CARTAS A TORA 209

Querida Tora: Fíjate que los del 34 son fanáticos de las telenovelas. Las ven todas; y, si no pueden verlas, piden a alguien se las grabe y se las preste después. El caso es que estaban viendo...

15 de enero, 2021

Querida Tora:

Fíjate que los del 34 son fanáticos de las telenovelas. Las ven todas; y, si no pueden verlas, piden a alguien se las grabe y se las preste después. El caso es que estaban viendo una, que por cierto está muy prendida, que se llama “Otra Vez Me Mentiste”, y ya se acercaba el final. La cosa es que entre los vecinos se cruzaban apuestas sobre cuál iba a ser el final; algunos hasta consultaron el Tarot para saber a quién apostar…En fin, que todos vivían pendientes de los últimos capítulos.

¿Y qué crees que pasó? Que a los del 34 se les descompuso la televisión. Quisieron llamar a alguien que se las compusiera, pero ya no se encuentran técnicos que lo hagan. Llamaron al fabricante; éste mandó una persona, que la examinó y les dijo que les convenía más comprar una nueva. Pero (el eterno “pero” de todos los inquilinos) en ese momento no tenían  dinero; y ni siquiera crédito, porque las tarjetas de toda la familia estaban rebasadas. ¿Cómo hacer para ver el final?

Lo más lógico (y sencillo) fue pedir a los del 33 que les permitieran ver los últimos episodios en su aparato. Ellos accedieron gustosos, y allá van todos los del 34, incluyendo bebés (son dos, cuates, totalmente no programados), porque ni modo de dejarlos solos en la vivienda. Pero los episodios se multiplicaban (la televisora quería avivar el interés del público y aumentar ganancias), y pasaron dos semanas sin  que se resolviera el aterrador nudo sentimental que había creado esa segunda mentira. Y los del 34 empezaban a pedir a los del 33 un vasito de agua, que pronto se convirtió en un refresco o un café; algo para masticar (cacahuatitos o chicharrines o algo durito), un sandwichito, por favor, lechita para los bebés, etc., etc., hasta que se convirtieron en una pesada carga. Y un día, armándose de valor, el jefe de familia del 33 les pidió que colaboraran para las botanas de la telenovela, o que se fueran a su casa. Los del 34 se ofendieron, por supuesto; y juraron que jamás les volverían a hablar a los del 33.

Pero el problema subsistía. ¿Cómo enterarse de por qué le había mentido Juan Ignacio otra vez a Francisca Isabel del Rocío? Entonces, salieron todos al pasillo y junto a la ventana de la sala del 33, procurando no hacer ruido, se sentaron a escuchar el desarrollo del nuevo episodio. Pero cuando Juan Ignacio dijo la verdad (solo una parte, según se vio al final del capítulo), la señora y sus hijas no pudieron evitar un grito de alarma y desencanto. Eso alertó a los del 33 que, indignados por el abuso, cerraron la ventana. Entonces, los del 34 tuvieron que conformarse con ver la imagen a  través de los vidrios, sin poder escuchar (peor es nada, dijo filosóficamente la señora del 34). Pero la del 33, que es tremenda cuando se le hinchan las narices, bajó la persiana y los dejó incomunicados.  ¡Y la noche siguiente, según informaron otros vecinos, iban a transmitir el final último, definitivo, total!

¿Qué hacer? Nadie quería invitarlos a verlo, porque los del 33 ya habían corrido la voz de que eran unos encajosos; y ni ofreciendo dinero los invitaban. La señora lloraba, las hijas gimoteaban, los muchachos decían groserías y el señor se tomaba botella tras botella de cerveza “para aturdirse y dejar de sentir tan feo”.




La solución se las dio el hijo mayor, que estudia Medicina. Consiguió – ¿prestados?, ¿robados?, ¿decomisados? – unos aparatos llamados estetoscopios, que sirven para oír el corazón a los enfermos. Y los aplicaron a   las paredes contiguas a las del 33. Y, efectivamente, descubrieron que podían oír todo lo que se decía en la otra vivienda. Con la alegría, el señor convidó cerveza (que las tenía escondidas en el tanque del excusado para que se conservaran frías) hasta a los bebés, que enseguida la escupieron y le dieron así el primer disgusto en sus vidas. Y en cuanto llegó la hora, se sentaron junto a la pared y aplicaron los estetoscopios.

¿Pero qué crees? Se fue la luz. No solo en la vecindad, sino en toda la colonia. La gente salió a las calles, desesperada, a buscar una televisión de pilas; pero no encontraron ninguna. Y tuvieron que esperar a que diera la una de la mañana para que la luz volviera. Para esas horas, ya estaba la colonia inundada de gente de otras colonias que, mediante una módica cuota, les contaba el final de la telenovela. Pero no es lo mismo oír lo que te dice una aficionada a escuchar los gritos, los lamentos y las carcajadas de los actores en un final tan esperado.

Total, que el padre de familia del 34 prometió a su esposa y a sus hijos dejar el vicio de la bebida y ahorrar para comprar una televisión de pilas y que no les pasara lo mismo otra vez.

Por lo menos, algo de bueno resultó del apagón.

Te quiere,

Cocatú

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