CARTAS A TORA 197

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2 de octubre, 2020

Querida Tora:

¿Te acuerdas del King’s? Es aquella fonda-restaurant que abrió el portero (sin que los vecinos lo supieran) cerca de la vecindad. Bueno, pues le estaba yendo muy mal. ¿La razón? Que la comida era cada día peor, y que ya les estaban cobrando a los clientes por usar sus baños (no les bastaba con  obligarlos a consumir algo).

El portero se dio cuenta y se enojó, al grado que estuvo dos días en cama y ni siquiera la Flor ni su prima, ni en conjunto ni por separado lograron sacarlo de su berrinche. Solo reaccionó cuando uno de sus guaruras (El feíto) le propuso un plan de acción basado en mercadotecnia. El portero no sabía qué era eso, pero decidió hacerle caso.

Para empezar, cerraron unos días, con el pretexto de “remodelación”, que consistió tan solo en pintarlo de otro color. La reforma vino en los menús. Así como lo oyes. Antes, los platillos tenían nombres en inglés; el guarura propuso ponerlos en francés y en alemán. ¿Y qué crees? Le dio resultado.

De principio, los platillos con nombre alemán son más caros que los de nombre francés, porque es un idioma más difícil. Yo no sé qué tiene que ver una cosa con la otra, pero es un asunto de mercadotecnia pura. Y los vecinos se encuentran ahora con “Enchilad L’amour toujours” y con “Entschiladen Volks”… (es el nombre de un coche alemán muy popular, pero yo no puedo hacer propaganda gratuita a nadie). Los dos gustaron mucho; pero un día que el del 37, que es tan bronco, llegó y pidió unas “Enchiladas Vochito”, las quitaron del menú porque eso era una ordinariez. Las “Chimichangas Schnee” eran las mismas que las de antes, pero les echaban queso rallado encima de la crema (“Schnee” significa nieve, y la idea es que el queso fuera la nieve sobre una cumbre. ¿Puedes creerlo?). Hay chilaquiles “Monsieur” y “Madame”, según  la cantidad de chile que le pongan, que también  se venden bien. Y el “Pozole Viande de Boeuf” ni se diga. Lo mismo que las “Tortas auf Würze Verdes von Toluca”, que tienen un  tufo verdaderamente extranjerizante.

El platillo estrella era la “Wienerschnitzel mit Kartoffeln”. Pero la gente le tuvo miedo. Decían que el nombre no se podía pronunciar, y que esas palabrotas les caerían mal al estómago. Así que las decenas de milanesas con papas que habían preparado las tuvieron que convertir en “Fröhliche Tacos mit Rotten Süss” (algo así como “alegres”tacos con salsa roja, sean de carne o de papas fritas).

Total, que ya hay nuevamente colas para entrar al King’s. Y para pasar a los baños ni se diga. Porque a todos los que los usan les dan de premio un dulcecito de limón (que vale mucho menos de lo que les cobran por usarlos).

Bueno, pues ya el portero cambió de coche  e invitó a la Flor a Acapulco. Pero esta vez no consintió en llevar a la prima porque “Ya está harto de sus malos modos y cursilerías”. “Si yo voy a Acapulco” dijo, tajante, “es para que me atiendan y me complazcan en todo, que bastante, me cuesta el viajecito”. La Flor no tuvo más remedio que aceptar, pues ya se está haciendo vieja, y cada día le cuesta más trabajo conseguir buenos clientes.

Bueno, te dejo, que voy a ver si queda alguna “Wienerschnitzel” olvidada por ahí.

