¡Aquella Nochebuena!

Memorias de una Nochebuena de 1957.

15 de diciembre, 2021 ¡Aquella Nochebuena!

Era costumbre que en las tardes previas a Nochebuena mis primas y hermanos nos reuníamos en mi casa. Nos sentábamos frente a un aparato de radio de paredes de madera de cedro, marca “Universal”, de esos que para que mejor se escuchara había que insertar uno de sus alambres en un botecito lleno de tierra mojada.

     Esperábamos ansiosos que el reloj marcara las siete de la noche para sintonizar la estación XENT y escuchar nuestro programa favorito dirigido por la locutora Margarita King; ella leía las cartitas que los niños enviábamos al “viejito de las barbas blancas” pidiéndole que nos trajera los juguetes preferidos. Nuestros padres las formulaban, nosotros únicamente dictábamos porque aún no sabíamos leer ni escribir. Con su dulce voz la conductora nos reiteraba que debíamos dirigir tales peticiones al apartado postal #222 del “Cuartel General de Santa Claus”.

Después de dar lectura a unas cuantas cartitas escuchábamos un cuento: “El gato con botas”, “Caperucita roja”, “Pulgarcito”, etc. Enseguida nos deleitábamos con unas canciones compuestas y cantadas al piano por Francisco Gabilondo Soler, “Cri-Cri el Grillito Cantor”, entre otras, “Los cochinitos”, “El ratón vaquero” y “El gato de barrio”.

     Nosotros felices acá, y mis tíos y mis padres platicando animadamente ante la mesa de la cocina y, al término del programa les hacíamos compañía y nos compartían una rebanada de panqué de dátil o de nuez y una taza de café con leche. En esas agradables convivencias solía sorprendernos el inesperado toque de “Silencio”, emitido por el clarín del muy cercano “Cuartel del 14° Batallón de Infantería”. 

Era la señal con que regularmente mis tíos y primas se despedían de nosotros, aunque algunas veces la plática se prolongaba hasta las diez, hora en que esa única estación radiofónica terminaba su transmisión. De fondo la melodía instrumental “Marea baja” y la grave voz de don Francisco, hermano de Margarita: “…al despedirnos de ustedes, deseamos que hayan logrado un día de felicidad y de éxitos. Lo importante es que esta noche olvide sus preocupaciones, (…) si no tuvo éxito hoy, lo tendrá mañana, porque mañana comienza la vida”.  

     Aquella Nochebuena, tan tardía que nos pareció por fin llegó. Con toda antelación el grupito formado por mi tía, mi madre y la señora María se abocaron a las tareas de preparación de la tradicional cena. María tenía ya tiempo de laborar en mi casa, ayudando a mi madre en las cotidianas labores del hogar, y de vez en cuando acusándonos de las travesuras que cometíamos mi hermano mayor y yo. Como en esta localidad no se estilaba cocinar pavo, a ella le tocó elaborar los tamales de puerco, misma que les daba ese sabor tan exquisito, al igual como aprendió a prepararlos en su pueblito natal, al sur del puerto.          

     Mi tía cocinó unos antojadizos “Buñuelos”, hechos con harina de trigo, huevo, manteca y canela, que recién fritos en aceite los dejaba reposar un poco para después bañarlos con miel de piloncillo (panocha) y canela; manjar que históricamente los primeros en elaborarlos fueron los árabes asentados en el sur de la vieja Hispania. Mi madre confeccionó los “Chimangos”, que son unos panecillos fritos en aceite en forma de rombos, que llevan también harina de trigo, piloncillo, vainilla, agua y levadura. 

     No podía faltar el “Champurrado”, una especie de atole prehispánico hecho a base de harina de maíz, cacao, leche y piloncillo. Luego, se prepararon los “Calientitos”, bebida que lleva guayaba, tejocote, granada, caña y canela en palo, que se sirve en jarritos de barro. Los adultos acostumbran agregarle una copa de tequila.        

