Bellas Artes abre sus puertas a Modigliani

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9 de septiembre, 2020 Modigliani

Con una invitación a disfrutar el arte como una forma de afrontar la adversidad que impulsó la actual contingencia sanitaria, este martes el Museo del Palacio de Bellas Artes abrió sus puertas con la magna exposición El París de Modigliani y sus contemporáneos, la cual estará disponible al público hasta diciembre de este año.

En la exposición se podrá ver el dolor y la dicha transmitida en las obras de Amadeo Modigliani, quien falleció a causa de una pandemia y ahora es sobreviviente (figurado) de la pandemia del siglo XXI, señaló la Secretaría de Cultura.

La exposición El París de Modigliani y sus contemporáneos es organizada como parte de los festejos del centenario del deceso del artista italiano Amedeo Modigliani (Livorno, 1884 – París, 1920), considerado uno de los artistas más relevantes del siglo XX en el mundo.

Esta muestra, la cual fortalece los vínculos de colaboración internacionales, estaba prevista desde el pasado 27 de marzo, considerada así una de las más importantes del año y en la celebración del centenario del artista italiano, reúne un total de 143 pinturas, 11 dibujos, cuatro libros, dos máscaras y cuatro reproducciones fotográficas.

Las piezas proceden en su mayoría de cuatro instituciones internacionales, principalmente la Colección Jonas Netter, así como de colecciones nacionales del Museo Soumaya, el Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato y el Instituto Veracruzano de la Cultura, además del Museo Nacional de Arte, el Museo Frida Kahlo “Casa Azul”, la Capilla Alfonsina y el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, entre otras.

Con la curaduría del especialista Marc Restellini, la muestra presenta piezas realizadas por el propio Modigliani, entre ellas: Léopold ZborowskiElvire con cuello blancoJeanne HébuterneNiña vestida de azul y Cariátide (azul), pero también de otros 40 artistas contemporáneos, como Chaim Soutine, Maurice Utrillo, Moïse Kisling, André Derain y Suzanne Valadon, y los mexicanos Diego Rivera, Ángel Zárraga y Benjamín Coria, entre otros, quienes encontraron en las creaciones de Modigliani, además de amistad,  puntos de comunión e influencia artística.

Modigliani

Para un completo entendimiento de la muestra, el recorrido por la exposición está dividido en siete temáticas: Después de Cézanne, De la pintura al aire libre al paisaje urbano, Amedeo Modigliani, Los amigos mexicanos de Modigliani, El desnudo y la máscara, Chaim Soutine y La Escuela de París.

Cada sección está integrada por obras destacadas de diversos artistas, entre ellos los mexicanos Diego Rivera, Angelina Beloff, Ángel Zárraga, Carlos Mérida, Santos Balmori y Benjamín Coria, así como de artistas que conformaron la atmósfera cultural de los barrios parisinos de Montparnasse y Montmartre, y que determinaron el curso del arte moderno en el siglo XX.

Modigliani

Alejandra Frausto, la titular de la dependencia, afirmó que El París de Modigliani tiene su carácter poético, porque“es una exposición que se quedó en el silencio, se quedó en la oscuridad” y con ella se reabre el Museo del Palacio de Bellas Artes.

Modigliani

La exposición de Modigliani “es un reto que se nos colocó enfrente desde un principio y antes de la pandemia. Y lo digo porque esta colección es la primera vez que viaja a este continente y dialoga por primera vez con otros artistas”, aseguró la directora general del INBAL, Lucina Jiménez.

