Así nacieron los mejores looks de ‘The Crown’

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29 de julio, 2020 The Crown

La actriz Claire Foy, caracterizada como la reina Isabel II, probándose la corona antes de la ceremonia de su coronación en 1953, es una de las muchas escenas de The Crown que requirieron una exhaustiva investigación sobre el guardarropa de la monarca británica.

Por ello Michele Clapton, diseñadora de vestuario de la serie de Netflix, y Joanne Milner, CEO de la joyería Garrard, compartieron para la revista Vogue las increíbles historias de algunos de los looks más notorios de la reina Isabel II.

La tiara de la boda

“Por convencionalismos, sólo las damas casadas usaban tiaras, así que la princesa Isabel, como era en ese entonces, va a usar una tiara por primera vez, comentó Milner para la publicación.

Esta era una tiara especial, el ‘algo prestado’ de su abuela la reina María que data de 1830; mientras le arreglaban el cabello con la tiara y el cabello, el estilista accidentalmente quebró la vieja base, lo que causó un pánico colectivo. La Reina Madre sugirió que había dos horas de tiempo y podía usar otra pieza, pero un policía llevó la tiara de emergencia al taller de Garrard, en donde la repararon inmediatamente”.

El vestido de bodas

El vestido de bodas de la entonces princesa fue diseñado por Norman Hartnell, cuyo diseño fue aprobado tres meses antes del enlace. Fue hecho de seda color marfil con bordados de jazmines, lilas y botones de rosas blancas, inspirado presuntamente en la Primavera de Boticelli, pintura de 1482.

“Tomó de seis a ocho semanas recrear ese vestido, con un equipo de seis bordadoras trabajando en él de tiempo completo; otro trabajó en la parte de la falda y mi bordadora principal lo hizo en la parte de la línea del cuello”, comentó Clapton.

 

El vestido de coronación

Al igual que su vestido de bodas, el atuendo de coronación de la reina Isabel II fue diseñado por Norman Hartnell, y fue creado usando satín de seda blanco bordado con los emblemas del Reino Unido y la Commonwealth. Michele Clapton comentó para Vogue que su equipo no elaboró este vestido debido a que el original estaba en exhibición y fue prestado para la producción.

De acuerdo con la diseñadora, el bordado de espigas de trigo y ramas de olivo en el atuendo original tardó presuntamente cerca de 3 mil 500 horas en completarse por un equipo de 12 costureras de la Real Escuela de Costura.

Vestido de luto en Kenia

Como muestra The Crown, la princesa Isabel recibe la noticia de la muerte de su padre mientras está de gira en Kenia. “Por alguna razón, el atuendo de luto ya se había adelantado y en realidad llecaba un sencillo vestido de verano”, explicó Clapton. 

Cuando su avión aterrizó, se envió un mensaje y se entregó un segundo traje negro en el aeropuerto de Londres para que la nueva soberana se cambiara en él.

 

 

