La existencia nos va presentando distintos modelos de los cuales aprender diversas cosas. Algunos son pasajeros y, a pesar de su brevedad, dejan su impronta en nosotros. Otros son regalos permanentes para nuestro propio crecimiento. Tal es el caso de mi amiga Conchita Tinajero de Harper, una dama oriunda de Piedras Negras en donde nació en 1922.
Desde que tuve la suerte de tratar a Conchita he hallado en ella una personalidad con gran fortaleza, resiliente, que ha sabido vencer una diversidad de obstáculos que se le han presentado en la vida. Hija de comerciantes y hermana de puros varones, tuvo una educación singular que le permitió, concluidos sus estudios de educación media, laborar en empresas donde pudo poner a trabajar sus talentos: La empresa comercial familiar y alguna institución bancaria de aquel lado de la frontera fueron sus primeros centros laborales.
Más delante Conchita se convirtió en esposa y madre, y fue a vivir a un rancho propiedad de la familia de su esposo, en donde aprendió a pescar y a preparar viandas para grandes grupos de visitantes. Luego de varios años regresó al ambiente urbano, ante la necesidad de que sus cuatro hijas cursaran sus estudios.
Ahí no terminan las actividades de Conchita. Se relacionó con la industria televisiva en la Ciudad de México y posteriormente pasó a fundar la primera empresa de televisión por cable en esta frontera. De esa época como emprendedora hay anécdotas que la pintan de cuerpo entero, como aquella de que, en tiempos del auge de las telenovelas, cuando se caía la señal de televisión en esta frontera mexicana, ella cruzaba el puente, veía la telenovela en turno del lado americano, y regresaba para relatar a sus clientes el avance de esta. Otra muy célebre fue la forma como llegó la primera señal de cable a Piedras Negras, arrastrando el cable a través del río Bravo, del lado norteamericano al mexicano.
Una gran negociadora, en sus años como empresaria siempre supo hallar el justo medio en todo tipo de transacciones, lo que la convirtió en un personaje altamente reconocido en ambas fronteras. En el año 2,000 fue fundadora del Taller de Historia para Damas de Piedras Negras, en el que ha tenido una destacada participación.
El tiempo no pasa en vano, y 103 años son muchos. Actualmente Conchita tiene pocas actividades fuera de casa. En lo personal la visito cada domingo a mediodía, algo que gozo semana a semana. Me sorprende su capacidad de asombro y esa curiosidad inagotable. Este domingo cayó en sus manos un libro de historias familiares escrito por una sobrina suya. Tuve la oportunidad de hojearlo y lo hallé de lo más interesante. En cuanto el ejemplar llegó a sus manos se sumió en una lectura inmersiva, hoja tras hoja, por no menos de veinte o treinta minutos. Con mi niño interior a todo lo que da, aproveché para tomarle varias fotografías que han dado pie a esta colaboración. Me sorprende ver la forma como se sumerge en el universo que tiene enfrente; me hizo recordar alguna ocasión en época navideña cuando le llevé una galleta de temporada envuelta en papel celofán con una gran etiqueta donde se enlistaban todos los ingredientes del producto. De la primera línea a la última, de un aproximado de treinta líneas, se la pasó nombrando componente por componente de la etiqueta. Al final volteó a verme feliz por poseer una galleta tan rica en muy diversos contenidos.
Justo eso es lo que más admiro de Conchita: Su capacidad de asombro, la curiosidad inagotable que la impele a descubrir nuevas cosas, y su franca alegría de vivir, además de la sabiduría para encontrar lo grandioso en lo nimio. Podría asegurar que ha sido esta fórmula que le ha permitido sortear cualquier tipo de obstáculo y permanecer con esa actitud que, para mí, representa una lección de vida.
Cada vez que llego a visitarla y me detecta en su campo visual, en su rostro aparece una gran sonrisa. De igual manera hace frente a cada situación que se le presenta, demostrando un entusiasmo único y vivaz, del que tanto tenemos que aprender.
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