Eduardo, ¡Ese no era yo!

Todos los martes me veo obligado a salir temprano de mi domicilio para no entorpecer la labor de la señora Rosa, persona que cada ocho...

26 de septiembre, 2016

 

Todos los martes me veo obligado a salir temprano de mi domicilio para no entorpecer la labor de la señora Rosa, persona que cada ocho días me apoya realizando a fondo la limpieza de la casa que habito en compañía de cinco perros y un gato, y calculo mi regreso para cuando ella ya se ha retirado.

Afortunadamente, a partir de que inicié mi actividad como aprendiz de escritor, he recuperado la necesidad de tener contacto con amigos a los que mi anterior comportamiento autodestructivo y mi soberbia habían alejado, por lo que esas obligadas horas de semanal exilio las ocupo acudiendo a desayunar con alguno de ellos y luego a hacer un poco de ejercicio en la “Guay Sur” y más tarde comer, si no ahí mismo, en una pequeña cocina económica del rumbo.  

El martes de la semana pasada no fue diferente por lo que cerca de las cuatro de la tarde ya estaba recogido listo para ver en la televisión el programa de Eduardo Ruiz Healy. Al mismo tiempo me di a la tarea de revisar en el celular mi correo electrónico, y pude observar que la única carpeta que tenía mensajes era la de Spam, espacio al que llegan todos los correos no deseados que en su mayoría son publicitarios. Por pura curiosidad no pulsé la instrucción  “vaciar spam ahora”, y decidí leer el nombre de cada uno de los remitentes antes de eliminar cada uno de los 36 recibidos. Ya seleccionado para desecharlo me llamó la atención  un correo fechado el 13 de septiembre con el nombre de Francine Sarrapy y lo abrí.  Mi sorpresa fue mayúscula porque el texto, en su parte sustancial, decía:

(…) me permito invitarte a una entrevista con Eduardo dentro

 de su programa para platicar sobre tu colaboración en el

 Portal ruizhealytimes.com (…) el martes 20 de




septiembre a las 15:30 para estar al aire a las 16:15.

Era una invitación para una entrevista, precisamente ese martes en el programa que ya había comenzado y estaba en la pantalla. ¡No puede ser!, la oportunidad que estaba esperando desde que envié mi primer artículo hace ya tres meses y el correo electrónico, como si fuera el correo tradicional en época navideña, había equivocado de buzón.

Como ya no podía hacer nada para remediar la situación, resignado me dispuse a ver la transmisión por si de casualidad hacían referencia a mi ausencia.

Aproximadamente a las 16:20, el conductor del programa anunció un corte para los impostergables anuncios comerciales, sin embargo en mi pantalla la imagen del estudio no desapareció, únicamente cambió la escenografía virtual por una pared al fondo de un verde intenso y todo brincaba imperceptiblemente, como si el camarógrafo caminara hacia la mesa semicircular presidida por Ruiz Healy acompañado por dos comentaristas, colaboradores  habituales del noticiero. Cuando la cara del conductor ocupó casi todo el espacio visible de mi pantalla, sorprendido escuché que decía: -Hola Rafael, bienvenido- al tiempo que extendió la mano para saludar ¿a quién? y enseguida igual saludaron a ese alguien las otras dos personas, mientras los ahora bruscos movimientos de la cámara se acentuaban.

¿Rafael? ¿qué Rafael entró al estudio para ocupar el tiempo que por culpa del correo electrónico no pude aprovechar? –me pregunté sentado en la sala de mi casa-.  Absorto, no escuché más hasta que nuevamente Eduardo tomó la palabra: -Está con nosotros Rafael Pi Orozco, colaborador en nuestra página virtual ruizhealytimes.com. Bienvenido Rafael-. En ese momento apareció el rostro del invitado en mi televisor.

¡Queeé! ¿Cómo es posible! –grité en la sala de mi casa al tiempo que me levanté bruscamente- Rafael Pi Orozco, es el seudónimo con el que firmo mis artículos, y aunque pudiera decirse que el tipo ese tiene cierto parecido conmigo no soy yo. Es un impostor. Es más, yo no uso barba, mi voz en más fuerte, esa chamarra ya no me queda y, lo peor de todo, es que fácil ese sujeto ha tener diez años más que yo. Además, con mis respuestas, yo hubiera hecho más amena la entrevista y habría evitado que Eduardo se desgastara inútilmente por tratar que ese usurpador le respondiera coherentemente. 

Para que las cosas que acababa de observar en la transmisión fueran ciertas tenía que haber pasado algo muy raro. Imaginé muchas probabilidades, algunas absurdas y otras también: ¿acaso Francine Sarrapy, la productora del programa, tenía un doble de cada invitado por si éste no llega? ¿es otro sueño? ¿me estoy volviendo loco? ¿debo regresar a la bebida? Todas las deseché. Pero de que hubo algo raro lo hubo.

Llegué a sospechar de Antonio, mi amigo y escritor de los primeros once artículos, y que ahora vive en Querétaro, con quien concebí la idea de firmar los textos bajo un seudónimo y, para su envío, creamos una dirección de correo electrónico con una clave que ambos podíamos utilizar, porque es un espacio exclusivo para “cartearnos” con ruizhealytimes.com. Me comuniqué con él a Querétaro. Le expliqué lo que estaba pasando y le pregunté si sabía algo al respecto. Su respuesta negativa no me dejó dudas, estaba tan sorprendido como yo y tampoco se explicaba qué podía haber ocurrido. Colgamos.

Poco tiempo después, ya más tranquilo, me vino a la cabeza algo de lo que hasta el momento no me había percatado: ¿cómo fue posible que haya podido ver a través de los ojos del tipo que me suplantó? Pensando en ello recordé la película Avatar y quedé perplejo. ¿Habrá sido eso lo que pasó? ¿que al saber que no me había enterado de la cita mi avatar decidió asistir en mi lugar?

Aunque parezca increíble, la idea de tener un avatar fue la que más me convenció porque no encontré una explicación lógica, no obstante, llegar a esa conclusión me estremeció y al instante me asaltó la incertidumbre y las dudas: ¿de verdad tendré un avatar? ¿habrá sido la primera vez que ocupa mi lugar y me enteré sólo porque lo vi?

De ser cierto que ya existía desde antes, de toparme con él le reclamaría su falta de comunicación conmigo. ¿en cuántas ocasiones me hubieran sido útiles sus servicios? Claro, tendría que saber controlarlo para que no actuara por su cuenta. Así, le pediría que me sustituyera en determinados momentos y no que por su voluntad me suplante como ocurrió el martes pasado. Para casos así, le pediría que me avisara con anticipación para ser yo el que decida: Le diría: -Avatar, hay que ir Abriendo la conversación entre nosotros. Esta de moda.

Bueno, por ahora no me queda más que esperar una segunda oportunidad para asistir al programa y decirle a Eduardo ¡ese no era yo! y, aunque me crea loco, tratar de explicarle que el que debió estar con él la primera vez era Juan Gabriel, mejor conocido en éste espacio como JG. ¡Ojalá sea pronto!

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enero 1, 1970

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