LO QUE EN VERDAD IMPORTA

Hay ciertos días en que me levanto con el chip en modo “escribir”.  Son aquellos cuando debo de cumplir con los compromisos que tengo para publicar en algunos medios impresos y electrónicos. Esta mañana, cuando revisé mi...

2 de febrero, 2021

Hay ciertos días en que me levanto con el chip en modo “escribir”.  Son aquellos cuando debo de cumplir con los compromisos que tengo para publicar en algunos medios impresos y electrónicos. Esta mañana, cuando revisé mi inventario de temas, me sorprendí a mí misma  eligiendo por enésima vez asuntos pandémicos: que si el virus, que si el contagio, que si las vacunas…  En esas estaba cuando me llegó –¡bendita tecnología!– una fotografía enviada por mi hermana, que muestra a su hija, joven especialista en medio ambiente, impartiendo una clase frente a chicos de primaria.  Su comentario: “Los niños la hicieron reír mucho”.  Eso fue suficiente para dar un viraje de 180 grados a mi carrusel temático y decidirme por otra cosa a desarrollar en la presente colaboración.

La pandemia se ha ido infiltrando en todos nuestros comentarios, como hace la humedad.  Contrario a emergencias sanitarias de otras épocas, ésta llega cuando la humanidad carga con condiciones psicosociales que no facilitan integrar grupos en los que todos cooperen. Me parece que con el estilo de vida que impone el tercer milenio, hemos privilegiado la velocidad y la eficiencia por encima de cualquier clase de convivencia humana. Vamos todos en una carrera contra el tiempo y contra los compañeros de ruta, procurando ser los primeros y los mejores.

Los cánones dictan que no se vale perder  tiempo en asuntos que no tengan que ver con la competitividad. De este modo hemos ido perdiendo nuestra entrañable condición de humanos, esa que permite comunicarnos, construir puentes, crear comunidad. Estamos tantas veces tan solos, tan faltos de relaciones humanas, que resulta turbador. Somos un tanto el “Truman” de aquella película de finales de los años noventa Historia de una vida, en la que Jim Carrey encarna un personaje cuya vida se desarrolla dentro de un estudio de televisión, tan bien construido, que él tarda muchos años en descubrir la farsa y  tratar de escapar de ahí.

Si alguien nos pidiera enumerar los diez momentos más significativos en nuestra vida, me atrevo a suponer que en cada uno de ellos aparecerían  rostros, gestos, palabras, más que otra cosa.  Y así con cada pequeño acto de nuestra diaria jornada. Esta imagen que llega a mi teléfono móvil comunica el gusto de mi hermana como mamá, por los logros de su hija.  Me hace partícipe del gozo que una y otra experimentan a un océano de distancia de donde yo estoy, y juntas hacemos comunidad familiar. Finalmente es sentirnos parte de lo mismo; reforzar las raíces y enaltecer las jóvenes ramas que se elevan, queriendo alcanzar  los cielos.

La crisis sanitaria nos sorprendió en un mundo formado por individuos que poco se ocupan de otra cosa que no sea su propia persona. Ahí tenemos los resultados de privilegiar mi gusto personal por encima del bienestar colectivo: un virus que evoluciona, se diversifica y cada día se vuelve más difícil de controlar.

Nuestras sociedades no tienen mayor cabida para los abuelos, personajes que representan el origen de la familia, cuyo papel en la crianza de los niños se enfoca a reforzar la autoestima.  El amor de papá es condicionado, el de mamá en su forma original era un amor incondicional; pero dentro de las condiciones de vida actual donde ella sale a trabajar, regresa a casa con muchos patrones de crianza similares a los de papá. Por su parte, los abuelos en esencia son portadores de un amor incondicional, apapachador y tolerante, que mucho beneficia al pequeño.  Si se portó bien o se portó mal, si sacó buenas o regulares notas, el amor de los abuelos se va a expresar del mismo modo, lo que refuerza su sentido de pertenencia y de identidad.




