Llueve, las calles se llenan de agua generando charcos y caos entre los peatones, los vehículos, los puestos ambulantes y el transporte. Gente va y viene, unos sacan el paraguas, otros se cubren con lo que pueden, todos corren. Mi hijo y yo nos quedamos mirando la escena desde la puerta con ventanal de la tienda departamental que estábamos a punto de abandonar. No llevamos paraguas pero tampoco prisa, es el primer día de vacaciones oficiales y esperar no es causa de molestia alguna.
El chubasco cede a momentos breves y continúa con más fuerza cada vez. La entrada de la tienda empieza a llenarse de quienes, como nosotros, no llevan manera de cubrirse de la torrencial lluvia.
Pasados algunos minutos aprovechamos la tregua pluvial y decidimos abandonar la tienda para dirigirnos a la estación del Metrobús, logramos la hazaña gracias a algunos pasos acelerados. Abordamos el próximo bus y emprendemos el camino de regreso a casa.
Este es un verano atípico con sus lluvias de monzón, sus días nublados y sus bajas temperaturas. El sol ha brillado por su ausencia y dentro de poco estaremos en otoño y a un paso de la temporada invernal. El año se termina a pasos agigantados.
El mundial nos dejó ver el lado oscuro de los aficionados y los no tan aficionados al futbol. Después de la pandemia se decía que la humanidad entera se había transformado y que había sacado a la superficie lo mejor de cada uno. Que los días de confinamiento habían sido decisivos para valorar lo que somos y un extenso entramado de argumentos en extremo positivos. La realidad es otra.
No es que la humanidad no haya cambiado; lo hizo, pero eligió dejarse dominar por sus defectos y no por sus virtudes. Nos enfrentamos ante una nueva época de la antigua torre de Babel.
Tampoco es que nos encontremos ante un apocalipsis zombi, es solo que nos encontramos de frente a un cambio de paradigma y los cambios no siempre son bien recibidos; de hecho, existe una histórica negación al cambio porque implica salir de la zona de confort como sea que aplique para cada uno.
Nadie nos enseñó que la libertad está a un paso del riesgo y del cambio. La verdadera libertad o el libre albedrío que implica tomar decisiones y acatar las consecuencias no es apto para los débiles, los conformistas o los miedosos, la mayoría se siente más a gusto en terreno seguro y siguiendo reglas sencillas que no impliquen un máximo esfuerzo. Lo que nadie les dice es que la evolución va de la mano del riesgo, la incomodidad y la adaptación al cambio.
Los tiempos en que vivimos son complejos en todos los sentidos y justo por esa razón es que se hace necesario un salto de fe hacia lo mejor que podemos crear como humanidad y hacer uso de todas las herramientas que tenemos para evolucionar como especie y revolucionar el mundo en que vivimos. ¿Estamos preparados para esta conversación? Yo, no lo creo. ¡Nos leemos a la próxima!
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