Una reflexión acerca de nuestra libertad en tiempos de la Semana Santa

Tanto para fieles como para no creyentes, la Semana Santa es un tiempo cargado de significados que apelan directamente al nudo existencial del ser humano. Alegría, tristeza, culpa, pena, dolor y redención son experiencias que todos vivimos...

3 de abril, 2021

Tanto para fieles como para no creyentes, la Semana Santa es un tiempo cargado de significados que apelan directamente al nudo existencial del ser humano. Alegría, tristeza, culpa, pena, dolor y redención son experiencias que todos vivimos durante nuestras vidas. Es el quid que la filosofía existencialista del siglo XX analiza en su estudio del ser humano que, a su vez, viene de postulaciones anteriores como el Angst de Kierkegaard o la noción más antigua de “inquietud” como lo expresó san Agustín a lo largo de su pensamiento1

Todo este entramado existencial se manifiesta en nuestra libertad, nuestra capacidad de elegir y ejecutar nuestra voluntad según nuestro arbitrio, nuestro compás moral2, nuestros deseos y nuestro proyecto de vida. De esta manera, cuando alguien hace una acción buena, es celebrado; cuando hace algo perverso, es vituperado y castigado. Dejó escrito san Agustín: “El libre albedrío fue concedido al hombre para que conquistara méritos, siendo bueno no por voluntad, sino por libre voluntad”3 . Esta es la idea fundamental que le da sentido a toda ética. Es gracias a nuestra nuestra libertad que podemos convertirnos en mejores personas. De la misma manera, en la esfera pública y política, cuando alguien comete un crimen voluntariamente, como sociedad y en aras del bien común y de la preservación de la misma, se le castiga de acuerdo a las leyes acordadas por el constituyente y la legislación vigente. Un claro ejemplo es la tipología que se le da al homicidio en el derecho penal. Para establecer este criterio, se tornó la mirada a lo que la psicología ha postulado respecto al homicidio. El investigador Albert Roberts, por ejemplo, postula cuatro tipologías principales para clasificar los homicidios de acuerdo a las causas o intencionalidades de las personas involucradas. El primero es provocado por un altercado discusión súbita e intensa. Después, está el que es considerado como delito grave, donde hay una expresa intención de matar a otra persona. La tercera tipología es resultado de una condición preexistente de violencia doméstica. La cuarta y última es el homicidio accidental4. Como es posible apreciar, la diferencia radica en nuestro grado de intención, es decir, nuestra libertad. 

Lo que me parece más importante de esta fecha es que nos recuerda a todo el género humano que nuestras acciones tienen consecuencias reales que impactan la vida ajena. Lejos del mito que ha ido apoderándose de nuestra cultura contemporánea, nuestra libertad no es absoluta ya que todas las personas dependemos de otros seres humanos. Es decir, nuestras elecciones repercuten en las vidas ajenas así como éstas afectan la propia. Tales efectos pueden causar alegría, felicidad y placer, así como dolor, odio, tristeza y sufrimiento.

El filósofo francés, Paul Ricoeur, describió el sufrimiento como “disminución de nuestra integridad física, psíquica o espiritual […] sobre todo, el sufrimiento opone a la reprobación la lamentación; porque si la falta hace al hombre culpable, el sufrimiento lo hace víctima: contra esto clama la lamentación”5 . En otras palabras, el sufrimiento es una pasión que, dependiendo de la relación entre personas, convierte a uno en culpable y a otro en víctima. La distinción es clarísima en situaciones como la señalada anteriormente. El homicida es culpable de causar la muerte de la otra persona y ésta es la víctima. Sin embargo –y este es el punto al que quiero traer la atención del lector– esta situación donde una persona daña a otra no necesita escalar a este grado para percatarnos que diariamente cometemos el mal contra los demás. Muchas veces, sin darnos cuenta. Y en muchas otras ocasiones, con toda la intención de acometerlo –y convencidos de que estamos justificados en hacerlo–. Esta situación, hecho innegable, es uno de los puntos que considero destaca la Semana Santa. Que todos hacemos y haremos el mal. Que nuestra libertad no es absoluta y necesitamos de los demás para construir el bien. Incluso, nuestras leyes y juicios –que están basados en una pretendida neutralidad– son deficientes y fallan. Pensar lo contrario es sencilla y llanamente pura soberbia. 

