Las pequeñas cosas: chasquido

“Hay que aceptarlo. Tenemos el mundo aquí y es lo que nos tocó. Tenemos que hacer algo bueno con él. De otro modo mejor nos hubieran matado a todos”.  – Capitán América en Infinity War “Debiste apuntar...

12 de abril, 2021

“Hay que aceptarlo. Tenemos el mundo aquí y es lo que nos tocó. Tenemos que hacer algo bueno con él. De otro modo mejor nos hubieran matado a todos”.

 – Capitán América en Infinity War

“Debiste apuntar a la cabeza” son las últimas palabras del personaje Thanos en el filme Avengers, Infinity War y un instante después, tras el chasquido de su guantelete del infinito, desaparecen civilizaciones y especies del universo, lo cual es solo entendible para los fans de la saga de Los Vengadores, lo cual se ha vuelto un gesto memorable del cine. 

Ya que estamos hablando de dedos y chasquidos, en 1964 la televisión estrenó la serie Los Locos Addams cuyo tema de introducción incluía chasquidos. También existía el personaje de una mano llamada “Thing” (“Dedos” en Hispanoamérica), que se comunicaba mediante lenguaje de señas y código morse. Así que a través de personajes y en mundos alternos al nuestro, una señal lo puede cambiar todo.

El término “chasquido” se refiere al ruido seco y repentino que se produce cuando se rompe o resquebraja algún objeto como la madera o al mover un látigo en el aire, se compone del verbo activo transitivo “chascar” y el sufijo “ido” (cualidad perceptible por los sentidos) que comparte con las palabras: silbido, latido y sonido. En lenguaje no verbal, un chasquido es señal de realizar con velocidad alguna acción, la forma en que imitamos el ritmo de una melodía, es un momento de “eureka” o como dicen por ahí cuando “se nos prende el foco”. También es una forma de pedirle a alguien que se vaya inmediatamente, de llamar su atención o despertarlo de un sueño profundo.

En este espacio aprendemos sobre las palabras, su aplicación, significado y etimología, entre otras cosas, porque a través de ellas nos comunicamos con los demás y con el mundo, pero existen otras formas de comunicación como las señas y gestos que realizamos casi sin darnos cuenta y que en cada uno el código es diferente, pues el lenguaje verbal es como una huella digital que nos distingue a unos de otros. 




Cabe señalar que existen ciertas pautas que pertenecen más al protocolo, por ejemplo, en un restaurante no es correcto chasquear los dedos en señal de que tenemos prisa y queremos ser atendidos con velocidad; en cambio, nos queda claro que algo es urgente si tal seña viene de nuestro jefe inmediato.

Volviendo al mundo de superhéroes, y aunque no soy fan de sus historias, reconozco que los creadores de cada entrega se las ingenian para entrelazar las historias y adentrarnos en universos paralelos entre múltiples escenas de acción que nos distraen de los detalles, pero un simple gesto fue suficiente para enfocar nuestra atención y presenciar una devastación provocada por un simple chasquido de dedos y de eso se trata este espacio: de hacer un alto, un close-up (primer plano en el cine) para descubrir lo que pasa gracias a #laspequeñascosas, esas que son inesperadas, que lo cambian todo en un tris (porción casi imperceptible de tiempo) para bien o para mal. 

En la ficción, el guantelete es creado por Eitri (rey de los Enanos) para ser utilizado en la mano izquierda de Thanos y convertirlo en el ser más poderoso del universo al reunir las seis gemas del infinito que corresponden a cada uno de los aspectos fundamentales del multiverso (muchos universos existentes): tiempo, mente, espacio, alma, realidad y poder. La historia completa la pueden encontrar en el ciberespacio, pero en nuestra realidad, no existen gemas ni guanteletes y mucho menos superhéroes, así que nos toca hacer lo que nos corresponde un día a la vez y encontrar el equilibrio en medio de la tempestad, hacer algo bueno con el mundo; total, ya estamos aquí.

