los ninis de la azotea, el más feo y peludo de todos, se metió al 43 a robar. Así como lo oyes. En la madrugada abrió la ventana de la recámara, entró y empezó a coger las pertenencias de la familia. Ya se salía con su botín (un reloj de mentiras, una pulserita de plástico y un cinturón de cartón muy bien pintado), cuando el señor se despertó. Y pasado el susto correspondiente, se lanzó sobre el ladrón, lo golpeó y lo echó al pasillo, entre gritos y llanto de  la familia,

Al instante salieron casi todos los vecinos, y se pusieron a increpar al nini y a darle manazos. El del 37 cogió una piedra y se la lanzó; y todos los demás ya iban a hacer lo mismo, cuando ¿qué crees? Apareció el portero, enfundado en su magnífica bata de lana; y con toda su imponente majestad, les puso el alto. Les dijo que lo que querían hacer era una salvajada, indigna de seres humanos; que ese muchacho no tenía más culpa que ser pobre y desgraciado y que en vez de golpearlo debían compadecerse de él y darle nuevas oportunidades de vida. Habló muy bien, y todos los vecinos bajaron la cabeza, avergonzados.

Y no paró ahí la cosa sino que, abriendo los brazos con magnanimidad, le dijo al chavo “Ven”, y lo arropó en un abrazo apretado que por poco lo sofoca. Un gesto arriesgado, pero que tuvo el efecto deseado, porque todos los vecinos se conmovieron y empezaron a aplaudir. Y con cada “¡Bravo!” que se escuchaba, le daba un nuevo estrujón. Entonces el nini, para corresponder, ¿sabes lo que hizo? Le agarró las de atrás. Con una mano nada más, porque la otra la tenía ocupada en bolsearlo.

Los vítores se ahogaron al momento y el portero levantó la cabeza, alarmado. El nini, por el contrario, inició un movimiento para besarlo, lo cual el portero no pudo tolerar; y de un empujón lo lanzó contra el barandal del pasillo, que por poco se cae al patio; luego lo miró desde su altura inalcanzable e hizo un gesto a sus guaruras. Estos se dispusieron a actuar; pero el chavo fue más rápido y escapó como alma que lleva el diablo.

El portero se retiró con cara de dignidad ofendida, pero los vecinos se quedaron al chisme, porque unos opinaban que el abrazo había estado bien, y otros que no había servido para nada. ¿Y la acción del nini? No sabían si era agradecimiento o entusiasmo por el abrazo recibido, Y se estuvieron hasta que amaneció, discutiendo y haciendo cábalas sobre el lance. Que lo más que llegaron  fue a preguntarse si el portero se pondría a abrazar a todos los ninis, y a suponer cómo iba a reaccionar cada uno de ellos. Los del 41 eran los más entusiastas en el sistema de abrazos, y se ofrecieron  a ser los primeros en subir a la azotea y congregar a los ninis; sobre todo, el güerito.

Sin embargo, nadie se atrevió a ponerse en contacto con los ninis. Además de la indecisión que acompaña siempre a los actos “heroicos”, porque el día siguiente notaron la ausencia de los guaruras. Ni uno solo apareció por la vecindad. Algunos opinaron que el portero les había dado vacaciones. ¿Pero a todos?  Porque no quedó ni siquiera uno para espantar a los vecinos que fueran a tocar a la portería. Andaban todos escamados, como quien teme algo que no sabe lo que es.

La inquietud les duró poco porque la tarde de ese mismo día, como a las seis, encontraron al nini en la vecindad, entre sus cuates, pero apenas lo reconocieron: tenía la cara completamente hinchada y amoratada y le costaba trabajo caminar. Pero las cosas parecían haber vuelto a su cauce normal, y todos se tranquilizaron. Hasta el portero.

Entre los otros habitantes de la azotea (léase gatos, ratas, perros y demás fauna) hay cierta inquietud, porque el gatote negro se pasea todas las noches seguido de un  ejército de gatas. No sé cómo le hace,

Te quiere

Cocatú

1 Contexto: Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones sobre lo que ve en ese lugar. Su correspondencia tiene algo de crítica social y toques de humor.

