La indiferencia generalizada ante narrativas complejas

En un mundo cada vez más complicado se tiende a una forma de conciencia simplista que no deja ver las dificultades y retos que afronta la humanidad.

15 de octubre, 2021 La indiferencia generalizada ante narrativas complejas

Los desafíos humanos son cada vez más intrincados y complejos, las variables que intervienen en un mismo fenómeno se multiplican y entrelazan y las consecuencias de nuestras acciones nos ponen en riesgo como especie. Y ante un escenario semejante, buscamos explicaciones simples y soluciones inmediatas o de lo contrario perdemos por completo el interés. 

 

Conforme la sociedad humana avanza en tecnología, comercio, comunicaciones, densidad de población y un larguísimo etcétera, nos sumergimos más y más en una dinámica de complejización paulatina. El problema con esta complejidad creciente en que estamos inmersos consiste en su naturaleza sistémica, donde una inmensa cantidad de variables interactúan, haciendo imposible para el ojo y el entendimiento humano comprenderla a través de los sentidos o del conocimiento inmediato. 

 

Son tantas las variables interdependientes en los sistemas complejos y tan pocos los actos directos que expliquen, influyan o reviertan el estado presente, que tan solo articular un relato coherente, creíble y atractivo, con el que individuo común se identifique y sea movido a la acción, resulta extraordinariamente difícil. 

 

El mejor ejemplo es el cambio climático. Se trata del mayor reto que ha enfrentado la humanidad como especie y, sin embargo, no parece interesar demasiado a nadie. El último antecedente de una posible extinción humana tuvo lugar en el periodo de la Guerra Fría, –en especial entre el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 y la caída del Muro de Berlín en 1989– cuando por algunos años se cernió sobre nosotros la amenaza global de la autodestrucción. Pero a diferencia de ese episodio, donde era fácil identificar los bandos en conflicto, las ideologías que defendían cada uno y donde era relativamente obvio que, de desatarse, sería una guerra que perderíamos todos, en la actual crisis climática las causas, consecuencias y medidas a tomar no son tan claras. Y por si fuera poco, lejos de que esta ambigüedad e incertidumbre nos mueva al cambio, en realidad nos produce tedio y desinterés. 

 

Así lo expresa Jonathan Safran Foer, en su libro Podemos salvar el mundo antes de cenar refiriéndose justamente al cambio climático: 

“…esta historia no es fácil de contar, la crisis planetaria ha resultado no ser una buena historia. No sólo no consigue transformarnos; ni siquiera consigue interesarnos. […] La crisis planetaria –abstracta y ecléctica como es, lenta como es, y carente de figuras y momentos icónicos– parece imposible de describir de un modo que resulte al mismo tiempo apasionante y verídico1”. 

 

Por milenios nos hemos contado historias maniqueas donde es muy fácil reconocer a los buenos defendiendo las causas justas (siempre nuestro bando) así como a los malos, tiranos e injustos (siempre “los otros”) que buscan quebrantar el orden natural o divino de las cosas. En este tipo de historias el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto aparecen con claridad nítida y por lo tanto es muy fácil tomar partido por el bando “apropiado” y casi siempre resulta obvio lo que debe hacerse para remediar la situación, aún cuando no resulte fácil llevarlo a cabo. 

Este tipo de historias inflaman las emociones y sentimientos nacionalistas –si lo que está en juego es el territorio–, espirituales –si lo atacado es la religión– y hasta culturales –si alguien busca descalificar u ofender lo que consideramos valioso para nuestra forma particular de estar en el mundo–. Sin embargo, conforme avanza el siglo XXI descubrimos que nada de lo que hoy es realmente importante puede agruparse en esas históricas categorías, que si bien poseen cierto valor, son ahora desafiadas por una nueva premisa que nos ubica en otro nivel de comprensión: los seres humanos somos una sola especie y si no nos salvamos todos –a pesar de nuestras diferencias– no se salvará nadie.

 

Por momentos pareciera que la humanidad en pleno padece una especie de “fastidio ciego” que nos impide ver y aceptar tal como es la realidad en que estamos atrapados y, lejos de arrancarnos el antifaz y encarar los hechos que nos rodean en su auténtica dimensión de complejidad, optamos por dejarnos mimar por un tsunami de estímulos artificiales que insensibilizan y aturden nuestro entendimiento. 

Al tratarse de verdades sistémicas y complejas no resulta sencillo construir un relato atrayente que describa los problemas más graves de la humanidad de tal modo que el individuo común se sienta identificado con ellos. No solo es el ya citado cambio climático, tenemos también una buena variedad de problemas globales nada sencillos, ya no de resolver, sino siquiera de entenderlos, como por ejemplo, todas las variedades de tráfico ilegal –estupefacientes, personas, armas, minerales, etc.–, el consumismo o la desigualdad. En cada uno de ellos –como sucede también con el cambio climático– los individuos de a pie somos parte del problema y de la solución. Estados, Instituciones, empresas y clientes/usuarios –consumidores de drogas o de prostitución ilegal, usuarios de celulares fabricados con mano de obra esclava, consumidores de productos altamente contaminantes, etc.– formamos una intrincada red de actos que son a la vez causa y efecto de dichos problemas. 

