CARTAS A TORA 193

Querida Tora: Pasó una cosa que nunca me imaginé que pasaría: los guaruras se rebelaron. Yo los vi que se juntaban en grupitos de dos o tres en algunos rincones y que hablaban y hablaban y hablaban,...

28 de agosto, 2020 cartas

Querida Tora:

Pasó una cosa que nunca me imaginé que pasaría: los guaruras se rebelaron. Yo los vi que se juntaban en grupitos de dos o tres en algunos rincones y que hablaban y hablaban y hablaban, y ya me figuré que algo iba a pasar. Y sí: como a la semana de esas reuniones fueron con el portero (que es padre o tío o padrino de todos ellos) y le presentaron algo que llamaron “Carta de Intención” (alguien los asesoró, pero no sé si para bien o para mal).

El portero ni la abrió, y la tiró a la basura. Pero el que se convirtió en líder de los guaruras (El guapito que te digo) la sacó, y la volvió a presentar. Lo mismo. Entonces, los ocho se pararon frente a la portería y empezaron  a decir a gritos que exigían sus derechos. Los vecinos no tardaron en reunirse a ver qué chisme era ese; y en cuanto se enteraron, se unieron a sus gritos. (andan buscando la ocasión de armar argüendes). Total, que el portero tuvo que salir –con muy mala cara,  por cierto– y les dijo que se callaran. Ellos no se amilanaron, y le exigieron que leyera la carta. Con tal de acabar con la manifestación, que ya llegaba hasta los confines de la vecindad, la leyó y, de muy malos modos, les dijo que volvieran en la tarde.

Así lo hicieron, tanto guaruras como vecinos. El portero los hizo esperar porque estaba comiendo; después se echó una siesta (“Sin siesta no funciono”, declaró). Total, salió casi al anochecer, y les dijo que esa carta era una falta de respeto a su autoridad, que nunca nadie había vejado a un portero como ellos a él, y que lo sentía más porque “todo eso” provenía de sus parientes. Los regañó bien y bonito, y luego pasó a contestarles.

Lo que ellos llamaban “Derechos Laborales”, les dijo, no era más que una reducción en horas de trabajo, y que de eso ni hablar, que doce horas era el mínimo que una persona debía trabajar y que cualquier opinión en contario era un invento de sus adversarios para perjudicarlo a él. El “Derecho a la Salud que exigían estaba bien, y que cuando quisieran podían pasar al Seguro Vecinal por sus chiquiadores de ruda, pero no más de una vez a la semana porque si no, no alcanzaba para los vecinos, que eran los que pagaban el Seguro (Y todos los vecinos estuvieron de acuerdo). Lo de la “Prevención a Futuro” (O sea, las pensiones) lo verían más adelante, pues todavía eran muy jóvenes y debían ser positivos y no pensar nunca en accidentes ni en la vejez, que lo tomaran a él como ejemplo, que seguía trabajando a sus muchos años y, a pesar de todo, todavía podía con la Flor. Y en cuanto al “Nuevo Pacto Fiscal” (en realidad, un  aumento de sueldo), les dijo que estaba bien, que era muy justo; y les prometió un peso diario más para cada uno de ellos.

Hubo una exclamación general, en la que se mezclaron interjecciones injuriosas, suspiros de desencanto y desilusiones de dos o tres muchachas que esperaban que sus galanes se decidieran. Hubo un movimiento general de desagrado, y parecía que los guaruras estaban dispuestos a lanzarse sobre él. Pero el portero alzó la voz, y dijo que él no era el dueño del dinero; que los fondos de la Tesorería (así dijo, ¿puedes creerlo?) eran de los vecinos, y que cualquier reclamación de dinero tenían que hacérsela a ellos. Ahora que, si los vecinos estaban dispuestos a aumentar sus cuotas de mantenimiento y pagar lo que en justicia debían pagar, él estaba dispuesto a hacerles el aumento que le pidieran; y los incitó a dirigirse a ellos.




Los guaruras se dieron vuelta para encarar a los vecinos; pero el patio estaba desierto, porque los vecinos salieron corriendo y se encerraron en sus casas. Y de nada valió que los guaruras se organizaran y fueran a tocar a sus puertas, porque les contestaban (los pocos que les contestaron a través de la puerta cerrada) que estaban muy ahogados, que no podían dar un centavo más.

Los muchachos tardaron en aceptar la realidad, pero pronto aceptaron  el peso diario de aumento “porque peor es nada”, según dijo filosóficamente su líder. Y siguieron trabajando con  el mismo “entusiasmo” de siempre. Y cuando fueron  a llamar al portero para decirle que estaba bien, que aceptaban sus condiciones pero que no los olvidara el año siguiente, se enteraron de que se había ido a Acapulco con la Flor.

Así concluyó el movimiento social en la vecindad.

Te quiere,

Cocatú

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