En un mundo de seres humanos que giran sobre su propio eje de forma continua, viene a caer la pandemia, lo que ha sido, en muchos casos, catastrófico.  ¡Vaya! con los recursos tecnológicos, médicos y de comunicación que tenemos hoy en día, era de esperarse que la enfermedad se hubiera controlado desde sus etapas iniciales. Esa actitud egocéntrica y en gran medida hedonista, que nos lleva a anteponer lo propio por delante de cualquier otra cosa, nos ha colocado en el punto en el que estamos.

En estos tiempos que corren hay que compartir las pequeñas cosas de cada día, hacer partícipe al otro de lo que a mí me alegra, estar ahí para apoyar colocando una bandita adhesiva en las heridas que el ser querido sufre en el camino…  eso es empatía, eso es sentirnos acompañados unos por otros, crear comunidad y hallar motivos renovados para seguir adelante. Lo valioso es tener la seguridad de que en un punto geográfico está una persona para la cual yo soy importante, así, con mis defectos y mis inconsistencias, que me acepta como soy, que me acoge nada más porque sí, ajeno a imponer requisitos de admisión. Lo que en verdad importa es reconocernos, aceptarnos en nuestra gran variedad y ser solidarios.  De este modo el camino es más llevadero y agradable, y se avanza mejor.

Me prometí no hablar hoy de la pandemia, pero está más allá de mi capacidad de evitar el tema.  Concluyo, pues, diciendo que la emergencia sanitaria es la gran prueba de la cual hemos de salir fortalecidos, en la medida en que estemos dispuestos a cambiar, comenzando cada uno de nosotros por la propia persona, por los pequeños momentos del día, por nuestros seres queridos.

Comentarios
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Era Covid: Liderazgo y comprensión profunda del carácter global de la civilización humana