¿Significa que nuestros esfuerzos son en vano? ¡Todo lo contrario! Nuestras fallas como personas, nuestra imperfección como seres limitados, se auxilian en la unidad de la comunidad y la sociedad. Al menos, mientras exista un espíritu de empatía y solidaridad. Y este es un punto que considero que en esta celebración se pone de manifiesto: el espíritu de perdón y redención. Insisto, aunque no sea uno creyente, estos son valores y virtudes que toda persona consideraría como algo bueno. Ya que, cuando uno acepta el error, da la bienvenida a la posibilidad de cambiar para crecer y mejorar como persona, es decir que el reconocimiento del error es la condición de posibilidad y la señal por excelencia de que la intención quiere ser mejor. 

 

Por último, quisiera resaltar la función del concepto de “pecado” dentro de nuestra sociedad actual en este rápido recorrido del entramado existencial humano. El psicólogo Manuel Villegas se cuestiona lo siguiente: “¿Cómo podemos tratar con el sentimiento de culpa si no reconocemos el concepto de ‘pecado’?”6 . En primer lugar, me parece que el reconocimiento de la importancia del concepto de “pecado” para explicar con precisión el sentimiento de culpa por parte de un psicólogo pone de manifiesto que la naturaleza del mal moral no se puede explicar solo con las herramientas de la ciencia moderna-experimental. Hemos de ser fieles a nuestro credo de tolerancia y apertura contemporánea, pues sea uno fiel o sea uno no creyente, simplemente no podemos cerrarnos al diálogo por no querer emplear conceptos válidos por haber sido gestados en un pensamiento que, por alguna razón, no se esté de acuerdo. En segundo lugar, así como hay una indisoluble relación entre la libertad y la responsabilidad, también existe una innegable relación causa-efecto entre el pecado y la culpa. 

Existen muchas dimensiones por las cuales se expresa la culpa humana: “temor al castigo, vergüenza pública o privada, contrición por el mal causado o remordimiento por el bien que hemos dejado de hacer”7 . Más adelante, el mismo autor distingue entre el sentimiento de culpa y la conciencia de culpa. Acaba por afirmar que “solo podemos hablar de sentimiento de culpa si presuponemos un mal (un pecado) causado por alguien y reconocido responsablemente por él”8 . Me parece interesante la distinción expuesta por el autor. Incluso, muy acertada, pues quien comete un pecado –una acción con una intención perversa– puede justificar su acción reconociendo que, si bien hizo algo “malo”, era la acción más adecuada por ser la única posible –bajo su perspectiva–. Será la decisión de quienes juzguen todo el contexto, validar si esta alternativa empata con el alegato que hace la persona en cuestión. Si la persona solo se justifica, existe una “conciencia de la culpa”. Si la persona se siente responsable por el mal –el sufrimiento– que causó, entonces existe un “sentimiento de culpa” que es, a mi parecer, una reflexión de segundo grado donde la persona acepta la responsabilidad de su actuar.

De tal manera que, con esta rápida pincelada de todo lo que implica nuestra libertad cotidianamente, es posible afirmar que estamos en un constante vaivén de alegrías y dolores, de triunfos y de pérdidas. Por lo que no es ninguna sorpresa que cometamos muchos errores durante nuestra vida. Como afirmó Agustín de Hipona: “¿Acaso no es tentación ininterrumpida la vida humana sobre la tierra?”9 . Sin embargo, así como existe el dolor, también la alegría; así como hay culpas y errores, hay perdón y superación. Este es el punto más importante que nos invita a reflexionar sobre el festejo de Semana Santa.

Así que, durante estos días de descanso, me parece que es buen momento para que reflexionemos sobre nuestra vida: logros, metas por cumplir, situaciones por las que estemos agradecidos, así como aquellas donde reconocemos que podemos ser mejores. Más que irnos de viaje –lo cual sería una irresponsabilidad estando en pandemia–, pienso que podemos aprovechar mejor esta Semana Santa buscando cómo mejorar nuestra vida, tanto como personas individuales, como miembros de las diversas comunidades de las que formamos parte –familia, amigos, trabajo, sociedad, etc.–. Hemos de pensar qué queremos de este 2021 y cómo podemos mejorar nuestra situación actual.

 1Como da testimonio la icónica frase en el primer libro de Confesiones, “y nuestro corazón permanece inquieto hasta que descanse en ti. San Agustín, Confesiones; segunda edición, trad. de Ángel Custodio Vega, (Madrid: BAC, 2013).  conf. I: 1; 1.