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Comentarios


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Mi corazón late vigorosamente, las manos y las piernas me tiemblan. Mis pupilas se dilatan y mi cuerpo ahora está despierto, muy despierto. Espero a que su descomunal tamaño y larga cola invadan mi problemático mundo. Más que asco, siento temor. No lo comprendo, no sé cómo lidiar con él. Lanzo una señal con los ojos para que vaya detrás de mí. Supongo que sentarnos en el balcón a contemplar las calles del centro de la ciudad es la mejor opción. Benjamín está particularmente  reservado esta tarde. Hediondo a cañería solamente olisquea lavivienda; de vez en cuando volteo a verle sus patas delanteras, que poseen cuatro dedos más el pulgar, casi atrofiado. Su hocico achatado es de una desproporción indiferente, y hace juego con sus orejas no muy largas, fruncidas hacia delante.   Caminamos por la sala en silencio, esquivamos, toreamos las trescubetas azules, cuya misión expresa es detener las goteras. 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Nos desplazamos al descubierto, sin tener conocimiento de lo que nos aguarda más adelante, el ejército está cerca, muy cerca de nosotros y los campesinos se convierten rápidamente en informantes y delatores. Ni uno solo se ha sumado a nosotros. Luchamos por ellos, morimos por ellos y, aun así, nos traicionan a la primera oportunidad, reflexionaba el comandante, mientras intentaba llenar de aire, con grandes bocanadas, sus maltrechos pulmones. Tosió un poco, hizo un ademán con la mano a sus hombres indicándoles que el receso había terminado y juntos, reanudaron la marcha cuesta abajo. Oscurecía. Varios días llevaban ya siguiendo aquella ruta. La altura del terreno donde se encontraban ahora debía rondar los dos mil metros sobre el nivel del mar, adelgazando el aire y otorgando peso adicional a los fatigados cuerpos que, tras meses de incesantes vómitos y diarreas, trabajosamente luchaban por seguir descendiendo. Durante los últimos meses el clima y la vegetación habían variado enormemente, dificultando el trayecto; el paraje yermo y polvoriento donde habían asentado su campamento base, de a poco se había transformado en una jungla espesa, húmeda y de rocosos acantilados, cada vez más escarpados e inhóspitos. Únicamente algunos ínfimos asentamientos humanos con sus respectivos animales domésticos habían logrado sobrevivir ahí. Aquella, pues, era la realidad de Latinoamérica. Sólo pobreza. Gente jodida, jodida y solitaria, viviendo en medio de la nada. Carajo, pensaba el comandante Ramón, ¿cómo es posible que el gobierno, los gobiernos puedan permitir algo así, una existencia infrahumana y miserable, sin ningún propósito, sin ninguna aspiración? Justo algunas horas antes, él y los dieciséis hombres que componían aquella primera columna del llamado Ejército de Liberación Nacional se habían topado, accidentalmente, con una anciana desdentada que conservaba, a su avanzada edad, el buen talante y cuyo tiempo se dividía entre pastorear a sus cabras y cuidar a sus dos hijas, una enana y otra que yacía postrada en el interior de la pequeña choza construida con paja y adobe a la que las tres denominaban hogar. Habían intercambiado algunas escuetas palabras acerca de la distancia con respecto a las poblaciones más cercanas y después, poco antes de ponerse en marcha nuevamente, le habían dado cincuenta pesos, mucho considerando la cantidad que les restaba, no sin antes hacerle prometer que no hablaría con ninguno de los soldados que rondaban la zona. Una anciana y dos hijas enfermas. Algunos campesinos y sus familias. Una casa solitaria aquí, un caserío allá. Todos, en medio de aquel territorio agreste y perdido. En medio de la nada. Peor aún, dado los recientes acontecimientos, resultaba poco probable que fuera a cumplir con la palabra empeñada. El recuerdo de la segunda columna, cuya posición debió de haber sido informada al ejército por alguno de los campesinos locales, disparó de pronto imágenes dentro de la cabeza de Ramón; comenzaron a aparecer frente a sus ojos, claramente, los rostros de sus compañeros caídos. Muertos, todos muertos. Jóvenes. Buenos compañeros. Valientes y leales. Emboscados, sin oportunidad alguna de defenderse, asesinados como animales por unos soldados de mierda, sin ningún rastro de honor. Lo tenían todo y ahora ni siquiera podía saber él, con certeza, qué suerte correrían sus cuerpos. Julio y Manuel también habían muerto, ellos apenas dos semanas atrás. ¿Qué hay de aquellos que los amaban, de sus amigos, de sus compañeros, de su familia? ¿Qué será de la mía, si corro con la misma suerte? A mis hijos les costará trabajo recordarme, sobre todo a los más pequeños, pero mi mujer se encargará de criarlos como hombres y mujeres de bien, preocupados por su patria y por su gente. Aún y cuando no lo había expresado hasta ese momento, y jamás lo haría, era consciente de que el exterminio de aquella segunda columna marcaba el precipitado fin de la odisea. Durante algunos meses, el balance de fuerzas había presentado un saldo positivo; habían logrado abastecerse de cuantioso parque y provocado numerosas bajas enemigas. Pero la caída de la segunda columna era un golpe difícil de ignorar. Salir de allí con vida era, ahora, el único propósito, el único objetivo. La luz de la luna resultaba apenas perceptible dada la cantidad de nubes que pululaban el cielo aquella noche de octubre, de modo que el grupo avanzaba lentamente, entre penumbras. 