¿Tenemos un narco-presidente?

Es una desgracia, es una pena, es una tragedia que este gobierno haya fracasado en materia de seguridad.

21 de febrero, 2024

El domingo pasado, durante la manifestación en el zócalo capitalino, la multitud gritó varias veces frente a Palacio Nacional: “narco-presidente”. La acusación contra este, o cualquier otro presidente, de ser narco, es muy grave. Se debe analizar con inteligencia, no con los intestinos ni cegados por las emociones. Así, por un lado, quienes aman al presidente lo creen incapaz de error, ajeno a todo mal, al grado de santificarlo; y, por otro lado, quienes le odian gritan furibundos que es el peor presidente de la historia de México y que es un vulgar narcotraficante. Cualquier persona que haga uso, ya ni siquiera riguroso, sino mediano de su inteligencia, se da cuenta que estas dos posturas son insostenibles. Ni turiferario, si usted es AMLover, ni vituperador, si usted es AMLOHater. Vamos a los hechos.

Cuando López Obrador tomó posesión del cargo en diciembre de 2018, se dio a la tarea de crear la Guardia Nacional, y en ello contó con el apoyo total de la oposición. Tal era la confianza de López Obrador, que dijo en varias ocasiones que regresaría a las fuerzas armadas a sus cuarteles en cinco meses. Hoy está a treinta y dos semanas de terminar su mandato, y no solo no ha retirado a las fuerzas armadas, sino que ya de plano busca que la Guardia Nacional quede adscrita a la Defensa Nacional, con lo cual la presencia de los militares en tareas de seguridad pública ya no será cosa de cinco meses, sino una situación permanente: las fuerzas armadas nunca más regresarán a sus cuarteles. En ese sentido se puede hablar de una militarización de la seguridad pública, sea esto para bien o para mal.

Los hechos son contundentes. Los criminales están a sus anchas. El trasiego de fentanilo a los Estados Unidos, lejos de disminuir, sigue creciendo, igual que las ganancias de los criminales. Y estos son datos, no creencias. Así de fácil: si el tráfico de narcóticos aumenta cada año, si las ganancias de los cárteles son las mayores históricamente, si cada vez hay más asesinatos en México, entonces la estrategia del gobierno no ha sido efectiva. Punto. Nada qué discutir. ¿O alguien podría refutar que ha aumentado el tráfico de narcóticos? ¿Alguien va a refutar que las ganancias de los criminales son menores? ¿Alguien quiere refutar que en este sexenio ha habido más asesinatos que en cualquiera de los anteriores?

Los cárteles mexicanos tienen presencia en decenas de países. Pero a diferencia de lo que sucede en, digamos, España, Italia, Alemania, Francia, Australia, Canadá o Reino Unido, los criminales en México hostigan a los civiles. Y lo hacen con total impunidad y frente a las narices de las fuerzas armadas. Lo que está sucediendo en Guerrero, por ejemplo, es una vergüenza. 

Guerrero atraviesa una crisis de inseguridad que ninguna autoridad ha podido controlar: ni el gobierno federal con sus fuerzas: guardia nacional, ejército, marina; ni el gobierno estatal de Evelyn Salgado; ni mucho menos los gobiernos municipales. Ante esto, la iglesia en Guerrero ha decidido dialogar con los delincuentes. Hace unos días, José de Jesús González, obispo de Chilpancingo, anunció que él y tres obispos de Guerrero (el de Tlapa, Altamirano y el de Acapulco) han estado dialogando con jefes del crimen para pedirles una tregua.

La semana pasada emitieron un comunicado conjunto la CEM (Conferencia del Episcopado Mexicano), la Compañía de Jesús y otras entidades religiosas católicas. En su parte sustancial, el comunicado dice:

“Hacemos un llamado a no desvirtuar la intención de los obispos en su misión de encontrar caminos de paz en zonas de conflicto… Para cuidar y ser cuidados, es necesario tender puentes, ahí, en donde no existe el diálogo… Solo a través del diálogo valiente y constante, y de la acción intencionada y conjunta, podremos superar los desafíos que enfrentamos y construir un futuro en el que quienes habitamos este país podamos vivir con dignidad y seguridad”.

