CARTAS A TORA 200

Querida Tora: Casi no puedo creer lo que te voy a contar. Pero sucedió. Está sucediendo. En qué acabe, no lo sé; pero estoy un poco inquieto. Los vecinos andaban agitados, porque el portero no ha tapado...

23 de octubre, 2020

Querida Tora:

Casi no puedo creer lo que te voy a contar. Pero sucedió. Está sucediendo. En qué acabe, no lo sé; pero estoy un poco inquieto.

Los vecinos andaban agitados, porque el portero no ha tapado el hoyo que hay en el patio ni ha arreglado los baños, y ya van casi cuatro años. Han estado haciendo corrillos y murmurando que van a exigirle que les cumpla. Pero el portero se les adelantó, y nos citó a junta un domingo. Y digo “nos” porque yo también soy vecino aquí, y todos me quieren; y yo a ellos (bueno, a casi todos, porque hay algunos que… mejor no sigo).

Pues el portero nos presentó un proyecto para hacer los baños, con planos y presupuestos (¡Chúpate esa!). Es un proyecto magnífico, con mármol y muebles de última generación, música ambiental y televisión por cable para alivianar el momento (así dijo). Todos nos quedamos de a seis. (ya sé por qué dicen “quedarse de a seis”. Lo oí en el radio. Pero no tengo tiempo para explicártelo). ¿Por qué ahora, de repente, tantas maravillas? Se va a cobrar por el uso de los baños (gruñido de desaprobación de todos), pero hay una razón muy importante: hay gente que los usa en exceso, y no es justo que los moderados paguen igual que los avorazados. Por lo tanto, va a haber un equipo de balanzas de precisión para pesar los depósitos de cada uno; y los que dejen más, pagarán más. Esto ya no les pareció tan mal, porque hay algunos que… No necesito explicarte, ¿verdad? Y luego, una serie de ingeniosos aparatos va a convertir todo eso en abono, con lo que podrán fertilizar sus macetas sin tener que invertir nada… y, a lo mejor, hasta pueden cultivar algo en el baldío de a la vuelta.

Total, que todos dieron sus aportaciones con gusto, y luego se dedicaron a imaginar lo hermosa que iba a ser la vida con esos adelantos. Y todos los días iban a preguntar al portero cuándo empezaría la construcción. Y él siempre contestaba: “Ya merito. Ya compramos los insumos (vete a saber lo que eso sea). Ya vienen en camino. ¿De qué color van a querer los mármoles? Y etcétera, etcétera”. Los vecinos hacían juntas, y hasta fiestas con chupe y todo, para decidir esos detalles tan importantes.

Entonces, un día lunes (que ni las gallinas ponen) el portero anunció que el jueves anterior alguien había robado los “insumos” que tenía almacenados en el baldío de a la vuelta: las balanzas, los matraces, las retortas y hasta los fieltros electrificados para poner en las tazas y que no resultaran tan frías al contacto humano. Estaba verdaderamente indignado, y juró que al responsable lo iban a linchar entre todos. Los vecinos se quedaron anonadados (qué palabrita, ¿eh?), y sin poder hablar (que ya es mucho, ¿no te parece?). Y los dejó ir. Él se fue a poner la denuncia. Metió a siete de sus guaruras en la camioneta (acaba de comprar una camioneta roja) y se fue con ellos. Solo dejó uno (el más chiquito), por si se ofrecía algo (pero no se ofreció nada).




Al poco rato, ya estaban los vecinos murmurando: ¿Por qué almacenó los insumos (ya se habían aprendido el término correcto) en el baldío? ¿Por qué no puso vigilancia? Esas cosas tan delicadas necesitan una temperatura adecuada y protección de la lluvia y el viento, y allí estaban expuestas a la “furia de los elementos”. Y, sobre todo: ¿Por qué no les comentó que ya habían llegado? Ellos preguntaban todos los días por el avance del asunto, y el portero debió comunicarles su llegada, enseñarles los materiales. Siempre anuncia con bombo y platillos todo lo que hace, y esta vez no dijo nada. ¿Por qué? ¡¿Por qué?! ¡¡¡¿Por qué?!!!  

Y empezaron a sospechar que no había llegado nada, que los estaba engañando; que, como siempre, se iba a robar sus aportaciones. La vecindad estaba en plena efervescencia cuando regresó el portero con sus guaruras. Todos traían las caras largas (sobre todo el guarura feo, que de por sí tiene la barbilla enorme). Y anunció que la policía ya había tomado cartas en el asunto y que pronto vendrían a hacer investigaciones. Y, en efecto, esa misma tarde llegaron dos agentes del orden a examinar el baldío. Los vecinos corrieron a ver qué pasaba, y los vieron tomar muestras de tierra y de las hierbas que allí crecen, medir el terreno, averiguar la dirección del viento y una serie de cosas “extrañas”, según los vecinos. Pero de lo que no se dieron cuenta es de que se trataba de dos de los guaruras muy bien maquillados (yo sospechaba algo y rasguñé a uno de ellos, y en la uña se me quedó una torta de maquillaje grasoso y pegajoso). 

Total, que el portero los engañó y los estafó una vez más. Porque cada vez que van a preguntarle cómo va la investigación, les dice que pasa todos los días a la delegación a preguntar, y le dicen que ya tienen algún sospechoso, pero que no hay pruebas concluyentes; que ya aparecerán las balanzas en el mercado negro algún día, y que por ese hilito sacarán el ovillo. Pero con ese ovillo, el portero se llevó a la Flor a Zihuatanejo, que ninguno de los dos conocía.

Y sin embargo, el portero ha ganado puntos de popularidad entre los vecinos, pues dicen que ahora sí se preocupa por su bienestar. Yo creí que iba a caer en su aprecio, pero resultó todo lo contrario. De verdad, no  me lo explico.

Me acabo de dar cuenta de una cosa. Esta es la carta número 200. Ya son casi cuatro años que estoy aquí, estudiando a esta gente y lejos de ti. Que te extraño como no sabes. Pero me mantengo puro y limpio. Nada de andar tonteando con las vecinas ni con  las gatas (de los dos tipos, hay aquí muchas). Ni siquiera la gatita rubia, con todas sus mañanas, ha logrado vencerme; así que estate tranquila. Volveré a ti como cuando me fui. Salúdame a tu mamacita.

Te quiere,

Cocatú

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