Una profecía mexicana

Dentro de la riqueza de nuestra literatura destaca el largo poema de Ramón López Velarde “Suave Patria”…   Dentro de la riqueza de nuestra literatura destaca el largo poema de Ramón López Velarde “Suave Patria”, del cual...

27 de abril, 2017 pena-nieto-nuevo-pri-2012
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Dentro de la riqueza de nuestra literatura destaca el largo poema de Ramón López Velarde “Suave Patria”…

 

Dentro de la riqueza de nuestra literatura destaca el largo poema de Ramón López Velarde “Suave Patria”, del cual extraigo un par de versos que al correr de los años se han visto como proféticos:

“el Niño Dios te escrituró un establo

   Y los veneros del petróleo, el diablo.”

Los descreídos cuestionarán la escrituración del establo, pero la intervención diabólica en el petróleo queda fuera de toda duda.

Los ecos de la participación de Peña Nieto en el programa Tercer Grado de Televisa todavía retumban, vanagloriándose de la nueva generación de políticos capaces y modernos que encabezaban las gubernaturas de Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo, mencionándolos por su nombre, y a quienes sometía al escrutinio público; paradigmáticos del nuevo PRI, hoy vemos los resultados de la depredación efectuada por dichos personajes y la generalizada impunidad de la cual tenemos unos botones de muestra:


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En números redondos en miles de millones de pesos y, con la información publicada, no necesariamente exacta, los desfalcos políticos ascienden a las siguientes cantidades: Javier Duarte 180; Jorge Herrera 4; Fausto Vallejo 17; Rodrigo Medina 3; Egidio Torre 0.34; Alfonso Reyes 4; Roberto Borge 22; Rubén Moreira 160; César Duarte 7.

A las huestes depredadoras priístas, parecen sumarse las fuerzas opositoras de Guillermo Padrés con 30 y Ángel Aguirre con 37; para hacer un total de 464.34 ¡miles de millones de pesos!

Sin contar las evidentes mordidas recibidas por funcionarios de PEMEX, ni las que involucran carreteras y obras de infraestructura, ni administraciones pasadas que nos llevarían a incluir a los Montiel, Ebrad, Monreal y Pejes mayores y menores, podemos afirmar que la manera en la que se han despilfarrado los recursos que nuestra madre Naturaleza empleó millones de años en proveer, es tan absurda e inverosímil como las cantidades que han saqueado, pertenecientes a todos los mexicanos, sin eufemismos, a nuestros abuelos, padres, nosotros, hijos, nietos y bisnietos como mínimo.

Ese despilfarro que sólo exacerba la frustración del Peje tabasqueño, quien se soñó amo y señor de esa riqueza y que hoy se quiere conformar con los escurrimientos que su ambición impidió explotar racionalmente en los momentos de mayor oportunidad.

No cabe duda que atrás de todo este infierno se encuentra la mano del maligno, moviendo cantidad de manos que al creer servirse a sí mismas terminan desgraciando a todo el país, ya que al fin de cuentas, ni a ellos mismos benefician.

Por el otro lado, queda la escrituración del establo, simbolizando el trabajo humilde y honesto del grueso de la población, mismo que, en suma, acarrea a nuestro país mayor riqueza que la generada por los yacimientos, tal como lo muestran los importes de las remesas que superan los ingresos por petrodólares, sin considerar lo que adicione el producto interno que deja pequeños los sueños de los corruptos y que utilizan para garantizar créditos de dónde echar mano para incrementar sus latrocinios que no para beneficiar al país.

La verdadera riqueza se genera con el sudor de la frente, aplicándonos con valores, con esfuerzo, “persiguiendo la chuleta” como lo hace nuestra gran mayoría silenciosa y no se genera con el sudor del de enfrente, como lo hace nuestra privilegiada minoría política.

Es con el trabajo fecundo y creador, con el diario picar piedra para llevar a nuestros hogares el producto de nuestros establos, cuyo producto sumado superará el generado por la corrupción y nos permitirá dormir tranquilos, sin la zozobra en la que parece que ahora van a dormir quienes tienen cola que les pisen.

Es indispensable nuestra participación en la corriente rectificadora de nuestra sociedad.

Primero; continuando con nuestro diario y cada día mejor modo honesto de vivir, de arrimar el hombro a la carreta y sacar al buey de la barranca, administrando con valores nuestro quehacer.