El obispo de Chilpancingo dijo que desde finales de 2023 dialogaron con jefes del crimen, pero que no pudieron alcanzar acuerdos, pues los criminales no están dispuestos a ceder nada de lo que han ganado (territorio, dinero, poder, influencia) “con tanto esfuerzo” y con “pérdidas humanas” (de ellos, claro; cada cual llora a sus muertos). El obispo ha pedido a las autoridades que “le entren” para solucionar el problema y garantizar la paz, pero, a juzgar por lo que dice, las autoridades no han hecho gran cosa:

El obispo de Chilpancingo pide a las autoridades gubernamentales que “no se corrompan y que no simulen, que sean verdaderos, que hagan su trabajo, pues no es posible que haya patrullaje del Ejército y los criminales lleguen, cometan sus delitos y después se retiren sin que nadie los moleste… Nosotros creemos que el gobierno tiene la solución; ellos [las autoridades] tienen poder, tienen los recursos, tienen los medios, ellos pudieran mediar, pero parece que nos han abandonado”. Desolador lo que dice el obispo.

El presidente López Obrador ve con buenos ojos que los obispos guerrerenses busquen una tregua, pero subraya que garantizar la seguridad es tarea del Estado mexicano. Tarea que no se ha cumplido en Guerrero, ni en muchos otros lugares. Hasta se dio el lujo de presumir que su gobierno sí está actuando, y que hay 29 mil elementos de la Guardia Nacional, el Ejército y la Marina en Guerrero. Solo en Acapulco hay más de 10 mil (que además están apoyando a la población afectada por Otis). Dijo el presidente que antes el gobierno ayudaba a crear los grupos autodefensas, abandonando a la población a su suerte, pero que su gobierno sí interviene. Puede que sí intervenga, pero no hay resultados; tan es así que los obispos de Guerrero dijeron “hasta aquí llegamos, estamos hasta la madre” y buscaron el diálogo con los Tlacos, los Ardillos y la Familia Michoacana. Es increíble que con 29 mil efectivos de las fuerzas armadas en Guerrero, el Estado sea una zona de horror. ¿Para qué están esos 29 mil efectivos? De “efectivos” nada, pues han sido y son completamente inefectivos. Se pregunta el obispo de Chilpancingo (y no lo voy a descalificar por que sea obispo, aunque sea yo muy crítico de todas las religiones) que cómo es posible que con tanto patrullaje del ejército, los criminales cometan sus delitos con total impunidad: asesinato, extorsión, trata, huachicol, narcotráfico, tráfico de personas… y un largo etcétera. Ante estas situaciones, que se presentan en muchos Estados, cualquiera podría preguntarse válidamente si el ejército está de adorno, haciendo la pantomima, o de plano apoyando a los grupos criminales, y en tal virtud podría llegar a cuestionarse si el actual gobierno está colaborando con los cárteles.

Los obispos de Guerrero hablaron solo con algunos grupos criminales. Pero en Guerrero están metidos los del CJNG, los Guerreros Unidos, los Viagra, los Rojos, los Tequileros, los Sinaloa, además de los ya mencionados Tlacos, Ardillos y Familia Michoacana. Así que el diálogo propuesto por la iglesia, aunque encomiable y desesperado, está destinado a no funcionar. Ningún grupo criminal está dispuesto a perder presencia, así se les aparezca el presidente y se los pida en la cara, así se les aparezca JesucristoSúperEstrella amenazándolos de que, de no enmendarse, arderán en el báratro.

De verdad parece que en Guerrero el gobierno no hace nada: ni el gobierno encabezado por Evelyn Salgado, ni el gobierno de López Obrador. ¿Se acuerdan de Norma Otilia Hernández, alcaldesa de Chilpancingo, sentada muy confortablemente con el líder de los Ardillos? Ojalá hubiera sido “solamente una vez”, como la canción, pero no. Ninguna autoridad ha movido un dedo para saber qué hace la alcaldesa de Chilpancingo conviviendo muy a gusto con los criminales. Parece que todo mundo se hace de la vista gorda y esto puede dar la impresión a muchos de que las autoridades están con el narco.

He tomado Guerrero a manera de ejemplo, pero está sucediendo en muchas regiones: Michoacán, Tamaulipas, Sonora, Zacatecas, Jalisco, Guanajuato, Chiapas, Chihuahua, Estado de México (los obispos del Edomex ya dijeron que van a pedir a los narcos una tregua), Baja California, Veracruz, Tabasco, Colima, Morelos –con estos Estados ya mencioné prácticamente medio país–. 

