América desde antes de ser América — como dice Alfonso Reyes — parecía una tierra pensada para la utopía; ubicada en el “plus ultra”, se encuentra al oriente de las Islas Afortunadas, de la Atlántida, de la Última Tule, es decir, más allá de los límites con los que Europa y la antigüedad clásica ciñeron su realidad. Percibida e imaginada antes de ser una realidad, América fue descubierta, o inventada si se prefiere seguir a O’Gorman, con la clara intención de ser una segunda oportunidad para la civilización occidental. Los esfuerzos paralelos, a veces concomitantes y otras tantas divergentes, realizados por descubridores primero y después por conquistadores y encomenderos por un lado y por evangelizadores y procuradores reales, por el otro, establecieron una dinámica en la que bien podían concurrir Colón, Vasco de Quiroga, Juan de Mariana o Francisco de Vitoria con Hernán Cortés, Pizarro, Alvarado o Bernal Díaz del Castillo. Hoy, después de siglos, somos hijos de ese sueño y lo somos de tal manera que lo seguimos alentando y construyendo, tanto que hoy mismo estamos metidos en una reforma profundísima de nuestras instituciones — a gusto de algunos y a disgusto de otros—, pero en un movimiento para construir el mañana. Somos los herederos y descendientes de aquellos días.
Cuando era niño, el 12 de octubre era conocido como el “día de la raza”. Hace mucho tiempo que no se celebra y menos con ese nombre, y qué bueno, el término “raza” es obsoleto y está relacionado con genocidios, exclusiones y discriminación; es claro que no tenemos por qué usarlo. “Raza”, dice el Diccionario de la Real Academia Española, tiene tres acepciones. La primera habla de casta o calidad de linaje u origen; magnífico término para la ganadería o la apicultura, pero en términos humanos es incompatible con la idea de igualdad. La segunda, establece: “Cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia”; este es el error de los nazis, kukluxklanes, supremacistas y demás imbéciles de esta tara y ralea; se parte del principio de que la especie humana puede dividirse por caracteres, generalmente falsos o inventados —como lo hicieron los nazis— o de plano absurdos o imaginarios, como todavía lo hacen los supremacistas.
El hecho es que el principio de raza parte de la idea de pureza, de rasgos dominantes que se relacionan no solo con el físico sino también y sobre todo con la manera de ser y de comportarse. A estas alturas de la historia y la civilización, hablar de pureza racial, de que los mestizos de español e india somos así o asá, o los chinos se comportan de tal o cual manera, que los judíos acostumbran esto o aquello mientras que los negros… ya se sabe, es un cruel despropósito, porque, por ejemplo, hablar de “negritud” implica hablar de cientos de grupos humanos distintos, lo mismo que de indígenas, árabes o judíos. Lo que existe, eso sí, son grupos humanos con características culturales labradas a lo largo de siglos de historia y vida en común. Quien habla de raza habla de un estándar malévolo, fijado desde la otredad, con malas intenciones.
A veces creo que superamos esa discusión y que por eso no celebramos, como hace cuarenta años, el “día de la raza”. Sin embargo, el 12 de octubre de 1492 está ahí y ahí estará para siempre y contiene la semilla de muchas de nuestras miserias, pero también de nuestras glorias y contradicciones. En la noche del 10 de octubre de este cruel año de la pandemia, el gobierno de la CDMX decidió llevarse a don Cristóbal, el de avenida Reforma, a dar una bañadita, una restaurada. Ignoro si hacía falta darle mantenimiento a la estatua, no soy especialista y tampoco sé qué tan dañado esté el monumento; pero cuando se habla de cultura no hay movimientos inocentes y la peculiar ausencia levanta de inmediato suspicacias. No me quiero sumar a ellas, pero sí me preocupa que no regrese a su lugar el viejo vecino de bronce, que se esfume en estas circunstancias.
No estoy peleado con revisar la historia, eso lo hacemos todo el tiempo, generación tras generación. Hoy el “68” que se discute no es el que se discutía en los años setenta, solo por poner un ejemplo, y La Plaza de Luis Spota dista décadas del enfoque de Aquella tarde en Tlatelolco de González de Alba; el compañero González me parece, en este momento, mucho más convincente. Por su parte, los españoles están desde hace décadas en una discusión sobre el pasado franquista; no hay estatuas del dictador ya en la península, y qué bueno. Pero lo que no podemos hacer es jugar así con nuestros símbolos, patear la historia como si fuera una pelota donde si el dueño del balón se enoja, se lo lleva y se acaba el juego. Los símbolos son peligrosos, mueven resortes que van más allá de la razón y provocan reacciones que es muy difícil prever. Seamos sensatos.
Volviendo a Colón, hasta ahora el retiro de la estatua parece provisional y sin tener mayor fuente que el sentido común, puede ser que haya sido un movimiento preventivo, antes de que le arriaran una nueva paliza el día 12. Pero si hay que modificar algo, si hay que retirarlo o reinstalarlo, si hay que hacer cualquier cosa, que sea habiendo escuchado a todos los que tenemos algo que decir. Porque Colón no es Franco ni Mussolini y ni siquiera Cortés. Con el genovés se abre el capítulo de la historia que nos define, nos guste o no, nos duela o no. Colón no es un genocida ni tuvo nunca en mente el exterminio de nadie. Es claro su pasmo y su asombro mientras contemplaba a los nativos por vez primera. Nunca tuvo duda de la humanidad de los habitantes originarios de estas tierras a los que suponía habitantes del jardín del Edén, como afirma en sus diarios. También es cierto que fue un pésimo administrador y un gobernante desastroso. Su legado, a veces duro y amargo, también tiene momentos de gracia y elegancia, donde sobre todo destaca la lengua española. Es en esta lengua en la que hemos creado una enorme cantidad de obras literarias que amamos todos y que son dignas de ser recordadas. Ese idioma es la lengua franca en que nos entendemos millones de hispanohablantes, entre ellos, mexicanos de todos los orígenes y grupos humanos que tenemos idéntico derecho a existir y a colaborar en la construcción de este país. Eso es lo que tenemos que pensar y discutir, sin madruguetes ni albazos que luego tengamos que reparar y lamentar. Y del monumento, sería tan raro ver que desapareciera del entorno una de las obras clásicas de la estética que nos legó el liberalismo decimonónico. Me acuerdo de una tonadilla de la infancia, Colón, Colón… y sus hijos cristobalitos, aunque mal nos caiga nuestro padre, nuestra madre, nuestros abuelos, el tío borracho o el primo delincuente, son parte de nuestro pasado, como el abuelo científico y el sobrino escritor; somos los cristobalitos judios, mestizos, indígenas y armenios. Esto es lo que somos para gloria y vergüenza, pero íntimamente nuestra.
CARTAS A TORA 370
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