Día 2: Donde hubo fuego…

Conforme a nuestro compromiso, a las 5 de la tarde llegué a la casa de JG.

4 de julio, 2016

Conforme a nuestro compromiso, a las cinco de la tarde llegué a la casa de JG. No fue difícil encontrar su domicilio puesto que en la semana me había comunicado con él para que me orientara. Al igual que en sus relatos, las instrucciones fueron precisas: “Llegas al metro Portales, buscas la salida oriente de la estación y  ya afuera, sobre calzada de Tlalpan, hay una base de microbuses. Tomas el que diga Carranza y te bajas una calle antes de La Viga”.

Así llegué. Toqué el timbre. La primera respuesta fueron los amistosos ladridos de dos perros que se acercaron a la reja. De inmediato salió, la abrió y amable me invitó a pasar. Al cruzar la puerta de su casa entré a un espacio de unos 25 metros cuadrados ocupados en su totalidad por los discretos muebles que daban forma a la sala y el comedor. Frente a un gran ventanal, las tres paredes de estos dos cuartos en uno estaban cubiertas por estantes colmados por libros y discos LP y compactos, además de una pantalla y reproductores de video y música. En el ambiente se respiraba calidez, pero también soledad.

Observador como es, JG musitó:

“Si Antonio (le había dado mi nombre cuando me identifiqué por teléfono) estoy casi solo, pero esta aparente soledad, después de tantas compañías inocuas, me permite distribuir el tiempo a mi antojo. Únicamente, es un decir, me acompañan cuatro perros: Julia y Jal, son los dos que viste a la entrada, y Goma y Tuínqui, los que están en el patio trasero; y un gato, el Jagger, que, cuando el quiera, se hará presente”.

Como suponía que él ocuparía el sillón, escogí el extremo derecho del sofá para sentarme, para lo cual me recomendó, como él lo había hecho, retirar la sábana que lo protege de los pelos del gato y de los perros porque, cuando no llegan visitas (que es casi siempre), tienen la libertad de entrar y echarse cómodamente en ellos para acompañarlo.

Le entregué la carpeta con el relato impreso, lo revisó y sin ocupar tanto tiempo como la primera vez, con más energía que su comentario anterior me dijo: “Está muy bien y el título muy atinado”.




Al tiempo de hacer ese comentario, sacó un cigarro y me ofreció la cajetilla. No sabía que fumaras – le dije.

“Como en la cantina no se puede fumar y caminando no me gusta hacerlo nunca los llevo cuando salgo. Además, fumar y recordar a mi esposa y a mis hijos son los únicos vicios que no he podido ni quiero quitarme. Pero como para todo hay justificación, siempre me digo: tal vez el cigarro querrá matarme, pero pensando en ella y en ellos me mantengo vivo, así me la llevo. Y sabes mi querido Antonio, no es obsesión, es amor acumulado” –fue su respuesta y ambos encendimos nuestros cigarrillos-.

Con la primera bocanada de humo me dijo que pondría la alarma del reloj para que la sesión no se extendiera más de las tres horas convenidas, lo que le agradecí porque me había comprometido con mi esposa en llegar temprano para merendar y yo llevaría el pan.

Hasta ese momento me percaté que había fondo musical. Eran los Rolling Stones con las últimos acordes de Wild horses.  

“Puse ese disco para inspirarme y enmarcar nuestra plática, porque hoy te voy a contar algo extraordinario que sucedió durante el concierto de sus Satanísimas Majestades, el jueves 17 de marzo de este 2016.  Te digo la fecha exacta porque debe quedar, no se si en los anales de la música mundial, si en mis historias. Era un acontecimiento que no podía perderme. Seguramente también la última oportunidad de verlos en México”.

Para entonces, de las bocinas ya salía, rítmica, la batería inicial de Get off of my cloud, y JG, como niño con su juguete predilecto, sonreía y movía los pies y las manos en puntual compás.

“Desde que me enteré que vendrían -aproximadamente seis meses antes del concierto-, me propuse no cortarme el cabello hasta después de su presentación y desempolvar la playera negra que compré en el anterior hace 10 años, con la lengua icónica que los identifica, ya que mi idea era ir en traje de carácter.

“Prácticamente –apuntaba JG-, siendo adolescente, además de con su música, crecí con sus locuras y desde mi juventud, afortunadamente hasta hace una década, con sus excesos etílicos. Por supuesto no los culpo de que mi falta de voluntad me llevara por esos caminos. Igual me hubiera ido de haber sido admirador aferrado de Álvaro Carrillo o, seguramente peor, de haberlo sido de José José”.