Te quiere,

Cocatú

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Es un medio invaluable para contener la tiranía: el dominio y poder del más fuerte sobre la vida y bienes de otros. La libertad arraiga en el instinto de supervivencia Ahora bien, ¿qué podemos decir de la igualdad, también de raíz religiosa? Hace algunos años dos investigadores, los epidemiólogos Richard Wilkinson y Kate Pickett, en un libro señero, Desigualdad. Un análisis de la (in) felicidad colectiva, desvelan que muchos de los males de nuestra sociedad actual provienen de las desigualdades sociales, tales como descontento creciente, criminalidad, violencia y sus manifestaciones en la salud como ansiedad, insomnio, obesidad, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares, la disminución de la calidad y esperanza de vida de millones de personas, así como la pobreza, a pesar de la abundancia de bienes. No se trata de especulación filosófica sino de ciencia, de acuerdo con los estudios citados en este párrafo, el libro mencionado y otras investigaciones. La desigualdad se mete por la piel, demuestran Wilkinson y Pickett. La ansiedad que provoca la desigualdad por intentar imitar los patrones y estilos de vida de los más pudientes produce un estado constante de alerta en el cuerpo por la liberación continua de cortisol. Esta sustancia eleva la presión arterial y, para mitigar el estrés, la angustia causada por tratar de imitar y obtener los inalcanzables patrones de consumo, socializados por la publicidad, se recurre a la ingesta de alimentos y bebidas ricas en grasas saturadas y carbohidratos, que son a las que se tiene acceso. El consumo de estos productos alivia momentáneamente la angustia por la liberación de dopamina, pero al poco tiempo se repite el ciclo. Así descubrieron el porqué de la epidemia mundial de obesidad y diabetes, que se presenta y azota particularmente a los sectores de bajas rentas económicas. Ante esta problemática global de salud pública, se recomienda comer menos y ejercitarse. Si bien es deseable, esta propuesta tiende a responsabilizar al individuo, a culparlo de una problemática que lo rebasa, pues no se trata de una cuestión personal sino un asunto de políticas públicas que tienen que ver con la producción y elaboración de alimentos, su acceso, su precio y distribución, así como a la provisión de servicios públicos, de empleos estables y remunerados con salario suficiente, vivienda digna y lugares de recreación y deporte. De acuerdo con el estudio Social inequities in cardiovascular risk factors in women and men by autonomous regions in Spain, la relación entre desigualdad y obesidad es mayor en mujeres de bajos recursos (23%) que en las de altos ingresos (8%). En Obesity and inequities Guidance for addressing inequities in overweight and obesity, la OMS muestra que la desigualdad educativa explica 26% de la obesidad en hombres y 50% en mujeres. La conclusión de responsabilizar a las personas de su sobrepeso y obesidad -que desencadenan males cardiovasculares y cerebrales, y ciertos tipos de cáncer-, equivale a decir, estás gordo porque quieres, porque careces de fuerza de voluntad; comes en exceso “vitamina T” (tacos, tamales, tortas…). Es tu libre albedrío, tus elecciones, las que te enferman. Esta teoría olvida convenientemente o ignora que los distintos metabolismos, por razones hormonales y bioquímicas, ocasionan que la saciedad individual requiera de mayor o menor ingesta de alimentos, y que la ansiedad, ocasionada por el estrés (niveles muy altos de cortisol) que ocasiona el ambiente en el que viven los individuos (desvelos, largos trayectos en transporte, acceso exclusivo a “vitamina T”, los bajos salarios, sistemas de salud precarios o inaccesibles, educación de mala calidad, violencia intrafamiliar, servicios públicos deficientes o inexistentes, son los condicionantes sociales que determinan tu masa corporal y bienestar. Como se aprecia, somos menos libres de lo que sostiene la idea de libre albedrío y estamos altamente condicionados por las influencias orgánicas y sociales. Sin embargo, requerimos de libertades políticas y económicas para evitar la tiranía. Y necesitamos igualdad para eludir el malestar, la angustia y la polarización consecuente que ocasionan las brechas que separan a los sectores privilegiados de los que carecen de lo elemental. El abismo que separa a unos y otros grupos sociales ha causado que dejen de comunicarse. Hemos perdido la capacidad de entender al otro, en detrimento de la pluralidad y la diversidad, de la tolerancia y de la convivencia pacífica. En suma, libertad e igualdad son valores cardinales de la sociedad moderna, arraigados en el mismo instinto de supervivencia. Pero ninguno de los valores es absoluto, como enseñó Isaiah Berlin. Conviven en equilibrio, delicado, precario, fugaz. Este filósofo inglés preguntaba en Árbol que crece torcido: qué tanta igualdad queremos para qué tanta libertad. Su conclusión es que la libertad absoluta de los coyotes implica el exterminio del gallinero, y la igualdad absoluta aniquila la libertad: es el camino del totalitarismo. En resumen, responsabilizar al individuo del control de su entorno social, económico y político es una doble trampa y una aberración. La primera trampa consiste en eximir al Estado y a las corporaciones de su responsabilidad e igualar el poder personal con el de los grandes grupos económicos cuando la democracia ha degenerado en plutocracia; es decir, pesa menos el voto del ciudadano común que el voto de las élites económicas: con sus vastos recursos inclinan a un lado u otro la decisión política, salvo excepciones. Una de ellas es cuando un potente relato moviliza a los indignados y encumbra a hombres providenciales. La segunda trampa es una aberración: si todo depende de la voluntad personal del individuo, de su libre elección, y cuando enfrenta sus problemas y malestares se siente y se sabe impotente, se frustra. Alimenta el malestar social saberse incapaz de controlar y cambiar el entorno. Se condena a la impotencia y a la inmovilidad porque el individuo solitario es incapaz de cambiar el statu quo. Estamos ante un nuevo determinismo. La libertad que conduce a la impotencia termina por aceptar como inamovible el orden de cosas. Una sociedad de personas frustradas e impotentes se convierte en una olla de presión que eleva la inconformidad y la frustración a grados quizá explosivos. Libertad e igualdad se necesitan y condicionan. Una sin la otra conduce a sociedades disfuncionales y a la infelicidad colectiva.  " ["post_title"]=> string(42) "El origen religioso de libertad e igualdad" ["post_excerpt"]=> string(129) "Libertad e igualdad se necesitan y condicionan. Una sin la otra conduce a sociedades disfuncionales y a la infelicidad colectiva." 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