¡Para qué me metí en esto! o ¿Para qué me metí en esto?

Es jueves y son las cuatro y cuarto de la tarde y, como todos los días, aunque no siempre a la misma hora, salgo a...

3 de octubre, 2016

Es jueves y son las cuatro y cuarto de la tarde y, como todos los días, aunque no siempre a la misma hora, salgo a la calle para fumar el quinto cigarrillo del día y, también como siempre en lo que se consume el tabaco, me detengo en la esquina para platicar con don René Becerril, el dueño del taller eléctrico automotriz que lleva su apellido, en el que de lunes a viernes, de las nueve de la mañana a las seis de la tarde y los sábados hasta las dos únicamente, con una constancia admirable de asistencia se ha hecho presente las últimas cinco décadas, sin importar que desde hace tres o cuatro años esté el frente su hijo Eduardo, quien tomó la estafeta, apoyado por Eduardo chico, Ricardo y José, tres de los nietos del fundador del prestigiado establecimiento.

Aún cuando breves –alrededor de cinco minutos-, las tres o cuatro charlas diarias con don René son muy de mi agrado, porque siempre están cargadas de buen humor y respeto mutuo. Además, me consta porque me los ha mostrado impresos, es la única persona que conozco que va al día en la lectura de todos mis textos publicados en ruizhealytimes.com, y, sin proponérselo, en algunos casos ha sido inspiración para relatar algunas de las historias de esta serie. Como es su costumbre, en cualquier momento de nuestros intermitentes encuentros formula las preguntas clave: ¿qué pasó? ¿cómo vamos? ¿ya terminó? Y entiendo que su curiosidad está encaminada a saber qué grado de avance llevo en el artículo de la semana por lo que, además de decirle cuantas cuartillas he escrito hasta ese momento, incluso le adelanto el tema y algunos detalles del relato. Esta tarde de jueves ocurrió de nuevo, sin embargo mi respuesta tal vez no era la que esperaba. Le respondí que todavía no tenía nada escrito y lo peor era que no se me había ocurrido nada, que no sabía sobre qué iba a escribir. Antes de despedirme le comenté: ¡para qué me metí en esto! Esta última frase me la repetí mentalmente dos o tres veces y en seguida le dije: -gracias por preguntarme don René. Ya se sobre qué va a tratar mi artículo del lunes, le acabo de dar el título: ¡para qué me metí en esto!

De regreso a mi casa dispuesto a prender la computadora para iniciar mi historia, caminé los 50 metros que hay de la esquina hasta mi destino con la idea puesta en esa frase y sentí que (además de todo el texto por supuesto) algo le hacía falta, porque esas seis palabras encerraban un reclamo, una queja: para qué me metí en este problema pudiendo estar tranquilo toda la semana sin tener que cumplir con compromiso alguno, pero, la verdad, ese no es mi sentir. Estoy muy a gusto y me siento altamente productivo de escribir un texto cada ocho días con altas posibilidades de que alguien lo lea. Por lo tanto, pensé en la misma frase sólo que con signos diferentes: ¿para qué me metí en esto? Y, ese ¿para qué …? se los voy a platicar hoy.

No soy partidario de las frases hechas ni de los consejos ni libros de superación personal. Para mí eso de que para llegar a ser un hombre realizado basta con plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, me parece superfluo. Hace 25 años planté un árbol que creció libre y ahora estoy esperando que alguien venga a talarlo porque ya levantó la banqueta y está en peligro de venirse abajo. Me casé, tuve hijos que por mi inconciencia hace más de diez años no veo y aunque se que son gente de bien, en qué me ha realizado el haberlos tenido si los abandoné. Escribo, pero no por receta sino porque creo que es la aptitud que tengo, pero si mi habilidad fuera otra, como pintar, cantar, tocar guitarra o cualquier otra, a esa le dedicaría el tiempo que ahora ocupo para redactar textos. O ¿acaso las personas que no tienen espacio para plantar un árbol deben aceptarse incompletas?  Las que deciden no tener descendientes ¿valen menos? ¿Las que leen libros escritos por otros están equivocados? La vida no es de fórmulas, aunque por mi atribulada existencia entendí que ser honesto con uno mismo, respetar y no hacer daño a nadie ni a nada, es el camino ideal para vivir tranquilamente. Si a esa forma de enfrentar la vida le agregas ese algo para lo que crees tener facultades, pues qué mejor. Y yo creo que estoy hecho para escribir, no se si bien o mal, pero de lo que estoy seguro es que tengo capacidad para plasmar con palabras las vicisitudes de mi nada extraordinaria vida y eso para mi es suficiente. Nadie, sólo yo, sabrá que estoy en vías de realizarme.

