CARTAS A TORA 198

¿Qué te cuento? Hubo en la vecindad una epidemia… Perdón. No es la palabra correcta, pero como si lo fuera. No se trata de una enfermedad contagiosa que atacara a todos los vecinos. Fue una especie de...

12 de octubre, 2020

¿Qué te cuento? Hubo en la vecindad una epidemia… Perdón. No es la
palabra correcta, pero como si lo fuera. No se trata de una enfermedad
contagiosa que atacara a todos los vecinos. Fue una especie de fiebre,
podríamos decir, por hacer todos la misma cosa. ¿Quieres saber de qué se
trata? Sigue leyendo.

Llegó una vecina nueva, que enseguida empezó a llevarse de a cuartos
(con muchísima confianza, para que entiendas) con todas. Un día las invitó a
tomar café, y les propuso un negocio que, según ella, era muy fácil y muy
redituable (palabra de domingo que empleó varias veces). El negocio consistía
en fabricar “bolitas de entropía”. Nadie se dio cuenta, pero ahí empezó el
desastre.

En primer lugar, la entropía no es una cosa física, sino una variable
termodinámica (tampoco entiendes, ¿verdad?); o sea, una relación, un número.
¿Y cómo vas a fabricar bolitas con números? Pero, bueno, valga la ignorancia
en disculpa de las señoras. El caso es que tenían que ir a una cierta dirección
(laboratorio, lo llamaba la vecina nueva) y comprar dos “conjuntos de
entropía”. Les entregaban unos recipientes con substancias que nadie pudo
identificar, y un manual de instrucciones. Tenían que mezclar esas substancias
en determinadas cantidades y bajo ciertas condiciones (a la luz de la luna
llena, era como quedaban mejor), ponerlas luego en el horno dos o tres horas
(si no tenían horno, podían emplear un sartén con teflón, nuevo y
perfectamente limpio, y taparlo muy bien), dejarlas enfriar, colocarlas en una
cajita que también les proporcionaban y entregarlas en el laboratorio. Allí se las comprarían, a un precio cuatro o cinco veces superior al que habían pagado.

Como verás, era facilísimo. Además, les daba la oportunidad de reunirse
a echar chisme mientras trabajaban. Así lo hicieron, y participaron todas, salvo
la del 56, que siempre está algo incróspida. Entonces, todas las tardes se
reunían las señoras, en casa de una o de la otra, y la pasaban de maravilla,
pues ya los maridos no podían acusarlas de perder el tiempo platicando,
porque estaban trabajando. No sé cuántos conjuntos de entropía compraron,
pues las había muy ambiciosas, que ni siquiera durmieron en toda la semana
que duró la epidemia. Por fin, fueron a entregar el fruto de su trabajo. Les
dieron un recibo, diciendo cuántas bolitas habían entregado, y prometiendo el
pago para el día último del mes, una vez que las hubieran revisado y aprobado.

Las señoras apenas pudieron aguantar hasta el día último, ansiosas de
recibir su dinerito. Y allá van todas en masa, eufóricas como nunca, vestidas
como para fiesta, pues de allí se iban a celebrar con la del 37, que se puso muy
rumbosa y las invitó a tomarse unos alipuses (plural de alipús, palabra que
quién sabe de dónde vino, y que significa “bebida alcohólica”) y unos
“Tschilakiles Kaiser” del King’s, ¿Pero qué crees? El “laboratorio” había
desaparecido, y en su lugar encontraron un barracón sucio y destartalado,
lleno de ratas y cucarachas. Entonces cayeron en cuenta de que nunca entraron
al laboratorio, y que los “conjuntos” se los entregaron en la calle, junto a un
letrero con el nombre del laboratorio.

No sabes cómo se rieron los maridos de ellas, y les dijeron que no
sabían hacer negocios, que desde el principio se veía que era una farsa, y no sé
cuántas cosas más. Pero el convite a los alipuses quedó en pie, y ellos las acompañaron para hacerles “más dulce el trago amargo”. Y se estuvieron hasta el día siguiente brindando y llorando la transa que les habían hecho.