El coro inicial de You can´t always get what you want entraba ya por mis oídos y, naturalmente, por los de JG.  Casi en éxtasis cerró los ojos, se recargó en el respaldo del sillón y continuó con su relato.

“Claro que no te voy a narrar todo el concierto, aunque debiera porque fue sensacional. Sólo me referiré al ambiente que se vivía y a ése algo que te anticipaba hace un rato, porque sin olvidar la música, el suceso fue un homenaje anónimo a los Rolling Setentones. Para mi es ya una anécdota única,  con el ambiente y el escenario idóneos”.

Mi curiosidad iba en aumento: ¿qué, en ese concierto, pudiera ser lo principal de un relato, casi por encima de las propias piedras rodantes?

“No pude cumplir mi promesa de acudir de acuerdo a la ocasión porque a los tres meses de no cortármelo me sentía incomodo con el cabello largo; y la playera negra, enorme, se escurría en mi cuerpo desprovisto de los seis o siete kilos que antes me proporcionaban las abundantes calorías que consumía a través del bacacha con cola, las chelas y las botanas. Decidí entonces ir a la peluquería de manera regular y, para el día especial, ponerme cualquier playera negra, pero de mi talla.

“Fue sensacional. Aunque estaban anunciados para iniciar una hora antes, salieron al entarimado poco después de las nueve y media de la noche. Yo llegué tres cuartos de hora antes de los primeros acordes de Start me up, rola con la que encendieron el fuego. Fuego, digo, porque a partir de ese momento, virtualmente, todo se incendió: el escenario, las pantallas, el público y, permíteme ser romántico, mi corazón”

Coincidentemente, en el reproductor que estábamos escuchando empezó la misma canción, lo que hizo que JG abriera los ojos y se enderezara en su asiento.

“Todos cantábamos, brincábamos, algunos hasta con lágrimas en los ojos. Cientos, miles de teléfonos celulares grababan para la posteridad este acontecimiento. Así, casi cada que empezaban una canción y cuando ésta terminaba, de la parte alta de la tribuna caía sobre mi y sobre las personas cercanas, una ligera nube de polvo con algunas piedrecillas. Este hecho se repitió unas 10 veces durante las dos horas y cacho que duró el banquete musical, sin que los empolvados de abajo pudiéramos explicarnos qué estaba pasando, porque cuando caía esa tierra no podíamos voltear para que no nos entrara a los ojos y, cuando nadie arrojaba nada, pues menos”.

Así JG continuó con su relato. Emocionado, hizo mención del gigantesco coro que acompañó a Mike Jagger cuando cantó Miss you y Sympathy for the Devil.

El máximo éxito del grupo, Satisfaction, un himno generacional, se empezó a escuchar en el aparato de sonido de la sala.

“Con esa canción, que todos cantamos, terminó el concierto en medio de más fuego, ahora también de juegos pirotécnicos. La gente seguía gritando y cantando emocionada”.

Me di cuenta que JG estaba por concluir su relato y todavía no satisfacía mi curiosidad: ¿cuál era la cereza del pastel? Como llevado por la ansiedad de saber la respuesta, ausente hasta este momento, se apareció el Jagger y después de acomodarse en mi regazo miró fijamente a su amo.

“Cuando por fin se apagaron las luces –continuó JG-, las enormes pantallas de alta definición también y se extinguieron los fuegos artificiales, los presentes nos dirigimos a la salida más cercana. Yo, como muchos, iba sacudiéndome la tierra que tenía en la cabeza y en la ropa, cuando una persona que hacía lo propio con el polvo recibido, se me acercó y me dijo: ¿qué cree señor?, que allá arriba un güey estaba arrojando las cenizas de su amigo que porque, como último deseo antes de morir, le pidió que las esparciera en el concierto de sus grandes ídolos los Rolling Stones.”

Este último comentario le arrancó una franca carcajada y apenas alcanzó a decir: “No cabe duda, como decía mi abuela, los refranes populares son una fuente inagotable de sabiduría, por lo que después de este explosivo concierto me convencí que: Donde hubo fuego, cenizas quedan”.

Dos minutos después sonó la alarma del reloj, nos despedimos con gran afecto y prometimos que para el siguiente viernes volveríamos a vernos aquí, en su casa.

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Conforme a nuestro compromiso, a las 5 de la tarde llegué a la casa de JG.

enero 1, 1970

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