Perú, la antítesis de México en cuanto a impunidad presidencial

En Perú prácticamente ya no existe un solo expresidente vivo que no esté preso, prófugo de la Justicia o con un proceso penal en marcha.

14 de diciembre, 2022 Perú, la antítesis de México en cuánto a impunidad presidencial

El último escándalo de un mandatario en Perú había sido el del expresidente  Alan García. En 2019 se dio un tiro en la cabeza ante su inminente detención por la policía. Sobre él pesaban cargos de actos de corrupción relacionados principalmente con el caso de la multinacional petrolera brasileña Odebrecht. 

En varios países los escándalos por corrupción de esta empresa tienen a altos funcionarios en la cárcel. Alan García sabía que le esperaban muchos años en una pequeña y fría mazmorra y, cual capo de la mafia, prefirió quitarse la vida. Tan solo en el Perú, prácticamente ya no existe un solo expresidente vivo que no esté preso, prófugo de la Justicia o con un proceso penal en marcha.

Con el caso tan reciente de la destitución de Pedro Castillo, luego de un intento de autogolpe de Estado (al más puro estilo de su par Alberto Fujimori), se sumó uno más a la lista. Si bien este fenómeno de ir sobre los expresidentes y máxime presidentes aún en funciones provoca, a la par, un efecto pernicioso de inestabilidad política y caos. Pero no sólo es Perú, también ocurre en otros países latinoamericanos. El más emblemático es quizás el hoy ya libre y restituido en sus derechos políticos Luis Ignacio Lula da Silva. Aunque ya es de nueva cuenta presidente electo del gigante Brasil, antes pasó una buena temporada en la cárcel. También destaca la reciente inhabilitación y condena judicial de la vicepresidenta y expresidenta de Argentina, Cristina Fernández. 

Esto contrasta por entero con México. No es que la icónica empresa energética multinacional Odebrecht no haya actuado con su enorme poder corruptor, todo lo contrario. De hecho nos hemos convertido en la burla de la región Latinoamérica en la materia. La Justicia dista mucho de ser ciega, si bien se encuentra hoy preso el director de la petrolera estatal PEMEX del peñanietismo. Somos, pues, el alumno más atrasado en la asignatura de castigar a altos funcionarios por corrupción y/o abuso del poder, no hablemos ya de expresidentes, los cuales se adivinan todavía intocables. Las cárceles, en cambio, están repletas de pobres, muchos sin una sentencia, esos mismos pobres que dice el actual régimen defender; mientras los personajes que han entregado y saqueado al país, durante las últimas décadas viven en el mejor de los paraísos de impunidad posibles.

Felipe Calderón es otro botón de muestra. Siendo presidente utilizó el hoy museo de la ignominia, la ex residencia oficial de Los Pinos, como sede de una junta del consejo de administración de la tan famosa empresa carioca Odebrecht, hoy sinónimo de vileza, y lo hizo abiertamente con su sonrisa burlona, ceja levantada, oreja malformada y personalidad totalmente gris, misma que le caracteriza desde todo el proceso electoral tan polémico y cuestionado que lo llevó al poder presidencial en 2006. No conforme con lo anterior, intentó crear incluso un partido político nuevo, huelga recordar que no lo logró. 

De Enrique Peña Nieto ni hablar. Se pasea sonriente con su nueva y joven novia, y se le ve entrar y salir del fraccionamiento más lujoso de Madrid donde decidió avecindarse. Día con día se conocen más abusos cometidos por la clase política (y también la empresarial) durante su sexenio sin que se vea la posibilidad de que exista en su contra ni un intento serio de investigación oficial. Todo ha llegado, y ya es mucho decir en comparación a otros gobiernos del pasado, a tres de los miembros de su gabinete procesados penalmente, que en su momento salen libres a disfrutar de su mezcla de rentas e impunidad.

En muchos países de Latinoamérica ya se supera a México en la cuestión de procesos punitivos en contra de expresidentes, así ya sea por consigna de parte de hipotéticos intereses de todo tipo (algunos, hay que decirlo, ilegítimos). En todos los casos se han demostrado casos de corrupción. En México aún las inercias de nuestro presidencialismo son muy fuertes y las cadenas que nos atan todavía a la imposibilidad siquiera de presenciar un caso que siente histórico precedente en la materia, se adivinan aún muy lejos.

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