CARTAS A TORA 201

Querida Tora: Las cosas habían estado bastante pacíficas en la vecindad hasta que, el otro día, llegó la Flor llorando y berreando a más no poder, y se metió a la portería. Hasta las viviendas de arriba...

6 de noviembre, 2020

Querida Tora:

Las cosas habían estado bastante pacíficas en la vecindad hasta que, el otro día, llegó la Flor llorando y berreando a más no poder, y se metió a la portería. Hasta las viviendas de arriba se oían sus quejas (pero no se entendía lo que decía, por suerte para ella –y  desgracia para los vecinos, podría añadir–).

Yo me acerqué disimuladamente, y me tendí en la ventana de la portería ¿Y qué crees que decía la Flor? Que un cliente… Enojo y regaño del portero, porque “le ha dicho más de mil veces que no quiere que tenga clientes, que con  él le basta y le sobra”; pero ella dijo que no fue un cliente de esos, sino uno que le pidió que cantara en una fiesta de aniversario de bodas (cosa muy decente y muy burguesa, añadió; y con  eso lo tranquilizó). Pues ese cliente le pagó con un billete de quinientos pesos; y al ir a comprar algo a la tienda, le dijeron  que el billete era falso. “¿Y qué voy a hacer ahora?”, lloraba, “Es lo único que tengo. ¿Cómo vamos a comer mi prima y yo?”. “Tu prima, que coma con el perro”, le contestó el portero. “Pero lo del billete te lo arreglo yo”.

Al oír eso me fui, creyendo que el portero le daría un billete nuevo, y que ahí acabaría la cosa.  Pero me equivoqué. ¿Qué crees que hizo el desgraciado? Perdona la expresión, pero no hay otra palabra que describa lo que hizo. Citó a una junta de vecinos, y dijo que uno de ellos, al pagar el mantenimiento del mes, le había dado un billete falso de quinientos; y que más valía que se lo cambiaran por uno bueno, o que se atuvieran a las consecuencias. Y se fue, sin  añadir palabra.

Los vecinos se quedaron patitiesos (diccionario, por favor). Y empezaron los rumores: que si tú, que si el del 38; o los del 56, que siempre están incróspidos; o la vecina nueva, que es tan misteriosa… El caso es que todos resultaron  sospechosos, y empezaron a mirarse con  recelo primero, y luego con  coraje. Y les entró miedo. (Es que no saben muy bien  qué significa “consecuencias”, y tuvieron  que esperar a que regresara de clases la muchacha del 21, que ya está en tercero de facultad, para que se los explicara).  Entonces les dio más miedo, porque ella les dijo que podían acusarlos de monederos falsos, de fraude, de traición a la patria, y de no sé cuántas cosas más. Total, que decidieron  que la culpable era la vecina misteriosa, porque no le habla a nadie y las mira a todas por encima del hombro. Y allá se fueron  todos, a exigirle “la reparación del daño”. La vecina dijo que ella había pagado con  cheque, pero nadie le creyó; y dijeron que eso era un “subterfugio” (palabra que les indicó la del 21) para engañarlos, porque ¿cuándo se ha visto que una pordiosera como ella tuviera chequera?”.

Se pusieron tan pesados, que la vecina nueva tuvo que admitir que “a lo mejor, el billete no era bueno; que ella le había notado una manchita roja, pero que no le había dado importancia”. Y la obligaron a ir a la portería, acompañada por todos, y pagar de nuevo los quinientos pesos. Esta vez, la mujer tuvo que escarbar en todos los rincones de su vivienda; y el del 42 hasta le prestó tres pesos para que pudiera completar la cantidad. El portero se lo agradeció, y la felicitó por haber tenido el valor civil de admitir su error; y le dijo que “cualquier nochecita de éstas voy a verla pa’ que platiquemos”. La vecina se fue a su vivienda entre el odio y el abucheo de los vecinos.




La Flor se fue muy contenta con el dinero, y el portero se quedó mirando el billete falso, pensando, pensando… ¿Y sabes qué hizo, en vez de romperlo? El día siguiente pidió a las vecinas más escandalosas, a las más chismosas, que lo acompañaran a la iglesia. Y allí, entregó al cura el mentado billete, diciendo que era un donativo de la vecindad.

¡No sabes lo que dijeron  las viejas al regresar a la vecindad! Lo que más les llamó la atención fue que el portero diera el donativo, no como cosa suya, sino de la vecindad, afirmando que los puso muy en alto a todos. Y a partir de ese momento lo consideraron un buen hombre en el fondo, aunque el fondo estuviera muy hondo.

Así, el único que salió perdiendo fue el cura, que al querer pagar a su proveedor de estampitas tuvo que soportar la vergüenza de que le devolvieran el billete falso. Luego lo quemó, junto con un montón de basura. Fue lo mejor, ¿no te parece?

Para que veas que, aquí, no siempre el que obra mal recibe su castigo. Qué pena, ¿verdad?

Te quiere,

Cocatú

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