Era una tarde fría de invierno. Recuerdo que me encontraba a las afueras de la cuidad en un lugar lejos del bullicio de la gran urbe. El día estaba por caer y la noche empezaba a cubrir el horizonte con su elegante velo negro, adornada de estrellas que brillaban cual diamante en terciopelo.
En eso una llamada irrumpió en mi silencio. Una voz suave me preguntaba qué planes tenia para esa velada. Contesté con sinceridad: estoy en la calma del campo esperando que oscurezca para disfrutar de la paz que la noche ofrecía.
Tal vez podría acompañarte, susurró la voz, si no tienes inconveniente replicó.
Acepté tan sugestiva invitación y comenté:¿te parece que cenemos juntos a la luz de la luna?
Seria interesante, contestó la misteriosa dama.
En ese momento comencé a preparar un delicioso espagueti, acompañado de una pechuga de pollo en mostaza y champiñones.
Bajo la copa de un mezquite apilé unos leños para formar una fogata. Coloqué una mesa y un par de sillas. Al tiempo llegó la esperada visita.
Su auto se detuvo frente al lugar, de pronto abrió la puerta y bajó una dama de hermoso cuerpo moldeado por unos jeans ajustados y una chamarra con fina borrega adornando el cuello de la misma. Los tacones estilizaban más su figura, la sonrisa y el brillo de sus ojos eran una fórmula hipnóticamente seductora.
Me acerqué y tomé su suave mano con uñas finamente decoradas. No podía dejar de sentir asombro por la armónica belleza que representaba.
Nos dispusimos a cenar. El ambiente se complementó con una suave música de Barry White. Terminamos de cenar, tendí una manta para disfrutar del fuego, el frío acercó nuestros cuerpos los cuales despertaron al sentir el contacto uno del otro. Nuestras miradas quedaron muy cerca, podía sentir el tibio aliento de su boca tan cerca de la mía, que llegó el momento que como dos imanes que se atraen nuestros labios húmedos y suaves se encontraron. Mis manos moldeaban su cuerpo resaltando cada curva que poseía.
Recostados frente al fuego nos estorbó la ropa, uno al otro despojó de sus vestimentas. Mis dedos lentamente exploraban su cuerpo desnudo mientras mi boca dibujaba cada centímetro de su piel. Frenándose donde más se estremecía… La respiración cada vez era más agitada, los sentidos se unieron para concentrarse en la pasión que nos envolvía. Nuestros cuerpos desnudos se fundieron para convertirse en uno solo.
La luna alumbraba suavemente nuestro encuentro. La fogata era el único espectador convirtiéndose en testigo de lo que sucedía. Los corazones palpitaban cada vez más rápido, la respiración se agitaba hasta que explotó en un jadeo dejando llegar ese cansancio que desborda en pasión y deseas repetir una y otra vez sin cesar.
Finalmente nos recostamos mirando las estrellas con una pícara sonrisa y las pupilas dilatadas, dando oportunidad de que el cuerpo tomara su ritmo habitual.
Así el principio de una historia de amor que, de una cena inesperada, se convirtió en una aventura que todavía persiste y existe.
“ESTA ES LA NATURALEZA DE MI SER”.
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