Aquella Nochebuena, nuestro árbol navideño desde luego que no podía compararse con un “Douglas norteamericano”, tampoco con un “Silvestre europeo”, mucho menos con un “Abeto siberiano”. Únicamente las familias pudientes se daban el lujo de viajar en su avioneta a Los Ángeles, California, U.S.A. y regresar con pinos naturales para ellas y su parentela.

     En esos tiempos se utilizaban mayormente los pinos de material plástico, muy peligrosos por lo inflamable; eso bien que lo aprendí, pues debido a un infantil comportamiento piromaniaco, meses antes de Nochebuena incendié nuestro arbolito al acercarle un cerillo encendido. ¡Vaya ocurrencia! Así que el árbol siniestrado fue sustituido por una rama de “pino salado” (tamaris aphylla) que mi padre cortó de uno de los dos grandes árboles que había junto a la banqueta de mi casa, y lo colocó en un bote lleno de arena. ¡Nada que ver! Ese pino no era de clima frío, sino nativo de la ardiente África. Aún así el humilde arbolito me parecía bonito, con sus flores de nochebuena de lustroso papel, esferas azules y parpadeantes luces multicolores iluminando el Nacimiento.

      Aquella Nochebuena llegaron temprano el tío Rodrigo y la tía Rosita. Mis primas ya estaban en mi casa desde la tarde. Él, un hombre alto y fortachón; ella, de talla mediana, regordeta figura y algo regañona. Mi madre, hermana de ella era tranquila y poco comunicativa, en cambio mi padre era un ser muy sociable, pero en lo general se llevaban bien entre los cuatro, aunque algunas ocasiones mi tía recriminaba al tío, como sucedió esa noche: “Apenas llevas dos copas y ya estás escandalizando. ¡Hombre imprudente!

 Los concuños-compadres seguían jugando al póker, saboreando unas copas de tequila entre chupetes de limón con sal, después de ingerido el trago, interrumpiendo momentáneamente el juego para contarse una broma y carcajearse a todo pulmón, mientras el par de hermanas bebían lentamente una copita de “Rompope”; licor ligero elaborado con yema de huevo, vainilla, canela, almendra molida, leche y azúcar. Es una bebida que se elaboró desde la época virreinal en el convento Santa Clara, en Puebla, México.

     El “Universal” fue colocado en el corredor y desde ahí se escuchaban canciones navideñas, también algunos danzones, que las dos parejas aprovecharon para lucir sus mejores pasos, mientras mis primas y mis hermanos nos reíamos de buena gana, al observar los torpes y tambaleantes pasos del tío Rodrigo aunado a la cara de enfado de la tía Rosy. El bailazo estaba en su apogeo cuando a la puerta llamó Jovita la vecina: “¡Ya viene el barco, ya viene arribando el barco”! 

Mi tío y mi padre salieron en el carro de éste rumbo al muelle, que distaba unas cuantas cuadras. Gritos de júbilo lanzaban los señores que se posesionaron en el muelle, observando a lo lejos las tenues luces de una embarcación. Poco a poco la luminosidad fue incrementando su intensidad… Se apreciaba una luz verde a la izquierda y roja a la derecha. ¡No cabía duda, aunque distante, ese barco venía navegando rumbo al puerto! 

     Aquella Nochebuena la luna brillaba en cuarto menguante y, las titilantes estrellas se asomaban a ratos entre las nubes viajeras; vestigios quizá de la recién pasada tormenta que azotó el puerto de San Diego, California, muy comunes a partir de noviembre en esa región. Por esa causa el barco se retrasó casi una semana, pues se dificultaron considerablemente las maniobras de embarque de mercancías.

A ese buque ya sólo le faltaba recorrer un corto trecho, comparándolo con las más de 800 millas que separan a aquel puerto y éste.

          -Hic ¡Un farolazo pa’l méndigo frío, compadrito! –dijo el tío Rodrigo.

Y uniendo su voz a la acción, sacó del bolsillo interior de su chamarra una anforita de tequila y se la ofreció a mi padre.