 

Como se trata de conflictos y desafíos globales y sistémicos, formamos parte de su dinámica natural sin siquiera darnos cuenta y sin poder evitarlo. De este modo cualquiera de nosotros estamos alternativamente del lado de los “buenos” como de los “malos”, y si a esto le sumamos que aun tomando consciencia de ellos, nuestra acción individual luce tan imperceptible que carece de sentido, optamos por observar el problema incluso con tedio, como si no nos perteneciera, como si no tuviera nada que ver con nosotros, como si nos fuera ajeno. Es entonces que un domingo por la tarde vemos un documental de cómo se explota a niños en las minas de litio para fabricar las baterías de nuestros celulares y nos conmovemos superficialmente pero sin identificarnos de verdad con la situación al grado de movernos a la acción. 

 

¿Cómo estructurar entonces narrativas potentes y complejas con las que estemos dispuestos a  identificarnos? La respuesta no es sencilla, pero sí inaplazable. En su poderoso texto El jinete pálido. 1918: La epidemia que cambió el mundo, Laura Spinney, argumenta lo complejo que es crear narrativas que conmuevan, que produzcan conexión emocional y nos lleven a la acción cuando la trama de dicho relato no está claramente delimitada y el individuo no es capaz de sentirse proyectado e influido por ella. 

 

Spinney, para su análisis, compara dos acontecimientos históricos que tuvieron lugar simultáneamente: por un lado la pandemia iniciada desde principios de 1918, conocida como Gripe Española y por el otro, la Primera Guerra Mundial, que tuvo lugar entre julio de 1914 y noviembre de 1918.  Al respecto, dice la autora:

 “Dicho de otro modo, la guerra tenía un foco geográfico y una narrativa que se desarrollaba en el tiempo. La gripe española, en cambio, invadió todo el planeta en un abrir y cerrar de ojos. La mayoría de las muertes se produjeron en sólo trece semanas, desde septiembre hasta mediados de diciembre de 1918. Fue amplia en el espacio y breve en tiempo, comparada con una guerra, prolongada y limitada geográficamente2”.

 

A diferencia de una narrativa convencional donde suele estructurarse a partir de un planteamiento, un desarrollo y un desenlace, donde pueden apreciarse los conflictos y es posible observar las tensiones en polos claramente reconocidos (buenos y malos), en una pandemia, en el cambio climático o en la imperiosa necesidad de abatir la desigualdad en el mundo las cosas no son tan claras: como decía antes, todos somos parte del problema y nadie puede ser excluido de la solución. Estos fenómenos globales y sistémicos no se desarrollan de manera lineal y las connotaciones morales y éticas de los elementos que los componen no son fácilmente discernibles. 

 

Lo esperanzador es que hoy vivimos en un mundo radicalmente distinto al que el ser humano habitaba en 1918. Y no sólo el mundo ha cambiado, sino que los seres humanos también somos otros. A pesar de nuestro rosario de defectos, por fin hemos sido capaces de vivir, y entender en tiempo presente un evento sistémico como tal. 

La pandemia por Covid-19 puede ser, si sabemos aprovecharla, a pesar de los brutales costos en todos los sentidos que ha traído consigo y aún cuando en muchos aspectos no hemos estado como especie a la altura del desafío, un muestra inequívoca de que sí es posible para el ser humano contemplar y abordar problemas globales y sistémicos de forma global y sistémica en tiempo presente. En menos de un año hemos conseguido aislar el virus, homologar medidas sanitarias, de movilidad, de comercio, hemos desarrollado, fabricado y aplicado vacunas… con todo y sus enormes limitaciones, en apenas unos meses hemos conseguido un nivel de cooperación, entendimiento y empatía inéditos en la historia humana. Que falta mucho, no hay duda de ello, sin embargo, esta dolorosa experiencia universal puede cambiarnos la perspectiva e incluso salvarnos como especie si comprendemos que ése –el de la cooperación, el entendimiento y la empatía– es el camino a seguir.

 

Web: www.juancarlosaldir.com

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Twitter:   @jcaldir   

Facebook: Juan Carlos Aldir

 

 

1Jonathan Safran Foer, Podemos salvar el mundo antes de cenar, 2019, P. 22

2 Spinney, Laura, El jinete pálido. 1918: La epidemia que cambió el mundo, Primera Edición, Cuarta Impresión, España, Crítica-Planeta, 2020, P. 14-15