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Nadie mejor indicado para coordinar los esfuerzos de pensadores mexicanos actuales, que dan cuenta de la situación que se vive con la contaminación y el cambio climático, como potenciales generadores de la catástrofe mundial que viene, si no para nosotros, sí para nuestros descendientes.   Inicia el doctor José Sarukhán con una presentación de la obra. La primera vez que conocí a este eminente biólogo fue en el Faro de Veracruz, al despuntar el alba: en compañía de un colega suyo, emprendía labor de campo en la investigación de las tortugas marinas. Aún evoco la imagen de un individuo en pantaloncillo corto, camisa de algodón y un sombrero del mismo material, perfilado por los primeros rayos del sol. Inclinaba su cuerpo para levantar crías rezagadas; las estudiaba por un momento y las dejaba seguir su camino. De esas acciones silenciosas que pintan de cuerpo entero a un individuo al margen de las luminarias y los altoparlantes. Dice mucho del amor a esa “casa común” que se utiliza más como eslogan publicitario que como lo que es: un sitio de todos, en el cual cada uno, independientemente de su contexto, tiene los mismos derechos.  Él da cuenta de las palabras de Rolando Cordera que señalan “una ilusoria fe en que la tecnología y la mano invisible de los mercados resolverán todos los problemas”. El tan criticado Neoliberalismo conlleva dos fenómenos que en nada abonan al mejoramiento del planeta: Uno es el individualismo y otro el cinismo. Podemos atestiguar uno y otro en los sitios públicos, a través de incontables acciones humanas que perjudican al ambiente. Un ejemplo muy nuestro en México es la forma como taponamos con basura los cauces naturales que atraviesan la mancha urbana. Frente a portentosas lluvias dichos cauces se desbordan, y nosotros mismos, quienes provocamos el problema, atribuimos al gobierno la responsabilidad por lo ocurrido.  Algo similar, aunque tal vez menos dramático, sucede con los efectos nocivos en la salud provocados por la contaminación del aire o del agua. No me refiero a las descargas contaminantes de las grandes industrias, sino a lo que cada uno de nosotros, como individuos, provocamos día con día, cuya suma resulta en consecuencias catastróficas para el planeta. Aquí quiero llegar justo al punto que señalan los autores: el de  la responsabilidad moral que a cada uno de nosotros corresponde asumir  frente al entorno. Al que más oportunidades de preparación ha tenido, corresponde una mayor responsabilidad sobre los hechos y sobre las personas de su entorno, para hacer valer esa verdad: Detener la destrucción de nuestros ecosistemas depende de la acción conjunta de todos los seres humanos. No se trata de niños “nerds” protestando por las calles, como se ha querido tachar a Greta Thunberg. Es, por el contrario, una convicción interna que será la tabla de salvación de todas las especies vivientes. El propio Papa Francisco apela a este sentido de solidaridad.  No es posible que pretendamos dejar la responsabilidad del cuidado de la Tierra a grupos ambientalistas, cuando los contaminadores somos todos y cada uno de nosotros.  Él apunta acertadamente hacia una “enseñanza social” que permita cohesionarnos como especie en una labor común y generosa: apostar por la naturaleza, y, en consecuencia, por la vida. 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Jacqueline Peschard, socióloga de formación, con maestría en Ciencia Política por la UNAM, hace señalamientos así de puntuales como valientes.  Habla de la democracia como el gobierno a través de la discusión, de manera que este  sistema sólo podrá sobrevivir siempre y cuando esté al alcance del ciudadano promedio (o “de a pie”, como me gusta llamarlo). Hace suyo el concepto de Herari de que los humanos pasamos de ser  asesinos ecológicos seriales para convertirnos en asesinos ecológicos en masa.  Viene a nuestra mente cualquier comparación entre los campos de exterminio nazi y los niños víctimas de las grandes hambrunas en países africanos y de Medio Oriente. 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