Segundo: inmiscuirnos en la política, no votando por los colores de un partido, sino conociendo a las personas que se nos proponen para ocupar los puestos públicos, dentro de lo posible, enterarnos de sus planes y propuestas, de su modo de pensar y de actuar, de la capacidad que tienen para cumplir lo que ofrecen y apoyarlos.

No conformarnos con leer y asentir, asumir y adoptar sino finalmente, actuar en consecuencia.

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La capacidad de comunicarnos, de generar vínculos, de construir conocimiento depende de nuestra competencia en la construcción de narraciones.   El lenguaje, en tanto mediador entre nuestra experiencia directa de la realidad y la capacidad de interpretarla, es fundamental y no creo que haya forma de exagerar su importancia tanto para construir una imagen razonable y amplia del mundo que nos rodea y con el que estamos en permanente interacción, como para diseñar y gestionar ese mundo interior del que emerge nuestra personalidad, nuestro carácter y nuestra identidad. Es en el lenguaje donde se articulan los pensamientos: sólo puedo pensar aquello que soy capaz de nombrar, razonar y convertir en una narración.   ¿Cómo se relaciona todo esto con el lugar común que afirma que una imagen vale más que mil palabras? Si a un hombre arcaico le enseñásemos una imagen a todo color de una calculadora científica, de una impresora, de una pelota de golf o una foto de la Tierra vista desde el espacio, serían imágenes que no le significarían nada, porque carecería de referencias para interpretarlas y de las palabras necesarias para nombrarlas. Para poder reconocer la riqueza conceptual de esas figuras se requiere conocer el signo, entender su significado y funcionamiento y poseer la capacidad narrativa y la calidad y cantidad de lenguaje suficiente para expresar su significado.   No se trata de defender obviedades, del tipo: es necesario mejorar los programas de lengua española para niños de primaria y secundaria –cosa que no estaría mal–, pero esto va mucho más allá. Un individuo con capacidades limitadas en el uso del lenguaje no sólo tendrá problemas para expresarse de forma completa y correcta, sino algo mucho más serio: le faltarán ladrillos para construir conceptos, engranes para articular ideas, piezas para acoplar argumentos, colores para dibujar matices; en una palabra, estará imposibilitado para pensar de forma compleja y profunda y estará condenado a vivir preso en un mundo estrecho y chato.   En cierto sentido es verdad que una imagen vale más que mil palabras. Puede contener símbolos, remitir a infinidad de significados, amplificar los estímulos, retratar una amplia gama de tonalidades y todo a partir de un solo golpe de vista, de una sola impresión.  Sin embargo esta aparente verdad puede esconder una terrible trampa: para que una imagen valga más de mil palabras, lo primero que el observador debe tener en su almacén cognitivo son precisamente “las mil palabras” en cuestión. Si quienes vemos la imagen carecemos de ellas y sólo tenemos, digamos, doscientas –es decir, que desconocemos conceptos implícitos o explícitos de la imagen, pasamos por alto valores simbólicos, no estamos empapados del contexto histórico que dio lugar a la escena, etc.–, para nosotros esa imagen no valdrá mil, sino doscientas palabras.  A pesar de que en los tiempos que corren la imagen ha tomado un papel preponderante gracias a su inmediatez y a su aparente facilidad para ser interpretada, los conceptos, sentimientos, emociones, ideas, esperanzas e ilusiones los solemos caracterizar con palabras. Desde este punto de vista, las imágenes no valen mil palabras, sino que resumen y contienen potencialmente esas mil palabras que quien observa la imagen debe decodificar a partir de su conocimiento previo. Sin poseer a priori las palabras, sin el contexto de conocimiento apropiado, las imágenes dirán muy poco. Esas imágenes sólo comunican en función del conocimiento pre-adquirido y los contextos culturales adecuados para decodificarla de manera profunda.  Imaginemos que “escroleando” Facebook nos aparece la fotografía de un individuo de cierta edad vestido de blanco al que una multitud de ancianos le lanza huevos. Si no tengo ningún otro contexto me parecerá una escena humorística sin mayores implicaciones. Pero si dentro de mi bagaje de conocimiento me doy cuenta de que el sujeto de la agresión es el Papa Francisco y quienes lo agreden son un grupo de indignados Cardenales, y si además estoy familiarizado con las últimas declaraciones del pontífice, donde definde la validez espiritual de las uniones matrimoniales de personas del mismo sexo, entonces la imagen me dirá mucho más que al principio.  