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Llevo media hora revolcándome en la cama, alterado, chorreando sudor a causa del insoportable calor. Los gimoteos y lloriqueos de mi hijo Armando, que llegan de su cuarto, no me dejan tranquilo. La puerta está abierta y él está tumbado en el pequeño y destrozado catre, enfermo, con una fuerte gripa que lo tiene con fiebre, escalofríos, dolor de cabeza y mareos. Miro el techo, luego el despertador que me informa que son pasadas las doce del día, y espero inútilmente haber visto mal la hora. Desearía tener ya dos tragos encima y así pretender que hoy será un gran día. Levanto la cabeza y miro hacia mi derecha, confirmando que mi esposa, Isaura, no está del otro lado de la cama. No llegó a dormir. Ya van cuatro veces este mes que me hace lo mismo.  Siento la boca seca y espesa; tengo sed, hambre. Todo transpiración, me levanto despacio, inmerso en el sopor digno de una noche de juerga, y me dirijo al espejo. Me miro durante un rato, analizo mi imagen reflejada. No me gusta lo que veo: un tipo maduro, moreno, ancho, más bien gordo, de rubor enfermizo, con el pelo muy negro y tupido bigote.  Salgo de mi mugrienta habitación con el enorme deseo de beber y comer algo. Todavía llevo puestos los pantalones cortos de la pijama y ando sin camisa. Puedo percibir mi brutal aliento aún perfumado de mi fiel tocayo, brandy Don Pedro. Paso por delante de la recamara de Armandito. Lo miro, sigue acostado, inquieto, pasando mucho frió, con los ojos entreabiertos y su gran barriga sobresaliendo debajo de una camiseta de Dragon Ball Z, sintiéndose muy mal mientras ve en una película animada en la televisión, creo que “Bernardo y Bianca”, otra vez. Camino por el pasillo del pequeño departamento casi en cámara lenta hacia la cocina, con el rostro contraído en un gesto de desesperación, vibrando inconteniblemente. Abro el refrigerador y el congelador. Busco huevos, jamón y queso. Me encuentro con que las sobras de mi porvenir son: un six-pack de Tecate y un plato de frijoles rancios. Hay dos cosas que odio en esta vida: una de ellas es al América y la otra son los frijoles. Saco las cervezas, destapo una y le doy un trago, que apenas saboreo. Suelto una risita nerviosa y me llevo la mano a la frente. No puedo creer que a Isaurase le haya olvidado ir al mercado.    Tengo una cerveza bien fría en la mano. Es finales de mayo y latelevisión se encuentra sintonizada en el partido de mi querido Cruz Azul. Están siendo aplastados en semifinales por el maldito América. Tres contra cero, con dos goles del pinche Cuau. Trato de ignorar el resultado. Le doy otro forzado trago a la Tecate y me prometo a mí mismo que todo va a estar bien, por una vez.  Floto sin rumbo hasta llegar al teléfono que hay en la entrada. Lodescuelgo y me acerco la bocina a la oreja. “Estimado cliente de Telmex, le  informamos que por falta de pago, su servicio ha sido suspendido” me dice la voz de una mujer del otro lado de la línea. La irritación me colma. Me siento humillado. Creo que estoy a punto de estallar. La furia comienza a surgir en mí.   Los tremendos toquidos en la puerta quiebran aún más mis nervios.  -¿Quieeeen? –grito bruscamente. No responden. -¿Quién chingados será?- pregunto para mis adentros, antes de abrir yenfrentarme con unos tenebrosos ojos negros y un labio inferior levemente mordido por dos dientes delanteros.   Mis dudas se aclaran ante esta imagen: es Benjamín, la rata parda de dosmetros que vive en la alcantarilla del viejo edificio.  Abro aún más la puerta, mido mis deseos contra mis riesgos y decido que lo ideal es hacerlo pasar. Su presencia es muy inquietante y por lo mismo me da un mal presentimiento, me revuelve el estomago. Mi corazón late vigorosamente, las manos y las piernas me tiemblan. Mis pupilas se dilatan y mi cuerpo ahora está despierto, muy despierto. Espero a que su descomunal tamaño y larga cola invadan mi problemático mundo. Más que asco, siento temor. No lo comprendo, no sé cómo lidiar con él. Lanzo una señal con los ojos para que vaya detrás de mí. Supongo que sentarnos en el balcón a contemplar las calles del centro de la ciudad es la mejor opción. Benjamín está particularmente  reservado esta tarde. Hediondo a cañería solamente olisquea lavivienda; de vez en cuando volteo a verle sus patas delanteras, que poseen cuatro dedos más el pulgar, casi atrofiado. Su hocico achatado es de una desproporción indiferente, y hace juego con sus orejas no muy largas, fruncidas hacia delante.   