2Concepto que retomo del pensamiento de Charles Taylor.

3San Agustín, De libero arbitrio; quinta edición, trad. de Víctor Capanaga, (Madrid: BAC, 2009). lib. arb. III: 3; 8.

 4Cfr. Shaw, Julia, Hacer el mal. Un estudio sobre nuestra infinita capacidad para hacer daño; trad. de Álvaro Robledo; (Barcelona: Planeta, 2019), pp. 61-65.

 5Ricoeur, Paul, El mal. Un desafío a la filosofía y a la teología; trad. de Irene Agoff, (Buenos Aires: Amorrortu, 2011), p. 25.

 6 Villegas Besora, Manuel, Psicología de los siete pecados capitales, (España: Herder, 2018), p. 9.

 7Ídem.

 8Ibídem, p. 10. 

 9conf. X: 28; 39.

Comentarios


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  • Motriz. (que impide o limita la capacidad para caminar, subir, bajar…)
  • Visual
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Barreras más comunes que enfrentan en la vida urbana:
  • La movilidad: Desplazarse en nuestras ciudades en silla de ruedas puede ser lo más parecido al viacrucis. Banquetas llenas de obstáculos, desniveladas, muy dañadas, sin rampas para el ascenso o descenso. Banquetas que por angostas no permiten la movilidad al peatón, menos a una persona que utilice andadera, bastón o silla de ruedas. Hasta hace no mucho tiempo circular por el arroyo vehicular era una opción de alto riesgo, opción al fin hoy con las ciclovías con sus obstáculos a base de bolardos se complica aún más su movilidad.
  • Subirse al transporté público… ¿cómo ? El Metrobús es la única opción…
La vivienda y sus limitaciones Quienes tienen el infortunio de vivir en zona de alta marginación, logran sobrevivir en condiciones de una precariedad terrible. Quienes los ven como un estorbo al interior de la vivienda dado que no aportan económicamente acaban destruyendo su autoestima y su propia existencia. Los más afortunados que viven en áreas urbanas de tipo popular o medio, enfrentan condiciones igualmente difíciles, porque si la vivienda con escaleras angostas, sin sanitarios diseñados para su uso con sillas de ruedas, ni puertas con un ancho suficiente,  viven en condiciones mínimas de confort. Así, los distintos tipos de discapacidad o minusvalía al carecer en la vivienda de satisfactores elementales, obligan a las familias a hacer costosas adaptaciones para hacer que sus vidas gocen de más autonomía y mejor calidad. La posibilidad en su caso de coexistir con animales adiestrados conocidos como perros de asistencia, implica de igual forma que en la vivienda se pueda disponer de un pequeño espacio para satisfacer esa necesidad. El reto ante el espacio público El reto de subir y bajar, desplazarse, superar barreras físicas y emocionales es enorme para aquellos cuya discapacidad fue resultante de un evento y no de nacimiento, pues estas últimas desarrollan habilidades naturalmente y en ese proceso sus potencialidades les permiten una mejor participación social. En tanto quienes al perder capacidades producto de una enfermedad o accidente, superar su nueva condición resulta mucho más difícil. Acceder al espacio público, nunca diseñado o construido para permitir su gozo a personas con discapacidad, se vuelven en la mayoría de los casos imposibles de transitar o disfrutar. Para los débiles visuales o ciegos que acuden sin su perro de asistencia o sin compañía de otra persona, el espacio público es simplemente inaccesible. Es esta discapacidad la más importante en México y estamos entre los 20 países con mayor número de personas que la sufren. Acceso a la educación y planteles escolares El 23% de la población con alguna discapacidad no tiene algún nivel de escolaridad. Es decir, casi 3 millones de personas de 15 años o más están en esa condición (“0” escolaridad). De nueva cuenta ni las escuelas públicas ni las privadas (salvo algunas excepciones) incluyen en su arquitectura medios para dotar de autonomía a los alumnos cuya dignidad por ese efecto se ve vulnerada. Servicios de salud pública para personas con alguna discapacidad El gobierno reconoce que 5 de cada 10 personas en esa condición son adultos mayores. Esta condición las vuelve doblemente vulnerables lo que favorece su exclusión social y su nula o muy escasa participación en la vida comunitaria. La desaparición por decreto del Seguro Popular simplemente redujo o canceló su acceso a medicamentos y apoyos para aparatos auditivos, anteojos, andaderas, sillas de ruedas… Un dato significativo es que hasta el 2018, del total de personas de más de 5 años de edad con discapacidad el 88.7% contaba con servicio médico, de ese total el 53.3% está afiliada a una institución de servicios médicos como el IMSS o ISSSTE y el 48.7% simplemente perdió el servicio al depender del seguro popular erróneamente cancelado y que el INSABI simplemente no recuperó. Un número enorme de mexicanos padece discapacidad de algún tipo. Ahora que tanto hablamos de inclusión, equidad de género, de eliminar la discriminación y erradicar la marginación, es tiempo de replantear su difícil condición, no solo legislando sino actuando en su favor en todos los ámbitos para que todos sin excepción puedan ser vistos como iguales en nuestra convulsionada y crispada sociedad." 