La imagen puede, en efecto, contener una enorme riqueza de contenido, matices, texturas y dimensiones susceptible de ser captados de forma inmediata, pero accederemos a ese núcleo de significados en función a nuestra capacidad lingüística para discernir y conceptualizar lo que cada uno de estos elementos significa. Por eso la amplitud de nuestro vocabulario y destreza con que manejemos sus particularidades y matices amplifica o limita nuestra capacidad de entendimiento y de construcción de conceptos e ideas, lo que se traduce ni más ni menos que en nuestra capacidad potencial de pensar.  Un individuo con un vocabulario total de quinientas palabras habita un mundo mucho más estrecho, pobre y descolorido que alguien cuyo acervo es de cinco mil, aun cuando ambos compartan el mismo espacio físico y los mismos estímulos.  Si bien nuestra capacidad cognitiva (I.Q.) es la materia prima de nuestra inteligencia, el potencial creativo y de generación de ideas, relaciones y pensamientos complejos depende directamente de la amplitud de nuestro vocabulario descriptivo y conceptual. 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Esto aplica en muchos sentidos y constituye escenario de fondo para  manifestaciones culturales alrededor del mundo. Equivale a lo que en medicina se conoce como tolerancia medicamentosa; esto es un fármaco utilizado por largo tiempo que requerirá de dosis cada vez mayores  para obtener la respuesta deseada. Esta tolerancia se encuentra relacionada a casos de  adicción  en veteranos de guerra norteamericanos; ellos sufren secuelas que generan dolor crónico que, con el tiempo, va demandando mayores cantidades de analgésicos narcóticos, lo que dispara la adicción. Volviendo a nuestras sociedades postmodernas, la normalización se halla detrás de muchos fenómenos humanos. Uno de ellos tiene que ver con lo que se conoce como “micromachismos” o microviolencia doméstica: dentro de la familia el clima de violencia es habitual, va desde las descalificaciones al cónyuge o a los hijos, habitualmente por parte del padre, hasta grados mayores, como puede ser la agresión física o el abuso sexual. En ese ambiente tóxico, los integrantes de la familia se van acostumbrando al trato, de modo que el día que escala en intensidad, no reaccionan como lo haría alguien que está fuera de dicho ambiente. Algo similar sucede con la violencia en sitios públicos: en México cada día amanecemos con un escenario variable pero elevado, de muertos en enfrentamientos; secuestrados, violentados o desaparecidos, así como de fosas clandestinas con  restos humanos. El número excesivo de evidencias de violencia ha generado en nosotros una insensibilidad. ¡Vaya! Llega a impactarnos más que el gato del vecino  muera atropellado al cruzar la calle frente a nuestra vivienda. A ese grado llega la mal llamada “normalización” de la violencia. En otros rubros, aparte de los ya mencionados, también se presenta el fenómeno. Observamos el modo como la política crea culpables o inocentes, conforme a intereses ajenos a la elemental justicia. Vemos la forma hasta absurda como desaparecen recursos económicos o materiales, u observamos cómo se manejan los perfiles de los candidatos a un cargo público. La normalización de la corrupción ha sido mucha, por largo tiempo, sólo cambiando el color de las camisetas de los equipos. Provoca poco o nulo impacto en nosotros, aun cuando se trata de dineros provenientes de los impuestos que pagamos al gobierno. En otros sentidos no tan lamentables, la normalización ha generado una percepción más benévola del mundo que nos rodea. Hemos abandonado los clichés maniqueos; las cosas no son siempre en blanco y negro, y vamos descubriendo que la vida está construida por personajes de carne y hueso, con grandes aciertos, pero con fallas, y que el más terrible criminal sobre la faz de la tierra tiene, empero, sus facetas nobles. Lo anterior dibuja hombres y mujeres tan humanos como nosotros mismos, lo que nos permite aceptarnos y aspirar a ser mejores personas. En comparación con los protagonistas de las telenovelas clásicas, que despiertan peinados y sin arrugas en la ropa, la tendencia actual dentro de las artes es a presentar individuos con  sentimientos encontrados, que a ratos odian y a ratos se desbordan de amor; personajes que no siempre tienen buena cara, que roncan o que traen los zapatos sucios, como cualquiera de nosotros. Dentro de la nomenclatura de las redes sociales el verbo “etiquetar” se refiere a redirigir determinada publicación a ciertas personas. En el siglo pasado una acepción novedosa de la palabra “etiquetar” era señalar a una persona por aquellas condiciones que la caracterizaban, y que la ponían en desventaja frente a la gran mayoría. Una etiqueta de “estúpido” o de “feo” colocaba a quien la portaba en franca inferioridad ante el resto, dando pie a la discriminación.  