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Orgullosamente y pese a las vicisitudes del camino, la FIL Guadalajara es considerada una de las ferias del libro más importantes a nivel mundial, junto con las de Frankfurt y Barcelona, la Book Expo norteamericana y el Salon du livre en Francia. La llegada del otoño enmarca los últimos preparativos para esta exposición mundial organizada por la Universidad de Guadalajara, que engalana de forma única la capital tapatía. Su inicio resulta en grandes alegrías editoriales, de autores, pero sobre todo, un festín para los lectores que, además de adquirir las novedades literarias, tienen una forma única de aproximación a los autores “de carne y hueso”, o bien a la interpretación que grandes maestros hacen de obras de todos los tiempos. Es entonces buen momento para reflexionar sobre la palabra escrita  y sus alcances universales, así como las limitaciones que viene enfrentando de cara a la tecnología, a ratos mecenas maravilloso, otros ratos ladrón perverso y en muchas ocasiones boicoteadora de la buena comunicación. Twitter está en crisis, a ratos se vislumbra su desaparición del panorama de las redes sociales.  En lo personal es algo que me pone triste. A través de esa red social he tenido acceso a contenidos maravillosos, aunque, hay que decirlo, a ratos eludiendo el golpeteo que se arma por la  polarización que la red facilita.  Desarrolla, en muchos casos, un lenguaje único que, dados mis afanes puristas, pone a rechinar neuronas. Cierto, a ratos –por economía verbal—caigo en lugares comunes que deslucen nuestra rica lengua castellana. En días pasados, con motivo de la participación de México en Qatar, me topé con una expresión tuitera de parte de un líder en la comunicación.  Ante el fracaso de nuestro equipo se expresó con un “Baia, baia”, de esos términos que en lo personal enloquecen a mis neuronas, viniendo de un líder de opinión. Con esto en mente, me permití aventurarme en una pequeña exploración sobre lo que ha sido nuestra palabra escrita, desde tiempos de los amanuenses hasta la telefonía celular. El propósito final de esta herramienta ha sido la comunicación. Sin el apoyo de elementos accesorios como sería la expresión corporal, la palabra escrita nos obliga a manifestarnos de una forma descifrable al máximo.  Inicialmente preciosista, en la actualidad técnica, breve y muy contaminada, pero el lenguaje lo sigue intentando. Habría que ver hasta qué punto se desvirtúa su propósito de comunicación, para convertirse en una catarsis personal provocada por el caos que impera en el mundo. Me generó un gran gusto enterarme de que nuestro escritor, coahuilense por adopción, Julián Herbert, recibiera el premio López Velarde de poesía 2022.  Aparte de cálido amigo ha sido un gran maestro con quien he tenido oportunidad de tomar taller en más de una ocasión. Esa calidad que vuelca en sus letras refleja lo que él es, un ser humano real, congruente entre lo que es y lo que escribe.  A través de sus letras lo hemos acompañado en situaciones muy personales que lo vuelven entrañable para el  lector, al identificar lo leído con  nuestras propias experiencias dolorosas.  Un excelente ejemplo de cómo es posible decir lo que la historia requiere, de una forma clara, que alcance al lector, con el propósito único de comunicar a otros lo que sentimos, pensamos o experimentamos. En todas las áreas del quehacer humano existen códigos de comunicación. Desde los científicos encerrados en sus laboratorios desentrañando los códigos de un genoma, hasta el controlador aéreo de un aeropuerto, o los que los  preparatorianos utilizan entre ellos en el aula escolar.  Esos códigos necesitan un marco referencial que permita comunicarse a unos con otros.  En el caso de la obra literaria, el código demanda claridad; abandonar toda subjetividad  personal justo en aras de eso, de comunicar, de compartir la percepción propia con el lector. No es función de la literatura como tal, convertirse en un  catártico si no se cumple la función de hacer saber al lector aquello que los conecte en lo profundo. De lo anterior se deriva un subtema más: Vivimos en unos tiempos de “DIY” (do it yourself), perdón por el anglicismo. A ratos queremos aplicarlo en la edición de un libro, lo cual difícilmente resulta en un trabajo de calidad. Hay plataformas que permiten la autopublicación de una obra literaria. Lo ideal es que esa obra que buscamos lanzar a través de una plataforma cuente con un trabajo previo de edición. Dentro de esta última, antes que los elementos de maquetación final, viene el pulimiento de los textos con relación a: ¿Qué quiero expresar? ¿Se consigue mi propósito de la mejor manera? Y una serie de precisiones sintácticas y hasta ortográficas que aportarán claridad al escrito.  Necesitamos ser despiadados con nuestros trabajos; someterlos a la revisión de otros ojos, en aras de mejorarlos. Revisarlos una y otra vez, hasta comprobar que queda en condiciones de comunicar.  La edición no es cuestión de corazonadas; de manejarse por suposiciones de que he logrado expresar lo que quiero decir.  Es trabajo y tiempo, y sobre todo humildad para apoyarnos en los que saben más que nosotros del asunto. Revisando material para el presente me hallé una verdad así de clara como  contundente, en un artículo de revisión de la editora española Mariana Eguaras. 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Cartas a Tora - 292

Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. Diario le escribe...

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