El primer paso

Me pregunto si  alguna vez ha existido una sociedad ideal, en donde las necesidades colectivas sean tomadas en cuenta, y se busque solución a todas y cada una de ellas.  A ratos me imagino que los grupos...

19 de enero, 2021

Me pregunto si  alguna vez ha existido una sociedad ideal, en donde las necesidades colectivas sean tomadas en cuenta, y se busque solución a todas y cada una de ellas.  A ratos me imagino que los grupos sociales cuya prioridad es cubrir las necesidades más elementales son capaces de desarrollar un sentido de comunidad  auténtico, pues de no cooperar todos para satisfacer necesidades de sobrevivencia, como la comida o el albergue, estarían  en riesgo de perecer. Y en la medida en que los grupos sociales evolucionan y alcanzan niveles más elevados de desarrollo, según la pirámide de Maslow, comienzan a desarrollarse interacciones más complejas entre sus miembros.

Si observamos con detenimiento cualquier colectividad, detectaremos que existe un liderazgo que se manifiesta de  manera única, según la especie.  Los gorriones expresan de forma clara  una singular lucha por el mando.  Participan dos o tres machos por conseguir la mejor rama, el alimento o  la hembra que buscan fertilizar.  Se arman unos alegatos descomunales entre ellos, uno –el más viejo—defendiendo su posición, y una o dos aves más jóvenes, intentando desplazarlo.  Observo que es más el barullo que arman que el daño que se provocan.  Muy rara vez he visto que se den de picotazos; lo que más comúnmente sucede es que despliegan las alas como un modo de intimidar a la parte contraria.  Luego de unos minutos, la reyerta  termina y todo vuelve a la paz.  

De los gorriones pasamos a los seres humanos y a la satisfacción de sus necesidades.  La conciencia modifica cómo percibimos nuestra vida y cómo estamos dispuestos a satisfacer las necesidades propias. Pasamos, nuevamente con Maslow, de las necesidades vitales a las de rango medio. El poder representa algo más que resolver las necesidades inmediatas. El ser humano ahora parte de una reflexión más elaborada. Luego de que descubre el valor del tiempo, razona en la necesidad de acumular recursos para el futuro. Algunos estudiosos atribuyen a este razonamiento el principio que lleva a la codicia y al acaparamiento, y de alguna manera va desvirtuando el sentido de comunidad.  Conforme crece un grupo social, aumentan estas tendencias en la esfera económica y  política.

Bien señala el sociólogo polaco Zygmunt Bauman que en la era digital cada uno de los internautas somos, a la vez, clientes y mercancía.  Los afanes por mejorar nuestra imagen en redes sociales nacen del propósito de convertirnos en una mercancía que venda: subimos la mejor fotografía; tal vez la manipulemos con recursos digitales, para proyectar una imagen de cómo deseamos que los demás nos vean, y así conseguir  aceptación social.  A más “me gusta” o reproducciones, que den cuenta de nuestra popularidad, nos sentimos mejor, aunque esa sensación sea pasajera. Pronto desaparece su efecto dopamínico y salimos a postular algo nuevo, para volver a conseguir la aprobación de los demás. Quienes más popularidad ganan, se van colocando como líderes en la red; su opinión es cada vez más reconocida por sus seguidores, quienes los empoderan.  Así es como se establecen cotos de poder; surge un líder que impone tendencias y una grey hambrienta de aceptación, que comienza a seguir al líder a ojos cerrados.  De ese tamaño su necesidad de pertenencia. Ahí tenemos circulando hipótesis de lo más absurdo que, por la capacidad de convicción de quienes las postulan, engatusan a muchos.

A lo largo de la historia reciente surgen líderes que marcan honda huella en el mundo, esos que ven siempre por los intereses de otros. Viene a mi mente Martin Luther King Jr., cuyo natalicio se celebra por estas fechas.  En su persona se condensan los deseos de igualdad de muchos estadounidenses, cuyo color de piel, en los años sesenta del siglo pasado, los ponía en desventaja respecto a otros ciudadanos. Nacido en Georgia, un estado del sudeste norteamericano, afectado por la Guerra Civil, vivió de manera directa el trato diferenciado que se daba a los derechos civiles de los negros. Por su lucha a favor de los grupos marginados, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1964. Fue ministro bautista de carrera, autor de diversos documentos y libros, que buscan conciliar la condición divina y la humana en el hombre, y la forma en que, por ello mismo, está obligado a actuar para con los demás. Me atrevo a decir que Luther King buscaba conseguir esa sociedad ideal, afectando muchos intereses con su lucha, lo que le costó la vida.

Con respecto al orden social, tomar ventaja dentro de un grupo, señala dos cosas que tienen un origen común: No creemos en que exista la justicia, y desde esa idea actuamos.  O bien, nos valemos de nuestra capacidad de romper las reglas, para asegurar nuestro propio beneficio. En ninguno de los casos nuestra actuación está aportando nada al establecimiento de un orden colectivo.  Actuamos apegados a esa expresión popular que dice: “Primero mis dientes y luego mis parientes”.  Burdos ejemplos de ello hemos visto en estos días, con motivo de la aplicación de la vacuna contra COVID.  Venturosamente, al menos en dos entidades, la autoridad ha actuado en contra de esos ciudadanos ventajosos.




El día cuando en la mente de cada uno de nosotros exista la convicción de que la ruta hacia una sociedad justa comienza conmigo, y estemos todos dispuestos a actuar con tal idea en mente, estaremos en camino de conseguir el mundo que  deseamos para nuestros hijos. El primer paso del camino está justo a nuestros pies.

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