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Conforme la Covid-19 se fue expandiendo y el conocimiento acerca de ella evolucionando, conforme los casos se hacían cada vez más frecuentes y resultaba evidente que un confinamiento de un mes no resolvería la situación, los planes, propuestas y recomendaciones iniciales debieron adaptarse y modificarse según se transformaban las tendencias de contagio y el número y naturaleza de los fallecimientos. Pero lo mismo sucedió con los planes económicos, educativos, comerciales, turísticos, incluso políticos dentro de las dinámicas locales. La pandemia por Covid-19 no respondía a las estrategias planteadas y la búsqueda de soluciones nuevas, creativas y costeables según cada caso se convirtió en la prioridad global. Citando a Daniel Innerarity, de su texto Pandemocracia: “La dificultad de predecir estas irrupciones no es solo acerca de cuándo van a suceder, sino incluso sobre su naturaleza, de manera que no sabemos exactamente qué va a suceder (o qué ha sucedido y qué va a cambiar después). Éste es un territorio que desconocemos, y tampoco lo conocen quienes tienen que gestionarlo, expertos y políticos. De ahí que las decisiones para hacer frente a la crisis tengan un cierto carácter de improvisación y experimento, e incluso están llenas de errores, especialmente cuando no se ha identificado bien la naturaleza del problema2”. Se habla con frecuencia de una supuesta “nueva normalidad”. La primera acepción a este concepto surgió del apremio de los gobiernos por transmitir a sus ciudadanos la idea de que muy pronto se volvería al estado de las cosas previas a la pandemia; sin embargo los incontables cambios, aun cuando sutiles, son tan amplios y tan generalizados en todos los ámbitos –economía, relaciones, educación, salud, etc.– que hoy podemos afirmar con bastante certeza que el mundo previo a la pandemia por Covid-19 ha dejado de existir para dar lugar a una nueva realidad, aún en construcción. Dice el gran Edgar Morin: “Toda acción, una vez iniciada, tiende a escapar de las intenciones y la voluntad de su autor y a entrar en un juego de interacción y retracción con el medio (social o natural) que puede modificar su curso, y a veces hasta invertirlo3”. Y justo eso está ocurriendo. Estamos, con nuestras acciones, omisiones, impulsos, reacciones e interacciones creando un mundo nuevo en sustitución del anterior y este “nuevo mundo”, si se caracterizará por algo, será justamente por su carácter maleable y en permanente transformación. La vida cotidiana no volverá a ser lo que era, tanto por el tema del virus, como por futuras pandemias, como por los propios cambios climáticos, económicos, sociales, tecnológicos y culturales del mundo global en que estamos irremediablemente inmersos. Pero el centro de la argumentación va un poco más allá: no se trata de una tendencia causada por la pandemia de Covid-19 que cesará cuando la emergencia acabe, sino todo lo contrario, el cambio y la transformación permanente será la constante del siglo XXI, y no es con el virus, sino con esta dinámica con la que tenemos que aprender a vivir. Ya habitábamos en un mundo en transformación permanente, pero nos aferrábamos a la ilusión, un tanto ingenua, de que era posible tener certezas, de que el mundo y sus variables podían ser sólidas y predecibles, de aún éramos capaces de conservar el control sobre el universo humano y natural, pero si echamos un vistazo a los últimos cincuenta años, veremos que los cambios en la forma de vida, en las expectativas profesionales, en las dinámicas familiares, sociales y políticas, en fin, en todos los aspectos de la existencia nos colocan en dos mundos materialmente distintos. Ni el concepto de familia, ni de educación, ni de trabajo, ni de relaciones de género, de maneras de relacionarse tienen semejanza alguna, y hablamos apenas de 50 años. La vida diaria y las herramientas empleadas por alguien nacido en la década de los cincuenta del siglo XX, aun si solo habláramos del aspecto tecnológico, no tienen nada que ver con la manera en que un chico nacido en el año 2000  se relaciona con el mundo y con su propia existencia. Y no se trata solo de pantallas e internet. Los cambios se dan en racimo en todos los ámbitos del quehacer humano. Lo que la emergencia sanitaria por Covid-19 está haciendo es desnudar brutalmente esa tendencia preexistente, hacerla evidente y retratarla en su justa dimensión, dejándonos en claro que no hay ningún elemento que permita suponer que esta dinámica de transformación y cambio pudiera detenerse o desacelerarse, aun cuando resulte imposible determinar el sentido y dirección de dicho cambio. Más bien, al contrario, la tendencia en el último siglo es que los cambios tengan lugar con un intervalo de tiempo cada vez menor. Del mismo modo que los individuos tenemos que ajustarnos a las nuevas condiciones, el líder debe hacer el esfuerzo análogo por abrirse al cambio, la adaptación y la rectificación cuando las medidas tomadas den muestras de no ser las óptimas. Sumado a la comprensión sistémica y global que implican los escenarios colectivos, las nuevas estrategias, soluciones y políticas públicas deben nacer ya con un plan B, C y D, con diversas variantes en cada caso, porque ésa es la realidad a la que irremediablemente habrán de enfrentarse. La vida pública y privada continuarán experimentando cambios constantes, modificaciones de forma y de fondo que no será posible pasar por alto y cada vez tendremos que adaptarnos más rápido a las nuevas condiciones, que, además, como nos ha enseñado la Covid-19, no podremos prever por anticipado. Ésta, nos guste o no, es una de las características medulares de la auténtica “nueva normalidad”. El cambio es, entonces, una variable permanente que debe considerarse siempre en la ecuación de la existencia y en cualquier plan o proyecto público o privado y por lo tanto, un factor congénito indisociable de las distintas formas de liderazgo que emerjan en la búsqueda de una gestión eficaz de los grandes problemas que pone ante la humanidad el siglo XXI. El gran reto para el líder de estos tiempos consiste en actuar en función de un escenario que de antemano se sabe cambiante e indeterminado, en vez de aferrarse a planes irrealizables para luego, cuando no hay más remedio, reaccionar tardíamente con remiendos y componendas insuficientes que condenen a sus dirigidos a ir siempre un paso atrás de la vanguardia humana. La semana entrante toca el turno de explorar la cualidad tercera del nuevo liderazgo: la entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo masculino (el), no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Innerarity, Daniel, Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus, Primera Edición, España, Galaxia Gutemberg, 2020, P. 34 3 Morin, Edgar, Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación, Primera Edición, España, Paidós-Grupo Planeta, 2016, P. 43 Te podría interesar:

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