Durante el primer año del nuevo gobierno de Donald Trump, México vivió una relación con Estados Unidos más intensa y directa que la mayoría de los países del mundo. Mientras para Europa, Asia o América del Sur Washington fue un socio importante, para México fue al mismo tiempo vecino, frontera y principal fuente de presión política y económica.
En el comercio, México mostró una fortaleza clave: se mantuvo como uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Todos los días siguieron cruzando la frontera autos, electrónicos, alimentos y componentes industriales. A diferencia de otras economías como China o la Unión Europea, la relación productiva entre México y Estados Unidos está profundamente integrada. Sus industrias funcionan como una sola cadena. Esa integración permitió que el intercambio se mantuviera incluso en medio de discursos duros y amenazas políticas.
Pero esa misma cercanía también hizo a México más vulnerable. No solo se negocian tratados o aranceles; también se enfrentan, día a día, los temas de migración y seguridad en la frontera. Comercio, migración y crimen se mezclaron en una sola agenda política. En otros países, las decisiones de Washington se sienten a distancia. En México, se reflejan casi de inmediato en ciudades fronterizas, empresas y gobiernos locales.
En lo económico, el crecimiento de México fue moderado frente a otras regiones del mundo. No entró en crisis, pero tampoco estuvo entre las economías más dinámicas. Países con mercados internos más grandes o con menos dependencia del mercado estadounidense tuvieron más margen para enfrentar la incertidumbre global. México, en cambio, resintió rápidamente cualquier señal de freno en la economía de Estados Unidos, ya que gran parte de sus exportaciones, inversiones y empleos dependen de ese vínculo.
El mayor contraste con otros países se dio en la migración. En el primer año de Trump, los cruces hacia Estados Unidos bajaron de manera notable. Para el gobierno estadounidense, esto fue un éxito. Para México, el efecto fue distinto: más personas quedaron varadas en su territorio, lo que aumentó la presión sobre ciudades, albergues y autoridades. Ninguna nación europea o asiática vive una dinámica tan diaria y concentrada con Estados Unidos como la que México enfrenta en su frontera norte.
Otro punto clave fueron las remesas. Millones de familias mexicanas dependen del dinero que llega desde Estados Unidos. En varios meses, esos envíos se desaceleraron, en parte por un entorno migratorio y laboral más duro. Esto afectó directamente a comunidades donde las remesas sostienen buena parte del consumo local, un factor que no pesa igual en economías como la canadiense o las europeas.
En conjunto, México resistió en el comercio, pero pagó un costo mayor en presión social y política. Su cercanía con Estados Unidos lo mantuvo como socio clave en América del Norte, pero también lo hizo más sensible a cada cambio de postura de la Casa Blanca. El balance del primer año de Trump deja claro que la mayor fortaleza de México —su integración con Estados Unidos— es también su mayor riesgo, y refuerza la necesidad de diversificar relaciones y fortalecer su economía interna.
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