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Lo deseable sería transformar nuestra reacción ante expresiones inadecuadas ajenas considerando dos vertientes de comportamiento: por un lado la tolerancia y la aceptación, y por el otro, el propósito de vivir comprometidos con una ejemplaridad consciente.  Decíamos la semana anterior que defender la igualdad como valor dominante es uno de los grandes avances de la historia humana. Sin embargo, de manera un tanto paradójica, la igualdad profunda se manifiesta desde la diferencia, la diversidad, la aceptación plena del otro, y, sobre todo, desde la empatía de sabernos parte de una misma especie que tiene en común la búsqueda del bienestar y de la realización.    La “cultura de la cancelación” busca suprimir conductas e ideas que se consideran opresivas e insultantes y, aunque en principio puede parecer una postura razonable, en el fondo opera precisamente en contra de la igualdad que busca defender. La solución a problemas complejos suele ser compleja también, y esta vez no es la excepción. Tendríamos que empezar por asumir una postura más crítica tanto hacia la “cancelación” en sí, como hacia nuestra manera personal de estar en el mundo.  Hacia la “cancelación” quizá lo deseable sería transformar nuestra reacción ante expresiones inadecuadas considerando dos vertientes de comportamiento: por un lado la tolerancia y la aceptación hacia el otro, partiendo generosa, pero no ingenuamente, de la base de que quien se expresa públicamente, obra de buena fe. Y por el otro, el propósito generalizado –incluyéndonos a nosotros mismos– de vivir comprometidos con una ejemplaridad consciente.  Convertirse en “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario, pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplos ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos tomamos las acciones y omisiones de la gente a nuestro alrededor como herramientas para entender el mundo que nos rodea y como materia prima para construir nuestra propia identidad. Dichos “referentes” pueden estar en cualquier lado: desde una celebridad o un artista que nos atrae o nos repele por algo, así como también un amigo, un familiar o a cualquier otra persona con que entremos en interacción. Todos ellos generan en nosotros una influencia significativa, ya sea para imitarlos o para diferenciarnos de ellos. Y, del mismo modo que el ejemplo ajeno es central en nuestra formación, aun sin pretenderlo –y mucho más con la creciente exposición a que estamos sometidos por conducto de las redes sociales–, somos ejemplo para otros. Ya que esto ocurrirá inexorablemente, ¿no sería preferible proyectar una imagen que se parezca a ése que nos gustaría ser, en vez de transmitir una serie de comportamientos e ideas incongruentes y contradictorias?  Al respecto de ese modo horizontal y consciente de convertirnos en “modelos ejemplares” Javier Gomá Lanzón afirma en su libro Ejemplaridad pública: “solo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social1”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico y grandilocuente, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás, como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás, estemos o no conscientes de ello. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal.  Se puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, se puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede uno acogerse a cualquier doctrina ética, podemos desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decidamos construirnos, el núcleo de esa manifestación abierta y pública de quienes somos se sostendrá en el hecho de que lo que pensamos, decimos y hacemos formen un todo consistente e íntegro que nos muestren como un individuos congruentes. Si de verdad actuamos de manera congruente, es mucho más fácil que cuando nos dirigimos a los demás nuestros desaciertos e imprudencias sean cada vez más evidentes para nosotros mismos, lo que nos ayudaría a evitarlas. Por ejemplo, si conseguimos darnos cuenta que discriminamos a alguien por su preferencia sexual, mientras internamente estamos convencidos de nuestra visión igualitaria, dicha acción nos resultará chocante, lo que nos ayudará a implementar un cambio genuino. Pero esto difícilmente ocurrirá si nuestra observación de la falta llega como consecuencia de una tormenta de descalificaciones escandalosas y sumarias.  La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. 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Barreras más comunes que enfrentan en la vida urbana:
