No hay que buscarle mucho al asunto para darnos cuenta de que la violencia ha sufrido una escalada en los últimos tiempos, tanto a nivel nacional como mundial. Entendiendo este fenómeno como algo que ocurre en contra de otras personas o instituciones, pero a la vez contra uno mismo en sus diversas modalidades, desde el suicidio hasta la desatención en el cuidado personal que lleva a un incremento en las enfermedades crónico-degenerativas previsibles, que dejan de detectarse, prevenirse o atenderse con oportunidad.
El problema es multifactorial. Partimos de una base psicosocial para entender que el comportamiento humano a estas alturas del tercer milenio se ha vuelto muy egocéntrico: actuamos desde nuestra esfera personal, como si fuéramos el centro del universo, tomando poco en cuenta a los demás. Paradójicamente, cuando buscamos fincar responsabilidades por algo que nos afecta, solemos buscarlas fuera de nosotros. Nunca nos sentimos responsables de lo que nos daña, y la pasamos buscando culpables allá afuera, en un círculo vicioso que no lleva a ningún resultado positivo. Ahí ya tenemos dos facetas fundamentales de la violencia: Nos sentimos víctimas de elementos exteriores que nos dañan, a los cuales no atinamos a combatir. Viene además la idea de que esperamos que las cosas se lleven a cabo como nosotros pensamos que se han de hacer. Se genera un conflicto entre lo que otros pretenden hacer y lo que nosotros queremos que se haga, conflicto que no pocas veces termina en violencia.
Bien decía Carlos Monsiváis, el gran cronista mexicano del siglo XX, que para entender los problemas del mundo basta con revisar la página roja de cualquier periódico. Ahí encontramos hasta los más absurdos motivos para llevar a cabo terribles actos violentos contra los demás, que pueden terminar en lo más sanguinario. Tenemos todo el catálogo de agresiones entre parejas, dentro de la familia, entre compañeros de escuela o de trabajo, o asociados a delitos como el robo a particulares. De igual manera, atendiendo motivos políticos, llegan a desencadenarse grandes actos violentos que atentan contra el patrimonio, la integridad o la vida de los opositores.
Un documento de la OPS para la prevención de la violencia en América, indica que nuestro continente posee récord mundial en este rubro. Tenemos la tasa más elevada de homicidios en el mundo y registramos hasta 500 muertes diarias por esta causa. El 58% de niños, el 12% de adultos mayores y cerca del 30% de las mujeres sufren violencia en sus distintas modalidades, que muchas veces ni siquiera son reportadas.
Dentro de las categorías que establece la OMS en sus estudios para la paz, se conoce lo que es la violencia estructural y la cultural, que tantas veces subyacen en usos y costumbres de distintos grupos humanos, y que, pese a su aceptación, no dejan de provocar daño y más delante un rechazo a su práctica. Es el caso del abuso infantil por parte de los cuidadores, o de la violencia de la mujer dentro del núcleo familiar por parte de la figura masculina dominante. Surge la violencia directa llevada a cabo por un agresor, ya sea individual o un grupo social, como sería en este último caso el bullying, en donde hay un perpetrador, un grupo de aplaudidores, y una autoridad omisa en la evitación de la violencia.
Quizá la violencia menos identificada como tal, es la que llevamos a cabo en contra de la propia persona, al procurar conductas lesivas contra nosotros mismos, ya sea porque nos aproximamos a agentes dañinos como en el caso de las adicciones, o porque descuidamos lo relativo a la prevención y detección oportuna de condiciones patológicas. Pudiera decirse que nos vamos suicidando por la vía larga, mediante pequeños actos cotidianos que van mermando nuestra salud.
Para la prevención de estas conductas violentas viene en primer lugar una toma de conciencia. Darnos cuenta de que los actos que atacan a otros o a la propia persona no son conductas deseables en una sociedad sana.
Entender qué tipo de conflictos condiciona estas conductas y manejarlas de raíz, va a permitir un cambio para todos.
Hasta que no asimilemos que somos interdependientes, y que el bienestar colectivo repercute favorablemente en el individual, poco va a cambiar en cuanto a índices de violencia en nuestra sociedad.
Disminuir la violencia, antes que un asunto que compete a los gobiernos, es responsabilidad de todos los ciudadanos, en lo personal, en lo familiar y en lo grupal, conciliando intereses y trabajando por hallar soluciones de beneficio colectivo a los grandes problemas de la convivencia humana.
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