Era Covid: breve disección de la idea de liderazgo

La pandemia ha confirmado que la gran mayoría de los modos de liderazgo del pasado ya no son eficaces ni útiles.    Serán los liderazgos responsables y horizontales, aquellos abiertos al cambio, a la adaptación, a la opinión...

5 de marzo, 2021 la idea de liderazgo

La pandemia ha confirmado que la gran mayoría de los modos de liderazgo del pasado ya no son eficaces ni útiles.   

Serán los liderazgos responsables y horizontales, aquellos abiertos al cambio, a la adaptación, a la opinión experta, a la cooperación internacional quienes saldrán mejor librados de esta crisis. 

“La política no tiene porque ser lo que la gente cree que es. Puede ser algo más”.

-Barak Obama, Una tierra prometida, 2020, P. 51 

En las diversas épocas de la historia de la humanidad, el liderazgo en general y el político en particular se han entendido y ejercido de distintas formas. Todas ellas, mientras guardaron su forma primigenia y saludable, ajustándose a la realidad específica de cada tipo de sociedad y de cada tiempo, fueron eficaces y útiles para el desarrollo. Hasta que las condiciones cambiaron, exigiendo nuevas formas de conducir al grupo social, que paulatinamente creció en dimensión y complejidad. 

Hoy, tras la crisis sanitaria global que atravesamos, queda la impresión de que, desde la perspectiva del siglo XXI, la gran mayoría de los modos de liderazgo utilizados en el pasado no solo han dejado de ser eficaces y útiles, sino incluso muchos de ellos se han tornado perniciosos, y que en caso de continuar ejerciéndolos sin ajustes mayores podrían generar resultados contraproducentes.




Para ponerlo de forma simple, podríamos decir que un líder, a partir de su poder personal, ejerce su influencia sobre otros en busca de un objetivo en un contexto en particular. Esta definición simplificada consta de tres partes. 

La primera, da por sentado que la fuerza de un líder emerge de su poder personal interno, que ya sea de forma consciente o inconsciente, se vuelca en conseguir un objetivo particular. Desde luego, sus motivaciones pueden ser diversas, desde las más personales, ambiciosas y egoístas, hasta las más comunitarias, desinteresadas y generosas. El punto es que, partiendo de esa fortaleza interna y de sus capacidades personales para exteriorizar y compartir su visión, buscar influir en los otros para que lo acompañen en el proceso de llegar a la meta planteada. 

El segundo aspecto implícito en la breve definición anterior es que el líder, al ejercer su influencia sobre los demás en aras de conseguir sus objetivos, lo puede hacer de distintos modos. En la versión más primitiva, el individuo materialmente más fuerte controlaba las decisiones del grupo. En versiones más recientes, un lider fuerte, cobijado por una fuerza militar, somete al grupo dictando de forma unipersonal lo que considera que debe hacerse. En otros casos, el liderazgo lo ejercía un grupo de sabios, habitualmente constituido por ancianos a quienes se les consideraba custodios del saber y la experiencia y a quienes se les obedecía sin cuestionar. Una variedad más es aquella en la cual la legitimidad del líder procede de un origen divino, manifestado en sacerdotes, chamanes y monarcas. En otras modalidades el líder se sostiene por su carisma, por su forma de conmover y convencer a los suyos, de transmitir de forma eficaz valores compartidos y motivación colectiva. También hemos conocido imperios administrados por grupos de notables, donde las oligarquías sacaban provecho de su posición de privilegio, y este tipo de organizaciones se han manifestado desde la antigua Grecia, pasando por los capitales dominantes de Wall Street o naciones defensoras de ideologías colectivistas pero dirigidas por un pequeño politburó que dicta estrictas normas que la inmensa mayoría debe acatar, pero siempre privilegiando sus propios intereses y reforzando el poder adquirido, impidiendo que nuevos liderazgos que no procedan de la casta dominante emerjan. 

Y en este breve y sencillo repaso por algunas modalidades de liderazgo no puede faltar el tipo gerencial, cuya fortaleza radica en un tipo de gestión pragmática que centra sus motivaciones y pautas en la obtención de resultados objetivos y concretos. Esta manera de liderar ha sido la más utilizada en los entornos industriales, comerciales y financieros que en el político, perfeccionándose de forma constante durante los últimos tres siglos y siendo la impulsora de la actividad empresarial y comercial que favoreció la consolidación de los mercados globales que gozamos en la actualidad. 

Sin embargo, como ya se dijo antes, si bien cada una de estas modalidades de liderazgo, así como distintas combinaciones entre ellas, han funcionado con eficacia en determinados momentos históricos y bajo ciertas estructuras sociales y políticas, las condiciones actuales y los problemas que enfrentamos tanto como individuos como naciones no parecen adaptarse bien a ninguna de ellas. 