  • La movilidad: Desplazarse en nuestras ciudades en silla de ruedas puede ser lo más parecido al viacrucis. Banquetas llenas de obstáculos, desniveladas, muy dañadas, sin rampas para el ascenso o descenso. Banquetas que por angostas no permiten la movilidad al peatón, menos a una persona que utilice andadera, bastón o silla de ruedas. Hasta hace no mucho tiempo circular por el arroyo vehicular era una opción de alto riesgo, opción al fin hoy con las ciclovías con sus obstáculos a base de bolardos se complica aún más su movilidad.
  • Subirse al transporté público… ¿cómo ? El Metrobús es la única opción…
La vivienda y sus limitaciones Quienes tienen el infortunio de vivir en zona de alta marginación, logran sobrevivir en condiciones de una precariedad terrible. Quienes los ven como un estorbo al interior de la vivienda dado que no aportan económicamente acaban destruyendo su autoestima y su propia existencia. Los más afortunados que viven en áreas urbanas de tipo popular o medio, enfrentan condiciones igualmente difíciles, porque si la vivienda con escaleras angostas, sin sanitarios diseñados para su uso con sillas de ruedas, ni puertas con un ancho suficiente,  viven en condiciones mínimas de confort. Así, los distintos tipos de discapacidad o minusvalía al carecer en la vivienda de satisfactores elementales, obligan a las familias a hacer costosas adaptaciones para hacer que sus vidas gocen de más autonomía y mejor calidad. La posibilidad en su caso de coexistir con animales adiestrados conocidos como perros de asistencia, implica de igual forma que en la vivienda se pueda disponer de un pequeño espacio para satisfacer esa necesidad. El reto ante el espacio público El reto de subir y bajar, desplazarse, superar barreras físicas y emocionales es enorme para aquellos cuya discapacidad fue resultante de un evento y no de nacimiento, pues estas últimas desarrollan habilidades naturalmente y en ese proceso sus potencialidades les permiten una mejor participación social. En tanto quienes al perder capacidades producto de una enfermedad o accidente, superar su nueva condición resulta mucho más difícil. Acceder al espacio público, nunca diseñado o construido para permitir su gozo a personas con discapacidad, se vuelven en la mayoría de los casos imposibles de transitar o disfrutar. Para los débiles visuales o ciegos que acuden sin su perro de asistencia o sin compañía de otra persona, el espacio público es simplemente inaccesible. Es esta discapacidad la más importante en México y estamos entre los 20 países con mayor número de personas que la sufren. Acceso a la educación y planteles escolares El 23% de la población con alguna discapacidad no tiene algún nivel de escolaridad. Es decir, casi 3 millones de personas de 15 años o más están en esa condición (“0” escolaridad). De nueva cuenta ni las escuelas públicas ni las privadas (salvo algunas excepciones) incluyen en su arquitectura medios para dotar de autonomía a los alumnos cuya dignidad por ese efecto se ve vulnerada. Servicios de salud pública para personas con alguna discapacidad El gobierno reconoce que 5 de cada 10 personas en esa condición son adultos mayores. Esta condición las vuelve doblemente vulnerables lo que favorece su exclusión social y su nula o muy escasa participación en la vida comunitaria. La desaparición por decreto del Seguro Popular simplemente redujo o canceló su acceso a medicamentos y apoyos para aparatos auditivos, anteojos, andaderas, sillas de ruedas… Un dato significativo es que hasta el 2018, del total de personas de más de 5 años de edad con discapacidad el 88.7% contaba con servicio médico, de ese total el 53.3% está afiliada a una institución de servicios médicos como el IMSS o ISSSTE y el 48.7% simplemente perdió el servicio al depender del seguro popular erróneamente cancelado y que el INSABI simplemente no recuperó. Un número enorme de mexicanos padece discapacidad de algún tipo. Ahora que tanto hablamos de inclusión, equidad de género, de eliminar la discriminación y erradicar la marginación, es tiempo de replantear su difícil condición, no solo legislando sino actuando en su favor en todos los ámbitos para que todos sin excepción puedan ser vistos como iguales en nuestra convulsionada y crispada sociedad." 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LA COMPLEJA VIDA DE LAS PERSONAS CON DISCAPACIDAD EN NUESTRAS CIUDADES

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