Algunos obispos de Guerrero estuvieron el año pasado, mes de junio, en el Vaticano con el papa Francisco. Ha trascendido que fueron a tratar el tema de la violencia y la inseguridad –desde luego no creo que hayan ido a promover el turismo– con el santo padre (estimo mucho a Francisco, pero no creo que sea ni santo, ni padre, pero, bueno, lo llamo así para conservar la nomenclatura), ya desesperados, porque diario hay población civil asesinada, extorsionada, levantada, prostituida, torturada, amedrentada. La iglesia católica podrá ser todo lo que usted diga de buena o de mala, pero hay algo cierto: es la institución con más alcance en todo el país. Ni el gobierno con todos sus siervos de la nación, ni los criminales, ni el ejército, tienen tanto alcance y presencia en todo el territorio como la iglesia católica; así que los obispos saben perfectamente de lo que están hablando: no hay una sola población que no tenga una iglesia y un párroco, así que conocen bien, y de primera mano, la situación del país. Y por eso fueron con el papa, a decirle que hablarían con los criminales para pedirles paz, ante la inactividad e inefectividad del gobierno mexicano. Y como ya han hablado con los criminales, no es difícil concluir que lo hicieron con la anuencia del pontífice.

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿tenemos un narco-presidente? Personalmente no creo, porque no tengo pruebas, que el presidente López Obrador esté involucrado con los narcos. El hecho de que se refiera a ellos en delicados y tiernos términos –mucho más amables de los que se refiere a sus adversarios políticos– no es prueba concluyente. Que diga que el narco es pueblo y que los criminales son seres humanos, es cuestión que no incrimina a nadie, por mala voluntad que se le tenga a AMLO. Todos somos el pueblo, también los narcos, por mucho que nos cale; y también son seres humanos, por mucho que se comporten como perros despiadados, pues desde el punto de vista ontológico la esencia de la persona humana es participada y se realiza de manera unívoca y total por y en todas las personas humanas, sin perjuicio de su calidad moral: el Chapo Guzmán es tan persona humana como el papa Francisco, aunque el primero se haya dedicado a hacer el mal, y el segundo a hacer el bien. Invito a cualquiera de los que leen a que me refuten filosóficamente esto que estoy diciendo. Por otra parte, el hecho de que López Obrador visite frecuentemente Badiraguato, cuartel general del Cártel de Sinaloa, o que haya saludado con amabilidad a la madre del Chapo y participe en taquizas, tampoco es una prueba que lo incrimine. Lo de los “abrazos y no balazos” es chorrada y dislate que nadie cree, insuficiente para probar que el presidente está con los narcos. Yo no me creo ese cuento de los “abrazos, no balazos.”

Lo que sí es un hecho incontrovertible es que la política de AMLO en materia de seguridad ha fracasado ruinosamente. Eso es innegable y por supuesto que él lo sabe. Durante este sexenio zonas enteras que se habían salvado hasta cierto punto de caer bajo el imperio de los criminales ahora padecen la violencia: Sonora y Chiapas son tan solo dos ejemplos. Y en algunos otros Estados, donde la delincuencia era ya un problema, en este sexenio creció aún más, prosperó y se apoderó de todo, o casi todo: Michoacán, Guerrero, Zacatecas, Colima, Jalisco, Guanajuato, Tamaulipas… Es una desgracia, es una pena, es una tragedia que este gobierno haya fracasado en materia de seguridad. Y es desgracia, pena y tragedia no tanto para el presidente, que vive muy bien resguardado en Palacio Nacional, sino para los mexicanos. El narco ya es un peso fundamental en las elecciones, lo vimos en 2021 y lo veremos en 2024. Es un factor real de poder. Ya están matando pretendientes a candidatos a diestra y siniestra, sin que ninguna autoridad reaccione. Todavía no empieza la campaña y ya hay varios suspirantes asesinados. No digo que la elección presidencial vaya a ser una narco-elección, pero estoy seguro que en incontables municipios y hasta en gobiernos estatales habrá narco-elecciones.

A veces puede uno tener la impresión de que el presidente se hizo de la vista gorda o fue demasiado tibio contra los cárteles. No lo creo. Tenía una estrategia, hizo todo lo que estuvo de su parte para implementarla, pensó que funcionaría, apostó por ella, dio su mejor esfuerzo, pero no funcionó. Y no funcionó porque nada iba a funcionar. Aunque el ejército de Estados Unidos nos invadiera con 200 mil soldados, ni así el poder de los grupos criminales cesaría; ni así violencia, crimen y narcotráfico desaparecerían. Este país está condenado, pero nadie quiere admitirlo, mucho menos los políticos. Si este fue el sexenio con mayor número de asesinatos en la historia de México, de una vez le anticipo que el siguiente sexenio, gane quien gane la presidencia, será aún peor. Amici, lasciate ogni speranza.

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