Y el tercer aspecto latente en la definición de liderazgo ofrecida consiste en sostener que todo lo anterior ocurre en un contexto específico. El liderazgo jamás se ejerce en abstracto o en el vació, sino que siempre ocurre en un momento del tiempo, en un sitio concreto y siempre se materializa a partir de estructuras sociales, económicas, políticas, históricas, culturales, etc., preexistentes.  

 

Para nadie será sorpresa si afirmo que, en términos generales, los liderazgos políticos en el mundo occidental han sido rebasados por la crisis sanitaria y económica que ha producido la pandemia y en gran medida se debe a que de los tres aspectos enunciados en la definición de liderazgo, es el tercero el que más problemas ha dado. 

Líderes con gran poder personal interno, volcados en conseguir un objetivo particular –con independencia de sus intenciones y motivaciones– lo son casi todos. 

En el punto dos comienzan los problemas. De los modos posibles de materializar el liderazgo, algunos son más eficaces que otros para la coyuntura actual y curiosamente los liderazgos que peor se han visto son los basados en un líder único de gran carisma. Esto pareciera deberse justamente a que esa estructura vertical y unipersonal rechaza los aspectos más importantes para combatir una crisis como la que detona la aparición de la Covid-19. En su libro Pandemocracia, Daniel Innerarity nos dice por qué de todas las maneras posibles de liderazgo, la unipersonal carismática es la más contraindicada de todas: “Hay tres cosas que los líderes populistas detestan y que este tipo de crisis revaloriza: el saber experto, las instituciones y la comunidad global1”.

Y esto nos lleva a la tercera parte de la definición: el liderazgo se ejerce en un tiempo y contexto específico, a partir de estructuras sociales, económicas, políticas, históricas, culturales, etc., dadas. Es aquí donde, a mi juicio, podemos encontrar la explicación más clara –y por lo tanto las posibilidades de transformación y cambio– de la actual crisis de liderazgo. 

Una pandemia global como la provocada por la Covid-19 no puede atenderse apropiadamente desde el aislamiento y la separación. Se requiere necesariamente de una comprensión global del problema, justamente porque se trata de un problema global. Se necesita información de lo ocurrido en el escenario internacional, de conocer medidas sanitarias que se hayan implementado en otras naciones –y sus resultados– para ajustar las propias, hacen falta medicinas, materiales y vacunas que provienen de investigaciones multidisciplinarias y multinacionales.  Se precisa cooperación multilateral para que las economías no se derrumben por completo.    

Tampoco puede gestionarse una crisis como ésta sin instituciones sólidas, sin protocolos probados y confiables y sin que dichas instituciones posean un margen razonable de autonomía de gestión. 

Y sumado a ello, es indispensable un liderazgo con potente capacidad de adaptación a los nuevos escenarios en tanto que se lidia con un problema vivo y cambiante.  

La crisis por el coronavirus ha desnudado en los líderes tres carencias medulares: la falta de visión sistémica, la incapacidad de transitar en la incertidumbre y la negativa al cambio. Para bien o para mal, conforme la gestión de la crisis avance, las naciones irán agrupándose en bloques según hayan podido ajustarse a las condiciones dadas. Algunas serán más capaces que otras para enfrentar la crisis y su inmenso catálogo de consecuencias y muchas otras se rezagarán, ahondando las consecuencias y condenándose a sí mismas a una recuperación más lenta.

Más allá de los problemas específicos de cada Estado-nación, en la humanidad existen desafíos estructurales que trascienden las fronteras. La pandemia que vivimos en la actualidad ha servido para dejarnos muy claro que los problemas más graves que nos aquejan sólo serán susceptibles de resolverse mediante la colaboración y el acuerdo global. 

El testimonio que surge de una panorámica a los liderazgos en el mundo ha dejado claro que los héroes unipersonales y carismáticos no tienen las herramientas necesarias para dar resultados positivos en retos como este. Y que son los liderazgos compartidos y responsables aquellos que se despliegan de forma horizontal, donde cada uno de ellos, desde sus áreas de influencia –incluyendo a la iniciativa privada, la academia, organizaciones sociales, etc.–, aquellos que aportan y asumen su responsabilidad correspondiente y articulan acuerdos, aquellos abiertos al cambio, a la adaptación, a la opinión experta, a la cooperación internacional quienes saldrán mejor librados de esta crisis. Y de paso, dejarán a sus naciones mejor preparadas para los grandes desafíos que pone ante nosotros el siglo XXI –cambio climático, desigualdad, migración, narcotráfico, etc.– y de los que será imposible salir adelante sin una comprensión profunda de la interrelación, interconexión e interdependencia global en que vivimos en nuestro tiempo. 