          -Compadre –expresó mi papá- ¿Qué barco es el que está por atracar?

          -El “Korrigan IV”… está más viejo que yo y el conejo de la luna juntos.

Un Oficial de Puerto que escuchaba se acercó sonriente, diciendo:

          -Señores, por si les interesa saber, ese barco fue construido a principios de 1900 en Flesburgo, Alemania. Durante la Primera Guerra Mundial perteneció a la flota de la “Armada Alemana Imperial”. En aquella época se llamaba “M-147”. Tuvo varios propietarios y actualmente pertenece a la “Naviera del Pacífico” de esta ciudad… El informante se disculpó y se alejó corriendo para recibir al barco que empezaba a atracar. 

     Aquella Nochebuena eran casi las diez de la noche cuando los estibadores empezaron a descargar… los concurrentes preguntaban angustiados, casi exigiendo, si acaso habían llegado las “Red delicius”. El destinatario de la mercancía era la negociación “Ruffo Hermanos”. Sus propietarios se dieron perfecta cuenta de la situación; no podían llevar el cargamento de manzanas a la tienda, pues ésta ya había cerrado y los empleados estaban en casa departiendo con su familia, además el día siguiente sería de asueto.

     ¿Quién les compraría manzanas después de Nochebuena y Navidad?  Por qué no corresponder a estas nobles personas, que de seguro muchas de ellas eran sus clientes. Se hicieron formar cinco largas filas a lo largo del muelle para regalarles el apreciado fruto: ¡Diez manzanas por cabeza! ordenó el gerente a los estibadores que gustosos ayudaron en el reparto, y los beneficiados se las llevaron a casa en los bolsillos y otros en el sombrero. No había ninguna mujer en las filas, pues en aquel entonces el hombre era el rey de la calle y ella la reina de la casa.

Cuando regresó el tío y mi padre les arrebatamos las “Red delicius”. Pasada la medianoche, en incipiente Navidad, después de fervorosos abrazos los tíos y las primas retornaron a su casa. 

     Mis padres nos ordenaron ir a dormir… al despertar observé al lado de la cama mis juguetes y la bolsa -de papel crepé cosida a máquina por la tía Rosy-, con dulces, chocolates y una jugosa manzana cultivada en los sembradíos de Washington, D.C., que en nada se comparan con las transgénicas de hoy.

     Aquella Nochebuena, los habitantes de La Paz, Baja California Sur, estuvieron a punto de festejar sin manzanas; no fue así, ¡pero por poco y sucede! Jamás olvidaré esa fecha; fue un lunes 24 de diciembre de 1957.

 