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Reconocer el sufrimiento y la vulnerabilidad de alguien que desprecio y actuar para con él dentro mis parámetros de generosidad y justicia no es un mero acto de amabilidad gratuito, sino una manifestación de coraje y valentía, de aceptación y humanidad que nos coloca en un nivel muy distinto del que solo aprecia y aprueba lo que lo conmueve de forma natural y cómoda.   En las semanas anteriores hablábamos de que el ser humano está en el umbral de una nueva Era y que para transitar hacia ella se requerían, entre otras, de la herramienta de la empatía.  La definición más simple de ella es conocida por todos: “ponerse en los zapatos del otro”. Se refiere a sentir el sufrimiento ajeno como si fuera propio y actuar compasivamente hacia aquel que sufre. En principio es una manera de verlo, pero se enuncia mucho más fácil de lo que se consigue.  Más que decir si somos o no empáticos, como si se tratara de un botón de encendido y apagado, se trata mucho más de un asunto de grado, de logro progresivo que conlleva diversas etapas y que suelen ser distintas dependiendo del destinatario. Podemos ser más o menos empáticos y de forma distinta con diferentes grupos e individuos. 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Sin embargo, aunque de alto valor, a este tipo de expresiones yo las llamaría “simpatía”: somos capaces de imaginar lo que otro sufre, nos condolemos de ella, él o ellos, compartimos una parte marginal de nuestros bienes y nuestro tiempo, incluso proyectamos sincero sufrimiento propio, padeciendo realmente tras re-vivir una situación análoga de nuestra biografía, pero no sentimos realmente el dolor del otro, sino compartimos con el otro nuestro dolor y desde ahí nos conectamos con ella, él o ellos.     No hay duda de que este nivel de simpatía es un sentimiento encomiable y que haríamos muy bien en manifestarlo con mayor intensidad y frecuencia, pero a mi juicio es insuficiente para impulsar el nivel de transformación que los seres humanos necesitamos materializar para, por un lado salvarnos del inminente apremio ecológico en que estamos cada vez más comprometidos, pero sobre todo para encontrar la fuerza para, como especie, abordar los problemas, como la desigualdad o la inequitativa distribución de la riqueza a nivel global, que nos tienen al borde del colapso moral, económico y humano.  Un extraordinario ejemplo de con qué facilidad confundimos la simpatía con la empatía nos lo regala, en su único libro, Lo contrario de la soledad, publicado tras su trágica muerte cuando apenas contaba con veintidós años, Marina Keegan. 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La razón es que el 17 de noviembre se celebró el Día Mundial del Prematuro. Quizá todos conocemos un bebé que nació antes de tiempo, y en algunos casos llegamos a escuchar que cabía en una caja de zapatos: en efecto, algunos de los pequeños gigantes son tan chiquitos que pueden caber en la palma de la mano.  ¿Pero qué pasa cuando nosotros, el ejército hospitalario, nos enfrentamos a lo que aqueja a la población más pequeñita? Lo que a continuación te contaré es solo algo de lo que vivimos quienes estamos en el día a día recibiendo a estos pequeños grandes guerreros que libran la batalla más difícil de lo que será su larga o quizá muy corta vida.  La lucha conjunta comienza desde que nos informan que llegará un bebé prematuro a la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales; ahí, debo decirlo, a diferencia de lo que se vive en una terapia intensiva adulta, se respira vida y esperanza. Sentimos ese nervio y esa prisa por tener todo lo indispensable lo más rápido posible. 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De repente tenemos al nuevo integrante de una familia que en ese momento es presa de la incertidumbre, el miedo y la desesperanza.Comenzamos ese ir y venir asistiendo al médico en todo momento, manteniéndonos siempre pendientes de la condición de nuestro bebé recién llegado. A cada segundo estamos pendientes de algún cambio importante en las vitales, y al paso de los minutos vamos considerando que es momento de contener a nuestro nuevo residente; de darle esa pauta, esa oportunidad de adaptarse a lo que llamamos vida. A las puertas de la Unidad de Cuidados Intensivos, se oyen voces, a veces pasos de prisa, provienen de quienes necesitan de esa palabra amable y cálida: las familias que esperan saber al menos un poco del pequeñito que no han tenido oportunidad aún de conocer.  Nosotros, los llamados profesionales neonatales, consideramos como un Todo al que necesita nuestros cuidados, pero también a la familia que lo espera. Este día no es solo un festejo para los pequeños gigantes que libraron la batalla de su vida. Va más allá. Cada caso es un recordatorio de que nuestro quehacer diario consiste en darle lo mejor de nuestra atención al ser más indefenso de la Tierra que, por alguna razón –y vaya que son muchísimas–, vino a este mundo antes de tiempo. Algunos son más pequeños que otros, pero al final del día cada uno necesita de absolutamente todo el esfuerzo por garantizarle un futuro donde pueda desarrollarse con todas sus capacidades para lograr sus sueños.  Nuestra labor no se limita a la sala de cuidados intensivos, también es procurar esa palabra cálida a papá y a mamá; es dar ese espacio para el reconocimiento después de la separación inmediata al nacimiento; es tener un gesto amable con esa abuela o abuelo ante la incertidumbre de un desenlace fatal; es interpretar la información recibida y entendida a medias. 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Nacimientos prematuros: el comienzo de una esperanza

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