Hubo diversos psicólogos norteamericanos que iniciaron con este concepto de etiquetar; no estoy en la certeza si el primero fue L. Ronald Hubbard, en su libro sobre dianética, publicado en 1950. Hasta ahí alcanza mi radar. Ese maniqueísmo en la vida y en el arte, conducía a la polarización. En una telenovela comercial los personajes eran  siempre guapos, peinados, planchados, maquillados. Conducían un vehículo del año y vivían en una residencia de super lujo, con servidumbre de uniforme y chofer de librea.  Jamás se colaban  arrugas,  lonjas o dentaduras defectuosas.  Ahora tenemos la opción de descubrir personajes  no  tan perfectos, que rompen esos esquemas maniqueos, lo que nos permite  aproximarnos a conocerlos, entenderlos y aprender algo de ellos. La sociedad está integrada por seres humanos que en lo esencial son similares, pero en las facetas de su personalidad van desarrollando diversas capacidades y limitaciones; gustos y rechazos. Es válido que cada uno tenga sus propias cualidades personales, y está en total derecho de manifestarlas, en la medida en que hacerlo no perjudique los intereses de terceros. Hemos pasado de estar regidos por principios radicales a tener la libertad de decidir de forma individual  nuestro camino. Ello, a su vez, nos obliga a asumir una mayor responsabilidad por los actos propios. Ejercer el libre albedrío para manifestar conductas que atenten contra otros, no está permitido dentro de un sistema social sano.   Acabo de ver una hermosa cinta  intitulada “La bicicleta verde”, de la directora Haifaa al-Mansour. La historia se desarrolla en Arabia Saudita: una preadolescente musulmana tiene el enorme deseo de poseer una bicicleta, algo que atenta contra los principios tradicionales de su comunidad.  De un modo por demás original y simpático se las va ingeniando con miras a lograr su objetivo. Esta chiquilla llamada Wadjda nos invita a creer que es válido romper esquemas, y que para hacerlo lo que hace falta es determinación. 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Cada uno de esos estímulos se organizan en nuestra psique en forma de conceptos, ideas, imágenes, relatos, símbolos que en conjunto nos sirven para explicar lo que ha sido para cada uno de nosotros la experiencia de estar vivos. Sin embargo, no debemos pasar por alto una parte central del proceso de interpretación de la existencia: ésta se lleva a cabo mediante la mediación del lenguaje. Esas experiencias de todo tipo que nos constituyen sólo se vuelven inteligibles si somos capaces de ponerlas en palabras, de articularlas en un relato que nos resulte posible de comprender, gestionar y comunicar.   Nos despedimos de un ser querido, alguien cercano muere, un amor se termina y más allá del dolor emocional que estas experiencias implican, no somos capaces de desentrañarlas del todo en tanto no las ponemos en palabras. Por eso resulta tan potente el “desahogo” que implica contarle nuestros problemas a un amigo, en especial si no sabemos cómo resolverlos. 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La capacidad de comunicarnos, de generar vínculos, de construir conocimiento depende de nuestra competencia en la construcción de narraciones.   El lenguaje, en tanto mediador entre nuestra experiencia directa de la realidad y la capacidad de interpretarla, es fundamental y no creo que haya forma de exagerar su importancia tanto para construir una imagen razonable y amplia del mundo que nos rodea y con el que estamos en permanente interacción, como para diseñar y gestionar ese mundo interior del que emerge nuestra personalidad, nuestro carácter y nuestra identidad. Es en el lenguaje donde se articulan los pensamientos: sólo puedo pensar aquello que soy capaz de nombrar, razonar y convertir en una narración.   ¿Cómo se relaciona todo esto con el lugar común que afirma que una imagen vale más que mil palabras? Si a un hombre arcaico le enseñásemos una imagen a todo color de una calculadora científica, de una impresora, de una pelota de golf o una foto de la Tierra vista desde el espacio, serían imágenes que no le significarían nada, porque carecería de referencias para interpretarlas y de las palabras necesarias para nombrarlas. Para poder reconocer la riqueza conceptual de esas figuras se requiere conocer el signo, entender su significado y funcionamiento y poseer la capacidad narrativa y la calidad y cantidad de lenguaje suficiente para expresar su significado.   No se trata de defender obviedades, del tipo: es necesario mejorar los programas de lengua española para niños de primaria y secundaria –cosa que no estaría mal–, pero esto va mucho más allá. Un individuo con capacidades limitadas en el uso del lenguaje no sólo tendrá problemas para expresarse de forma completa y correcta, sino algo mucho más serio: le faltarán ladrillos para construir conceptos, engranes para articular ideas, piezas para acoplar argumentos, colores para dibujar matices; en una palabra, estará imposibilitado para pensar de forma compleja y profunda y estará condenado a vivir preso en un mundo estrecho y chato.   