Comentarios


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Su padecimiento genera importantes consecuencias para el bienestar y productividad de las personas, pues la gran mayoría no son diagnosticados y tratados adecuadamente. En este sentido, este tipo de trastornos son muy discapacitantes. De acuerdo con el Health Metrics and Evaluation Institute (Instituto de Métricas de Salud y Evaluación), 1 de cada 4 personas sufrirá un trastorno mental a lo largo de su vida. Las estadísticas sobre el tema son alarmantes, especialmente en los países de América Latina. Los datos señalan que solo 2 de cada 10 personas con un trastorno mental reciben algún tipo de apoyo profesional que generalmente suele ser insuficiente. Cabe señalar que hay mayor prevalencia de este tipo de trastornos entre las mujeres y en grupos vulnerables. Las personas de escasos recursos son más vulnerables a sufrir un trastorno mental. Aquellas con trastornos mentales, tienen una mayor propensión a caer en pobreza. 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  • Descubrir el sentido de la vida.
  • Mejorar los sentimientos de paz.
  • Sobrellevar los tiempos difíciles y de estrés.
  • Sentirse más seguro y acompañado.
  • Comunicarse mejor con las personas más cercanas.
  • Evitar la violencia.
  • Rechazar las drogas o el alcohol.
  • La capacidad de pensar en temas abstractos.
  • Poder reflexionar sobre uno mismo (metareflexión).
  • Ver el mundo desde otras perspectivas
¿Y qué dice la ciencia? Además de encuestas como la mencionada anteriormente, numerosos estudios científicos se han enfocado en analizar detalladamente el impacto de la espiritualidad en niños y jóvenes y, en general, en los seres humanos, arrojando datos como:
  • En un estudio llevado a cabo por psicólogos del Spirituality Mind Body Institute, se concluyó que los niños con una espiritualidad más desarrollada tienen un 40% menos de probabilidades de usar y abusar de sustancias, un 60% menos de estar deprimidos en la adolescencia y un 80% menos de probabilidades de tener relaciones sexuales peligrosas o sin protección.
  • Otro estudio, realizado el año pasado por científicos de la University of British Columbia de Canadá y en el que participaron 761 niños, señaló que la espiritualidad influye hasta en un 26% en la felicidad infantil, mientras que otros aspectos como el dinero sólo tienen una influencia del 1%.
  • Desde la perspectiva neurocientífica “la espiritualidad” no es  un concepto religioso sino que es una función inherente al cerebro humano y que está presente aún en aquellas personas que no tienen fe religiosa alguna.
  • Neurocientíficos como Andrew Newberg, autor del libro “Principles of Neurotheology” han demostrado que el cerebro de los monjes budistas, acostumbrados durante años a practicar la meditación, muestran un menor envejecimiento neuronal, mayor capacidad de memoria y retención e incluso una mejor resistencia a la sensación del dolor.
Y entonces… ¿Cómo podemos desarrollar la espiritualidad en nuestros hijos y alumnos? Partiendo del hecho de que la práctica de la espiritualidad está profundamente ligada a la curiosidad humana, a la motivación y la creatividad, a la necesidad de canalizar emociones como el miedo, la ansiedad, la sensación de soledad, el estrés y, el vacío, además de la búsqueda del bienestar interno, la calma mental y la sanación emocional, algunas estrategias que ayudarán a desarrollarla en niños y jóvenes (y, por supuesto, en nosotros mismos), pueden ser:
  • Aprender a vivir en el aquí y el ahora.
  • Buscar momentos de paz, reflexión y contemplación.
  • Disfrutar de la naturaleza.
  • Meditar
  • Practicar yoga.
  • Promover la gratitud como un hábito diario.
  • Servir a los demás.
  • Hacer reflexiones en familia.
  • Apreciar y practicar las disciplinas artísticas.
  • Escribir los pensamientos y sentimientos propios frecuentemente.
  • Establecer “rituales” al despertar o antes de dormir (como dar gracias).
  • Valorar la vida en cualquiera de sus expresiones.
  • Escuchar el silencio.
Y la religión… ¿Dónde queda entonces? No hay duda de que si se tienen creencias religiosas, estas representarán, no nada más un gran punto de partida en la búsqueda del bienestar interno, sino, además, un gran soporte espiritual y emocional en el desarrollo de niños y jóvenes. La creencia en que existe algo más grande que nosotros, a partir del fundamento filosófico y el sistema de valores que cada religión represente, puede ayudarles a saber y sentir que no están solos, a a reforzar sus valores y su sentido ético, y a encontrar la fortaleza espiritual necesaria para alejarse, con mayor convicción, de situaciones de riesgo. Sin embargo, sea cual sea la fe o el sentido religioso que pretendamos inculcarles lo más importante es hacerlo desde un lugar que, más allá de los dogmas o la “divinidad”, les presente