Comentarios
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Por segundo año consecutivo las niñas y niños pasarán el 30 de abril encerrados en casa. 13 meses han pasado desde que abandonaron los pupitres y aulas para resguardarse en su hogar junto a sus familias y aunque esta nueva era nos ha enseñado que las fechas conmemorativas no son sinónimo de celebración, es importante insistir en el bienestar de la infancia particularmente en tiempos pandémicos. Serrat nos heredó unas bellas palabras sobre la infancia: “Esos locos bajitos que se incorporan con los ojos abiertos de par en par sin respeto al horario ni a las costumbres y a los que por su bien, hay que domesticar.” Y es que en nuestro acelerado ritmo de vida entre vacunas, elecciones, falta de agua, violencia y migración, entre otros “asuntos de mayores”, los peques van quedando olvidados, arrinconados, sin defensa. 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Solo con la empatía para comprender la complejidad del mundo, con la humildad de saberse falible, con la capacidad de confiar en un devenir incierto y con una genuina intención de ejemplaridad en nuestros líderes podemos encarar el futuro con una razonable esperanza.   En las últimas semanas hemos hablado de ciertas características especiales, indispensables para ejercer el liderazgo, tanto para gestionar adecuadamente la Era Covid, como de cara al mundo que se nos viene una vez que la pandemia remita.  Desde antes de la crisis sanitaria sabíamos de los enormes desafíos en que estábamos inmersos, tanto a nivel local como global, pero durante mucho tiempo hemos decidido cerrar los ojos ante ellos.  Estábamos montados en un ferrocarril de crecimiento ilimitado, de desarrollo tecnológico exponencial, de consumo desmesurado, de derroche y sobreutilización de los recursos humanos y naturales. Los expertos en economía aseguraban que esta dinámica era imposible de detener sin que el mundo colapsara. En cierto sentido tenían razón, pero al mismo tiempo la crisis actual demuestra que esas estructuras, si bien asentadas con raíces profundas y poderosas en nuestro modo de ser civilizados, son susceptibles de ser transformadas.  En su libro ¿Ya es mañana?, Ivan Krastev reproduce lo expresado por la cineasta y activista Astra Taylor: “La respuesta a la pandemia del coronavirus nos ha mostrado una realidad muy sencilla, la de que todas esas medidas políticas que nuestros gobernantes llevaban años diciéndonos que eran imposibles e impracticables, al final son perfectamente posibles y practicables (…) Ahora sabemos que ciertas “normas” con las que nos hemos manejado no eran necesarias (…) Estamos ante una oportunidad sin precedentes, no solo para pulsar el botón de pausa y aliviar temporalmente el daño, sino también para cambiar las normas de una vez y para siempre2”.  Sin duda intuíamos lo desmesurado de los retos –cambio climático, desigualdad, violencia, narcotráfico, devastación ecológica, injusticia, etc.– y lo complejo y riesgoso de abordarlos con seriedad, lo que nos ha conducido a posponer una y otra vez las posibles soluciones.  La Era Covid, quizá no de muy buenas maneras y haciéndonos pagar muy altos precios, nos obligó a detenernos. Y ahora, más preocupados por arrancar de nuevo y alcanzar las velocidades previas a la crisis, como si nada hubiese ocurrido, que convencidos de lo erróneo que sería postergar de nuevo la atención a los problemas más serios que enfrentamos y que nos ponen en peligro como especie, nos negamos a reconocer que ese mundo Pre-Covid ha dejado de existir tal y como lo conocíamos.; sin embargo, nos guste o no, estamos en plena construcción de una realidad global y nacional nueva y para ello se requieren liderazgos competentes y eficaces en todos los ámbitos del quehacer humano.  A lo largo de varias semanas hemos explorado en este espacio algunas de las competencias más importantes que debe tener un líder dispuesto a enfrentar los escenarios y desafíos que la pandemia y el propio siglo XXI pone ante nosotros.  Aunque los artículos anteriores están pensados en gran medida desde la perspectiva del liderazgo político, lo cierto es que las facultades descritas resultan indispensables para gestionar nuestra propia vida, pero sobre todo para encabezar cualquier proyecto donde busquemos convencer con nuestras capacidades, encabezando cualquier tipo de iniciativa, en especial si busca e influir en la conducta o en las idea de los demás.   A mi juicio, cada una de las cuatro facultades propuestas para un liderazgo dinámico y eficaz ante los retos globales que se nos presentarán, con pandemia o sin ella, exigen el desarrollo de una virtud específica que los posibilita.  