Web: www.juancarlosaldir.com

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1 Innerarity, Daniel, Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus, Primera Edición, España, Galaxia Gutemberg, 2020, P. 50

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A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación.  1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana.  2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto.  Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.   Consciencia de Ejemplaridad La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros. Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares.  Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. 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Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible.  Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.   La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.   El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación.  Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren.  Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?   Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba.  Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio.  El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces.  Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas.  Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.   Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia.  Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones.  Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4. De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad.  El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.   Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.   La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria. La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud. 3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House - Taurus, 2014, P. 26 4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. 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Si no lo estamos considerando es el momento de practicar un poco de autocuidado. Cuando se trata de productividad, la mayoría de las personas pensamos que la clave del éxito es hacer más: más trabajo, más proyectos, más clientes, más tiempo. El problema es que cuando esta mentalidad nos atrapa, es casi imposible salir de ella sin encontrar tiempo para nosotros mismos. Cuando dejamos tiempo para nosotros mismos y lo hacemos una prioridad, cultivando una rutina de cuidado personal constante, no solo evitamos estar agotados, sino que somos  más felices y a la vez aumentamos, irónicamente, nuestra productividad. ¿Por qué es tan importante el autocuidado y cómo afecta nuestra productividad? El autocuidado puede ser tan simple como acostarse temprano después de un largo día de trabajo, o tan difícil como estudiar los hábitos que hemos creado y sus efectos a largo plazo. Significa tomar medidas para cuidar de nosotros mismos y de nuestras necesidades físicas, emocionales, mentales, financieras, ambientales y espirituales. El reconocimiento de que nosotros somos los responsables de nuestro propio bienestar y que se extiende más allá del contexto individual para incluir a todos los que son importantes para nosotros, nuestra familia y nuestra comunidad. Es cualquier acción que se tome para respaldar nuestra salud mental, física y emocional. El autocuidado es relativo, así como cada ser humano es único, el autocuidado es diferente para cada uno de nosotros. La forma en que te cuidas a ti mismo no es la misma forma en que otra persona se cuida. El autocuidado también varía día a día. A veces necesitamos un momento para estar quietos y reflexionar; otras veces necesitamos movernos, estar con familiares y amigos, ejercitarnos, etc. Solo tú puedes decidir cuidarte a ti mismo. También puedes sentirte inspirado o influenciado por las personas que te quieren, o por las que  sigues en redes sociales, las revistas, tu dietista, etc. Pero solo tú puedes ir un paso más allá y comenzar a cuidar de ti mismo. El autocuidado es cuestión de balance. Cualquiera que sea la forma en que te cuides, no requiere exagerar ni hacer demasiadas cosas, es equilibrar nuestra vida tomando las decisiones necesarias para mantener nuestro ser saludable. Beneficios del autocuidado Mejora tu productividad.  Aprendes a dar prioridad  a las cosas más importantes para enfocarte y concentrarte en lo que estás haciendo. Mejora tu autoestima. Cuando tenemos tiempo para nosotros mismos,  satisfacemos nuestras propias necesidades, enviamos un mensaje positivo a nuestro subconsciente. Nos conocemos mejor.  Practicar el autocuidado requiere pensar en lo que realmente nos gusta hacer y necesitamos. Tienes más para dar. Cuando eres bueno contigo mismo, puedes pensar que eres egoísta, pero en realidad te brinda los recursos que necesitas para ser compasivo con los demás también. Tenemos la idea de que el autocuidado es algo en el que tenemos que gastar dinero; pero no, significa detenerse, reconocer nuestras necesidades y hacer algo por nosotros mismos que nos beneficie. El autocuidado es un hábito y una cultura de por vida que  hay que tenerlo en cuenta, es diferente y único para cada persona.  Cada plan de autocuidado debe adaptarse a tus necesidades. No tienes que abordar todo de una vez. Identifica un pequeño paso que puedas tomar para comenzar a cuidarte mejor. Programa tiempo para enfocarte en tus necesidades. Incluso cuando sientas que no tienes tiempo para hacer algo más, haz del cuidado personal una prioridad. Cuando te preocupas por todos los aspectos de ti mismo, descubrirás que puedes operar de manera más efectiva y eficiente. El autocuidado comienza ya. Referencias: https://grupogeard.com/co/blog/convocatorias/autocuidado-importancia/ Contacto: [email protected]  https://www.facebook.com/draelizabeth.cruzgarza.9         https://www.facebook.com/RIEHMTY/  www.ruizhealytimes.com @DraElizabethCr1" ["post_title"]=> string(50) "¿Qué es el autocuidado y por qué es importante?" 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