Por eso, ante la pregunta ¿para qué me metí en esto?, miro hacia atrás y, antes de éste, cuento 14 artículos ya publicados. Algo que hace cinco meses no se me hubiera ocurrido jamás. Pensar que don René, y seguramente varias personas más leen mis textos cada semana para mí es ya un enorme motivo de satisfacción. ¿Que sería muy estimulante una palmada en la espalda y una frase de elogio para sentirme mejor? Claro, como para cualquier individuo, pero también es cierto que, a falta de esas demostraciones personales de aliento, el ver que casi cada lunes a las tres y media de la tarde en su programa televisivo, Eduardo Ruíz Healy sugiere la lectura de mi texto, y si no lo hace verbalmente sí lo hace en el cintillo de recomendaciones que recorre la pantalla, para mí es un reto que me anima a la superación. No se si lo logre, pero lo intento.

Y, sobre muchas cosas, si hay algo de lo cual estoy orgulloso es el que mi vecino y otras personas más lean lo que escribo, porque doce del total de artículos publicados versan sobre temas que únicamente para mí son importantes, lo que me lleva a pensar que la forma de redactarlos es lo que los hace interesantes para los demás. Y creo que eso es lo que busco.




Bueno, pues con ese espíritu de fiesta que me ha invadido desde que inicié mi faceta de aprendiz de escritor, me impuse un reto más. Por eso me pregunté (porque desde hace tiempo me es muy difícil hacer algo sin antes preguntarme si estará bien o mal. Ya no hago las cosas al aventón): si hay personas a las que les gusta leer mis historias, ¿habrá a quienes les guste escucharlas? Y me respondí que sí, por supuesto. De ahí que hace casi cuatro semanas acudí con la jefa del Programa Social Cultural del deportivo al que acudo, ya con más regularidad que hace unos meses, para solicitarle que, dentro de sus actividades culturales regulares, considerara la posibilidad de programarme y leer algunos de mis relatos.  Para que no pensara que soy un oportunista e improvisado, le argumenté que tales relatos son publicados semanalmente en la página virtual que ya todos ustedes conocen recomendada en radio y televisión. A la licenciada Chavelas (tal es el apellido de la jefa de esas actividades) le pareció buena la idea y me prometió que buscaría la mejor ocasión para tal efecto. 

Como no me gusta insistir, y menos a mi favor, llegué a pensar que mi solicitud se había quedado en el cajón del olvido pero no fue así. Hoy jueves, todo pasó este jueves, me comunicó que fue aceptada mi solicitud y estoy programado para dar lectura a cinco o seis de mis relatos –todavía no decido cuantos ni cuales-, para el viernes 14 de octubre, a las 12:30 horas, en la Sala de Adultos de la Guay Unidad Sur, sita en Río de Churubusco esquina División del Norte, Col del Carmen, Coyoacán, y cuenta con estacionamiento. Están todos invitados, especialmente los responsables de ruizhealytimes.com.

Aunque pudiera pensarse que no hay motivo para estarlo, sí me encuentro un tanto cuanto nervioso con esta mi primera incursión como cuenta relatos, pero no es por que tema hacerlo mal ni cosa por el estilo. Resulta que aún y cuando no será frente a un publico numeroso, entre éste estarán algunos miembros permanentes del Círculo de Lectura de esa Asociación y cada uno de ellos lee en promedio 75 libros al año. Como ven, los asistentes no desbordaran por su cantidad pero si por su calidad. No obstante, lo afrontaré confiado en que mis relatos se publican cada lunes en una página virtual  de prestigio.  

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Es jueves y son las cuatro y cuarto de la tarde y, como todos los días, aunque no siempre a la misma...

enero 1, 1970

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