figuras espirituales “aterrizadas”, que también fueron humanas, que tuvieron grandes luchas internas, que sufrieron y gozaron como cualquiera de nosotros y que lograron alcanzar esa “santidad” o “”perfección” a base de fortaleza espiritual y de un profundo amor por los demás. Un niño feliz y espiritual será un adulto sano y exitoso Como vemos entonces, encontrar la paz interna, aprender a ser agradecidos por lo que se tiene y construir todo un sistema de valores que ayude a sobrellevar con fortaleza las vicisitudes de la vida, no es resultado de una fórmula mágica, sino un proceso permanente en el que padres y colegio debemos participar cerrando filas todos los días, en cada aspecto y a cada instante, para que los niños y jóvenes que hoy están en nuestras manos, crezcan con las herramientas que les permitan no sólo ser adultos sanos y felices, sino también los afortunados creadores de una realidad infinitamente más armoniosa, feliz y mejor. Visita nuestra página y conoce el modelo educativo integral que estás buscando para tu familia." ["post_title"]=> string(93) "¿Cuestión de fe, ética o valores? 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Su padecimiento genera importantes consecuencias para el bienestar y productividad de las personas, pues la gran mayoría no son diagnosticados y tratados adecuadamente. En este sentido, este tipo de trastornos son muy discapacitantes. De acuerdo con el Health Metrics and Evaluation Institute (Instituto de Métricas de Salud y Evaluación), 1 de cada 4 personas sufrirá un trastorno mental a lo largo de su vida. Las estadísticas sobre el tema son alarmantes, especialmente en los países de América Latina. Los datos señalan que solo 2 de cada 10 personas con un trastorno mental reciben algún tipo de apoyo profesional que generalmente suele ser insuficiente. Cabe señalar que hay mayor prevalencia de este tipo de trastornos entre las mujeres y en grupos vulnerables. Las personas de escasos recursos son más vulnerables a sufrir un trastorno mental. Aquellas con trastornos mentales, tienen una mayor propensión a caer en pobreza. Desafortunadamente, el acceso a tratamientos especializados es más complicado para las personas de escasos recursos, pues no solo no cuentan con los medios para pagarlos, sino también, deben enfrentar la oferta limitada de servicios médicos públicos. Sin embargo, la falta de recursos no es la única razón por la que no se accede a los servicios de atención médica, ya que el estigma que genera su padecimiento provoca temor a ser juzgados. Dicho estigma lleva a las personas a esconder su condición pues temen perder el trabajo, ser aislados o discriminados. En términos de políticas públicas, en ocasiones se piensa que los trastornos mentales no requieren una atención tan urgente (que no matan) o que, quizás, es algo que la gente podría evitar por sí misma. Este desconocimiento generalmente se materializa en presupuestos insuficientes para atender el problema. Ello, a pesar de que el suicidio es una de las causas más comunes de muerte entre los jóvenes.  En la región latinoamericana, la inversión en salud mental es baja en relación con los costos que generan las enfermedades atribuibles a estos trastornos. Por una parte, los trastornos mentales representan un 20% del total de la carga por todas las enfermedades en América Latina, pero el gasto en servicios de salud mental es solo un 2% del total de la inversión en salud. En México ha venido aumentando la demanda de servicios médicos por transtornos mentales y el consumo de sustancias desde la década de los ochenta. A pesar de ello, en nuestro país no se ha invertido más del 2% del presupuesto destinado al sector de la salud para la atención de la salud mental. Esto es preocupante porque la recomendación internacional es destinar de 5% a 10% del presupuesto total para la salud y en 2021 solo se destinó el 2%, equivalente a poco más de 3 mil mdp y lo absorbieron casi en su totalidad los hospitales psiquiátricos.1 Resulta fundamental ampliar la discusión sobre estos temas, pues las estadísticas reflejan un crecimiento importante del número de personas con estos padecimientos. No obstante, hay un interés insuficiente de las autoridades para implementar soluciones claras, empezando por una asignación presupuestal que cubra estas necesidades adecuadamente.  1Nota del diario El Economista, “Salud mental: cambio de modelo sin más presupuesto”. Disponible en: https://www.eleconomista.com.mx/opinion/Salud-mental-cambio-de-modelo-sin-mas-presupuesto-20220502-0013.html  *Nota basada en la publicación del BID, “¿Por qué es fundamental acabar con el estigma y los prejuicios e invertir en salud mental?. Disponible en: https://blogs.iadb.org/salud/es/por-que-es-fundamental-acabar-con-el-estigma-y-los-prejuicios-e-invertir-en-salud-mental/  

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