Huelga decir que la señora que las incitó a entrar al negocio desapareció
antes de que ellas regresaran, y no se ha vuelto a saber de ella.

Para que veas que también hay epidemias que no se deben a virus ni
bacterias.

Te quiere,

Cocatú

Comentarios


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Aquí te va la historia. En el 62 vivía un matrimonio de mediana edad, que se llevaban muy bien. Pero al 63 llegó a vivir una mujer más joven y bastante apetitosa (para los estándares de cierto tipo de hombres), y la vecindad se alborotó. Pero ella no le hizo caso a nadie. O eso creíamos todos. La recién llegada se hizo muy amiga de su vecina del 62, y todo el día estaba en su vivienda. O viceversa (si no sabes lo que eso significa, búscate un buen diccionario). En realidad se hizo más amiga del marido que de la esposa, pero no nos dimos cuenta al principio. Y lo que tenía que pasar, pasó. Pero nadie se dio cuenta tampoco, porque supieron ocultarlo muy bien. Luego, un día le dijo el marido a la esposa que estaba engordando un poco. La pobre se sintió la mujer más desdichada del mundo, y corrió al 62 en busca de ayuda. La amiga le dijo que no se preocupara, que hiciera una buena dieta. ¿Cuál? Le aconsejó una que consiste en comer solamente plátanos con crema. Esas son cosas engordadoras, pero le dijo que la combinación de los dos producía una substancia que quemaba la grasa del cuerpo. Y ahí estuvo la mujer, comiendo plátanos con crema todo el día y toda la noche. Pero lo que tenía que pasar, pasó (otra vez), y la mujer engordó unos kilitos. Nuevo llanto, nueva dieta. La de la luna llena, que consiste en comer un poco de todo únicamente las noches de luna llena, totalmente desnuda, iluminada por los rayos del “astro de la noche”, como la llamó la del 62. Y allá va la del 63 a la azotea; pone un mantel en el suelo, distribuye los platos y se quita la ropa. ¡La que se armó! Los ninis se alborotaron toditos y se amontonaban en las rendijas de sus chozas para ver a la del 63, que no hacía nada más que comer parsimoniosamente. Pero conoce a los hombres, y en cuanto sentía algún movimiento cercano, sacaba la pistola del marido y disparaba. (Y éstas no eran chinampinas, como las de los guaruras). Se estaba en la azotea las dos horas que le recomendó la amiga que se bañara en los rayos de la luna, y se volvía a su vivienda, dejando a los ninis hundidos en su frustración y sin manera de darse duchas frías a esas horas. Pero como estaba desvelada, dormía casi todo el día siguiente, y la dieta no le funcionaba correctamente. Después le recomendaron otra que consiste en no tomar durante una semana nada más que un refresco negro que se vende embotellado (no menciono la marca, porque no te dice nada). Eso era infalible, afirmó la amiga, contundente. Pues la mujer se compró una buena provisión de refresco y se estaba todo el día tomándolo. Pero lo único que logró fue que le diera asco el sabor, y se la pasaba vomitando. Vas a decir que eso la hacía perder peso. Sí, pero muy poquito, y no valía la pena el esfuerzo. Por fin, la amiga le dijo que no le quedaba más remedio que dejar de comer totalmente. 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Pero yo te diré la verdad: la mujer murió por idiota. No te enojes. No soy insensible. Pero me da coraje que la del 63 fuera incapaz de darse cuenta de que todo fue un plan elaborado por el marido y la del 62 para quitarla de en medio sin matarla con sus manos. Yo lo supe porque oí a los criminales celebrar el éxito de su plan acostándose sobre el féretro de la difunta. Y la del 62 dijo que había cedido a la tentación tres o cuatro veces mientras la del 63 vivía, pero que no le gustaba vivir en pecado y le pidió matrimonio al viudo. Y se casaron. Y vivieron felices hasta que él empezó a echar panza, y ella le recomendó la dieta de la luna menguante para recobrar su primitiva esbeltez. Él fue más listo que su difunta, y se fue de la vecindad. No se volvió a saber de él. Para que veas las consecuencias del miedo excesivo a la gordura. 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gines sanchez

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