Caminamos por la sala en silencio, esquivamos, toreamos las trescubetas azules, cuya misión expresa es detener las goteras. Oigo sus pasos aproximándose en una lenta y pesada avalancha que crece sobre mi hombro derecho; cada movimiento provoca un retumbo dentro de mi cráneo, ya que lo tengo prácticamente encima, a punto de tirar con su inercia el six-pack que sostengo entre las manos. Logro percibir sus soplidos y su transpiración monstruosa; sus ojos son afilados como uñas y puedo sentirlos clavarse en mi cabeza, incomodándome.      Benjamín se coloca en la parte central del balcón, sentado en una caja de refrescos, dando la espalda peluda a la ciudad de México. Todo aquel paisaje es abrumador, espantoso. Un diálogo indescriptible y olor repugnante. Fuertes respiraciones y me digo a mi mismo que tengo que ser amigable. La leve brisa me siembra un repertorio de escalofríos a lo largo de la espalda. Me siento muy asustado. Muy asustado por tener que convivir con este inmenso roedor. Más  asustado que nada y a punto de orinarme, de hacerme popó, y perder la razón. Aterrado, desolado, me deterioro poco a poco cómo la  infeliz víctima de una película de terror. Voltea la caja para contemplar la invasión de vendedores ambulantes frente al edificio, con sus centenares de lonas rosas. Me acomodo juntoa él. Tenso, sin parpadear, en estado de shock, no digo nada, no puedo ni abrir la boca, me he quedado sin palabras. Hablar, expresarme, es difícil, se me dificulta, me duele la lengua al solo intentarlo. Tengo mucho calor y estoy empapado en sudor. Gotas me resbalan lentamente por la frente, por las mejillas. Estoy agobiado, sofocado. Empiezo a sentir unos irremediables deseos de ir por Armandito a su cuarto; contemplo la idea de correr, huir, perono hay hacia donde hacerlo; sería inútil, no hay lugar donde podamos escapar y escondernos de él. Quisiera tranquilizarme, sosegarme. Pensar que las cosas no tienen que ser tan malas. Dejo que los rayos del sol me quemen un poco. Ya que estamos cuerpo a cuerpo, contemplo más de cerca su dentadura, que consta de 32 piezas y tiene una capa color naranja; así como su cola pelona larguísima, que mide lo mismo que todo su cuerpo. Finalmente le pregunto: “¿Qué haces aquí?”. Mientras me mira con una intensidad macabra, devorando con la vista cada una de mis articulaciones y huesos, su asquerosa y grotesca sonrisa me hace comprender  que todo está bajo su control, y fuera del mío. -Creo que sabes la respuesta- me responde con una voz chillante,penetrante, tétrica.  -Sí, pero no estoy seguro de entenderlo.  -¿Vas a matar a Isaura?- me pregunta, con un aspecto animado.   Me está dominando el pánico y eso hace que mi mente deambule,deambule a un lugar familiar. Un lugar del que no me gusta hablar, o recordar. Hemos tenido esta conversación antes.  -No, no -grito, sin saber qué hacer, sin saber cómo reaccionar ante esa  retorcida petición; poniéndome de pie y tratando de apartarme-. No quiero hacerlo. No tengo con qué hacerlo.   -Lo vas a hacer con el largo y filoso cuchillo que tienes escondido debajo de tu cama- dice la inmunda bestia echándose a reír; los sonidos que salen de su boca no tienen sentido, no tiene relación con nada de lo que yo haya escuchado antes.    ¿Qué, has perdido la cordura?- digo finalmente-. Que yo no quierohacerlo.  Se levanta lentamente, y con una expresión siniestra diseñándose en su rostro, increpándome con la mirada, a baja velocidad y  desprendimiento denso, irradiando furia y enfado, se lanza sobre mí, me agarra del cuello con una pata delantera, en la que pesan poderes increíbles, capaces de persuadirme a cometer cualquier crimen. Me lleva a una esquina, me acorrala, y con la otra pata comienza a hundir sus uñas en mi estomago –pero no lo suficientemente fuerte-, tratando de desgarrarlo. Me pongo a patalear, incapaz de liberarme.  -Mañana quiero su cabeza-dice. Abre los dedos y finaliza el martirio en mi cuello, acaba el intensocastigo. Caigo de rodillas contra el suelo. Recupero apresuradamente larespiración. Compruebo que mi horror está aumentando cuando me veoreflejado en sus enormes ojos negros; en su dura, fija y agresiva mirada.  Benjamín se agacha, se me acerca más y muy cerca de mi cara chilla, ordena, repite, lentamente, ya no como pregunta, cinco palabras: -Vas… a… matar… a… Isaura… Mi nombre es Pedro Jiménez  y así comienzan mis pesadillas.   " ["post_title"]=> string(17) "Un domingo común" ["post_excerpt"]=> string(26) "Breve cuento de terror. 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