El PAN anuncia su relanzamiento, pero parece ignorar las razones de su fracaso tanto como el PRI (que sigue muerto en vida). Sus intentos para volver a ganar relevancia en el panorama político se limitan a decir que “con ellos México, sí crecía”. Pero muestran muy poca autocrítica y poca disposición para aprender de sus errores. Lanzan un tiro de escopeta, como queriéndose posicionar lo mismo entre las élites que entre las clases bajas, aquí y allá, en el sector empresarial, los universitarios, con las clases medias, los obreros y el pueblo llano. No se detienen a considerar lo que se piensa de ellos entre estos grupos.
Entre tanto, Claudia mantiene muy alta su popularidad en el segundo sexenio de Morena y los partidos de oposición no le hacen ni sombra. En buena medida se debe a ninguno parece entender las causas de su fracaso y la consecuente popularidad de la 4T.
¿En qué momento nos compramos la narrativa que relaciona directamente al PAN y al PRI con términos como “mafia del poder”, “neoliberales”, “fachos”, etc.? Hoy, entre los jóvenes, los panistas son vistos como conservadores de extrema derecha, llenos de prejuicios, intolerantes, clasistas y corruptos, mientras los priístas son lo peor de nuestro pasado en términos de corrupción y autoritarismo. El hecho es que ambos partidos resultan casi irrelevantes en el juego político actual y no tienen ninguna injerencia en las decisiones del gobierno de México desde hace más de 7 años.
Si bien la corrupción y el clasismo son y han sido una realidad social en el país, López Obrador logró posicionar la idea (falsa) de que estos males los debíamos a la podredumbre de esos dos partidos. Y atizó la división, el odio de clases y la desconfianza en todos los frentes políticos de México. Parece lejana la idea de un México unido.
Ahora la nuestra es una nación quebrada, separada, dividida, bajo una lógica pervertida en que se es de izquierda, humanista y parte del “pueblo bueno” o se es de derecha, fifí, explotador y clasista. Impera la polarización en un juego en que la única causa política real es la obtención del poder por parte de un grupo para hacer favores a sus amigos y fastidiar a sus enemigos.
Somos un país gravemente enfermo. Muy dañado políticamente, en tanto la sociedad se desgarra víctima de la violencia, el descontento y la desconfianza mutua. La lucha electoral se convirtió en una competencia de “buenos contra malos”, “chairos vs fifís”, “ricos vs pobres”, donde unos se dan baños de pureza mientras acusan a los otros de corruptos y traidores, pero por ningún lado aparecen ideas de fondo, ni visión de futuro ni valores éticos congruentes con el comportamiento de los políticos.
Estamos atrapados en un ciclo de odio, donde se facilita la manipulación de masas y se impide la construcción de un modelo nacional serio, que resuelva realmente nuestros problemas. Mientras, el país sigue estancado en su crecimiento económico y en su desarrollo social.
Este país necesita algo más que políticos que se acusen mutuamente de corruptos. Se necesita un cambio de 180 grados en el lenguaje y las prioridades políticas de nuestros líderes. Ya basta de jugar a “héroes contra villanos”, que rotan cada sexenio; y comencemos a integrar a un país sumamente desigual, priorizando la conclusión de proyectos a largo plazo, entendiendo que la democracia debe responder a la ciudadanía, y no es ésta quien deba hacerle el juego al siguiente que se quiera pintar de héroe nacional.
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