CARTAS A TORA 219

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9 de abril, 2021

Querida Tora:

El otro día fue la señora del 37, que es bastante bronca, al Seguro Vecinal a pedir algo para curar a su hijita, que tenía una fuerte gripa. La enfermera le dijo que lo único que podía darle era un tecito de helecho, que no tenía otra cosa. La señora se enojó, porque el helecho no sirve para nada, y fue a quejarse con el portero. Como éste le dijo que él no tenía la culpa, la señora empezó a agitar a los vecinos, diciendo que ellos pagaban el Seguro Vecinal y que nunca tenían nada que darles, que eso no era justo, y que debían tomar cartas en el asunto.

La cosa se puso tan fea, que el portero convocó a una junta de vecinos para tratar del asunto. Y allá se presentaron todos, porque a todos les interesa la falta de medicinas. Los guaruras daban vueltas alrededor de ellos, para evitar que se alebrestaran y para que no hablaran mucho entre ellos. Por fin, apareció el portero. Pero en ese momento, uno de los guaruras le pidió al señor del 14, que es muy serio y muy propio, que se pasara a una silla al lado del estrado. A mí me extrañó y fui con ellos, así como quien no quiere la cosa, que es cuando uno sí quiere la cosa. Y me di cuenta de que el guarura ponía en el asiento, un momento antes de sentar al del 14, una bolita chiquita. ¿Y qué crees? Cuando el señor se sentó la bolita se rompió y salió un olor horrible, asqueroso, nauseabundo, repugnante, vomitivo y todo lo que te diga es poco.

Instantáneamente, el portero se levantó y señaló al del 14 con dedo flamígero, al tiempo que lo acusaba de estar infectado, de ser el portador de una epidemia desconocida que se estaba poniendo de moda en algunos países lejanos. Sin dejarlo hablar, los guaruras lo levantaron y lo llevaron a la enfermería, donde le enfermera le puso tres lavativas seguidas “para que arrojara todos los bichos que llevaba dentro”. El pobre hombre quedó que las piernas no lo sostenían, y tuvieron que llevarlo en vilo a su vivienda y acostarlo con todas las precauciones del caso. Dos guaruras se quedaron a velarlo, “por si se repetía el ataque apestoso”.

Los días siguientes, no se hablaba de otra cosa en la vecindad. Y cuando el del 14 ya se levantó y salió al patio, nadie se le acercaba “por si las moscas” (¿qué tendrán que ver aquí las moscas?, me pregunto). Pero el portero no perdía ocasión de decirle a quien lo quisiera oír (y a quien no quisiera, también) que el hombre se había salvado gracias a la celeridad con que el Seguro Vecinal había actuado.

Pero todo pasa, y un día que la Mocha fue a pedir algo para el dolor de cabeza, le dijo la enfermera que ya ni te de helecho quedaba. Y como la mujer se fuera enojada, fue a contarle al portero lo que había pasado. El caso fue que el día siguiente, el portero citó a  otra junta; y, tal como me imaginé,  pusieron  una bolita de esas que te conté en el asiento de la Mocha. Pero a mi la Mocha me cae muy bien, porque es una mujer sola que lucha por sacar adelante a un niño que ni siquiera es producto de una noche de pasión culpable, sino que lo recogió por buena gente; y yo no podía permitir que eso pasara. Así que, aventurándome a una suerte peor que la muerte (no la concibes, ¿verdad?), mientras los vecinos discutían en pie, cogí la bolita con los dientes y la fui a dejar en el asiento del portero. La “máxima autoridad” de la vecindad se dejó caer en la silla con toda su humanidad, y el efecto no se hizo esperar. Los guaruras, obedeciendo las órdenes que ya tenían, lo subieron a la enfermería sin hacer caso de sus gritos y protestas. Y la enfermera, que en esos casos no se fija en las caras, sino en los traseros, le empujó las tres lavativas de rigor (fueron cuatro, pero nadie las contó. Yo creo que la enfermera sí lo reconoció y aprovechó para vengarse de algo).

El portero estuvo fuera de circulación como una semana y, por sí o por no, mandó deshacerse de todas las bolitas que habían comprado en una tienda de esas en las que venden bromas. La aventura de las lavativas lo hizo enflaquecer y hasta perder el color por unos días. Pero ya está “bien” otra vez, urdiendo nuevas ideas para fastidiar a los vecinos (si no es para eso, no se explican todos los dolores de cabeza que les causa).

Yo también sufrí las consecuencias, no vayas a creer, porque cuando la bolita del portero explotó me alcanzaron unas gotas y durante varios días olí a lo que no se puede mencionar. Las vecinas que suelen echarme pellejos me espantaban (o eso creían ellas), diciendo que las iba yo a infectar. Pero como no pasó nada, al cabo de unos días volvieron a llamarme para darme de comer. Que mucho se los agradecí, porque no me podía yo acercar a nadie en busca de alimento, y hubo días en que la pasé bastante mal. Pero no me importa, porque logré encajarle una buena lección al portero. Lo interesante será saber si se dio cuenta o si al final le valió, como siempre.

Te quiere,

Cocatú

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Se pusieron a tocar y a cantar, y una muchachita bailó unas piezas muy bonitas. Y digo ésto no sólo porque a mi me gustaran, pues todos los que los estaban viendo aplaudieron mucho. Los vecinos no tardaron en pedirles que entraran a la vecindad y que trabajaran en el patio, para que pudieron verlos los que están impedidos (por ejemplo, la señora del 27 que no puede caminar, el señor que está todo el día en la cama por no sé qué enfermedad y la gorda del 18, que ya no pasa por la puerta). Los gitanos obedecieron, y se armó la función en el patio. No sé cuántas cosas tocaron y bailaron; y hasta representaron pequeñas comedias muy graciosas y bastante picantes algunas de ellas. Hasta el portero salió a velos, y se reía más que nadie. Total, que estuvieron ahí hasta que empezó a anochecer. Entonces sacaron sus sombreros y se pusieron a pedir la cooperación de los espectadores. Casi todo el mundo les dio, pues los habían entretenido todo el día, pero ¿qué crees? Cuando terminaron de recoger el dinero y se despidieron, el portero se acercó a ellos y les dijo que tenían que pagar su impuesto. Así dijo, textualmente: su impuesto. Los gitanos protestaron Los vecinos también. Y yo, por supuesto. Los gitanos habían trabajado todo el día, y el portero no había hecho nada. Luego les dijo que estaban ocupando el edificio de la vecindad, que era de los vecinos, para ganar dinero, y que era justo que pagaran por ello; entonces, los vecinos le dijeron que ellos no querían nada, que no tenía que cobrarles si ellos no querían. La gitanilla, que es chiquita pero muy brava, lo encaró y le dijo que se fuera a robar a Río Frío. El portero mandó cerrar las puertas, y afirmó que no saldrían de ahí hasta que pagaran su impuesto. Los gitanos deliberaron, y la gitanilla fue luego a enfrentar al portero; pero antes de que pudiera decir algo, el portero hizo una seña, y los guaruras sacaron sus pistolas. 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