Si lo que buscas es una biografía minuciosa y apegada a los hechos acerca de la vida de Marilyn Monroe, Blondie, de Joyce Carol Oates, no es el libro que necesitas, o quizá sí. Lo cierto es que no se trata de un texto cuyo centro son los acontecimientos históricos –aunque en mayor medida se ciñe a ellos– pero es a mi juicio, lejos de que esto sea un defecto hace de la novela mucho más porque se propone no sólo contar lo ocurrido en el exterior sino ser una biografía psicológica de la actriz.
Quizá su valor principal sea precisamente adentrarse en el personaje hasta lo más íntimo. Especular, con maestría innegable, acerca de lo que pudo pensar o sentir en los momentos más álgidos de su vida. Esto sin duda ofrece una perspectiva entrañable del personaje, aunque sin duda la extensión y detalle con que está narrado cada episodio podría ser una barrera para muchos lectores acostumbrados a textos más ligeros y fáciles de digerir.
Oates despliega un estilo intenso y sensorial, donde alterna los hechos históricos con largos pasajes introspectivos, monólogos internos y descripciones sensoriales profundas con los cuales nos lleva de la mano a recorrer lo que la autora entiende como la verdadera interioridad de Norma Jeane. También se utilizan perspectivas múltiples, intercaladas con pensamientos íntimos y recuerdos fragmentados, lo que genera un flujo de conciencia hipnotizante, más que una biografía tradicional.
La novela está estructurada a partir de los hitos en la vida de Marilyn. Primero se centra en los vacíos de su infancia, en la ausencia del padre y la inestabilidad psicológica de la madre. En segunda instancia su salto de Norma Jeane a Marilyn Monroe, transición donde no sólo cambia su color de pelo y apariencia, sino, sobre todo, consigue convertirse en un objeto de consumo universal. Se habla también, desde luego, de sus matrimonios y sus relaciones con figuras importantes de su tiempo, a quienes se les nombra a través de pseudónimos, pero que no resulta difícil relacionarlos con las figuras reales –como ubicar a Joe DiMaggio como “el Ex-Deportista”, a Arthur Miller como “El Dramaturgo” o a JFK como “El Presidente”–. Y, por último, su etapa final, su caída, esa espiral creciente de paranoia, estimulantes y barbitúricos que la llevaron a la muerte.
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