En el caso de la primera competencia, “Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana” la virtud asociada es la “empatía”. Quien asuma liderazgos en estos tiempos habrá de enfrentar un mundo complejo, construido a partir de sistemas interdependientes entre sí, pero donde dichos sistemas estarán formados por seres humanos que sienten, que piensan y que sueñan con una vida plena y con oportunidades. Por ello, esta comprensión global de la civilización se traduce en esa capacidad para entender al otro, de ponerse en su lugar y para tomar decisiones –ya sean populares o impopulares– que tomen en cuenta la forma más humana de hacer evolucionar los sistemas que impulsan el desarrollo integral de las comunidades. Para ejercer con profundidad una genuina “Capacidad de cambio, adaptación y rectificación”, la virtud necesaria es la “humildad”. Para encarar el cambio, la adaptación y la rectificación, el líder del Siglo XXI necesitará saberse falible, reconocer sus límites, escuchar a otros, entender que la tenacidad y la obcecación sólo son virtudes cuando se centran en una meta final que busca el bien común, pero que son defectos monumentale cuando se asume que hay una sola manera de hacer las cosas –la mía–, y peor aun cuando se padece esa variedad de ceguera que impide reconocer el momento oportuno en que las circunstancias cambiantes nos orillan a modificar el método, el camino o el rumbo en aras de conseguir esa meta original.   En el caso de la “Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto”, la virtud asociada es la “confianza”. Pero no una confianza narcisista que convenza al líder de que encarna la única gran solución para el mundo, sino una confianza mucho más profunda, asentada en la comprensión y aceptación de los sistemas y procesos que conducen a la sociedad. Asumir un mundo incierto y gestionar el liderazgo desde ahí requiere una confianza existencial que lleve la lógica y la racionalidad un paso más allá de los evidentes límites de la comprensión propia pues nadie tiene todas las respuestas. En el punto anterior hablábamos de la humildad para reconocer nuestras limitaciones, aquí se trata de ir aun más allá, de entregarse a una especie de paradójica certeza gracias a la cual, ante la completa incertidumbre respecto a lo que nos deparará el futuro, de algún modo “sabemos” que el propio proceso evolutivo desplegará la inteligencia inherente que posee y que de algún modo nos ha traído hasta aquí. A lo largo de nuestra historia hemos alcanzado niveles de desarrollo y civilización imposibles de pensar como resultado del esfuerzo de individuos aislados, de primates erguidos que malamente pueden sobrevivir solos, pero que crean civilizaciones completas a partir de sus méritos particulares. No, los seres humanos hemos construido lo que tenemos –tanto lo positivo como lo negativo– a partir de un devenir colectivo, de una suma de esfuerzos y aprendizajes y no de la inspiración mágica de un puñado de iluminados. Es verdad que en esos procesos hemos vivido –y seguimos viviendo– terribles ejemplos de violencia, destrucción e injusticia, pero el líder genuino sabe que están plenamente compensados por el conocimiento, la belleza, la empatía, la entrega, la compasión y la bondad que los seres humanos desplegamos cada día en cada rincón del mundo y que por ello es razonable confiar en que, si cada uno hacemos lo que nos toca, nuestro impulso de especie nos conducirá a las soluciones apropiadas. Y por último la “Consciencia de Ejemplaridad”. En este caso la virtud asociada es la “congruencia”. Un líder genuino piensa, dice y actúa de manera coherente en todos los aspectos de su vida. 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Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Krastev, Ivan, ¿Ya es mañana? 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Su pequeñez, su debilidad física, su candidez, su mente abierta e impresionable, los convierten en presas fáciles para los depredadores.” Lo cierto es que la historia cuenta con una galardonada al Premio Nobel de la Paz con tan sólo 17 años, llamada Malala Yousafzai, es posible disfrutar la ópera “Las bodas de Fígaro” gracias al talento que desde los cinco años desarrolló Wolfgang Amadeus Mozart, el calentamiento global encontró una vocera mundial a través de Greta Thunberg quien con 16 años realizaba huelgas estudiantiles en las afueras del Riksdag y es que dominar a edad precoz una aptitud (artística, cultural o científica) que normalmente llevaría años desarrollarla los convirtió en “niños prodigio” a través de la práctica continua de aquéllas habilidades naturales y del tiempo dedicado también a otras actividades lúdicas que no es igual a llenarles la agenda de clases (ahora por zoom), sino que se trata justamente de darles libertad para jugar, explorar, aprender, conocer su interés y acompañarlos en el proceso para que lo disfruten y no se convierta en sufrimiento como ocurre con pequeños talentos que son explotados y obligados a vivir como adultos.  La infancia (del latín infans = el que no habla y basado en el verbo for = hablar, decir) es esa etapa comprendida entre el nacimiento y la adolescencia aunque para la ONU se considera hasta antes de los 18 años. 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Las pequeñas cosas: infancia

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