En cierto sentido es verdad que una imagen vale más que mil palabras. Puede contener símbolos, remitir a infinidad de significados, amplificar los estímulos, retratar una amplia gama de tonalidades y todo a partir de un solo golpe de vista, de una sola impresión.  Sin embargo esta aparente verdad puede esconder una terrible trampa: para que una imagen valga más de mil palabras, lo primero que el observador debe tener en su almacén cognitivo son precisamente “las mil palabras” en cuestión. Si quienes vemos la imagen carecemos de ellas y sólo tenemos, digamos, doscientas –es decir, que desconocemos conceptos implícitos o explícitos de la imagen, pasamos por alto valores simbólicos, no estamos empapados del contexto histórico que dio lugar a la escena, etc.–, para nosotros esa imagen no valdrá mil, sino doscientas palabras.  A pesar de que en los tiempos que corren la imagen ha tomado un papel preponderante gracias a su inmediatez y a su aparente facilidad para ser interpretada, los conceptos, sentimientos, emociones, ideas, esperanzas e ilusiones los solemos caracterizar con palabras. Desde este punto de vista, las imágenes no valen mil palabras, sino que resumen y contienen potencialmente esas mil palabras que quien observa la imagen debe decodificar a partir de su conocimiento previo. Sin poseer a priori las palabras, sin el contexto de conocimiento apropiado, las imágenes dirán muy poco. Esas imágenes sólo comunican en función del conocimiento pre-adquirido y los contextos culturales adecuados para decodificarla de manera profunda.  Imaginemos que “escroleando” Facebook nos aparece la fotografía de un individuo de cierta edad vestido de blanco al que una multitud de ancianos le lanza huevos. Si no tengo ningún otro contexto me parecerá una escena humorística sin mayores implicaciones. Pero si dentro de mi bagaje de conocimiento me doy cuenta de que el sujeto de la agresión es el Papa Francisco y quienes lo agreden son un grupo de indignados Cardenales, y si además estoy familiarizado con las últimas declaraciones del pontífice, donde definde la validez espiritual de las uniones matrimoniales de personas del mismo sexo, entonces la imagen me dirá mucho más que al principio.  La imagen puede, en efecto, contener una enorme riqueza de contenido, matices, texturas y dimensiones susceptible de ser captados de forma inmediata, pero accederemos a ese núcleo de significados en función a nuestra capacidad lingüística para discernir y conceptualizar lo que cada uno de estos elementos significa. Por eso la amplitud de nuestro vocabulario y destreza con que manejemos sus particularidades y matices amplifica o limita nuestra capacidad de entendimiento y de construcción de conceptos e ideas, lo que se traduce ni más ni menos que en nuestra capacidad potencial de pensar.  Un individuo con un vocabulario total de quinientas palabras habita un mundo mucho más estrecho, pobre y descolorido que alguien cuyo acervo es de cinco mil, aun cuando ambos compartan el mismo espacio físico y los mismos estímulos.  Si bien nuestra capacidad cognitiva (I.Q.) es la materia prima de nuestra inteligencia, el potencial creativo y de generación de ideas, relaciones y pensamientos complejos depende directamente de la amplitud de nuestro vocabulario descriptivo y conceptual. Para crear una idea o un concepto necesitamos las palabras adecuadas y suficientes para cincelarlo.    Para que una imagen valga mil palabras, primero hay que tener bien aprendidas las mil palabras y los conceptos que guardan en su núcleo. El lenguaje es una estructura comunicacional que no sólo nos permite hablar con el otro: antes que ninguna otra cosa, nos faculta para hablar con nosotros mismos, explicarnos nuestra vida y el mundo y crear una imagen sólida de quienes somos. Si nos faltan palabras, esa imagen propia resulta endeble e impreciso.      Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir" ["post_title"]=> string(39) "Una imagen no siempre vale mil palabras" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(39) "una-imagen-no-siempre-vale-mil-palabras" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-09-10 10:30:33" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-09-10 15:30:33" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=70284" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(45) ["max_num_pages"]=> float(23) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "ba171243b7c7b2ddbe7d04f8336636ca" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }

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